En las ciudades
descontento
desconcierto
indignación
No hay puerto disponible
A cientos de metros del malecón
un barco se balancea suspendido
en la cresta de las olas
Se incrusta en la espuma y sorprende
a los tripulantes que tientan pie
sobre cubierta
Y se sacuden y sacuden
los viajeros de la alfombra voladora
apaleada sin reposo ni clemencia
Músculos invisibles
los sacuden y se sacuden sin fin
El barco a la deriva
En tierra revolución
Al cielo se le agotó la piedad
Tras los cortes
el día se derrite, la mantequilla
ácida se vuelve leche turbia
las carnes hediondas
lacias las lechugas,
amargas como ese lejano recuerdo
Las baterías se agotaron
estricta negrura día y noche
Millones de mensajes se enredaron
y como volantines fuera de combate
se fueron a pique
La aguja del sismógrafo
aunque quieta
percibe movimientos
que hacen caer al caminante
Se agotan ansiolíticos, antidepresivos
tragan analgésicos, sedantes e hipnóticos
incluso antiespasmódicos y relajantes musculares
La población arrasa la hierba de San Juan,
se consumen litros de agua de tila y de melisa,
de valeriana, de albahaca y de ginseng
y hasta de lavanda, espino y amapola
Las bocas se secan
un alud de rumores se desliza
por praderas y rincones
Atentados
bombas
detenidos por acá
y por allá, muertos
No hay tutía para heridas
sálvese quien pueda, dicen
La ciudad respira cansada
A bordo nadie sabe la firme
Una extensa bruma cubre la faz de la Tierra