Jules Monard concibió a su hijo con la idea de que sería un campeón. Un hombre de acción que llevaría con orgullo su apellido. Sería un ganador. Enamoraría a todas las muchachas (lo vio en sus ojos celestes), tendría un buen título como ingeniero o abogado y quizás algún día llegara a ser juez o magistrado con algún cargo de mucho prestigio. Practicaría varios deportes. Irían juntos a ver fútbol a los estadios. Otras veces se inclinaba por que fuera administrador de empresas. Estas fantasías se fundamentaban en que su propia vida había sido exitosa, era ingeniero civil, tenía una mujer que por supuesto era profesional y para la que con todo el amor del mundo había velado para que no le faltaran las mejores carteras, los tapados con tejidos más sofisticados y los chales más elegantes. Recordaba cierta vez en que ella había perdido la compostura en París, en un bistró de moda, con motivo de haber bebido infinitos gin fizz. Y él se había avergonzado. Pero no era tan cuidadoso con los asuntos del corazón tanto como con el regalo de los atuendos.
Nadine era fresca, un ligero rubor natural cubría sus mejillas, no se pintaba, no necesitaba pintarse, tenía un aire lánguido, como el de algunas artistas antiguos de cine o de ópera. Para su vida había elegido lo clásico, dictaba clases de francés y literatura francesa en la Universidad. En su juventud había dictado clases particulares en casa para ganarse la vida. Tenía un estudio en el que había trabajado impartiendo cursos de apoyo a alumnos con dificultades de aprendizaje.
No quisieron hijos hasta tener una edad bastante más avanzada de cuando habitualmente una pareja convencional elige procrear. Ella había cumplido 38 años y costó que quedara embarazada. Pero luego de un tiempo y asistencia médica con tratamientos que no fueron gratos Nadine dio a luz a Maurice, un varón de casi cuatro kilos de peso. Su padre imaginaba que sería alto, jugaría a varios deportes, como el básquet y el fútbol. ¿Y por qué no el golf los domingos?
La crianza de Maurice no perturbó a Nadine. Ella estaba extasiada frente a este bebé lozano que había llegado a sus vidas a iluminarlas con berridos, canciones de cuna, sonajeros, baberos, biberones, pañales y toda la ronda de instrumentos y ropa que la crianza de un niño suponía además de sus correspondientes rutinas.
Nadine percibió ya desde el embarazo la peculiar sensibilidad de Maurice. Frente a una Sonata de Schubert, en los momentos culminantes, el bebé se encogía de regocijo en vientre, replegándose como si acusara el impacto tónico de la melodía.
La madre no tenía un ideal de hijo con el que soñar. “Lo que sea será”, se decía con convicción. Con convicción y con fe, pensando en que ese bebé no podía sino traer buenas nuevas a sus vidas. Ambos tuvieron básicamente esta misma idea, pero en la medida en que creció, Maurice comenzó a manifestar poco interés por las pelotas de fútbol y básquet, y sí a solicitar canciones, cuentos, muñecos, juegos de mesa, tenía pocos amigos, y al ser hijo único se agregaba a ello que sus primos eran presencias distantes.
Claramente el bebé estaba inclinándose hacia una madre que era toda ternura. Y un padre que lo enderezaba al caminar. Que le pegaba cuando se caía. Que le gritaba. Ese niño de modales delicados lentamente comenzó a manifestarse poco atraído por los menesteres de varones. A inclinarse por las propuestas de su madre, que era además de bella, amorosa, cuidaba sus modales y le manifestaba ternura. Le festejaba sus intentos por ingresar al universo del arte. Le mostraba libros de pintura surrealista (su favorita) y Maurice se dejó conquistar por los colores y los concursos de manchas, a los que comenzó a asistir primero en el jardín, luego acompañado por Nadine cuando estaba en la escuela primaria.
Frente a la frustración de las expectativas del padre, esa emoción se tradujo en sentimientos de rechazo, maltrato y Nadine comenzó a caer en la cuenta de que ese hijo junto a ese padre sufriría horrores. Pero también lejos de ese padre lo haría. ¿Cuál sería el mal menor?
Los fines de semana eran una tortura para Maurice que comenzaba temprano el sábado un raid por los distintos paradores de los amigos de su padre a tomar algo, primero jugos o lácteos, luego con el tiempo las bebidas se acrecentaron en su gradación alcohólica. Maurice rechazaba el alcohol. También su padre estaba ávido porque conquistara a alguna noviecita. Pero Maurice no tenía esa clase de aspiraciones. Las chicas que su padre le presentaba los fines de semana no lo atraían sencillamente porque tenían intereses muy distintos que los de él. Un temperamento diferente. Terminaban hablando de los paseos de compras con sus madres por las galerías o bien durante las temporadas de ofertas. También por las visitas a museos de arte.
Llegado un momento Nadine comprendió porque su hijo se lo manifestó muy sutilmente, que sus favores se inclinaban por los varones. Se enamoró de un primo pero ese primo tenía novia. Se habían cambiado juntos en alguna reunión familiar de verano y se sintió atraído de inmediato por el torso trabajado por el deporte y el sexo de su pariente. Él en cambio pasó por completo desapercibido para él, que no sintió la reciprocidad en el deseo. Su novia tenía cautivo a su primo y sus deseos estaban puestos en algunos fines de semana en que iba con los amigos de la escuela y sus padres a burdeles de París, con el silencio cómplice y humillante de sus esposas y madres.
Jules comprendió que su hijo para él estaba perdido. Era irrevocable la atracción que sentía por otros varones y más de una vez perdió los estribos y le pegó. El estruendo de las cachetadas alborotaban y estremecían a Nadine, quien comprendió que junto a ese hombre no podría criar un hijo sano.
Después de consultarlo con sus dos hermanas y un psicoanalista llegó a la conclusión de que lo mejor sería divorciarse de su esposo. Una vez que por ella su esposo se enteró de que Maurice era gay perdió los estribos y le dio una paliza. Le gritó todo tipo de insultos degradando su masculinidad. Y ella pudo detener a tiempo la golpiza interponiéndose entre ambos. La escena era patética. Una madre que también era golpeada por defender a su hijo adolescente. Y un padre todopoderoso, de fuertes puños y músculos, atacando con saña a madre e hijo.
Esa misma noche Nadine hizo las valijas y se marchó a lo de su madre. De nada le valió al padre que dijo estar arrepentido frente a sus villanías. Se quedó solo, habitando una casa de tres, dispuesto a seguir dándole batalla a su hijo hasta el final. La decisión inteligente de Nadine le permitió evitar nuevos padecimientos a Maurice y evitárselos ella misma. El padre acariciaba su rencor mordiéndose los labios mientras bebía largos sorbos de whisky con hielo.
La vida en lo de la madre de Nadine les permitió al hijo y a ella un respiro. Descansaron. Estaban muy tensos producto de la convivencia con un violento. El señor Monard comenzó a espiarlos y a husmear en la vida de su hijo. No estaba dispuesto a hacerle fáciles las cosas. La madre de Nadine, Simone, era una mujer de mucho temperamento, docente de teatro en una academia desde hacía ya muchos años y no quería dejar su empleo porque para el sustento de la casa, ahora que eran tres, ese ingreso era importante. Nadine no abandonó la Facultad y sus clases y se consagró a educar a su hijo para que fuera otra clase de campeón. Ante todo le importaba criar a un hijo feliz, realizado en su vocación. Nadine le contó a su madre el motivo de la separación de Jules, que siguió en Tribunales con un régimen de visita que dadas las pericias presentadas por madre e hijo luego de los ataques del padre, no lo favorecieron. Tuvo prohibido el contacto con su hijo y su ex esposa por ser hombre golpeador. Hasta durante la primera etapa, en que Jules insistió en ver a su hijo antes de darlo por un caso perdido, debieron pedir custodia policial las 24 hs. Simone asistía con pavor y dolor al sufrimiento de su hija lentamente acumulando rencor hacia ese hombre que antaño tanto la había hecho reír en las reuniones sociales o en los viajes familiares. Viuda de un juez, el abuelo de Maurice le dejaba un ejemplo de amor al saber, las humanidades, las artes y las ciencias. También a la familia. Si bien se habían conocido poco, guardaba recuerdos entrañables de su abuelo materno.
Ese adolescente criado entre mujeres, se aficionó a ir al cine con amigas, a enamorarse de los héroes de la pantalla grande, a leer literatura de todo tipo, odiaba los deportes, se vestía de modo llamativo y si bien no acusaba modales afeminados, sí tenía una sensibilidad sin igual que lo preparaba para el artista plástico que sería. La estrella que su padre estaba ávido porque brillara en el cielo de los machos, tuvo una vida luminosa, es cierto que con ciertos desarreglos, pero estaba bien preparado por un psicoanalista diestro en los menesteres de cómo cuidarse para tener sexo de modo seguro y tuvo muchos amantes. Especialmente en los primeros años de la Universidad, en que entró a la carrera de Escenografía, mantuvo varias relaciones ocasionales sin que su madre y su abuela le negaran la privacidad de su dormitorio siempre y cuando fuera limpio y discreto. Para que buscara horarios y días que no alteraran la rutina de la casa.
Este envión de su madre y su abuela lo envalentonaron, afianzaron su carácter, le otorgaron la seguridad que necesitaba para destacar en la vida como artista o como creador, como amante y como varón con inclinaciones hacia las que quizás no eran las más convencionales. Se formó con buenos maestros, adquirió conocimientos de humanidades y asistir a los primeros congresos en el interior de París donde se enamoró no pocas de veces de colegas expositores, siendo correspondido en algunos casos.
Leía con devoción a Oscar Wilde, André Gide, Jean Genet, el Marqués de Sade como parte del conocimiento de los libertinos, se cultivó con los libros de los malditos y comenzó a vestirse de modo extravagante. Un poco copiando de la literatura y el arte sus primeros modelos.
En la Universidad sus compañeros y los Profesores de la carrera de Escenografía lo admiraban mucho por su talento y sus puestas. Iba mucho al teatro. También con Nadine y Simone fueron a ver teatro clásico. Simone le manifestó a su hijo que si bien sabía que era un camino que tenía mucho de sufrimiento, ella estaba dispuesta a acompañarlo en su decisión. Su madre ya había pronunciado las mismas palabras años antes. Lo que había sido crucial para construir un temperamento seguro. Pero viniendo de su abuela, la palabra y el apoyo lo fortaleció más aún en su decisión de ser amado y amar a otros varones. La ciudad era tolerante con las minorías sexuales y él no se sintió perseguido ni percibió hostilidad más que unas pocas y contadas veces.
Pero su padre no desapareció de sus vidas, salvo durante los primeros años. Ahora volvía a la carga interponiendo abogados para ver a un hijo con el que él mismo había roto todo vínculo por sus caprichos. Él deseaba un hijo a su medida. Pero su hijo también deseaba un padre a su medida. De modo que no se entendieron y los abogados dieron por cerrado el caso en el campo de la mediación.
Una vez su padre lo abordó en plena calle, casi entrando a la Facultad. Lo quiso abrazar y Maurice pensó que era el primer ademán para pegarle. No le dio tiempo. Se dio media vuelta y salió corriendo. Quería a ese hombre tan cercano lo más lejos de su vida posible. Las relaciones se mantuvieron tirantes hasta que el vínculo se disolvió (o eso creyó Maurice en ese momento), porque su padre ya no merodeó por los alrededores. No figuraban en guía ni física ni digital para que él no los llamara. Y su celular era imposible que lo consiguiera por ningún lado. No tenían amigos en común y él solo se trataba con la familia de la madre, donde era muy querido. Su padre y la familia paterna eran una incógnita que no estaba dispuesto a descifrar.
Cuando Nadine y Jules se casaron, no fueron pocas las voces que se escucharon para condenar esa unión. Una familia como la de Nadine, ligada las artes, las humanidades, la jurisprudencia, y la de su padre, rústica, empresario hijo de pastores de Alsacia. Él era un hombre con muy buen sentido del humor, que lentamente se fue amargando hasta languidecer y hacer de él un hombre ácido y dado al trago.
Nadine era el ser etéreo que no quiso volver a formar familia para no meter un nuevo hombre en su casa mientras educaba a su hijo. Tuvo un par de amantes a lo largo de los años, lo que no compartió ni con su hijo, ni con su madre, ni con sus hermanas. Era su secreto. Ya estaba tan saturada de obligaciones y exigencias entre su empleo y la casa, que esas escapadas a casas o hoteles la serenaban. Muerto su padre, la casa de transformó en un matriarcado, lo que reforzó la idealización del nieto hacia su abuela y el buen lazo que el joven había construido con su madre.
Dije que Maurice había tenido una vida de amoríos ligeros, pero cuando Pierre llegó a su vida lo sacudió todo. Un hombre de mundo, de apariencia viril y ropa informal pero elegante. Pintor. Cuatro años mayor que él. El punto justo de mayor experiencia y madurez, de mayor conocimiento y atractivo físico para conquistarlo. También de talento. Lo compartían todo. Pierre era cortés, reía todo el tiempo, era sabio, sabía perfectamente cómo hacer feliz a un compañero en la cama, tenía gustos sofisticados y le gustaba la vida deportiva. De hecho lo que primero (por obvio) lo atrajo a Maurice de él fue su cuerpo trabajado por el remo y la gimnasia. En la casa de Maurice nadie era deportista, un poco para llevarle la contra a su padre. Pero Pierre lo introdujo en el goce de un paseo a remo a buen ritmo por el río un domingo por la mañana, o la gimnasia después de trabajar para tonificar los músculos. Esto le abrió a Maurice todo un nuevo universo que sumado a su simpatía lo enamoró perdidamente. Fue el primer gran amor de su vida. El resto habían sido relaciones pasajeras, algunas inolvidables por lo intensas, pero no habían calado hondo en la pasión de Maurice.
Pierre vivía solo. Tenía dos gatos, Rigoletto y Antoine. Los cuidaba con devoción. Un poco porque eran su familia más directa. Otro poco porque le traían el amor y la compañía que a solas estaba en condiciones de sentir y recibir.
Maurice comenzó a pasar los fines de semana en lo de Pierre. Fue presentado a Nadine y Simone y lo conocieron en una de sus grandes retrospectivas en el Pompidou. Las dos mujeres quedaron extasiadas, frente al fuego de la pintura de Pierre, y no fue casualidad que su estética se inclinara hacia el surrealismo, la corriente que secretamente veneraba Nadine.
-Este hijo mío se las ha traído con un novio hecho a su medida, le confesó a su madre en la cena en casa, mientras comían salchichón y paté con vino tinto.
-Y a la tuya-agregó Simone. Sucumbió a los encantos de Pierre desde el primer día en que fue presentada.
La historia de amor entre Pierre y Maurice siguió un curso exitoso. El departamento de Pierre era enorme y si bien Maurice tenía por norma no trabajar en el taller de su novio sí le gustaba en cambio verlo realizar sus obras en silencio, sin molestarlo, con una tenue música de Bob Dylan, Joan Báez, Brahms o Chopin, según los casos.
Pierre se integró a la familia a la perfección. Amaba a Maurice con un amor sano, sin dobleces, un vínculo precisamente opuesto al que Maurice había conocido con su padre, deliberadamente turbio. Tenían largas charlas que culminaban de noche sobre los más diversos temas. Desde arte, pasando por sus parejas anteriores, sin dar demasiados detalles, la relación de los Monard padre e hijo, el modo en que el psicoanálisis le había servido a Maurice para transformar ese odio en indiferencia y luego en compasión. Hubo algo sin embargo que Jules Monard no le pudo perdonar a su hijo, y fue que su enamorado hiciera una serie de grandes pinturas pintando el vínculo padre/hijo que lo unía a Maurice. Un día, avisado por imágenes de reproducciones en el diario y en el exterior de la galería, Jules irrumpió en la muestra y atacó tres cuadros en los que estaba plasmada la relación de él y su hijo. Tres obras que habían resultado ser tan terapéuticas para Maurice (y lateralmente para Nadine) ahora estaban mutiladas. Esto le costó a Monard una demanda por vandalismo y el pago de un resarcimiento por haber destrozado esas piezas que tan cabalmente dibujaban la parábola de su vida.
“Recuerdo la tarde en que se irrumpió en la exposición. Inesperadamente. Hacía siete años que no teníamos noticias de él. Pero él sí había seguido de cerca mi vida y la de Pierre. Nuestras carreras. Estaba disfrazado pero era tan elocuente su furia destructiva que quedó en evidencia que era él. Pude reconocerlo de inmediato. Su complexión era inconfundible”, diría más tarde Maurice. Pero ahora estaba más encorvado y tenía canas.
Los cuadros, que no tenían título sino numeración, exploraban la violencia más descarnada entre un hombre y un niño. La sangre pintada de otro color que irrumpía en el lienzo con la potencia de una agresión atroz.
A partir de ese episodio todo el trabajo vinculado con el perdón hacia su padre que Maurice, en medio de una vida plena, algunas lecturas claves y cierto estado de beatitud propio del amor en su estado más perfecto, cayeron en un pozo sin fondo.
Ya cansado de su padre, procuró olvidarlo, seguir con su vida, no pensar en ese odio visceral así como el amor también de las vísceras, de la placenta, lo unía a Nadine. Esta serie de episodios tuvieron serias repercusiones en Nadine. Se preguntaba cómo había sido tan ciega, tan incapaz de reconocer un amor saludable, de confundirlo con un amor enfermo y hasta perverso. Se inclinó por la bebida, lo que complicó las cosas para todos y Maurice la acompañó a ver a un médico experto en adicciones. Tuvo cuatro largas charlas con ella. Le explicó que se arriesgaría porque le tenía confianza a ella y a su familia. Le daría una medicación suave, pero ella no debería ni acercarse al alcohol. Toda la familia se comprometió para la curación de Nadine. Su hijo hizo a un lado el trabajo y el estudio por un tiempo y verificó que no tomara una gota de bebida. La acompañó a hacer las compras, se hizo cargo de las tareas más tediosas del hogar y tomaron a una muchacha por horas para que se encargara de velar por ella, Zoé, durante las horas en que su hijo y su madre no la podían supervisar. Una negra de manos grandes y cuerpo con un tono de acero, producto no del deporte sino del trabajo rudo.
Maurice odió la intrusión de Jules en sus vidas, que hubiera sido tan certero como para destruir los “cuadros de la transformación”, como los llamaron ambos. Lentamente el rencor hacia su padre volvió a crecer. Pero faltaba poco, si bien las cosas del alma son inescrutables, para cerrar esta historia. Porque Jules contrajo una extraña enfermedad. Que luego se complicó con un cáncer de pulmón y terminó con su muerte. No había dejado de fumar compulsivamente durante todo ese tiempo y perdió todo control sobre su vida.
Maurice estaba completamente en blanco cuando se comunicaron su tío y sus primos para avisarle que su padre había muerto. Y que tenían estrictas instrucciones de entregarle sus cenizas a él, una vez cremadas. Un primo con el que Maurice todavía mantenía una mínima relación por la rama de los Monard, fue el encargado de llevarle las cenizas de su padre a su casa en una urna. El intercambio fue como un pase de cartas. Estaba en lo de Pierre cuando la recibió y le mostró se la mostró. Sencilla, pero con piedras preciosas.
Al día siguiente Maurice habló:
-Tengo una idea. Es de día. Si tomamos la ruta ahora estaremos en el bosque en tres horas. Vamos. Aprovechemos que es verano. Llenemos un termo con café y preparemos unos sándwiches. Salimos ahora.
El viaje fue rápido porque era un día de semana. La ruta estaba despejada. Todos trabajaban. Estaba pensando como circuito turístico cercano a París. Pierre manejaba y puso un álbum de Ives Montand. Maurice se lo agradeció. Era una voz de hombre viril pero tan distinta de los gritos sin ton ni son de su padre. Condujeron en silencio por la ruta. Efectivamente, tres horas más tarde llegaron al bosque del que Maurice tanto le había hablado a Pierre. Descendieron del auto. Almorzaron. Comieron y bebieron el café saborizado con un poco de canela. Luego Maurice pareció dar comienzo a algo que Pierre no terminaba de comprender. Hasta que lentamente se le fue revelando el plan. Pierre se le acercó, lo besó ardientemente y lo acarició con sensualidad. Luego Maurice lo desnudó por completo. Y Pierre hizo lo propio. Cuando estuvieron listos para amarse Maurice tomó las cenizas de su padre y las esparció sobre la gramilla. Luego se arrojó boca abajo sobre ellas y Pierre lo siguió. Se amaron locamente, excitados, con un profundo beso, tuvieron varios orgasmos, sobre las cenizas de Jules Monard. Lo que tanta prohibición y repudio le causaba a su padre fue lo que los dos muchachos hicieron sobre sus restos. Cuando llegaron al grito final ambos, que fue al unísono, unas gotas de semen de Maurice y de Pierre se mezclaron con las cenizas. Los dos jóvenes como dos canes repitieron esa ceremonia ancestral, sagrada y de profanación a la vez. De profunda revancha. De deseo incontenible, de placer incontenible de venganza y triunfo que se prolongó en sucesivos gritos de goce hasta que el ritual cesó por satisfacción absoluta.
Había un arroyo cerca y se bañaron desnudos, limpiándose de esa sustancia viscosa de la que se habían impregnado sus cuerpos. Quedaron impecables. Se secaron al sol, hasta que quedaron listos para vestirse y regresar. Dejaron todo como estaba, salvo retirar la urna, que estrellaron contra un cedro. La gracia, el destino, consistía en que la lluvia y el viento (los elementos más primitivos) se ocuparan de limpiar los restos de la memoria y el deseo.