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"Las islas que van quedando" de Mauricio Electorat
Alfaguara 2009, 406 páginas.

Paseos por Barcelona

Por Patricia Espinosa
MLas Ultimas Noticias. 2 de Octubre de 2009

Similar a un mercado persa, atiborrada, desbordada de historias y de cruces entre personajes, viajes y relaciones amorosas, además de un constante parloteo en torno al hacer literario, la novela Las islas que van quedando , de Mauricio Electorat, es un intento desesperado y triste por acomodarse en el sitial de las ficciones que se refieren al acto de construir una novela; es, por así decirlo, un gesto aspiracional tendiente a producir literatura inteligente, en este caso, de la peor forma posible.

Las islas que van quedando reflota el manoseado tópico del grupete de amigos latinoamericanos en Europa. Y, ya que hablamos de manoseo, habría que agregar que la historia ocurre en Barcelona, una suerte de Meca para los narradores chilenos. El relato se asemeja a una guía turística con enumeraciones de bares, restaurantes y avenidas, que resultan inaguantables, producto de un Electorat sobreexcitado que le da como caja a su conocimiento vial de la ciudad catalana, dejando la impresión de que desea demostrar a los habitantes de estos pagos que él ha estado allí, en vivo y en directo.

Así es como aparece Boris, el chileno poeta que trabaja en una agencia de viajes, y Julián, un argentino, escritor de novelitas sentimentales. Ambos en extremo apegados a los estereotipos: el chilenito apocado y el argentino entrador. Por si resulta difícil predecirlo, el argentino triunfa y el chileno fracasa. Tras la muerte del argentino, Boris se queda no sólo con la mujer del finado, sino también con un borrador de un nuevo y enigmático libro.

Es en este punto, antes del primer tercio del volumen, cuando la novela se le va de las manos al autor, al no poder manejar una historia dentro de otra. Todo se vuelve excesivo, redundante, forzado en su intento paródico, cayendo en torpezas efectistas y ridículas. De qué otro modo se puede comprender la presencia de un duende y del arsenal de Carrizal Bajo. Puede ser que Electorat a última hora se acordara de dar el toque político y fantástico a la narración.

Haciendo un esfuerzo, se podría decir que la novela nos habla de la fatalidad del desarraigo; sin embargo, el tratamiento del tema es banal y reduccionista. El amor mueve el relato, pero no le da ni para melodrama, porque el interés central es la reflexión metaliteraria y el exhibicionismo del sapiente autor.

De Barcelona a Tokio o de Santiago a París o de Barcelona a la isla Juan Fernández, la historia da tumbos y ya no hay quien la pare, llegando al extremo de que el narrador, casi al borde de la desesperación, llega él mismo a señalar en dos momentos: “un poco más y la cortamos” y “lo hacemos corto, no se preocupe”, dirigiéndose al “desocupado lector”. Las islas que van quedando tiene la particularidad de no degradarse, porque comienza fallida. Al autor se le arranca la moto, usando una expresión algo demodé , y la novela se le vuelve un engendro que no sabe cómo desarrollar ni menos terminar: un relato que no da para más que para un premio al esfuerzo.

 

 

 

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Paseos por Barcelona. "Las islas que van quedando" de Mauricio Electorat.
Alfaguara 2009, 406 páginas.
Por Patricia Espinosa.
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