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TRAPALANDA DEL IMAGINARIO AUSTRAL: POESÍA DE MIGUEL EDUARDO BÓRQUEZ

Por Marino Muñoz Lagos
Reseña publicada originalmente en “El Magallanes”, 2014.



.. .. .. .. ..

“Si aún hoy algo sobrevive en nuestra globalizada Latinoamérica de su misticismo primigenio, es la ilusión de asirnos con ardiente paciencia a unas cuentas utopías, creyendo poder alivianar a través de ellas parte del peso de quinientos años de tragedia, usurpación y subterránea barbarie. Bajo ese prisma, la Trapalanda o Ciudad de los Césares es comprendida como la quimera austral por antonomasia, en la medida que sus particularidades revelan el sino más violento del despojo y la desolación, contraponiéndola en clave onírica a un ideal totalizador, lejano en años luz a la historia oficial, tan machada de oro como de sangre”. Es lo primero y más legítimo que nos afirma el escritor Miguel Eduardo Bórquez en este libro, que parte comunicándonos de forma certera esa verdad tan despreciable como irrefutable.

Trapalanda es una lectura de trescientas páginas repletas de una poesía sorprendente y laboriosa, que invita a reflexionar a un lector austral quizá acostumbrado a textos de frágiles razones, como las que nos ofrecen nuestros poetas de la provincia, endebles en sucesos y lugares que fortifican la cultura personal.

Se trata de un texto articulado alrededor de un territorio que fue fuente de riqueza, hermosura y conocimiento para navegantes, científicos y aventureros que arribaron con los más variados propósitos a estas lejanías asombrosas y sus despedazadas geografías, trayendo también la muerte:

“Finalmente a las familias las separaron en ghettos,
a los héroes los colgaron boca abajo
en plazas públicas,
a los pobres los quemaron en hornos
por víspera pascual,
cual chicano Auschwitz del pezón patrio.
A las jovencitas les metieron ratas por la vagina,
a los huérfanos los desvistieron para filmar películas
y a los poetas los metieron en bolsas
de arpillera para lanzarlos de noche al mar.

Desde todos los rincones de América
llegaron gentes a contemplar
. . . . . . . . . . . . . el parto de tan bella ciudad”.

Nuestro prócer observa la inclemente, dura y bella geografía quebrada es islas, en indios, en lobos de dos pelos, en ruidos y constelaciones, y por último, en soledades, silencios y graznidos. Nubes que manchan los cielos, los pájaros ciegos y sus viajes sin derrota, reconociendo lo ya visto, lo que entra por las pupilas y el alma:

“Te digo patria, el hueso hace la patria y es de hueso la fosa del indio remando a través de los lobos para amainar el semblante de tus hielos, el ilegitimo desborde de tu raza. Ahora te proteges del temporal bajo un rancho, calentando tus manos en el fuego y esperando impaciente más favorables mareas”.

Cambiar de territorios como de camisas, de dioses y de plegarias:

“Sólo entonces los cansados surcos
de tu memoria pueden devolverte
-por un segundo-
la imagen de tu madre remendando tu único
pantalón de colegio,
mientras canta corazón de escarcha
y vigila a través del ventanal
la apatía de un dios a quien por herencia temes”.

Desde Última Esperanza hemos escuchado los episodios del poeta aventurero, navegante y mago que se llamó Miguel Eduardo Bórquez. Soñador de vuelos y territorios, coironales y escualos, arco iris y horizontes. En su Trapalanda hay mortandades y esperanzas, viajes con regresos y rutas que se mueven con terremotos, astros y contrabandistas. Hay poetas y tripulantes, borrachos y abstemios, ladrones y enamorados, todos ellos bajo el prisma de quien antes del final ordena con premura estas crónicas:

“que he venido escribiendo en servilletas y viejos diarios desde mis días de juventud, procurando dejar registro del periplo que fue mi vida antes que la ciudad cayera y yo con ella, convirtiéndome en no más que un lamento a mitad del peladero, en un montón de huesos sin sangre, sin patria, sin corazón”.

Punta Arenas, 2014.

 


 

 

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SELECCIÓN DE TEXTOS DE “TRAPALANDA”

La ciudad es siempre la misma.
Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Constantino Cavafis

{ LA CIUDAD ES EL SILENCIO EN ESTÉREO DEL MUNDO }

***

Soy, desde la soga en que cuelgo,
sólo un ácido e infausto rumor
de la vida que tuve
y las nauseas del derrumbe,
el roto ecuador de mis demonios
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . en tecnicolor.

Soy una desmesurada inanición,
lo que hierve Chile adentro
y analmente desvalija al beato territorio.

Soy un cataclismo violáceo del sol:
la estrella de David es mi quijada,
. . . . . . . .la estrella de Belén es mi ganglio.

Porque avergüenzo a dios y a mi patria
cualquier noche me matarán a garrotazos.

Fallaré y seré millones.

***

Yo, tan delictual y omnívoro,
narciso umbilical del Tahuantinsuyo
y la Tierra del Fuego,
un Ian Curtis de neopreno y flema,
marcado a fuego por manicure
y atroz pelaje;
yo sé lo que es preñar por la boca
culturas y prepucios muertos,
pulsear la vida de cana en cana
soleando el plebeyito cucharón,
la amalgama dócil,
la Sodoma y fiel punzada.

***

Me dijeron la mano esconde la piedra
y piedra es todo el corazón que conoces,
todo el corazón que tendrás.

Me dijeron el milagro es la ciudad y el cielo,
. . . .. la línea espiral
y las estrías del carbón en celo,
el sudario de Ítaca y las niñas,
que sólo piensan los árboles del ido bosque
. . . .. y los drogos del edén.

Me dijeron obscena es la muerte y obscena
la memoria de los muertos,
la ternura vaciando culo adentro su espina,
. . . .. el corvo y la hoz.

Así llegó la noche y me dijeron
bienvenido guachito,
. . . .. por fin a tu casa.

 

 

{EL DIADEMA DE LAS PLÉYADES }

***

El viento es el presagio que traen los muertos,
. . . .. la solitaria lámpara,
las envolventes desgarraduras para criaturas
tan melancólicas.

Aprendiste eso siendo un niño,
recorriendo con tu madre la playa en las mañanas
para buscar algún rastro del bote
en que naufragara tu hermano mayor, Manuel,
. . . .. una triste noche de agosto.

Aún recuerdas la brisa del mar y el olor a lamilla,
la esperanza y el pavor en partes iguales
cuando corrías tras las gaviotas para espiar la
. . . .. carroña que comían.

Al final trozos del bote fue todo lo que el mar
quiso devolver, y una soga,
y algunas ropas dolorosamente irreconocibles.

Por eso en la sepultura de Manuel hay piedras
en lugar de un cuerpo.

Por eso en tu memoria hay piedras talladas por
el viento en lugar de nombres.

***

Entre muerto y muerto se pudrirá la tierra,
de dolor nadie querrá
contar sus propios huesos.

Trapalanda, Trapalanda, gritarás
muriéndote de hambre en cualquier gallinero
o cuchitril policial,
mientras la democracia se caga en tu cara,
mientras la vía láctea,
la alcurnia del populacho
y el primer mundo se cagan en tu cara.

La cruz del sur despacito irá quebrándote
los huesos,
la columna vertebral,
la esotérica y darwiniana esperma.

Trapalanda, Trapalanda, gritarás
pasados los treinta,
encorvado y jodido hasta las patas,
mientras al unísono con las bombas
un montón de guachos recitan
tu peor poema.

 

 

{ EL HÁBITO DE LOS GUACHOS FUE SOÑAR
mamíferas orfebrerías,
más inquietantes que el mismo sueño }

***

Disímil travesía la del oleaje espermio,
por siglos llorar sin llorar
los oleajes de Chile,
la amargura de mi madre tras cosechar
una quinta llena de cuerpos
por si aparece el mío.

***

Desembarcaré un día para ver tan muerto
lo que siempre quise,
soñé mío y deliré con ansia corromper.

Palabra no tendré para nombrar al mundo
en mi dolor,
renaceré del polvo para ser de nuevo otro
y hablar de poesía
con los huesos y los nervios en pedazos.

Con desesperanza volveré a mi barca
para copiar en un cuaderno el nombre que
me susurren las mareas
. . . . . . . . . –Miguel, Miguel-;
cortaré amarras como arterias para ver
el cielo arder y partiré.

Lo que me reste por vivir lo viviré callando.
Lo que me falte por morir
. . . . . . . . .lo moriré volviendo.

***

Será el fósil de dios la postrera piedra
que dará forma de oro a mi ciudad
antes de hundirme -como en un sueño-
bajo el augurio de mejores olas.

Los bosques del sur marcarán rumbos
que no seguiré
(el mapamundi de Orión y las Indias);
los navíos de la esperanza
cruzarán la abrupta geografía de mis
fantasmas.

De hueso y carne sangraré otro cielo,
aprendiendo que más allá
del último sur
un naufragio puede ser dios

o que un puñado de oro,
un hueso de ballena,
un mapa de Chile
o una ciudad en llamas
. . . . . . . . . . . . . pueden también ser dios.

***

El humeante brillo de unas canoas
abriéndose al Pacífico
fue mi última revelación.

Después recuerdo nada
. . . . . . . (o casi nada);
sólo que degollé a mis hijos
por un último mordisco del sol.


 



 

 

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"Trapalanda" del imaginario austral: Poesía de Miguel Eduardo Bórquez.
Por Marino Muñoz Lagos
Reseña publicada originalmente en “El Magallanes”, 2014.