La aparición de esta antología preparada por Juan Carlos Abril, marca una consolidación definitiva de un autor que ha trascendido largamente su contexto para situarse como una de las voces más importantes dentro del panorama contemporáneo de la poesía escrita en español a ambos costados del Atlántico.
Nacido en Piura en 1955, Zapata ha desarrollado gran parte de su escritura afuera del Perú, ya sea en su vida norteamericana en tanto profesor universitario, ya sea en su condición de viajero impenitente. Tenemos claro, por supuesto, que estos hechos biográficos no explican la obra, pero aun así nos parece necesario tenerlos en cuenta en la medida en que todas las instancias mencionadas se transforman en puntos de hablada, en los lugares de emisión del discurso de Zapata, no como lugares físicos, sino como contextos escriturales y culturales que alimentan la obra de este poeta.
De hecho, la poesía de Zapata es, para nosotros, una poética espacial. Poesía de los espacios y de habitarlos, de estar a cabalidad en ellos, de la revelación de una posibilidad de existencia acaso plena, en la medida en que estos lugares intentan alejarse de una temporalidad agónica como la presente. Hablar de espacios no es necesariamente referirse a geografías, aunque también puedan serlo. Si el hablante de algún poema está en Venecia y el poema gira en torno a esa ciudad, hay otros textos que nos llevan a los lugares de infancia autorial (Piura y Lima), donde los recuerdos mantienen esas experiencias impolutas, intactas pero no inocentes. Con esto queremos decir que la memoria aquí no es nostalgia de lo perdido, sino un recordar en plenitud todo aquello del pasado que sigue informando el presente de la voz de estos poemas. Su falta de inocencia viene de la epifanía brutal que experimenta ese niño cuando se conjugan tanatos y eros en un solo pasaje de la infancia, en “Primera visita de la muerte”:
Encontré una moneda de cinco céntimos, me la metí a la boca
y comencé a jugar con ella entre mi lengua. De pronto sentí
que la monedita le ganó el juego a mi lengua y comenzó a
deslizarse por el paladar hacia mi garganta. Fue la primera
vez que sentí a la muerte tan cerca sin saber que era la muerte.
Así que no me quedaba otra. Entre el miedo de que mi madre
se molestara por haberme tragado una moneda, y para no
hacer el ridículo, comencé a tragármela lentamente. Fue el
bocado más largo de mi vidita. Por momentos parecía que me
atragantaba, ya que era más grande que mi garganta. Hasta
que por fin sentí un alivio: sería tal vez una especie de placer,
ya que sentí que la moneda bajaba despacio por mi garganta
hasta mi estómago, y ahí creo que aterrizó.//Mientras tanto
la tienda estaba llena de muchachas comprando los víveres
para el día. Frente a mí, justo cuando me atragantaba con la
moneda, pude ver por primera vez las faldas y los vestidos de
las muchachas de espaldas a mí, y podía verlas de abajo hacia
arriba, en un ángulo perfecto mientras agonizaba con la
moneda y las caderas que movieron por primera vez mis
planetas. (…) No quiero decir que las faldas de esas muchachas
me salvaron vida, pero sí que me distrajeron para olvidarme
por un milésimo de segundo de la moneda que me arrastraba
hacia el otro paraíso. (pp. 50-51)
Esa difusa línea que separa el placer del dolor parece estar muy presente en este poema. Es obligatorio, creo, citar otro poema de Zapata que comparte esta relación entre erotismo y muerte, entre vitalidad y conciencia de finitud. Me refiero a uno de los poemas que, a título personal, me parece entre los más logrados de la obra de Zapata, “Los muslos sobre la grama”.
En él, una joven trotando entre las tumbas de un cementerio invita a la voz que la contempla, si se me permite la sinestesia (a la que el poema mismo nos empuja), la voz que la contempla, decíamos, reflexiona a partir de ese leve trote sobre los muertos en torno al cuerpo y su finitud, pero también acerca del hecho mismo de la alegría (“los cementerios no tenían por qué ser tristes”, p. 194), como un contrapunto ante el lamento y el temor frente a la muerte. Ergo más que un poema sobre la brevedad de la vida, que también lo es, estos muslos sobre la grama son una celebración de aquella, un carpe diem sudaca que se confunde con la naturaleza para que esta adquiera las características propias de quien contempla a esa muchacha haciendo jogging: “el sol adquiría un tono rojizo, su luz tenue se clavaba dando vida a la piel, los mausoleos brillaban con su cabellera de oro” (194). El orgasmo de la vista, del que habla sólo algunas líneas más arriba en el poema se encarna en esa cabellera de oro que es -casi- una sinécdoque feliz del sol que la ilumina. Una nota para finalizar lo que decimos en torno a la ligazón de Eros y Thanatos: “Los muslos sobre la grama” apareció, hasta donde yo entiendo, por primera vez en un libro como Lumbre de la letra, que se publica en Lima en 1997, por Ediciones del Santo Oficio, constituyéndose desde entonces en uno de los libros que lleva a su forma más acabada el poema en prosa, engarzando así con una tradición latinoamericana que va desde José Antonio Ramos Sucre (y, si vamos más lejos, habría que incluir a Baudelaire y Aloysius Bertrand) y llega hasta el mismo Zapata, pasando por Julio Torri, Octavio Paz, Juan José Arreola, Pedro Mir y muchos más.
Así como…Del mismo modo, una serie de otras fronteras y distinciones resultan insuficientes para describir y/o dar cuenta del mundo al que estos poemas nos invitan. Un ejemplo evidente, del que muchos reseñistas y estudiosos se han hecho eco, es uno de los poemas más citados de Zapata, “La ventana” (153), que comienza con esas palabras que son una verdadera poética: “Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo”.
El profesor Randolph Pope habla de “incomodidades” al referirse a las que podríamos llamar incongruencias lógicas que aparecen en los poemas de Zapata. Estas incomodidades crean (o crearían, más bien) un cortocircuito en la recepción de lxs lectorxs, problematizando, eventualmente, la recepción de estos textos. Sabemos, sin embargo, que la voluntaria suspensión de la incredulidad (tomo el término de Félix Martínez Bonati) es lo que nos permite creer en que Alonso Quijano haya perdido la razón por leer demasiadas novelas de caballería, así como contemplar al hablante de “La ventana” construyendo su ventana en medio de la calle, una ventana sin casa con el fin de paliar la soledad.
Más importante aún, creo que esta ventana (los umbrales son decisivos en la obra de Zapata: puertas, ventanas, puentes, líneas de tren, etc.) nos remite a un tema del que ya hacíamos mención y que es fundamental para entender la poesía de este autor, como es el espacio, el adentro y el afuera, la casa como una suerte de refugio ante los vaivenes mundanos, los que se ignoren voluntaria e involuntariamente (este punto lo abordaremos a posteriori). Antes de entrar en el poema propiamente tal, subrayar un hecho que me parece importantísimo, como es cierto panteísmo que absorbe a la voz de estos poemas y en no pocas ocasiones lo hace confundirse, diluirse o mezclarse con una totalidad que lo ampara y lo excede.
Si en “La ventana” el fin que se busca es el de combatir la soledad, permitiendo que los transeúntes se acerquen a su intimidad, otros poemas como “El cielo que me escribe”, “Ventanas”, “Árboles” o “Puta sal” (este último, inexplicablemente no incluido en esta selección publicada en España) siguen esta ruta donde la identificación entre universo, naturaleza y deidad es total, con lo que, en consecuencia, el hablante de estos poemas sucumbiría feliz ante esa realidad que lo abarca e incluye.
En “La casa de la cuesta”, las incomodidades se suceden: desde la cima donde se ubica la casa del hablante, los aviones que pasan por el cielo, un cielo casi al alcance de la mano, pasan dejando señales con la tinta de las nubes. Estas imágenes donde realidades muy distantes convergen (mientras más distantes las distintas realidades, más fuerte es la imagen poética sobre la cual convergen, como quería Pierre Reverdy), sumergen al hablante en una comunión total con el mundo, tanto así que es aquí donde aparece uno de los versos más emblemáticos de este autor: “Por eso, antes de escribir una palabra, pienso en el cielo que me escribe”[1] (174). No se trata del poeta hablando sobre el cielo, describiéndolo o retratándolo. Los polos se han invertido y la impertinencia predicativa de la que hablara Jean Cohen (permítanme un minuto de nostalgia estructuralista de los años en que fuimos estudiantes) nos permita ahora ver que la autoría pasa por ese universo natural del cual el hablante es simplemente una parte. Sólo así entendemos el epígrafe de Rilke que en distintas partes de su obra Zapata vuelve a traer a colación:
Para escribir un solo verso, hay que haber visto muchas ciudades,
hombres y cosas, hay que conocer los animales, sentir cómo
vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecillas
al abrirse por la mañana. (La iguana de Casandra, p. 5[2])
No quisiéramos (no podríamos), a partir de todo lo dicho más arriba, tratar de dar la imagen de la poesía de Zapata como una especie de comunión mística con una entidad superior. Estos son textos demasiado mundanos al mismo tiempo, demasiado inmediatos, a veces, demasiado cotidianos, también, para suponer en ellos cualquier tipo de grandilocuencia, incluso si esa grandilocuencia se disfraza de un discurso seudo religioso.
Antes bien, esta escritura en movimiento (no es gratuito el título de esta antología) en su afán de mostrar un recorte de la realidad donde cabe la posibilidad del goce pleno, también apunta a escuchar la música del mundo, la armonía que pueda ofrecernos si sabemos prestarle atención: “Y se hace realidad la leyenda de Orfeo: adormezco a las fieras con mi cítara y ablando el corazón de mis enemigos” (219) leemos en uno de sus poemas iniciales. Más allá del erotismo como una forma de reivindicar las bondades de la existencia, no deja de ser llamativo que un poeta peruano y muy peruano, a pesar de los años lejos de la patria, aunque siempre vuelva a ella, se aparte de tal manera de las preocupaciones que otras y otros autores de su país y de su época han considerado centrales, cuando no obligatorias. El viejo tema del compromiso político, donde la escritura poética se entiende como una fuerza capaz de crear conciencia y/o de por lo menos dejar testimonio de las luchas sociales a las que estamos tan habituados en Latinoamérica, no tiene cabida en las páginas de Escribo caminando.
Insisto en lo llamativo que esto puede resultar en la medida en que Zapata parece una rara avis dentro del panorama de la poesía peruana de hoy desde esta perspectiva. Pensemos, si no, en la poesía de Róger Santiváñez y el colectivo Kloaka, en Domingo de Ramos y su deambular urbano y marginal, para no hablar de autores de décadas anteriores como Winston Orrillo -A la altura del hombre- y Pablo Guevara y su tan recordado Hotel del Cuzco.
El mismo Zapata ha dejado claros sus puntos de vista y sus opciones estéticas en una entrevista que para mí es particularmente significativa, en la medida en que el autor explicita sus posturas ante exigencias que él considera exógenas al texto literario. En conversación sostenida con Mariza Bafile, de la revista Viceversa, el año 2015, el autor de La iguana de Casandra sostiene lo siguiente:
Creo que la poesía no debe ser forzada como un medio para hablar
de política o de una guerra. Hay excepciones fundamentales como
“España, aparta de mí este cáliz” de César Vallejo. Pero no todos
son Vallejo. El fracaso de cierta poesía nicaragüense durante la
revolución sandinista fue el resultado de tantos poemas malos que
salieron en esa época. Pensaron que todos podían escribir un poema
con tal de que hablaran de la revolución. (213)[3]
La exigencia ante un supuesto deber ser de la poesía y el poeta, encuentra el rechazo más terminante de nuestro autor. Más allá de que el autor de esta reseña esté o no de acuerdo con semejante posición, lo que sí nos interesa destacar es la coherencia entre esta comprensión política del hecho literario (“El arte, la poesía, es ya política de por sí, porque es una expresión de la libertad individual”, p. 212, La iguana de Casandra, 2021) y el mundo representado a través de toda su obra, de la cual Escribir caminando es fiel representante.
Habitar este mundo, parece decirnos Zapata, es atreverse a vivirlo plenamente. Creo que la forma más adecuada de este estar en el mundo es trayendo aquí los puntos de vista de Martin Heidegger cuando se refiere al habitar como la verdadera naturaleza del ser humano, siempre y cuando estén dadas las condiciones para ello.
En una intervención de 1951, en una Alemania en pleno proceso de reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial (no se me escapa la ironía histórica de que sea precisamente un filósofo nazi quien nos entregue estas reflexiones), Heidegger se pregunta por el verdadero significado del habitar. Y lo hace a través de la etimología de la palabra en alemán: “buan”, del alto alemán medieval, significa construir, pero también habitar, esto es, permanecer, demorarse. Pero, nos dice Heidegger, “buan” es también la palabra alemana para “soy” (ich bin). “Yo soy: yo habito, (du bist) tú habitas. El modo como tú eres y yo soy, la manera según la cual son los hombres sobre la Tierra, es el “Buan”, el habitar. Ser hombre quiere decir: ser como mortal sobre la Tierra; quiere decir: habitar”[4].
Pero habitamos construcciones, aunque no todas las construcciones sean (o estén destinadas a ser) habitaciones. A través de un ejercicio semejante, i.e., etimológico, Heidegger distingue un construir que no es sólo edificar, sino también cultivar y cuidar. Si todo esto arroja luces acerca de cómo se habitan los lugares en la poesía de Zapata, hacia dónde quiere llevarnos este “diario de la vida leve” en su recorrido por distintos espacios, aún más decidor resulta lo que dice Heidegger en este mismo ensayo en torno a la relación de los espacios con sus propios límites. Según el autor de Ser y tiempo, “El límite/bordeno es eso donde algo termina, sino que -por el contrario, como lo supieron los griegos- el límite es aquello a partir de lo cual ese algo comienza su esencia” (p. 152. A menos que se indique lo contrario, las traducciones desde el inglés son mías).
¿Cómo modifica esto nuestra lectura de la poesía de Zapata, llena de umbrales, puertas, casas, ventanas construidas en medio de la calle, viajes donde se cruzan fronteras y/o bordes?, ¿cómo entendemos ahora esa ventana que se construye (es decir, se habita) para combatir la soledad, estableciendo un límite que en lugar de frontera infranqueable es, en realidad, el lugar donde esa nueva habitación logra su ser?
Pensemos, por ejemplo, en lo que el mismo Zapata escribía hace ya algunos años sobre la poesía de otro autor fundamental de este tiempo, como es José Kozer, el gran poeta cubano que vive hace ya más de seis décadas en Estados Unidos, primero en New York, luego en Hallandale (Florida). En “Avispero de Forest Hills”[5], el poeta peruano se adentra en la obra de Kozer para reflexionar sobre qué constituye una casa. Refugio y memoria, espacio único y fuente de identidad, la casa de Kozer (que, nos atrevemos a agregar nosotros, se asemeja en sus funciones a las casas que aparecen en los poemas de Zapata)
La casa del poeta se convierte en su primer universo: cada elemento
rozado, enumerado y nombrado va cobrando vida en las descripciones:
la cerca, el árbol, las mesas, los libros, las barandas del jardín, la ropa,
son parte esencial de una relación estrecha que co-existe con los seres humanos que habitan la casa. (319)
En la poesía de Zapata no hay una sola casa, pero de los múltiples ejemplos que podemos encontrar en su obra, la gran mayoría de ellas reúne características que hacen pensar en esta cita de Gaston Bachelard, tomada precisamente del ensayo que Zapata escribiera sobre la poesía de Kozer: "la casa es, más aun que el paisaje, un estado de alma. Incluso reproducida en su espacio exterior, dice una intimidad”[6] (11).
Escribo caminando es una antología que -me parece- cierra un ciclo. A partir de ella, y tal vez incluso antes de su publicación, la poesía de Miguel Ángel Zapata ocupa un lugar indiscutible en el escenario de la poesía latinoamericana. Es hora de que las y los lectorxs, si no lo han hecho aún, se pongan al día.
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Notas
[1] Verso que, efectivamente, se convertirá en título de uno de sus poemas y del libro también homónimo, publicado el año 2002 por Ediciones El Tucán de Virginia, en México.
[2] Zapata, Miguel Ángel. La iguana de Casandra. Poesía selecta 1983-2021. FCE. Perú, 2021.
[4] Heidegger, Martin. Poetry, Language, Thought. Translations and Introduction by Albert Hofstadter. NY: Harper Perennial Modern Classics, 2001.
[5] Zapata, Miguel Ángel. “Avispero de Forest Hills: la poesía de José Kozer, 1983-1993”, en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. 58, 2003 (pp. 317-337).
[6] Bachelard, Gaston. La poética del espacio. Traducción de Ernestina de Champourcin. México: Fondo de Cultura Econ6mica, 1965.
www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com ESCRIBO CAMINANDO.
(Miguel Ángel Zapata, Pre-Textos, 2025).
Por Cristián Gómez.