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LA PERTENENCIA HISTÓRICA DE MARTA BRUNET

Por María Eugenia Brito
Publicado en Revista de Teorídel Arte Nº 6, vol. II, del Departamento de Historia y Teoría de las Artes
Universidad de Chile. Santiago: 2004



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La escritura de Marta Brunet dentro de la historia de la literatura chilena se constituye en su primera etapa dentro del modelo literario que supuso el Criollismo. No obstante, su adhesión a esa forma no fue completa ni total e incluyó solamente sus primeros textos, aquellos escritos en la década de los años 20 y 30 en Chile. Sus novelas breves son  Montaña Adentro, Bestia Dañina, María Rosa, Flor de Quillén; y cuentos como Don Florisondo y Doña Santitos, los que posteriormente agrupara en un volumen denominado Reloj de Sol. También escribió lo que ella considerara su peor producción; Bienvenido, (1929), texto elaborado para complacer a su madre y a sus parientes más cercanos.

En esas décadas estaba en sus postrimerías el proyecto literario al que adscribió Brunet, el que no es sino una de las formas que toma en su primera instancia el Naturalismo que ocupa un vasto período, aproximadamente desde 1890 hasta 1935. El crítico chileno, C. Goic distingue de acuerdo a su criterio generacional, tres momentos del naturalismo, el primero se dejaría articular bajo el nombre de criollista; el segundo, bajo el nombre del Modernismo; el tercero, bajo el nombre de Mundonovismo.

Durante este período, la literatura hispanoamericana se escinde en un esfuerzo por retratar la naturaleza, en la cual ve la fuerza significante de los problemas de la vida americana, por su vastedad y por la dificultad de acceder a ella bajo tecnologías que no se adecuan a su comportamiento. La producción del texto novelístico se vuelve así documental, mientras que su otra vertiente se esfuerza por mostrar los problemas nucleares de una sociedad que arriba desorientada y desordenadamente a la industrialización y al modernismo.

El naturalismo en América Latina surge como efecto de la incorporación degradada en nuestros países al capitalismo mundial, lo que marca el "inicio del subdesarrollo, la dependencia económica, el vasallaje", según analiza el crítico chileno Luis Iñigo Madrigal en su texto: "La Novela Naturalista Hispanoamericana"[1], Naturalismo que, de acuerdo a Ricardo Latcham[2], será la corriente literaria que renovará el relato, ampliará y perfeccionará la novela, definiendo el cuento chileno .Surge, en buenas cuentas, la idea de un "mundo nuevo", en una textualidad que buscará retratar el Otro, de las tierras latinoamericanas: el roto y el huaso en Chile, el gaucho en Argentina, la selva en Colombia y Venezuela.

Siguiendo los análisis de Lucien Goldmann[3], Iñigo Madrigal establece una homología entre las estructuras literarias, específicamente en lo que concierne a la visión del mundo narrado, y la estructura de la economía de mercado en una sociedad capitalista, para explicar las relaciones que esas visiones guardan con las estructuras literarias que comienzan a presentar una literatura con héroes degradados, que buscan valores auténticos, lo cual se corresponde con la estructura socio económica del momento histórico en que tienen origen. Goldmann denomina a su método "estructuralismo genético"[4]. Pero también estas premisas se corresponden con el positivismo científico que invade el campo artístico y literario, permitiéndole al narrador una distancia frente al mundo narrado, una comprensión del objeto-texto como un material sujeto a leyes que exigen hipótesis, verificación, comprobación de resultados y establecimiento de leyes. Este análisis "científico" de los hechos humanos da una respuesta coherente a una situación determinada, lo que implica el estudio de los elementos que la componen y de las relaciones necesarias que estos guardan entre ellos. Una vez comprendida la obra, es menester explicarla, esto es insertarla en una estructura más amplia que le de sentido.

Para Goldmann, las concepciones de la realidad no son la producción compacta de un individuo, sino más bien de grupos sociales, concretamente, de clases. El valor de cambio en una sociedad mercantil transforma la relación del trabajo necesario para la producción de un bien y este mismo, en cualidad inherente al objeto, es decir, el proceso de la reificación. La economía capitalista tiende a reemplazar el valor de uso por el de cambio en la conciencia de los productores, de modo que las relaciones humanas concretas y significativas pasan a ser relaciones abstractas y universales entre vendedores y compradores. Se tiende a sustituir en el conjunto de la vida humana lo cualitativo por lo cuantitativo[5]. Pero en el análisis de Goldmann falta, según Iñigo Madrigal, el estudio de un hecho de gran importancia: para dilucidar, tal es, la comprensión de las formas que el subdesarrollo introduce como variables significativas en la literatura de las naciones colonizadas[6].

El naturalismo se impone en Francia hacia 1880 de manera definitiva y no sin grandes discusiones, sobre todo porque el naturalismo buscaba "la exactitud absoluta en la descripción de los hechos, el deseo de impersonalidad e insensibilidad como garantías de la objetividad y la solidaridad social: el activismo como actitud que quiere no sólo conocer y describir la realidad, sino también modificarla; la modernidad que se atiene al presente como único objeto importante, la tendencia popular, finalmente, tanto en la elección de temas como en la del público"[7]. Esta posición genera rechazo en la democracia burguesa, en el liberalismo "progresista". La idea de una revolución que llevaba la ideología cientificista, el racionalismo naturalista paga su costo a la revolución industrial, y al auge del capitalismo.

La novela se convierte en un campo de investigación social y los escritores ganan para la literatura los mismos privilegios de libertad que los científicos. Cualquier tema, cualquier estilo, siempre y cuando el afán de la novela experimental lo requiera. La única limitación del género es la que imponen las leyes de la ciencia, que son: las leyes que afirman el origen puramente fisiológico de las emociones y los sentimientos, la ley de la influencia del ambiente y sobremanera, las leyes de la herencia[8].

Zola con la "novela experimental" busca imponer la verdad científica por sobre el estilo. En la obra de Zola, "esta verdad se convierte al mismo tiempo en llamamientos encaminados a la reforma social. Ya no se trata como era en el caso de los hermanos Goncourt del encanto sensible de lo feo, sino, sin duda alguna de la médula de los problemas sociales de la época, de la lucha entre el capital industrial y la clase trabajadora", según sostiene Auerbach[9].

Por los mismos años entra en práctica esta literatura en América Latina. No sólo como imitación de Francia, sino por la misma situación social por la que atravesaba Hispanoamérica en la segunda mitad del S. XIX. Pero, la diferencia concreta que separa ambos naturalismos es que, mientras en Europa, el naturalismo responde a una época de industrialización, de expansión económica e imperial del Viejo Continente, en el nuestro, corresponde al inicio de una nueva etapa colonial, al comienzo del subdesarrollo en términos estrictos[10].

La crítica se divide con el naturalismo. Henríquez Ureña no le da mayor importancia, la ve como una continuación del realismo que inaugura la novela hispanoamericana, a mediados del S. XIX. Arturo Torres Rioseco sostiene lo mismo, pero le concede una virtud al naturalismo: la de poner de manifiesto los verdaderos problemas sociales de Hispanoamérica: explotación de hombres, mujeres y niños, venalidad de los gobiernos, crecimiento de enfermedades sociales y prostitución. Y Anderson Imbert la ve como una imitación francesa, señalando solamente que el naturalismo es la primera generación modernista.

El Naturalismo en América como tendencia literaria se caracterizaría por una concepción espacial de la estructura narrativa, por el modo general de interpretar la vida nacional y por el acento puesto en las funciones laterales de la novela[11].

En su brillante lectura de la Novela Naturalista, Iñigo Madrigal observa la incorporación de América Latina a la Revolución Industrial y al capitalismo, como proveedores de materias primas a la par que como consumidores de la producción industrial de las metrópolis. A pesar de las crisis comerciales y financieras que se repiten en el S. XIX, motivadas por la contratación del crédito y de las importaciones metropolitanas, este proceso no se detiene. El pacto neocolonial que une América a las nuevas metrópolis se consolida en las fechas indicadas, es decir: 1880-1890[12]. Se produce un aparente bienestar, pero es en los sectores rurales donde ocurre el mayor descontento. A la expropiación de las tierras indígenas se sigue, como consecuencia, la contratación de los ex comuneros en tierras que ahora son de grandes propietarios individuales, el régimen de inquilinaje en que cultivos de subsistencia se cambian por prestación de trabajo al propietario, hechos que son consecuencia de esa situación no hacen sino acentuar el problema de la tierra que desde los tiempos de la Colonia española arrastran las naciones ahora independientes. La propiedad rural que en el S.XVI adquirió el poblador había derivado tempranamente al latifundio (en el S.XVII, como señala Góngora). Con nuevas condiciones la distancia que separa a un pequeño grupo de grandes propietarios de una inmensa masa de trabajadores rurales se hace cada vez mayor, si bien, no se produce tampoco en esas fechas, una incorporación real de las áreas rurales al mercado[13]. Se gesta una nueva economía en América Latina, mercantil y minera que se relaciona con la metrópolis de la que depende la explotación agrícola, regida ésta por una economía de autoconsumo, que elabora así sus propios y desconcertantes signos de riqueza[14]. Se conforma, en consecuencia, una suerte de doble economía, una mercantil y la otra agrícola de subsistencia; "la función del sector agrícola es dentro del orden colonial, proporcionar alimentos, tejidos y bestias de carga de bajo precio para ciudades y minas[15].

Así prevalecen en las colonias formas híbridas de funcionamiento "que combinan las relaciones comerciales de corte capitalista-metropolitanas con la organización esclavista y feudal de la producción local."[16].

Con la Independencia, curiosamente, al suspenderse las importaciones y el pago de tributos a España, se destruye "la parte central de la operación externa de la economía"[17] pero, sin embargo, la estructura social y económica interna permanecen prácticamente iguales[18].

Sostiene Iñigo Madrigal que a pesar de que el advenimiento del capitalismo en América es anterior a las fechas de instauración del pacto neocolonial, las especiales condiciones socioeconómicas de la América Colonial Española, en la que todavía no se dilucidaba bien el paso del feudalismo al capitalismo y lo sucedido en los primeros años de vida independiente en nuestros países, determinan que el pacto neocolonial sea una especie de encuentro entre la economía capitalista desarrollada de las nuevas metrópolis y la economía tradicional de América[19]. De esta manera surge una sociedad que tiene las características del subdesarrollo, que se caracteriza porque sus grupos no logran ajustarse a su deseo ni a sus intereses, por un país que no quiere ser lo que es mientras no puede convertirse en lo que quiere ser"[20].

La frustración se deja sentir no sólo en lo económico, sino también en toda la vida cultural. El pacto neocolonial se acepta sólo parcialmente, y lo que se adopta de él se mezcla con elementos culturales anteriores, provocándose una suerte de esquizofrenia cultural, el nuevo sistema cultural provoca todo tipo de resistencias y frustraciones, no se genera un simbólico latinoamericano propio, sino un eclecticismo cultural[21].

Este eclecticismo, que Sarmiento sintetiza en la frase disyuntiva: "civilización o barbarie" cobra una dimensión de desesperanza trágica. No hay conciliación entre esos opuestos, como no la hay entre la sociedad tradicional y la capitalista. Por eso, los naturalistas americanos se apropiaron del bagaje teórico de Zola, y de los naturalistas europeos, pero mientras estos últimos deseaban cambiar la sociedad, los americanos no lo pensaban siquiera, su signo es la desesperanza y la muerte[22].

El criollismo fue en Chile, entonces, una corriente importante que encarnó la importancia de la naturaleza, cuestionó las relaciones de producción y observó con nitidez las dualidades entre la sociedad agraria colonial y los resultados de la explotación de los hacendados hacia los trabajadores del agro y los pequeños propietarios rurales. También señaló las formas peculiares de desviar la cautela de los hacendados por estrategias ladinas de reapropiación de la naturaleza, como se aprecia en la novela  Zurzulita  de Mariano Latorre y en la producción literaria de Marta Brunet en su novela  Humo hacia el Sur, en la que una joven de origen campesino logra emerger de la violencia corporal a la que la somete un seductor aristócrata y llega a constituirse en un núcleo de poder, desde su lugar de dueña de prostíbulo en Colloco (Moraima).

Latcham rescata dentro de este conjunto de escritores criollistas a Fernando Santiván, quien en  La Chica del Crillón y  Mónica Sanders, entre otros textos, porque intenta elaborar una visión política del sexo, y de las relaciones sexuales, en las que aprecia una importante dosis de las luchas políticas que se libraran en el Chile de su época.

La representación literaria sigue una retórica en la que se deja en el narrador la capacidad de resolver los conflictos que plantea, visibilizando de esta manera su propia ideología. Otorgando al narrador la capacidad de un "saber" sobre el mundo que va a narrar de acuerdo a un verosímil que se pacta desde la primera página entre autor, actor y lector. Este acuerdo va a eximir al narrador de cualquier familiaridad con el paisaje desde el cual elabora la trama narrativa, fatalmente los personajes sobrellevan el mundo desde el cual emanan. Incluso más, durante el mundonovismo esta disociación se hará más tajante, caracterizándose por una disociación de los términos representados: en los consabidos términos de Civilización y Barbarie. La Civilización va a tomar distintos matices, sea bajo la pluma neoclásica de Bello, sea bajo el romanticismo de Sarmiento, pero la barbarie se mantiene y pertenece al vasto mundo, al incomprendido mundo de la naturaleza y, por extensión y como síntoma de ella, al hombre habitante de los campos (Latorre), de la selva (José Eustacio Rivera), de la pampa (Ricardo Güiraldes). Este hombre porta en sí el enigma de la naturaleza que se escapa de la cultura letrada, que no hace tanto caso de ella, que juega con esas herramientas culturales y que en buenas cuentas y bajo un prisma revisionista ulterior, podemos atrevernos a situar como hipótesis; se burla de la ley letrada, sabiendo que ella lo consigna como su otro, su monstruo, su delirio, su posesión.

Tal es el horizonte cultural desde el cual emerge Marta Brunet. Del realismo, ella ocupará las estrategias discursivas de los franceses que leyó en su juventud y de los españoles, de quienes provenía por parte de padre y madre. Sabemos que Proust, Pirandello y Joyce, así como Unamuno, Azorín Y Ortega y Gasset fueron textos de lectura significativa para la escritora. Estas estrategias y reglas discursivas consisten en la producción de un universo que presenta rápida e insistentemente el personaje en el centro de un conflicto dramático, materiales que servirán para condensar sobre ellos una concepción del discurso y del poder del discurso encarnado en las relaciones entre los cuerpos a los que dota de poder. Y este poder, no sólo radica en la sexualidad, institucionalizada en la familia como forma de controlar la pulsión y el goce, sino también en la jerarquía social que ocupa el personaje, pues en los primeros textos de Brunet, ellos constituyen ese plus descontrolado que obedece al "cuarto estado"[23] como lo denomina Auerbach, para señalar a aquellos seres que aseguran con su fuerza de trabajo la existencia de una producción y que están a la base de la configuración social dominada por el Estado. Personajes que en la sociedad de los años 29 y 30 no estaban capacitados, al menos en las elites cultas, para recibir información más que como "folklore", como una dependencia del hombre a un paisaje que la urbe no conoce ni comprende en su totalidad. Pues está ubicado en una jerarquía social inferior al de las capas medias que nacen en Chile con el desvanecimiento de la aristocracia y del poder del "agro", auspiciado por el modelo católico conservador para llegar a producir la modernización temprana de la ciudad letrada, que va a originar fuertes migraciones desde el campo a la ciudad, bajo la égida del liberalismo y de las luchas políticas de éstos con las capas conservadoras, aristócratas dueños de tierra que se sentían desconcertados con el nuevo momento social y cultural por el que pasaba el país. Se agrega a ello las luchas radicales para conseguir la educación de todo el país y la participación política en los campos profesionales que comienzan a desplegarse así en la industria y en el comercio. Las jerarquías socioculturales tienen relevancia en la medida en que Brunet consolida la heterogeneidad de los modelos que recibiera culturalmente en su peculiar estilo, en lo que podemos llamar la escritura brunetiana. Y la escritura brunetiana escoge la provincia no sólo por razones biográficas, no sólo por adhesión al criollismo, sino también porque vio en la provincia y en el proyecto criollista un significante de una disputa cultural, de una tensión de productividad de signos en el que la mujer y, sobre todo, la mujer mestiza, la "empleada", la "campesina" podía revertir desde su condición oprimida el discurso que la condenaba al servilismo o peor aún, a la anulación total. Por eso Marta Brunet, en su primera producción, centra totalmente en esa mujer, la que está sometida a una política impuesta desde los centros hacia las periferias, la discusión entre el coloniaje, amparado por el formato católico conservador y el liberalismo, que bajo la premisa del "progreso", sometería la cultura local a los nuevos signos del poder del mercado. Además, Brunet no observa la existencia de una mujer, sino también acota un universo que concierne las relaciones asimétricas entre los géneros y los grupos sociales postergados por la modernización, haciéndolos producir signos de resistencia al vasallaje, sea bajo la forma de una rebeldía o de un aparente acatamiento, o bien abriendo la zona productiva en su discurso para abrir un imaginario pensante sobre esa violencia que entrañaba el pacto neocolonial y su ingreso a la metrópolis, trabajando no sólo con el dispositivo de género sino también con el de clase y de etnia. Este último se puede vislumbrar en nominaciones como "roto",[24]que le asigna a hombres como su personaje Santos Flores, protagonista masculino de Bestia Dañina, o bien en caracterizaciones de personajes: Pereira, el asesino de Juan Osses en Montaña Adentro, su primera novela publicada. De esta manera, el discurso brunetiano, si bien emerge desde el Criollismo y el Mundonovismo, nunca abandona la problemática del surgimiento del texto cultural que consolida el ingreso del sujeto colonial latinoamericano a la modernidad. Modernidad surcada por distintos ejes de poder, por una parte el poder que emana del modelo conservador, y del formato de la hacienda, como del poder liberal, que ingresa en Chile con los principios ideológicos de la igualdad democrática y el librecambismo económico. Este liberalismo, va a buscar la incorporación del agro a la industria, como se aprecia bien en la novela Humo hacia el Sur, escrita con posterioridad a su período criollista y por otra parte va a incidir en la educación femenina para desempeñar trabajos secundarios, como secretaria, dactilógrafa, maestra, enfermera (María Nadie). La relación entre sexualidad y política, entre poderes y economías, entre imaginario y capital está magistralmente descrita en la textualidad brunetiana.

El criollismo chileno, dice Latcham[25] tiene tres generaciones de escritores, caracterización que deriva tanto de su estética como de su función política. Es en el centenario, el momento en que se consolida una primera generación criollista, con Baldomero Lillo, nacido en 1867, Federico Gana (1867), Manuel J. Ortiz (1870), Samuel A Lillo (1870), Emilio Rodríguez Mendoza (1873), Diego Dublé Urrutia (1877), Joaquín Díaz Garcés (1878), Manuel Magallanes Moure (1878), Carlos Pezoa Véliz (1879), Olegario Lazo Baeza (1878).

La Segunda generación Criollista, según Latcham la constituirían los siguientes escritores: Augusto D Halmar (1880), Víctor Domingo Silva (1882), Jerónimo Lagos (1883), Guillermo Labarca (1883), Eduardo Barrios (1884), Eliodoro Astorquiza (1884), Max Jara (1886), Pedro Prado (1886), Mariano Latorre (1886), Fernando Santiván (1886), Acevedo Hernández, padre del teatro criollista (1887), Joaquín Edwards Bello (1887) y Armando Donoso, crítico que realizó la historia del movimiento en "Los Nuevos".

La definición del Criollismo que surge alrededor de 1900 tendría como características el afán de ensalzar la nacionalidad chilena y los valores patrios, desde las costumbres rurales y la descripción del paisaje. Actitud literaria que obedece también a finalidades políticas, provocando en algunos casos cierta fusión.

Después de 1900, relata Latcham, la profesión de escritor se separa de la política. Los escritores realizaron trabajos que eran independientes de la literatura y de la política. Así, Santiván desempeñó diversos oficios, impresor, periodista, editor y maestro rural. Baldomero Lillo fue burócrata y empleado de las minas de carbón de Lota, Federico Gana fue un gran señor rural y luego, un bohemio. Antonio Bórquez Solar se desempeñó como profesor de castellano y periodista. Eduardo Barrios fue oficinista salitrero, empleado de la Universidad, agricultor y administrador de una hacienda de una poderosa sucesión, antes de ser Director de la Biblioteca Nacional y Ministro de educación. Max Jara también pasó por la Universidad, pero no pudo vincularse nítidamente con la institución. "Su alma fue siempre generosamente bohemia dice Latcham[26]. Pero muchos de estos escritores fueron diplomáticos, periodistas, profesores o burócratas de la Universidad de Chile. La literatura con estos escritores se transforma en una profesión, adquiere cierto poder y prestigio social, puesto que sirve de credencial externa e interna para cualquier actividad.

No es el interés por lo rural lo que caracteriza al criollismo sino más bien el énfasis por acotar el imaginario nacional, la composición de las clases sociales, los dilemas humanos de los integrantes de esas clases, a la vez que señalar los márgenes y excesos que se producen con el capitalismo ingente, que constituye la fachada espectacularizante de la modernización, aspiración liberal. No olvidemos: Civilización y Barbarie La ciencia equivalía al Progreso. El interés por la vida del minero en Lillo es contemporáneo al del patrón de corte feudal, de "Gran Señor y Rajadiablos" de Eduardo Barrios, o al de "Hijo de Ladrón "de Manuel Rojas.

El escritor entonces alcanza un oficio y la literatura una función política, cuya consecuencia es que alcanza un poder institucionalizado que se concentra en las letras, a las que además disciplina, convirtiéndolas en saber académico, en conocimiento ilustrado o en producción ensavística. Pero hay también otra consideración importante, que, corrigiendo a Latcham, retomando sus palabras[27], consiste en que el poder de esta nueva escritura radica en su capacidad de análisis del texto y el contexto de la sociedad chilena poscolonial, dándole un estatuto en la cultura letrada, traspasando las fronteras locales y generando un interés internacional por la constitución heterogénea y múltiple de la sociedad chilena. Por eso hace sentido que muchos de sus integrantes hayan alcanzado figuración diplomática, puesto que pudieron construir una historia que se desconocía, conformando sus ideologías, sus líneas de fuerza y sus puntos de fuga, en la que señalaron con mayor o menor fuerza los problemas del minero, del trabajador de la zona de Magallanes, de la pampa salitrera. Como consecuencia de ello, y efecto del Naturalismo, el escritor criollista adquiere seguridad y precisión en su oficio, que es por uno de sus lados más visibles, el de cronista.

El criollismo se ensancha y robustece, perforando todos los géneros: teatro, poesía lírica, novela y cuento. Pero también aparecen aquí sus primeras críticas, la principal de ellas, la de carencia de universalidad, proveniente de Alceu de Amoroso Lima, brasileño[28] quien hace valer esta crítica no sólo para los chilenos, sino también para todos los hispanoamericanos. Se exige una trascendencia de los valores locales. Comienza un hastío con el detallismo, el exceso de paisaje y la exageración de la descripción de las costumbres, sobre todo, las campesinas.

Latcham, por su parte, se reserva una crítica importante, la dificultad de penetrar en las capas aristocráticas dominantes. El criollismo --señala-- tuvo "limitaciones de técnica, espacio y tiempo histórico"[29]. Los diálogos de salón serían pobres, con la excepción de Luis Orrego Luco y de Mariana Cox. La Literatura chilena --asevera Latcham-- no estuvo particularmente interesada en la vida de la aristocracia. Es nuestro parecer que no lo estuvo, en parte porque surge desde el Realismo, como tensión entre clases, lucha de grupos que sostenían diferentes visiones políticas sobre el horizonte cultural del país y porque con la influencia del Naturalismo, del que parte el Proyecto Criollista, la literatura chilena cuestionó la adscripción liberal al desarrollismo, al "pacto neocolonial" y señaló las aristas feudales que permanecían en las haciendas y campos chilenos. La aristocracia se sentía desconcertada ante la nueva forma que iba adquiriendo un país frente al cual no pudo retomar el mando desde el grupo conservador, porque no logró tomar conciencia de los diferentes procesos económicos que surgían de manera inminente y que operaron modificaciones radicales en las relaciones humanas, que se sometieron al valor de cambio dentro de un mercado perteneciente a las Metrópolis. Desde su inicio, la literatura chilena se asume como la escritura del otro de Europa, con distintos procesos históricos culturales, con otras tensiones económicas y políticas, para ingresar a la modernidad con otros costos que pagar por ese ingreso. Desde el Realismo hasta el Naturalismo (hasta hoy), Chile, en sus imaginarios literarios, busca simbolizar eso otro que es, asumiéndose diferente a Europa. Más aún, si escogió otro, un margen otro desde el cual hablar, lo hizo desde su propio texto, mestizo, popular o bien desde la perspectiva del hombre sin destino que va a la estepa, la mina o al trabajo escasamente remunerado. Reconoció en esa imagen bastarda, sintomática, iletrada, la clave histórica de cierta degradación, provocada como efecto por los monopolios primermundistas que formatearon el país desde la égida del modernismo y el liberalismo, como una moneda de juego ambivalente: clasificación territorial, división geopolítica de las masas para ordenar sus estéticas y sus sexualidades, mientras que el texto del desorden, la anarquía, el caos, que era el mundo colonial y poscolonial iba a metaforizarse en esos descentrados que fluctuaban fuera del control del Estado, pero que garantizaban desde su descontrol corporal y somático, el orden ya dudoso de la aristocracia y calmaban el temor de las capas medias, cuya civilidad de cuño reciente es bordeada, circunscrita por estos parias, bastardos, nómades, que están al lado de ellos, pero de los que sólo una delgada línea los separa: la línea del deseo, por una parte, su escasa y frágil vinculación a la familia, como célula política y su adhesión a los medios de producción como la fuerza de trabajo barata y, por lo tanto, sustituible, liberada al despotismo o al capricho de las clases medias que buscan hablar la retórica de las capas adineradas y al de las altas, que se esfuerzan por dominar este lugar para poder negociar con los países del Primer Mundo. Por ello, los narradores "criollistas", siguiendo el movimiento naturalista de acuerdo a su textura en Chile, metaforizaron en "lo criollo" lo mezclado, la mixtura de un saber ancestral, de origen indígena y lo español, organizando la figura retórica de un significante que los ronda, los perturba, pero que, alejado de la urbe, de los centros, instalado en las periferias, les parece menos zigzagueante y más dramático, les parece un temblor que desestabiliza la nación poscolonial, pero que ocurre fuera de ellos, en cuerpos abigarrados, cautivos, desterritorializados y, por ello, al borde de ser víctimas del crimen, o de otra violencia, la autodestrucción. No es sólo como dijo Latorre, "en la cabaña está el Universo", sino que en la cabaña, en "la puebla" y liberados al frío, al mal trato, al trabajo temporal y mal pagado, estaba todo Chile.

El criollismo, según Latcham, tuvo un tercer momento, y este tercer momento es uno de los núcleos más discutibles de su texto, pues incluye las figuras de Manuel Rojas, González Vera, Marta Brunet, Salvador Reyes, Benjamín Subercaseaux, Daniel Belmar y Luis Durand. Es problemático en cuanto a que Manuel Rojas, citado por Goic, Promis y otros críticos, no está incluido en el criollismo, sino más bien en la frontera con el Superrealismo[30]. Tampoco González Vera. La diferencia de estos últimos criollistas radica en una concepción distinta de la textualidad. Se desprende de la crítica que sufriera el proyecto criollista una necesidad de realizar cambios en la técnica narrativa, una urgencia por replantear la inmensa dimensión que cobra la naturaleza en la literatura de esta tendencia, la que llega incluso a sofocar al hombre. Los nuevos criollistas elaboraron los temas ya conocidos con un estilo más depurado, como González Vera, preciso, sugerente en sus textos Vidas Mínimas y Alhué. Manuel Rojas recreó viejos escenarios literarios con una prosa "más enjuta, sin artificio, rasurada de todo retoricismo"[31]. Y Marta Brunet reelaboró el criollismo, complejizándolo, según Latcham[32], quien cita las palabras del crítico Pedro N. Cruz: a propósito de la escritora: "En Marta Brunet no hay divagaciones. Sabe preparar las escenas culminantes despertando el interés. La narración adelanta, equilibrada y sencilla"[33]Le reconocen también "fantasía e imaginación creadora".

En cuanto a Luis Durand, que escribiera Tierra de Pellines (1926), se reconoce como continuador de Latorre, pero a juicio de los críticos, su trabajo es repetitivo con respecto a su modelo escritural. Se le considera conservador con respecto a sus contemporáneos (González Vera, Manuel Rojas, Marta Brunet, Salvador Reyes)[34] y con una escritura descuidada y poco sistemática.

El grupo de los llamados "escritores imaginistas" por Latcham[35] tuvo como líderes a Salvador Reyes, Luis Enrique Délano y Hernán del Solar, quienes dejan atrás el nacionalismo estrecho, la falta de estilización en el tratamiento del otro, acusando el impacto de los escritores de las vanguardias europeas, desde Rimbaud hacia delante. Los imaginistas plantearon sus posiciones algo europeizantes --al decir de Latcham--[36], con lemas de vanguardia.

El proyecto criollista contenía desde su inicio las claves de su propia superación, la que desarrollaron los ya citados Manuel Rojas, Marta Brunet y González Vera. El surgimiento de nuevas corrientes en las letras chilenas, como el imaginismo y, posteriormente el grupo Índice, con Domingo Melfi, Eugenio González, Raúl Silva Castro, Joaquín Edwards y Mariano Picón Salas buscaban una revisión de lo chileno, pero ahora desde la tradición americanista. Entre ellos estaba Benjamín Subercaseaux, quien escribió textos que enjuician a los literatos chilenos por su timidez frente a lo sexual, por los prejuicios coloniales y por las posiciones limitadas frente a la vida y al arte. Hace una defensa de Mariano Latorre, señalando aspectos de su producción inadvertidos por Alone[37]. En 1928, Joaquín Edwards Bello también hace una defensa del escritor más relevante y decisivo del Criollismo, quien recibiera en forma sistemática el ataque de este poderoso crítico chileno, reconociendo en el escritor más significativo del proyecto criollista la pasión por novelar el país. Reprocha a los imaginistas y a Neruda la incapacidad de fundir poesía y prosa para generar la gran novela o el gran texto de América Latina. Y toma como ejemplo de autores sólidos a Gallegos, Güiraldes (Don Segundo Sombra), José Eustacio Rivera (La Vorágine) y Zogoibi, de Larreta.

La pugna abierta por Subercaseaux y Edwards Bello, tiene una doble importancia, a nuestro juicio: en primer lugar, hacer notar la necesariedad de un gran texto narrativo en nuestro país y en segundo, reconocer un cambio de sensibilidad estética y política, que se traduce en la puesta en cuestión de la concepción documental de la novela, por una parte a expensas de los cambios técnicos sobre todo para elaborar la acción y otorgar densidad a los personajes y por otra, visibilizar la importancia de renovar el imaginario criollo con fantasía y capacidad de otorgar sentidos más universales a la vida de los hombres y enmarcar sus tensiones en las luchas que el espíritu ha sostenido para contener las fuerzas locales y ahondando en ello, producir en el arte, formas que simbolicen la historia cultural de nuestro país, que, como creyó Latcham es un trabajo que aguarda su realización. La novela chilena espera desde todos los vértices que representan estas tendencias superpuestas, (Realismo, Romanticismo, Naturalismo, Imaginismo) la síntesis justa que en nuestra propia lengua, genere el mapa de las diferencias que la han surcado y el mundo que sostiene su presente como memoria diferida y porosa, que pugna por abrir una posibilidad distinta de escribir esa lengua y sus trascursos múltiples, dinamizando la identidad local.

Marta Brunet atravesó en su escritura estas corrientes literarias y aunque circunscrita al criollismo, en sus primeros textos, la crítica la juzga como superadora, aún desde su producción más temprana, de los problemas nodales de éste, tales como el pintoresquismo, el excesivo detalle, el regionalismo. Marta Brunet se sitúa en ese criollismo para abrirlo hacia nuevos horizontes estéticos, que estructuran el relato con dimensiones más universales, sin abandonar el para ella apasionante nudo del existir de la provincia, de Chile, de toda América Latina.

 

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 NOTAS


[1] Luis Iñigo Madrigal. "La Novela Naturalista Americana" en La Novela Hispanoamericana. Descubrimiento e Invención de América. Eds. Universitaria de Valparaíso. Universidad Católica de Valparaíso. 1973.

[2] Ricardo Latcham: "El Criollismo". Ed. Universitaria.1956.

[3]Lucien Goldmann. Para una sociología de la novela .Madrid. Ciencia Nueva. 1967.

[4] Lucien Goldmann. Op.cit. Cap.1.

[5]Lucien Goldmann. Op.cit.pp.74 de Luis Iñigo Madrigal, op.cit.

[6] Luis Iñigo Madrigal.Op. cit.pp.74.

[7] Arnold Hauser. Historia Social de la Literatura y el Arte. Madrid. Guadarrama. 1962. P.258.

[8] Luis Iñigo Madrigal. Op.cit. p.77.

[9] Erich Auerbach. Mimesis. MéxicoFondo de Cultura Económica. 1950, p. 480.

[10]Luis Iñigo Madrigal. Op.cit. p.78.

[11]Luis Iñigo Madrigal. Op.cit. p.81.

[12] Tulio Halperin Donghi. Historia contemporánea de América Latina. Alianza Editorial. p.281.

[13] Luis Iñigo Madrigal. Op.cit. p.85.

[14]Sergio de la Peña. El Antidesarrollo de América Latina. México. S.XXI. p.133.

[15] Tulio Halperin Donghi. op.cit. p.16.

[16]Sergio de la Peña. op.cit. p.133.

[17] Tulio Halperin Donghi. op.cit. p. 17.

[18] Franz Hinkelammert. El Subdesarrollo Latinoamericano. Un Caso de Desarrollo Capitalista. Buenos Aires. Nueva Universidad. 1970. p.22.

[19] Luis Iñigo Madrigal. Op.cit. pp.86-87.

[20]Franz Hinkelammert. Op.cit. p.22.

[21] Franz Hinkelammert. Op.cit. p.15.

[22] Luis Iñigo Madrigal. Op.cit. p.88.

[23]Erich Auerbach. Op.cit. en José Promis. Testimonios y Documentos de la Lite­ratura Chilena, Stgo. Nascimento. 1977. p.47.

[24]Roto: chilenismo que designa a la persona de origen mestizo con indio.

[25]Ricardo Latcham. Op.cit. p.7 y 35.

[26] Ricardo Latcham. Op.cit. p.32.

[27]Ricardo Latcham. Op.cit. p.20-21.

[28] Ricardo Latcham. Op.cit. p.25.

[29]Ricardo Latcham. Op.cit. p.28.

[30] Cedomil Goic. La Novela Chilena. Ed.Universitaria. 1968. Nota 103.

[31]Ricardo Latcham. El Criollismo. p.35.

[32] Ricardo Latcham. op.cit. p.36.

[33]Ricardo Latcham. Op.cit. p.36.

[34] Ricardo Latcham. Op.cit. p .37.

[35]Ricardo Latcham. Op.cit. p.37.

[36] Ricardo Latcham. Op.Cit. p.p. 37-38.

[37]Alone: prestigiado crítico literario nacional, principal opositor de Mariano Latorre.


 

 

 

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LA PERTENENCIA HISTÓRICA DE MARTA BRUNET
Por María Eugenia Brito
Publicado en Revista de Teoría del Arte Nº 6, vol. II, del Departamento de Historia y Teoría de las Artes
Universidad de Chile. Santiago: 2004