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LE DOY MI PALABRA

Juan Antonio Massone del C.
Universidad Andrés Bello / UCSH
Publicado en Revista Literatura y Lingüística. Año 2001, N°13

 

 

 

Resumen

Este trabajo presenta una retrospectiva íntima y reflexiva de un escritor en la búsqueda de los manantiales de su voz. Se aprecia la palabra como revelación y potencia fundante, como vínculo entrañable con el propio entorno y con la historia de una cultura. Se rescatan algunos instantes de lucidez propios de la infancia, escenificando el asombro como un territorio de deslumbramientos ante el misterio de la existencia, ante cuya contemplación las palabras propias esperaban en silencio. Seguidamente, se da cuenta de los quehaceres y voces literarias que fueron configurando una identidad, desde la práctica del epistolario romántico en la adolescencia al encantamiento con la escritura testimonial y las preguntas esenciales, la formación en los clásicos españoles del Siglo de Oro, la generación del 27 y algunos poetas chilenos; se congratula a algunas personalidades y amigos que han contribuido con sus comentarios al despliegue de una obra. Por último, se revisan algunos poemas cruciales de su obra, remarcando las características esenciales de la escritura de cada período.

Abstract

This study provides an intimate and reflexive insight of a writer in his search for the origins of his inspiration. The word is conceived as founding revelation and potency, as an intimate bond towards the environment and cultural history. Some lucid memories of childhood are rescued, where words contemplated in silence and amazement the scenery of the mystery of life. Later, a description of duties and literary voices are provided as to give account of how identity was built, from romantic poetry accompanied by testimonial writing and essential inquiries during adolescence, to the settlement of classical Spaniards during the Golden Age, the generation of '27 and some Chilean poets. Then, some grateful comments to personalities and friends who have contributed with forewords are presented, and finally, some crucial poems are reexamined focusing on the essential characteristics of each period.

 

1. Vivir personal en la palabra

Toda palabra, especialmente la nacida al amparo de fundantes presencias en los primeros días, se incrusta en la convicción de vivir, porque ella es ala y fuego a la vez, caricia de presentimientos, alba y ocaso en los que toda semilla dispone del primer sabor con que se nos untan los labios para aprender a besar la tierra. Más adelante, otros labios nos incitarán hasta revelarnos personas con estatura de misterio.

Pero no queda allí ese aprender, pues los tiempos añaden murmullos y cantos al vivir y los labios se obligan a levantar del pecho la palabra gracias y la expresión ¡Dios mío! También articulan la bofetada soez de algunas voces domiciliadas en el reservorio de la ira y el desenfado. Pero, unas y otras, adquieren pátina de un nombre y de un entorno con que, al modo de arquetipo platónico, parangonarán las multiformes variaciones de lo porvenir.

Así, cada quien recibe la gracia otorgada al lejano Adán: dar nombre a las cosas, a lo otro y a sí; y, parejamente, se despliega aquel don sobre realidades y experiencias a la manera de un peregrino, a quien le asisten el sol y la luna con tal de que el trayecto de las jornadas no le sea forastería malquista.

¿Cuál es la primera palabra que recordamos con latir propio? ¿En cuáles empleamos más tiempo o demoramos los pasos? ¿Cuáles serán las postreras cuando emprendemos viaje a la Palabra?

Una lengua aloja al universo en la intimidad y, luego, comparte el mundo desde un modo de ser que, por cierto, es sobre todo un modo de sentir, de recordar, de imaginar, de tender brazos más allá de los fronterizos dedos que tientan el vacío o la presencia. Una lengua es una cosa, un camino, unas venas de sostenimiento y de conjetura, reino el suyo hecho de tantos destinos como senderos y de no menos júbilos que penurias. Sentir en ella el cuerpo y propagar en sus morfologías y sintaxis el alma, son actos en los que, acaso, mejor puedan resumirse el oído y la distancia.

Vivir un idioma como el español es contar con siglos forjados de sangre y de esperanza en que resuena, incesante, la melodía del corro mayor que entonan el amor y el morir. Nuestra palabra posee la gravedad más ronca y el más agudo tiple de generaciones y generaciones. Más de mil años alcanza el sondear en los silencios aquella posibilidad de declarar la pena y la solemnidad de los adioses. Más de un milenio ha transcurrido desde que un monje desconocido comentó un par de sermones de San Agustín, en la naciente lengua romance nuestra. Desde entonces, sus palabras han viajado siglos y territorios con el amor a cuesta, desenfundando ímpetus de justicia y libertad, dando habla a la belleza mientras se abrazan cercanías o se espera mitigar el dolor que la ausencia taracea en la mirada. Esta lengua en que habitamos es tan afín al cielo como a la tierra; da cabida por igual al gemido y a la esperanza.

2. El más allá de los hechos

Cuando aprendí a hablar y, posteriormente, a estampar en hojas los signos de la escritura, el sol tenía a su haber ilimitadas alboradas, habían reído y llorado muchos hombres y mujeres, numerosos libros guardaban el mantenimiento de las memorias, pletóricos de eclipses o severidades, asistidos de colores, de formas, de sueños. El credo y la desesperanza permeaba vidas y muertes, así como bajo el alero de las palabras crecían jardines y reflexiones. Todo, pues, parecía disponer de nombres definidos y aún definitivos, cuando el habla y la caligrafía tomaron posesión de mí.

Quizás como un presentimiento fui percatándome de que vivir era algo más, mucho más, que el gesto depositado en el instante. Muchísimo más todavía que los hechos numerosos y que el viaje de lo dicho hacia el olvido.

Quedábame mirando una puerta, un patio en donde el pasto y la lombriz hundida venían de más abajo. Me retenía la tarde, la ventana con su compás de cielo y de sombra, la aparente quietud de los árboles y ese presentir en los sucesos algún mensaje que se me traducía en emoción.

En ese escrutar el silencio me hallé un día hablándole a un espejo. Entonces yo no fui y el espejo tampoco fue completamente la gavilla de sus reflejos. Algo se labraba en los vericuetos de la consciencia, tal vez la perplejidad de vivir un trasfondo, los no hollados senderos de un territorio anímico que, aunque sensibles a la realidad exterior, no se agotaban en ella. Los ojos memoraban ayeres o se afanaban en escrutar siluetas de incorformidad, probablemente de pena, hecha y rehecha con prolijo secreto. Era yo y no era. En mí, las voces seculares pugnaban por mentar a un corazón unánime con la estrella, el mío, y también a una voluntad de escasos años herida de cariño y de adversidad.

Esa necesidad imprevista de hablar más quedo para restañarme de los zarpazos de la fugacidad y de la extrañeza de ser y de no ser al unísono, fue un comienzo, el de mi clave espiritual. ¿Fue previa esta clave a lo que supo venir en la temprana ceremonia del adiós y la añoranza? Me respondo afirmativamente, aunque no ignoro que jamás aliviaré del todo el mordisco de esa pregunta. Como en la mayoría de las experiencias decidoras, la escritura, las razones últimas de ella, admite explicaciones, mas no desciframientos completos. Cuando el escrito se despliega desde más adentro que el mero oficio, cuando aquel nace de escuchar el alfabeto del silencio, las razones de su trama permanecen intocadas, salvo por otro corazón igualmente dispuesto al misterio de ser y a reaccionar sin trabas en vistas de un orilla en la que se aproxima el más íntimo universo.

Porque se concertara más entrañable en mí, la palabra me regaló lejanía y anhelo de pronunciarla, de escribirla, con tal de ser fiel a la enormidad de lo bello y al desasosiego del desbarajuste. Mi precocidad, si es que alguna hubo, no se dio en poemas ni en cuentos personales, se hizo reserva o postergación: silencio. Crecí a su amparo y al de los libros que me brindaron voces más fuertes que el bullicio. Sin duda, se integraron en esa maceración de palabras y esperas los muchos gestos y pasos, las venturas y desdichas, las numerosas miradas y entonaciones que escuché al leer, mientras el ansia de propio decir se solazaba en el progresivo hallazgo de humanidad redondeada en compañía.

3. Lecturas señeras

Salvo unos pocos escritos de los años escolares, los primero que escribí fue confidencial. A más de un amigo debí auxiliar epistolarmente para confirmar, ante sus respectivas enamoradas, la devoción de sus afectos. Me convertí en enamorado fantasma, pero tal calidad exigió de mí cierto desdoblamiento al dirigirme a muchachas desconocidas, pero que debía imaginarlas a medida para confesarles deliquios y admiraciones ajenas. A juzgar por las palabras de mis amigos, acerté en más de alguna sensibilidad femenina. Esa certeza me congratuló entonces y acaso marcó en lo personal la convicción de que el silencio emocionado y lúcido es el más grande respaldo del escritor.

Cada vez crecía la necesidad de desenredarme. Todo acuciaba por conocer mi rostro oculto. Pero no tenía palabras, no llegaban las palabras, y yo me deshojaba sin ellas.

Mientras estudiaba Pedagogía en Castellano empecé a ejercer la docencia. El necesario esfuerzo de explicar materias y libros cumplió, en la oralidad, el papel vicario de esa palabra agazapada que exigía de mí nuevos lapsos de vigilias. Las obras de grandes autores, sobre todo de poetas, conquistaron asiento y aprecio en tanto desataban porfiados nudos y echaban luces en mis oquedades. Cómo podría olvidar a los clásicos españoles del Siglo de Oro, a nuestros poetas mayores de Chile; Desolación de Gabriela Mistral y muchos poemas de Neruda, junto a las Coplas de Manrique y Rimas de Bécquer, fueron alimento nutricio. Luego, no menos importantes varios poetas del 27 hispano; también libros tales como: Mortal Mantenimiento de Roque Esteban Scarpa, La Compañera de Efraín Barquero, Réquiem de Humberto Díaz Casanueva, De la ausencia a la noche, tres obras de Miguel Arteche, y en fin, muchos otros que al conocer sus obras, avivaron el fuego clamoroso.

No por simple azar, leí y gusté de novelas, cuentos y dramas. Pero debo reconocer que me eran, y son, más afines poemas y ensayos. En todo caso, cualquier texto que tenga en el autoconocimiento o en la indagación del misterio su propósito mayor. Desde entonces me interesan las obras del género memorialístico: confesiones, diarios personales, memorias y biografías.

Un sacerdote puso en mis manos un ejemplar de las famosas Confesiones de San Agustín. La sinceridad conmovedora del relato, las batallas libradas en él por la Gracia y la libertad de oponérsele, el valiente y alto compromiso vital del autor y del libro respecto de una existencia que, poco a poco, emerge de los fragmentos y desvíos hasta constituir esa unidad de sentido y de propósito que es la vocación humana, hicieron blanco en mí, pero blanco de aclaraciones sucesivas que el tiempo no ha aplacado.

Esa inquietud del peregrino de Absoluto habido en las páginas agustinianas completaron en ese respecto mi anterior lectura de Unamuno, sobre todo de su ensayo Del sentimiento trágico de la vida, que remeciera mis 17 años al plantearme preguntas esenciales, como aquella: «Si del todo morimos, ¿para qué todo?» Interrogante abierta y sin claudicaciones que, como se sabe, Don Miguel sostuvo a lo largo de su existencia y que, a su vez, pero de manera más positiva constituyó expresión mayor en la afirmación de San Agustín: «Busquemos para encontrar y encontremos para seguir buscando».

Años después, al leer a Walt Whitman, encontré en la formulación de un deseo suyo, la razón más vital de mis admiraciones por aquellos inquietos caminantes mencionados.

En su «Adiós», el poeta estadounidense escribió:

«Camarada, esto no es un libro,
El que lo toca, toca a un hombre...»

Por este motivo, sentí y siento vivos a Agustín y a Unamuno. Hombres, muy hombres ambos. Semejante calidez espero, aunque en desiguales intensidades, de los libros literarios. Es decir, aguardo un modo de ser, de actuar, de soñar, de amar en los textos. Y cuando eso no advierto, la obra se me queda renga o tartamuda.

4. Ofrenda de gratitud

En otro escrito(1) me referí a mis inicios de autor publicado. Lo cierto es que, luego de la invitación que me cursara el escritor Miguel Ángel Godoy y fuera concretado en pequeño volumen compartido con él, Entre sombras y Arcoiris, que editó Aconcagua en 1976, empecé a conocer las otras venturas y agonías del escritor. Por ejemplo, la ansiedad por la ajena opinión, sobre todo la de aquellos que, para esos efectos, nos importan más: escritores, profesores universitarios, periodistas.

La inseguridad crea o exacerba dependencias que, en el ambiente literario, suele desembocar en antesalas, humillaciones, renuncias excesivas, camaleonismo de variados tipos y muchas otras especialidades. Tal he visto en numerosas ocasiones.

El ejercicio literario se me ha dado en el tejido de la existencia, no como antípoda de otros factores y direcciones de ella, sino en consonancia de trabajo, de familia, de afectos, de amistades, de historia. Los libros escritos han nacido de mi libertad y de mi pasión, jamás de oportunismos ni de concesiones a modas ni a modismos espurios. Por eso mismo, auténtica ha sido mi alegría cuando alguien ha escrito su opinión acerca de alguno de los míos.

Pero al haber mantenido independencia y dignidad no niega el reconocimiento del apoyo recibido de tanta gente que, en mi caso, han sido de preferencia personas mayores o más jóvenes. Posiblemente son menos torpes mis afinidades con quienes me preceden o me continúan. A riesgo de olvidar algunos nombres, estampo varios de ellos con vigorosa gratitud: Roque Esteban Scarpa, Oreste Plath, Carlos Nascimiento, Manuel Francisco Mesa Seco, Félix Schwartzmann, Carlos René Correa, Efraín Szmulewicz, Antonio Campaña, Rosa Cruchaga, Matías Rafide, José Francisco Carrión, Ernesto Livacic, Fidel Araneda Bravo, Miguel Angel Godoy, Andrés Sabella, Edmundo Concha, José de la Fuente, Carlos Ruíz Tagle, Horacio Hernández, Paz Molina, Carlos René Ibacache, Teresa Calderón, J.C. Páez, Bernardo Chandía, Jorge Mittelmann.

La experiencia de la palabra la he vertido en poemas, ensayos, antologías, textos de estudio y trabajos bibliográficos. Mi aprendizaje de todo ello lo resumo así: el acierto y el yerro son estímulos para estar despierto y realizar nuevos trabajos. No debe conducir a la vanidad el primero, ni arredrar el segundo.

5. Mirando lo escrito

Una somera revisión de los libros más personales aliviará de morosos puntillismos al lector. Dos trabajos elegíacos conforman el volumen publicado en 1976 que mencioné antes. Ellos fueron: El pájaro en la tormenta, de Miguel Angel Godoy, y Nos poblamos de muertos en el tiempo, primera reunión de textos míos. Estos tienen de común la experiencia de la muerte, de varias muertes, especialmente la de mi padre.

Quizás impidió una mayor depuración de ellos la proximidad del hecho concreto de su partida. Varios fueron escritos de cuerpo presente, motivo que hacía más necesario postergara su aparición. Pero no fue como debió ser y el libro se distribuyó, mayoritariamente, entre los socios del club de lectores perteneciente al sello editor.

«Hoy amanece sin ti.
Apenas una ausencia entre los ruidos
y en mí, la muerte más cercana
taló los cipreses, las raíces,
estableciendo impotencia de las manos
y tan sólo disponer sobre tu helado pecho
el inquieto haz de tus dolores»

(En el alba de tu muerte)


El fragmento transcrito concluye el recuerdo de ese libro sentido, pero inmaduro.

Mayor acierto hubo en el segundo, Alguien hablará por mi silencio, (1978) conjunto de poemas cuyo nudo central es la fallida experiencia amorosa y, sobre todo, las facetas derivadas de esa grandeza y pesadumbre que se abren en la consciencia herida cuando alguien experimenta el esplendor ajeno desde la propia indigencia.

Un serio y comprensivo prólogo de Roque Esteban Scarpa anunció los poemas, dándoles la bienvenida con su espaldarazo. Al libro le fue muy bien. Conquistó la aprobación de los comentaristas literarios a lo largo del país y los ejemplares se vendieron rápidamente.

«La magia de la tarde es una sombra
que pasa y deja en la memoria
la agonía insistente de tu nombre
y el sabor de una pérdida tan sola
en la vana ilusión de los encuentros»

(Ilusión de la tarde)

Coincidió la mayoría de los comentarios en destacar el rasgo elocuente del libro. En todo caso, ese título me deparó cierta confirmación en la escritura y me vinculó a muchos escritores chilenos que, por esos años, sobrevivían a duras penas la censura y la aspereza histórica.

Más amplios de temas y de tonos los dos siguientes poemarios: Las horas en el tiempo (1979) y En voz alta (1983). El primero incorpora la crítica social y el motivo religioso; el segundo, aumenta el caudal temático anterior recabando en el fenómeno complejo de escribir y de leer lo humano desde cualquier matiz o zona de lo real.

Transcribo el poema «Lentamente aguardándonos», incluido en el poemario En voz alta:

«Usted está allí
en ese sitio donde ahora lee;
yo, un quizás, un tal vez donde
ni yo mismo me percato.
Está allí, aquí, justo en el tiempo
de un sitio en donde yergue
su vida y la dispersa.
Esta allí
como si yo no fuera,
como si jamás,
como si nunca:
la sustracción de un nombre.
Esta allí, sin mí,
(eso no importa),
pues siento más benigna
esta distancia.
En una página me olvida,
(eso me gusta),
la palabra es redimida
en privilegio comprensivo
cuando mira y retrocede
y se conturba y abalanza
aboliendo y decantando
al saberse adivinado.
Usted sigue allí,
(este momento es único),
tal vez lee distante,
quizás deletrea presupuroso,
tal vez en esa letra
nos sepamos sin nombranos,
y aunque yo siga a lo lejos
en espera de su alma,
y usted siga allí,
velozmente apartado,
he querido decirle simplemente
que allí en donde esté,
de un modo u otro,
en latitud descuidada
y yo, en mi pasión atrapado,
vivimos lentamente
aguardándonos.


6. Percataciones y afinidades

He insistido en hablar de poemas y no de poesía. Mi convicción a este respecto es la siguiente: los poemas son estuches o cuerpos que sólo en ocasiones son habitados por la incalculable gracia, por esa reverberencia que rebasa a nuestro arbitrio voluntarioso o consistente, como si fuera vuelo más que ala, trayectoria de gesto más que significado. Y lograr esto o atribuírselo sin más es perder el seso y echarse a caminar por concepciones de la escritura más cercanas al invento, a la fabricación que a la convivencia rumiante y ardua de palabra y mundo, de silencio íntimo y ver con lúcida pasión. La experiencia poética es un estado del alma al que, con toda seguridad, ha precedido el paciente trabajo de conquistar el oficio. Este último alista la espera, pero no hace la poesía propiamente. Por eso, cuando escucho a alguien decir: «estoy haciendo un cuento», «estoy haciendo un poema», siento en ello una voluntad mostrenca, sin la gracia, sin esa convicción que viene de una palabra necesaria en uno cuando alborea desde más adentro.

Un pensador alemán del siglo XIX trazó la frontera que distingue a los auténticos escritores de los adventicios, cuando dijo algo muy cercano a lo siguiente: existen dos clases de escritores: los que tienen algo que decir y los que quieran decir algo.

En el caso mío, no me pasa inadvertido el hecho de haber errado muchas veces para, quizás, acertar en unas pocas ocasiones. Pero me preocupa menos la estadística o el recuento venido de doctrinas foráneas que la afinidad más directa que a veces se establece con los más heterogéneos lectores. Al fin y al cabo, la lectura es una experiencia humana completa, pues moviliza sensibilidad, memoria, intelecto, facetas múltiples, preparación y competencia, por nombrar algunos rasgos importantes. Si a esa humanidad compleja es capaz de despertar el texto y, a su vez, esa misma humanidad renueva en sí las palabras y les preste la consistencia vital que esperan, quiero decir que la palabra ha propagado vida y la vida ha vivificado a la palabra. ¿Hay algo más enorme que estas nupcias? ¿Qué puede agregar a éste el alma seca del experto en palabras secundarias?

Luego de algunos años, en 1987, apareció un pequeño volumen: Las Siete Palabras. El título no puede ser menos equívoco y anticipa su carácter religioso. Una cierta osadía, pero también una auténtica conmoción se enlazaron al escribirlo. Aparte de un poema que antecede y de otro que sirve de colofón, las siete palabras de Cristo en la Cruz intentan ser dichas por mí, otra vez, a partir de conjeturar un mayor desarrollo de cada momento crucial.

«Ahora es el futuro que se muere.

El temblor de la víspera en el Huerto
tuvo espada, pavores y abandonos
para verme agonizar en el madero.

Ahora el mundo parece inconmovible
y las manos dejan caer su veredicto.


Debo vivirlo todo: la desdicha encariña
a mi paciencia y el rigor del despejo
me ilumina.

Insuficiente repertorio, la tierra
busca callar por olvidar la sangre.
Ahora bien sé que en Ti me cumplo
y me coincido en tus brazos por que muera
la fatiga del horror de no poder morirse.

Ahora, Padre, en tus manos mi espíritu
encomiendo al saber que este destino
se allega hasta su hora, y nada más
sabe importarle al ojo de la bestia
o del turista, y nada menos que estar aquí
en un abrazo incumplido de las noches.
(Lo demás que descanse en el paréntesis)

(Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu)

Dos años después publiqué Poemas del amor joven, conjunto de textos breves, algunos brevísimos, reunidos y ordenados en cuatro secciones con sus respectivos epígrafes. Esta edición tuvo excelente acogida; la cortedad de tiraje ­500 ejemplares­ se agotó pronto.

Sin más pretensión que concentrar algunas esencias en cada texto, los despojé de todo rodeo que contradijera aquel propósito, por demás acorde con la recuperación de significancias afectivas que me embargaba. Transcribo unos pocos:

«Es sábado en mí,
pero toda la semana
eres tú.» I (IV)

«Por ti, hasta la pena
conoce rostro de amor.
Sin ti, incluso estra vivo
me sobra como a un muerto.» I (XIX)

«Todavía quiero aquellas veces
cuando dije: te quiero.» II (VIII)

«Las calles siguen allí.
Muchos pasos se han dado
sobre nuestros pasos, pero
yo voy poniendo pasos
sobre los pasos que han buscado
borrarnos de esas calles
que siguen allí, esperando.» II (XV)

«No negaré haberte querido lo bastante
como para olvidar que el ave
poco tiene que ver con las tortugas.» III (XVI)

«No te guardo rencor.
sería demasiado.» III (XXI)

«Pretexto eres tú de estos escritos
y de cuanto aún no digo
también eres pre-texto» IV (XXX)


A raíz de estar despierto (1995) es el penúltimo de mis poemarios. Aún percibo los rescoldos de su escritura; no diré de este libro sino que manifiesta una mirada crítica del mundo contemporáneo y a través de apelaciones a la humanización desde la intimidad, fustiga idolatrías y variadas porfías de la muerte.

Siento es éste una obra que me representa hasta el momento. Una mayor soltura idiomática y sintáctica puede ser el motivo. Según el escritor José de la Fuente este es un libro que «involucra, interpela, oxigena el cuerpo y rearma los horizontes perdidos por la crisis contemporánea. Su gran tema es el poeta con rumbo cierto en medio de un mundo inconsciente de su paradero. Por sobre todo, poesía sin remilgos ni artificios retóricos». Ofrezco a continuación el poema «Hasta muy pronto»:

«No estoy aquí para apropiarme
de la luna o del zorzal en vuelo

que cruza patios y luego pliega
sus alas y regresa y hasta luego.
Tampoco me pusieron en la tierra
para olvidar la brisa o el desierto.
El día es tan natural como un secreto
que espera al otro lado de las puertas.
Y sin embargo, la calle me desprecia
como alguien maldiciendo o propalando
su nada de fragor bajo los párpados.
Yo vine aquí para aplacar la nada.
Abro los brazos y digo el nombre tuyo.
Hasta pronto, nada más, hasta muy pronto».


7. De tiempo reciente

El año 2000 me fue prolífico en publicaciones. Coautor de una antología: Poetas de la Academia; dos ensayos acompañados de correspondientes selecciones de los autores abordados: Rosa Cruchaga o el eco de la transparencia y Fernando Durán Villarreal, un libro de semblanza y antología: Eugenio Orrego Vicuña, los dos últimos con el auspicio de la Academia Chilena de la Lengua. Previo a los anteriores, apareció bajo el sello de Ediciones Rumbos, de mi desaparecido amigo Efraín Szmulewicz, el poemario Pedazos Enteros.

Tres secciones ordenan los textos: pedazos del alba, de la tarde y de la noche, respectivamente. Siento que se mantienen los motivos en que me reconozco: la fugacidad de la vida encaminada, bajo el sol y entre la bruma, a un término que la fe me dice que es culminación y sentido; el afecto como experiencia radical de la memoria, de la presencia directa y de lo porvenir; la infancia con sus escenarios de patio y de soliloquio; la escritura que reacciona al hecho pictórico; certezas, adhesiones y dolencias que pueden reconocerse propias en cada quien.

Lo mío ha sido hasta ahora ­y creo continuará los mismos énfasis­ una escritura de interioridad, mas no de intimismo, en que lo existente exterior no goza de soberanía ni de contundencia independiente de quien soy y de quien me siento ser. Y, porque no ignoro que la palabra viene en uno mismo, esto es, en la clave de sí propio, no la fuerzo a que me conduzca al rebaño de modas ni de modismos, por más celebrados que unas y otros tienten desde el entorno.

Tal vez colabore a la paciencia del posible lector un poema que me representa, y dice mejor que cualquier explicación, esto que escribo. Se titula «Credo».

«Creo en la Palabra Todopoderosa
que deposita semillas de cielo en el polvo,
suspira de júbilo o silenciosa se tiende
en la entraña invisible de los vientos;
creo en su Verbo, misterioso abrazo de sílabas,
concebido por obra y gracia del silencio
y grávida deja las almas tornasoles
sin que le amedrenten desiertos o cenizas,
ni el artero vacío del absurdo en tumulto.

Creo en la Palabra que padece la espina
del aire y en cuyo expolio se ensañan
el ruido mercantil y la zozobra del tiempo;
creo en los ojos inocentes, en los dedos
de luces y de brisas, la mirada crucial
y la mano que no rehúiyen abandono.

Creo en el Espíritu, animador de lo inerte
Cuando más inesperado: desata nieve en estío
y despunta su albor cuando la duda hiere.
Creo en la santidad peregrina de los labios,
en el feliz reencuentro de todas las ausencias,
en el postrer perdón a la mezquina arrogancia,
en el vigor lustral de agónicos escombros
y en la perenne Voz que acoge a todo nombre.

Amén.»

8. De palabra y silencio

Lo que resta y lo que vendrá, sólo Dios lo sabe. Por mi parte, no forzaré la palabra en pos de logros bastardos. Tampoco, espero, sea necesario recordar aquí el papel subsidiario respecto del Universo y de la vida que tiene el pequeño aporte de un autor. Creo en la palabra y, por eso mismo, estoy persuadido de que la poesía es acción del gran misterio que, a través del paciente trabajo del escritor, deja a los ojos de la persona humana en disponibilidad de ver y de reavivar los poblados silencios de su tránsito.

 

 

(1) Lo que el tiempo me ha dicho, en la serie «¿Quién es Quién en las letras chilenas?», Agrupación Amigos del Libro, 1978.


 

 

 

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Juan Antonio Massone: Le doy mi palabra
en Revista Literatura y lingüística, año 2001, Nº 13, p.39 a 54.