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Mauricio Electorat retrata la "picaresca del exilio" en nuevos cuentos
"Cuando seamos menos que un sueño", Tajamar Editores, 2025, 204 páginas

Por Roberto Careaga C.
Publicado en El Mercurio, 12 de enero de 2026


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El autor de "La burla del tiempo" lanza "Cuando seamos menos que un sueño", un volumen de relatos sobre su experiencia entre el exilio chileno en los 80 en España y Francia.


Nunca tuvo la conciencia de ser un exiliado y oficialmente no lo era, pero de Chile se fue porque la Universidad de Chile lo echó de sus aulas tras someterlo a un proceso por razones políticas. Mauricio Electorat (Santiago, 1960) tenía 22 años cuando llegó a Barcelona y antes de cumplir los 30 vivía en París. Allá en Europa su círculo fue el exilio latinoamericano, entre los que estaban viejos amigos y conocidos que habían intentado algún tipo de resistencia al gobierno de Pinochet. Hasta ahora, ese tema reaparece en sus libros y ahora está en el nuevo, el volumen de cuentos "Cuando seamos menos que un sueño".

 

 

Publicado hace unas semanas por editorial Tajamar, es el tercer volumen de cuentos del escritor, ganador del Premio Biblioteca Breve en 2004 por "La burla del tiempo". Son nueve cuentos ambientados entre Francia, España y México, en que una serie de personajes siguen conectados con su pasado en la agitación política del Chile de la dictadura. Fueron militantes, usaron chapas, a veces también empuñaron armas; en el exilio intentan sobrevivir en pequeños trabajos y la épica revolucionaria se diluye en el día a día. "Para parafrasear a Claudio Giaconi, es un poco la difícil juventud de nuestra generación en la dictadura. De los que teníamos 15, 16, 20 años, entre fines de lo 70 y los 80. Y luego está el exilio", añade.

Electorat salió en los 80 de Chile como poeta y volvió al país, en 2006, convertido en novelista. Durante todo ese tiempo, trabajó como pudo, varios años como portero de noche en hoteles de medio pelo en París. "Siempre digo que entré a París por la puerta de servicio y me encontré con esa picaresca de todos los exilios. No solamente los chilenos, sino todos los sudacas. Los peruanos, argentinos, uruguayos, brasileños. Conocí el revés del decorado de esa cosa parisina tan magnifica", cuenta.

—Ese es el paisaje de muchos de los cuentos de este libro, aunque el pasado en el Chile de la dictadura está en el rabillo del ojo de los personajes. También esa parece haber sido la aventura de su generación.
—Es la aventura de mi generación. Pero hay algo que me llama la atención, y es encontrarme con estos amigos que pasaron la barrera de la precariedad. Todos pasamos a una cierta estabilidad. No estoy criticando, pero como que nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Terminamos por ser gerentes de algo, o tener buenos puestos de trabajo, cosa que celebro. A los 20 años era imposible pensar en eso. Éramos conserjes de noche, otros pelaban papas, eran camareros, conducían buses de turismo, qué sé yo... Toda esa picaresca del exilio al final va a dar a unas vidas estabilizadas, ordenadas, pequeño burguesas cuando no burguesas. Me alegro mucho, está bien, nos libramos.

—¿Se libraron de la precariedad o del proyecto político que los llevó al exilio?
—Ahí hubo mucha discusión siempre. Yo conviví e incluso tuve parejas militantes del MIR, pero siempre fui un asqueroso socialdemócrata. Todo esto se daba dentro de una convivencia muy amistosa. Estábamos todos en el mismo bote. Que tú fueras socialista renovado o mirista daba lo mismo, había que comer. Al final, podíamos discutir de política a gritos tomando vino en restaurantes chilenos, pero la vida continuaba. Es una cultura de la precariedad del exilio, que es lo propio que ocurre en los países que se dividen en dos, que es lo que ocurrió en Chile.

—En los cuentos también hay historias de venganzas, asesinatos y armas. ¿También eso era parte de la picaresca del exilio?
—Por supuesto. Yo nunca fui partidario de esa violencia política, pero viví con gente que sí lo era. Era un tema en nuestra generación. El tema desde el 73 en adelante para la izquierda era cómo se derrotaba a la dictadura. Una vía era la política, conquistando espacios lentamente; y la otra era la revolucionaria, en la que yo no creí jamás. Fue una discusión que se produjo durante muchos años y yo conocí a gente que pasó a la acción. Para mí es un tema a tal punto que me lleva a practicar la novela negra. Eso es lo que estoy haciendo ahora, novelas que son thrillers políticos. Ese es mi tema en el fondo: la política y la lucha armada.

—¿Se siente cercano a la literatura chilena del exilio? Pienso en novelas de Carlos Cerda, Antonio Skármeta, José Leandro Urbina.
—Los veo a todos ellos como mis colegas. Sumo a José Miguel Varas. Son como mis amigos del barrio, los cabros con los que uno va a jugar a la pichanga. Somos todos escritores distintos, cada uno con sus obsesiones, sus lenguajes, su sintaxis, sus temas, etc. Pero esa línea de autores es súper sustanciosa. Crucial. Esa literatura del exilio o desde el exilio, que después continúa adentro. Me parece tan importante ese momento de la literatura chilena como el de la generación del 36. El realismo social. La irrupción de escritores como Nicomedes Guzmán, Oscar Castro, antecedidos por Manuel Rojas y José Santos González Vera.

—¿Por qué es tan relevante esa literatura que describe?
—Es otra forma del realismo social. Es una especie de neorrealismo kitch, pop, con novela negra y elementos folclóricos, muy chileno. Yo formo parte de ese movimiento. Me siento cercano a Skármeta o Varas. Incluso a Nicomedes Guzmán. Porque, ¿qué es lo que estoy contando? La vida de un portero de noche. Que tiene una pieza de 10 metros cuadrados y que su vecino es africano. Todo ese realismo ocurre en París, pero podría ocurrir en la Avenida Matta. Veo una cierta continuidad, no veo una alteración. Salvo Mauricio Wacquez o José Donoso, que anteponen a la escritura una elaboración estética. Pero de los escritores que estamos hablando, somos escritores de la calle. No estábamos pensando en Balzac ni Derrida, Henry James o Faulkner, estábamos pensando lo que estaba pasando.

—¿Esa tradición persiste en Chile?
—Creo que sí. Existe esa dicotomía todavía. Lo veo en escritoras como Nayareth Pino, autora de 'Mientras dormías cantabas', que me pareció una muy buena primera novela. Ahí hay una mirada sobre un mundo que no es marginal, pero de una clase media en los límites de la pobreza, que me parece interesante. O Daniela Catrileo, que tiene un libro de cuentos extraordinario, 'Piñen'. O Simón Soto en 'Matadero Franklin'. Hay una continuidad con esta mirada social, no política ni militante, sino una mirada a la realidad social chilena. La calle. Es una narrativa que bordea la crónica de costumbres. Lejos de la narrativa que se hace desde una postulación estética. Como por ejemplo, y sin desmerecer, a Diamela Eltit. Ahí hay una dicotomía. Hay vías diferentes y eso persiste.

 

 

 

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