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EL APETITO SIN FIN, ES UN FIN EN SÍ MISMO
Sobre el poemario ‘Cámara letal con acetato etilo’ de Mauro Gatica Salamanca

Editorial Aparte, 2022

Por Pablo Guzmán Vallejos


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Me acuerdo que cuando era niño los insectos me provocaban miedo y fascinación. Podía observarlos horas de horas y nunca dejaban de parecerme alienígenas, incompresibles y, por lo tanto, eternamente nuevos. Mi hermana, en cambio, comía hormigas. Las cocinaba con una lupa. También encerraba arañas y cucarachas en frascos y luego se olvidaba de que existían. Yo volvía a encontrar esos frascos por casualidad o, quizás, porque sin quererlo, los buscaba. Más de una vez liberé un monstruo en la casa.

En Cámara letal con acetato etilo (Editorial Aparte, 2022) libro del escritor Mauro Gatica Salamanca, los poemas me trajeron de golpe una serie de recuerdos y de sensaciones que tienen que ver con un lado específico de mi infancia. La lectura mantiene intacta esa faceta, me devolvió a ella. Hay una colección de especímenes que aparecen en las hojas del poemario recordándome la atención con la que observaba bichos. Al mismo tiempo, aflora también el miedo que me hacía luchar contra el sueño en las noches, a la espera de sentir múltiples patas transitando por mi piel. Mi imaginación se tornaba voraz en esos momentos, y a veces era creía verlos en una oscuridad completamente cerrada, o me los imaginaba volando y moviéndose en la quietud de la noche como quien oye a un espíritu llegar de otro mundo. Leyendo este poemario he sido devuelto a esa manera sentir en la que resalta tanto ese común que guardamos nosotros y los insectos. Eso que llamamos apetito y puede manifestarse como curiosidad o como obsesión.

Cámara letal con acetato de etilo es un poemario inusual. Va a caballo entre dos mundos: es, a la vez, una investigación descriptiva del mundo entomológico y un texto sumamente imaginativo donde las palabras no son solo las cosas que designan, donde los “poemas son insectos criados en cautiverio”, donde palabras e insectos se mezclan con conceptos humanos. La coincidencia de estas dos funciones genera un transecto que va desde el ser humano hasta el insecto, y que se puede experimentar de poema a poema. El camino se vive como en una colección de imágenes que dan la sensación de pertenecer a un museo. Tales imágenes se proyectan a partir de “preguntas indagatorias” que remiten a un mundo “donde siempre es de noche” para el ojo sapiente; así, nos remitimos a un tipo de existencia que viene siendo desde hace 350 millones de años, tiempo en que “los insectos inventaron el vuelo” y el apetito dominó toda forma de entendimiento.

La “metodología de investigación” que propone el poemario es un camino para dejar atrás las nociones sumamente restrictivas que tenemos de lo desconocido. Se trata de poemas que al igual que las termitas “huyen de la luz” y “trabajan en silencio”. El punto, entonces, está en encontrarnos con una suerte de empatía con el mundo de los bichos sin concederles forma ni cualidades humanas. Al contrario, recuerda a Gregorio Samsa convertido en cucaracha. Desde Gatica se permite preguntar si esa transformación, al igual que las manchas que dejan los insectos cuando se estrellan en los parabrisas, es una “consecuencia de su anhelo”.

Cada poema nos despierta atención a lo que ocurre por fuera del poemario. El lenguaje de Gatica tiene una frialdad descriptiva que proviene de los insectos y podría calificarse como gore o como ciencia. Un lenguaje que busca vincularnos con “lo que un libro significa para las polillas” porque “cualquier sustancia con valor nutritivo es devorada”. Partiendo de que “solo en la destrucción se encuentra salud y belleza”, existe la posibilidad de cambiar las escalas; la vista despierta al detalle ínfimo que está “arrastrándose en lo profundo de la casa” y “que desaparece del radar”. Esta fuente del lenguaje de donde bebe la poética de Cámara letal con acetato de etilo es altamente efectiva para desdibujar límites de categorías biológicas y poéticas. Insectos y poemas, humanos observadores y lenguaje desde la óptica de una forma específica de destrucción. La escritura como “un insecto que come casi cualquier cosa”.

Una cámara letal con acetato de etilo es un artefacto utilizado para quitarles la vida a insectos preservando su forma. La muerte sucede sin necesidad de recurrir al “tormento de la experimentación” que nos aleja “un poco más de los detalles”. Por lo tanto, la propuesta estética es la pequeñez sumida “en el seno de una tragedia que no duele”. Si el poema es un insecto, se trata de “un parásito sin alas” que “habita la cabeza” y nos va devorando, pero no nos deja dolor. Si acaso, lo va olvidando. El acetato de etilo no solo sirve para matar y preservar, sino que es un eficaz disolvente de sustancias. La estética del poemario puede hablarnos fríamente porque el dolor se diluye. ¿Qué es lo que queda de la solución químico-poética? La “violencia como forma natural del apetito”. Una y otra vez el poemario se va reduciendo a esa categoría. En este caso, el dolor queda anulado frente a un hambre que trasciende la subsistencia, cumpliendo un objetivo en sí misma. Sin servir para nada más. “Un grillo”, nos dice, “se alimenta, mientras una mantis lo devora”.

Se diluyen la muerte, el dolor, la biología, pero también se preservan en el poema/insecto atrapado. Todas las palabras en el poemario nos refieren al apetito como una cuestión última de la que incluso un poema de amor caería víctima. El sentido descriptivo y cauterizado del lenguaje de Gatica nos ata al apetito entendido como una trascendencia más grande que cualquier cosa, incluso que el tiempo. Incluso el tiempo es apetito cuando “las horas nos devoran”. La propuesta poética de Cámara letal con acetato de etilo entonces trata de la disolución de todo en apetito y la permanencia de esta categoría que resiste al tiempo.

Ese paralelo que nos relaciona puede despertar una sensibilidad que percibe que, de pronto, está dentro de una “caja entomológica”. Se despierta el terror al “pensarse parte de una colección”, víctimas de una forma de apetito especialmente terrible. “El miedo radica en el fondo”, menciona la voz poética. Porque en el fondo, en el sentido de la disolución, la colección nunca está terminada, siempre quiere más. Siempre pasa que “el espacio no utilizado ocupa la mayor parte”. El terror que nos provocan los insectos y, aquí también los poemas y el paso del tiempo, es que pueden tener un apetito más grande que el nuestro. Esa es la misma razón por la que los insectos escapan de nosotros. No solo el apetito es una experiencia en común, el miedo también.

Aunque el miedo sea “aleteo insuficiente para consignar nuestra existencia”, puesto que, al igual que las grandes marchas de las hormigas, el apetito tiende a no dejar rastro alguno de su paso, el sentir ese miedo es una forma de ser en plenitud, de estar vivos. La poética de Gatica parece insinuarnos que para entender cómo es ser un insecto no alcanza el observar cómo se comportan, a fin de cuentas, los insectos se comportan de acuerdo al apetito, en cierta medida al igual que nosotros. Pero para poder saber cómo es ser insecto, el poemario nos permite referirnos a otra categoría más.

La conciencia del insecto no es reflexiva, sino que es y punto. Es una conciencia encarnada. Una conciencia en plenitud. Coetzee escribió que “un nombre para la experiencia de ser en plenitud es goce”. Gatica es capaz de expresar en su poética esa experiencia de la plenitud. Lo hace a través del miedo pero también del goce que se siente frente a un apetito voraz:

“Solo aquello que se sacude goza de placer
parece decir una luciérnaga hundida en la telaraña”.

Al final del paseo por el poemario/colección estamos preparados para salir a nuestra propia colonia. Pero también hay algo más. Algo nuevo sale a luz en mis recuerdos. ¿Acaso es “el reflejo casi imperceptible de nuestros ojos” en los ojos de los insectos?

 

 

Pablo Guzmán Vallejos. Estudiante de filosofía y miembro del grupo de crítica literaria de la carrera de filosofía y letras UCB.

 

 

CONTRATAPA

Una vez más la escritura de Mauro Gatica Salamanca vuelve a incomodarnos. Lo ominoso comparte en este libro tres vertientes: el mundo de los insectos, la(s) muerte(s) y la literatura. Un mismo sabor de suciedad y repugnancia para poner en jaque la artificiosidad de una belleza simulada para el consumo; no queremos ser lo que, inevitablemente, somos. Así la poesía, en este caso, se servirá de los restos y hará con ellos el espejo de una verdad.

La semiótica de una mariposa que se retuerce en la boca de su predador nos hace parte de un lenguaje que a menudo queremos ignorar. Hay una perspectiva contemplativa sin la estetización pulida de cierto paisajismo seudoriental. Aquí y en este tiempo, los insectos –y los cuerpos todos- solo en la destrucción encuentran salud y belleza.

El poema / es un parásito sin alas, ¿querríamos cederle nuestra sangre? ¿O mejor reservarla para invertirla en shows de

Este libro nos expone a la podredumbre del bien y el mal como construcción base de un reino terminado. Los presupuestos han caído, una mosca puede ser más bella que el oro pornográfico de la civilización.

Diego L. García




Diego L. García (Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la UNLP. Escribe poesía y crítica. Entre sus últimas publicaciones se encuentran los libros de poesía Esa trampa de ver (Añosluz editora, 2016), Una voz hervida (Jámpster e-books, 2017), Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018) y (fotografías) (Zindo & Gafuri, 2018). Colabora en diversas revistas.


 



 

 

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