Ante la posibilidad y la inminencia —ambas en dosis concentradas y simétricas— del otorgamiento del Premio Nacional de Literatura este año, se me viene a la mente el nombre del escritor Marcelo Mellado Suazo (Concepción, 1955).
En tiempos sospechosos y, en gran medida, oscuros, en los que impera el conservadurismo y el pinochetismo circula a rostro descubierto; en momentos de indefinición política, de componendas dudosas y de habitar los retazos de una transición que nunca parece terminar; a mitad de camino entre la precarización y el ninguneo, ciertas escrituras están llamadas a convertirse en invitadas incómodas. Como ha afirmado Patricio Pron: «La de Mellado es una de las obras más sólidas y consecuentes consigo misma que pueden encontrarse en América Latina en este momento».
El mayor mérito de Mellado ha consistido en desmontar las estructuras del poder a través de una jerga provocadora y sarcástica que, en alguna medida, recuerda —siempre desde la parodia— la jerga de los informes políticos, la Escena de Avanzada y las lecciones de Gramsci en torno al campo cultural. El objeto de su invectiva, de sus estocadas sorpresivas, es la «micropolítica», ese oprobio que nos afecta cotidianamente: las humillaciones sin glamour; de manera especial, la municipalización de la cultura y de las relaciones humanas, quizá el legado más elocuente que el fascismo nos heredó.
En libros como El informe Tapia (2004) estudia los mecanismos coercitivos a través del reporte escabroso de un funcionario municipal que da cuenta del ambiente cultural del litoral, con disputas entre poetastros y declamadoras. La hediondez (2011) es un viaje trastornado por las aristas del carnaval, entre harina de pescado y épicas tristes. En otros libros, como Monroe (2017), aparece la travesía infantil, signada por una singular voluntad creativa.
Sus antecedentes se articulan en una diversidad muy compleja: Jarry, Raymond Roussel, Rancière, el Enrique Lihn de El arte de la palabra. Pero también en la incorporación de autores chilenos que han asimilado el hálito territorial desde una mirada evocativa y transgresora, como Manuel Rojas, Francisco Coloane, Edesio Alvarado, Pablo de Rokha, Carlos Droguett y Alfonso Alcalde.
Desde siempre me han gustado los libros de Mellado, pero cuando fui a San Antonio cobraron aún más sentido para mí. El autor ha construido en ese puerto un reverso distópico. Recuerdo que, en el asado con que culminó el primer encuentro de Pueblos Abandonados, noté que los invitados al condumio eran los personajes de Mellado: el contador, el poeta surfista, el taxista Madariaga. Fue entonces cuando me dijo que quizá el lugar ideal para vivir es la Antártica, porque no tiene muni. Eso me hizo pensar en los autores que evaden el tránsito a Santiago como ruta obligada de una consagración literaria y se dedican a construir una poética y un imaginario en los que el territorio adquiere una dimensión particular de pertenencia.
Además de una vigencia indiscutible en el ejercicio de la escritura y de una trayectoria que no ha dejado de ensancharse, creo que reconocer a este autor implicaría reconocer también la existencia de una provincia que escapa del pintoresquismo y de un modelo de escritor territorial inmerso en las entretelas de su comunidad. Quizá la literatura chilena debiera extender su onda expansiva, al menos, unos kilómetros más allá del Drugstore. Hacia el litoral de los poetas; hacia las costaneras que decoraron con malls e infectaron con salmoneras; hasta las sucursales del infierno, tanto en el norte como en el sur; hacia esos enclaves de la perversión política donde no llegará el tren; hacia pueblos más parecidos a Springfield que a Narnia.
Desde esa dimensión, creo que la escritura de Marcelo Mellado es rockera, ácida, carnavalesca, impregnada de una ironía penetrante, capaz de develar los espacios omitidos en las efemérides patrias o sublimados por el discurso ridículo del color local.
Así que adelante, Marcelo Mellado, con todas las fuerzas del abandonismo.