El público chileno apenas conocía las dos novelas: de María Luisa Bombal. “La Última Niebla” se publicó en Buenos Aires el año 1933, y “La Amortajada”, en la misma ciudad, en 1938. Ahora Nascimento las reedita y las entrega a la curiosidad de los lectores nacionales. “La Última Niebla” va acompañada de dos maestros relatos que publicó antes la revista “Sur” Ellos son: “El árbol” y “Las islas nuevas”.
Podemos ahora mirar panorámicamente a esta discutida escritora, la más curiosa y original que ha producido nuestro país. Antes la habíamos juzgado fragmentariamente. Hoy la podemos analizar a través de su reducida y selecta labor. La novela chilena se ha movido con raras excepciones, en el campo del realismo, en el siglo pasado, y en el del naturalismo y el criollismo, en éste. Son muy fugaces los intentos de evasión en estos horizontes cerrados de la creación.

Quizá con Augusto d'Halmar salió un poco nuestra novela de la atmósfera cotidiana. A comienzos de siglo, el autor de “La lámpara en el molino” se desentendió de los antecedentes literarios que dominaban aquí, y afrontó nuevos asuntos, cuya novedad resultó indiscutible y cabal. Entró en el dominio del misterio y del azar, descorrió los velos de ciertos lugares prohibidos, enriqueció la sensibilidad con evocaciones penetrantes y sugestivas, en que había mucho de Andersen, no poco de Alfonso Daudet y un matiz exótico que se extendió por las páginas de “Nirvana” y de “Gatita”.
Con el tiempo no cambiaron grandemente los tópicos nacionales. Hemos seguido aferrados a la tierra, al duro contenido racial, a los avatares de rotos y de huasos ladinos y vagabundos. El chileno es concreto, realista, escasamente soñador, aún en sus poetas más predilectos.
Por todo esto y por otras razones, el caso literario de María Luisa Bombal es una excepción dentro de nuestro ámbito estético. Educada con esmero en Europa, asimilada a los hábitos cosmopolitas de Buenos Aires, viajera y apasionada lectora de literaturas foráneas, sus libros nos llevan a un mundo psicológico que no tiene muchos antecedentes en los novelistas chilenos.
"La Última Niebla" es una novela de dimensiones modernas. Abunda en un asunto que ha tentado a muchos artistas privilegiados. Es su escenario el de los sueños no realizados, que cobran más realidad en el subsconciente que la propia vida objetiva.
Un sueño no realizado pasa a ser un motivo inspirador de la existencia de la protagonista, cuyo marido es un ser opaco. Con pasos de misterio nos deslizamos por interiores impresiones de gran finura estilística, y que sugieren más que expresan los estados de ánimo. María Luisa Bombal ha elaborado todas sus creaciones con semejantes métodos que le dan
su personalidad indiscutida y su aguzado sentido espiritual.
La muerte, el misterio, las sombras, los sueños, las cosas irreales, la inmersión en zonas ambiguas, son los materiales que forman el cuerpo novelesco de “La Última
Niebla”. La protagonista, una mujer sedienta de amor, consigue que una noche la abrace un amante que brota de las sombras, y que la lleva a una casa perdida en la lejanía. Desde entonces este hecho, producto del sueño, pasa a dominar en su vida y a ser el contraste que ella ofrece con el aburrimiento cotidiano al lado de un marido al que engaña psíquicamente. No es más el asunto, pero tiene una enorme riqueza de detalles, de finos atisbos y de excelencias de lenguaje.
María Luisa Bombal ha realizado aquí, como en “La Amortajada” y en sus cuentos, lo que podría llamarse el relato poético. Por su. modo de encadenar y sostener los detalles y por el escenario, finamente elaborado, es “La Última Niebla” uno de los mejores esfuerzos del arte que se fuga de la realidad. No queremos intentar aquí el socorrido tema del subrrealismo o del super-realismo; pero, sin duda que al clasificarse esta novela, habría que situarla entre las que se evaden de lo concreto y buscan el análisis de los deseos y de los sueños en una atmósfera o plano que está más allá de las concreciones realistas.
El misterio alimenta a todos los personajes de María Luisa Bombal. La mujer de “La Última Niebla”, Brígida; la extraña joven que vemos en “El árbol”, Yolanda; la protagonista de “Las islas nuevas”, o la muerta que desempeña el papel principal de “La Amortajada”.
Estamos en otra dimensión novelesca, animada por sugestiones hondas y por un soplo sobrenatural. Un crítico dijo que María Luisa Bombal era “orgánicamente intuitiva”. Es su riqueza y su maestría. Con niebla, sueño y ensueño está hecho todo el subsuelo de la primera novela de esta original escritora. Al terminar “La Amortajada”, hay unas curiosas palabras: “Había sufrido la muerte de los vivos. Ahora anhelaba la inmersión total, la segunda muerte: la muerte de los muertos”.
Es constante este tono. Puebla todas sus construcciones artísticas, aparece en el fondo de todos los argumentos. Una mujer amortajada asiste a los detalles de su inminente entierro. Una enamorada ferviente ve al mundo circundante desde un pozo de niebla. Otra mujer es vista por su amante con unas alas que brotan de sus espaldas y le dan una oculta sugestión. Por último, tenemos el caso de una incomprendida que alimenta su vida con la amistad de un árbol, que pasa a ser el compañero único de sus cuitas.
Las reflexiones psíquicas son constantes en la escritora. En “La Última Niebla” dice: “Es muy posible desear morir porque se ama demasiado la vida”. (P. :33).
En el relato “Las islas nuevas”, dice Yolanda, la heroína: “Dicen que durante el sueño volvemos a los sitios donde hemos vivido antes de la existencia que estamos viviendo ahora. Yo suelo volver, también, a cierta casa criolla. Un cuarto, un patio, un cuarto y otro patio con una fuente en el centro...”.
Este asunto lo vemos también en “La Última Niebla”. La mujer que fué poseída en sueños, vuelve, al final, a una casa donde creyó estar y cuyos habitantes no son los que ella pensó.
Es constante la insistencia sobre estas casas y estos parques que dan una atmósfera de irrealidad a sus relatos. Yolanda vuelve a decir: “Estaba en un lugar atroz. En un parque al que a menudo bajo en mis sueños. Un parque. Plantas gigantes. Helechos altos y abiertos como árboles. Y un silencio atroz. Un silencio verde como el del cloroformo. Un silencio desde el fondo del cual se aproxima un ronco zumbido que crece y se acerca. La muerte, es la muerte. Y, entonces, trato de huir, de despertar. Porque si no despertara, si me alcanzara la muerte en ese parque, tal vez me vería condenada a quedarme allí para siempre...”.
Todo se agudiza en “La Amortajada”, cuyos horizontes son fantasmagóricos y difusos. Tal difusión tiene en María Luisa Bombal una expresión literaria de rara categoría. Con ella están tramados sus relatos y anudadas sus intrigas novelescas, tan contrarias al realismo chileno.
Estos dos libros, ahora publicados, se prestigian con otro mérito: el del estilo.
María Luisa Bombal tiene un estilo envolvente, mágico. No vacila, no extiende sus descripciones, busca lo preciso. Ejemplos de su estilo son dos impresiones: una, de neblina; y otra, de la pampa. “Al cuarto día la neblina descuelga a lo largo de la pampa sus telones de algodón y de silencio; sofoca y acorta el ruido de las detonaciones que los cazadores descargan a mansalva por las islas, ciega a las cigüeñas acobardadas y ablanda los largos juncos puntiagudos que hieren”. (“Las islas nuevas”). “Aborda en su bote la orilla más cercana y echa a andar por los potreros hacia la luz, ahuyentando a su paso el manso ganado, de pelaje primorosamente rizado por el aliento húmedo de la neblina”.
Mezcla, a menudo, lo concreto con lo irreal, combinando, así, sensaciones muy dispares en admirables síntesis. Por ejemplo: “Imaginaba hombres avanzando penosamente por carreteras polvorientas, soldados desplegando estrategias en llanuras cuya tierra hirviente debía requebrarles la suela de las botas. Veía ciudades duramente castigadas por el implacable estío, ciudades de calles vacías y establecimientos cerrados, como si el alma se les hubiera escapado y no quedara de ellas más que el esqueleto, todo alquitrán derritiéndose al sol”. (“La Última Niebla”, pág. 66).
Tal procedimiento lo hemos visto empleado en Rilke y otros grandes estilistas modernos, y nos parece un logro de nuestra novelista. María Luisa Bombal no produce imágenes en serie, como lo hacían Giradoux y Pierre Girard. Más bien las analiza y disocia en un juego inteligente y seguro. Esta observación interior de la imagen nos parece, también, uno de los procedimientos más sutiles de la escritora chilena.
Son pocas las mujeres americanas que han llegado a la maestría novelesca. Vivimos en la tierra de la improvisación y del menor esfuerzo. Una ley de reproducción fácil rige los intentos creadores de las numerosas mujeres que aquí expresan sus monótonos estados de ánimo o el tema fértil de la amante incomprendida y del hombre vulgar. Todo esto desemboca en el adulterio o en el hombre comprensivo que las alivia o descarga de sus complicaciones. María Luisa Bombal ha buscado el camino más difícil. Hay autocrítica y selección en su lenguaje, rareza en las metáforas, hidalguía en la prosa.
Todo esto nos parece excepcional y digno de ser realizado. Con dos pequeñas obras maestra dos intensos relatos, ocupará un lugar indiscutido en la novela chilena. Queda algo por decir: la indagación de sus influencias y el rastreo de los elementos culturales que produjeron un ejemplar tan selecto en un país donde aún se cree en la inspiración divina en el arte. Pero ese es tema de un ensayo que no tiene su sitio en un somero análisis de sus recientes reediciones.
Lo que dura en la descripción novelesca es la descripción y no el objeto descrito dice el crítico francés Ramón Fernández, en su “Poética de la novela”.
Y eso es lo que pervive en María Luisa Bombal. Tenemos, al concluir su segunda lectura, una impresión de un conjunto poblado de síntesis. No se trata de una dilatación de lo real, sino de su concreción apretada. Concreción hecha de hallazgos idiomáticos, de incursiones en un mundo misterioso y vago, pero descrito a través de una sensibilidad afinada y selecta. No es poco decir, en un instante en que nuestra literatura aparece inundada de audaces improvisaciones y de prosistas desnutridos o famélicos que reiteran temas y asuntos que agotó el realismo anterior. Ojalá que el tiempo confirme estos augurios y amplíe y perfeccione el cuerpo novelesco de la autora de “La Amortajada”.