Los más eminentes escritores y críticos de España y América la han consagrado como uno de los más altos valores literarios de este continente. Se ha dicho que: cinco nombres de mujer marcan el pleno florecimiento de la poesía lírica en América, como cinco broches que han de cerrar todo un período de singular interés: Gabriela Mistral, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y María Monvel.
Nada puede dar una idea del carácter de la poesía de Monvel, como el juicio que sobre ella hizo Gabriela Mistral y del que reproducimos algunas líneas: «Parece en ocasiones una mujer madura y a veces se la mira jugar como un niño con los asuntos frívolos. En verdad, tiene la madurez, porque la vida le fue anticipada en dolor; pero no tiene mi envenenamiento por la amargura. Ha vigilado su corazón, ha sacado sus ojos a tiempo del subterráneo, como grasos murciélagos de la tristeza, para llevarlos a la pradera verde, al aire feliz. A tiempo también llegó a salvarla el compañero, y ahora camina por una playa dorada, con la cara dichosa contra el viento. Llena de elegancia interior, la elegancia que viene de la flexibilidad del espíritu. Exenta de hieratismo. Lejos del Escriba y de la Isis egipcia, para bien de su estrofa viva.»
Muy joven aún, no ha tenido tiempo de orientar definitivamente sus aficiones; la poesía no ha llenado por completo su ansia de producir, y es así como aspira a dedicarse a otros géneros literarios. Contestando a nuestra pregunta sobre sus preferencias, nos dice: — Dentro de la literatura, me gusta el Ensayo. La novela también, pero en cierta forma: como la de Proust, la de Girard, la de Morand, en sus primeros tiempos. Este género de novela que escribo para Lectura Selecta, me parece sencillo y ameno, pero no constituye tema de mi predilección. Tampoco los versos, al menos por ahora. Mi próximo libro será un intento de ponerme en el camino que me place: El Ensayo.
Le preguntamos cuales son los escritores que más le agradan, y con fina discreción, sin dar nombres, nos dice: —Mis gustos varían constantemente. Lo que ayer me gustaba mucho, hoy me gusta menos. Comencé a leer a los españoles; continué con los franceses. Hoy he vuelto a lo español, donde descubro de repente valores insospechados.
— ¿Y el arte nuevo? ...
— El arte nuevo, me paralogiza, o mejor dicho, me gusta con pasión hasta cierto punto. En sus cosas externas no lo alcanzo. Por ejemplo: a Joyce no lo entiendo, por más que he intentado sinceramente penetrar su sensibilidad.
Seguimos charlando. No quisimos abandonar el terreno de las confidencias literarias, sin antes sacarle una respuesta categórica sobre algo que los literatos raras veces contestan con sinceridad:
— ¿Le cuesta mucho escribir?
— Algunas cosas. El cuento realista como el que les he entregado, lo escribo con suma facilidad. Cuando he procurado escapar un poco a la realidad, ya es otra cosa. Es un género que requiere genio. Yo tengo la pretensión de tener apenas talento. ...La realidad me coje a pesar mío y me resigno... Este fracaso no me descorazona totalmente, porque si las circunstancias lo permiten, quiero, como digo, dedicarme a otro género de literatura del que me he ocupado hasta hoy.
Mucho puede esperarse del vigoroso talento, penetrante observación analítica y amplio criterio de María Monvel.

El marido gringo
María Monvel
Era una mujer buena y fea como son generalmente las mujeres que los gringos emigrantes eligen para esposas. Comenzó por remendarle los ternos al gringo y lavarle las camisas de almidón y los cuellos duros. Continuó por darle dos hijos, una hembra y un varón y acabó por convertirse en su legítima esposa.
Todos estos modestos acontecimientos tenían lugar en una ciudad del Norte donde el gringo era empleado inferior en una casa mayorista.
El gringo era todavía joven aunque no imberbe: 35 o 40 años quizás. Flemático como buen inglés, se contaban de él en la oficina algunas anécdotas entre tontas y divertidas: una vez, a poco de haber llegado de sus islas lejanas, sobrevino un fuerte temblor de los muy corrientes en aquellas regiones. El trabajaba en una gran habitación con otros empleados; Como el temblor, fué singularmente violento, estos salieron a la calle con disimulada prontitud entre sonrientes y pálidos, y murmurando o diciendo fuerte: ¡tiembla, tiembla!...
El gringo se quedó mirándoles impasible con una lejana curiosidad. Cuando volvieron los compañeros los miró uno a uno y les preguntó con su cara rubia de bobo:
—¿Dónde estar mister que tiembla, auh?
Era imposible saber si el gringo se sentía triste llegado de sus islas verdes y brumosas a esas tierras feas, áridas y pobres, donde le había traído su destino. Ni alegría ni tristeza demostraba en sus faenas diurnas. Por la, tarde hojeaba revistas de su país en un rincón del club donde se había hecho socio, y de noche se daba su vuelta solitario por la ancha avenida junto al mar.
No tenía muchos amigos, bebía poco, contrariamente a lo que ocurría entre sus compaisanos y se dedicaba a los deportes escasamente: unos cuantos tiros al blanco los domingos, un paseo a caballo a las perdidas, y más a las perdidas aún dos vueltas de fox-trot en la filarmónica.
Cuando apareció casado con su aplanchadora, mujer más o menos de su edad, y presentó al público legitimados por el matrimonio dos rapaces entre rubios y negros, nadie se sorprendió. El pobre gringo sin hacer nada raro había sentado plaza de original. Y aunque la mujer era gorda y no propiamente hermosa, el comentario se limitó a encogerse de hombros con la frase perdonadora y desdeñosa: «¡gringo al fin!».
El hecho es que el matrimonio no desmintió el aforismo norteño de «los gringos son los mejores maridos». El gringo cumplía en forma intachable su cometido de esposo inglés dando a su esposa trato comedido, sus entradas en totalidad, llevándola los domingos al teatro y haciendo caballo de sus rodillas para solaz de sus mocosos.
La mujer ascendió de su categoría de mujer del pueblo a señora de la clase media. Una noche la llevó a uno de los bailes mensuales de la filarmónica y como nadie se la sacó a bailar, él se mantuvo a su lado
a pie firme toda la noche, con apacible abnegación. No parecía darse cuenta de que su mujer era fea, ni demostraba rubor por ello, en ningún momento. Lo mismo la exhibía en un palco del Municipal, a plena luz, que la paseaba del brazo por la calle dándole escrupulosamente
su derecha. La mujer se puso orgullosa y comenzó a eliminar amigas. No frecuentó ya por las tardes a la mujer del despachero próximo, y dejó esa fea intimidad que antes tenía con la cocinera de un abogado rico, que vivía al frente. En cambio se procuró la amistad con la esposa de un compañero de oficina de su marido, gringo también, y matriculó a su
chica mayor, que ya tenía cinco años, en el Kindergarten del Liceo. En resumidas cuentas, no cabía en sí de satisfacción y solía hacer gratos comentarios acerca de tan plácida existencia con su compañera de venturas, la esposa del otro gringo, en estos o parecidos términos:
—Lo que deseo para mi hija es un marido inglés. Y espero en Dios que le será fácil obtenerlo, como que ella es inglesa por su padre…
La amiga, aunque no tenía hija sino hijo, y éste de dos años de edad, soñaba asimismo casarlo con inglesa, porque «con chilena por nada, por nada de este mundo.»
La otra transigía:
—Las chilenas son buenas mujeres de su casa, trabajadoras, abnegadas... ¡pero los chilenos!... ¡Dios santo! En mil hay uno bueno… ¡y eso!
Un día recibió un telegrama en el cual le comunicaba una amiga que vendría unos días a alojarse en su casa, por ciertos negocios que tenía en esa ciudad.
La mujer comunicó la noticia al marido:
—¿Qué te parece? ¿La recibimos?
—¡Oh, si!— dijo el gringo imperturbable—¿por qué nó?
—¿Por qué nó? Es cierto.
La esposa recorrió la casa de extremo a extremo.
—Le daré el salón, no hay más remedio. La pieza de adentro es muy mala… Siempre que no se pegue aquí demasiado…
La amiga llegó. Era mujer no joven, más o menos como la mujer del gringo. Gorda y morena, locuaz y ágil, a pesar de sus ochenta kilos. No tenía en suma nada de particular.
El gringo, acompañó a su esposa al muelle. Estrechó con fuerza la mano a la recién venida y cogió, acto continuo, sus maletas, dos, una en cada mano.
Subieron a un coche. En el camino el gringo rió dos o tres veces, enseñando sus grandes dientes, y luego se quedó impasible. Las amigas cuchicheaban sobre toda suerte de cosas:
—¿Y tu madre?
—¿Y qué tal te ha salido el marido? Parece bueno ¿nó? como todos los gringos…
—Una joya… ¿Te mareaste mucho?
—Nó, absolutamente.
—¿Y nada de novio todavía?
—¡Pst! Ya se me fué el tren. Voy para los 34 ¡fíjate! (Tenía sobre cuarenta). ¿De modo que tú crees que mi presencia no incomodará a tu marido?
— ¡No, mujer, al contrario!
Efectivamente, fué al contrario. Buen inglés, hizo los honores de su hogar con perfecta hospitalidad. Glacial como siempre, sin términos medios, soltaba una risotada, o adquiría su máscara de estatua de sal.
Un día invitaron a tomar una taza de té después de comer a un grupo de amigos, para relacionar a su huésped. Estaba la mujer del otro gringo, y la esposa del dueño de un gran almacén de comestibles, nueva amistad en la escala ascendente de sociabilidad de la dueña de Casa.
La recién llegada comentaba la felicidad de un matrimonio unido:
—Como Uds... — decía.
El gringo fumaba su pipa cruzado de piernas.
La comercianta observó:
—Y sobre todo nada de celos. Donde entraron los celos, salió a escape la felicidad. Un marido celoso debe resultar insoportable...
El gringo tragó una bocanada de humo en señal de asentimiento, luego rió con estrépito, y dijo como quién podría haber contado un chiste.
—¡Oh! peor es una mujer celosa.
—¡También, También!— corroboró la esposa del otro gringo. En cuanto a este no osó despegar los labios sobre tan trascendental materia.
—Lo que es yo —opinó la dueña de casa— no soy celosa ¿Verdad John? ¿Te he celado yo alguna vez?
El gringo abrió el grueso estuche de su bien dentada boca y dijo rompiendo a reír:
—Ud. no tiene motivos, por eso. Si Ud. tenerlos, Ud. sería también celosa.
Transcurrieron diez días. La amiga prolongaba sus negocios más de lo esperado y el salón continuaba convertido en dormitorio.
La mujer comenzó a escamarse. Una noche, sola con su marido en la alcoba le dijo muy despacito, porque todo se oía en aquellas casas de madera:
—¡Y esa! ¿Cuándo se irá? ¡Caramba la pechuga! ¿Qué sería si la hubiéramos convidado? cuando así… ¿Qué dices tú?
—¿Yo? nada. Es amiga de Ud.
—¿Sabes que me irrita esa cachaza?
El gringo con la pipa en un ángulo de la boca sorbía humo imperturbable.
—¡Nou! Yo no puedo hacer nada en contra de la amiga de Ud. Eso ser exclusivamente cosa de Ud.
—¿Quieres que le insinúe que se vaya?
—Ud. saber muy bien en estos asuntos.
La mujer se metió en la cama furiosa.
En el fondo, continuaba encantada de su marido; pero en esos momentos no podía reprimir una violenta irritación en contra de aquel gringo impasible, y refunfuñaba entre diente: ¡maldito gringo! ¡quién me mandó a mi casarme con él!
La amiga inconmovible. Una mañana determinó abordar el asunto y le preguntó entre rodeos:
— ¿Y tu negocio?
— Va largo. Pero estoy tranquila porque tu marido no sé incomoda. Ayer le pregunté: «Mister John, Ud. estará fastidiado conmigo ¿no es cierto?» Se rió como siempre y me dijo:— Ud. ser amiga de mi esposa. No molestar a mí nunca las amigas de mi esposa. Puede quedar Ud. aquí para siempre.
—¿Te dijo eso?
—Sí… ¿no te agrada?
—Ya lo creo que sí, mujer, me gusta mucho.
Se separaron. Aquella noche por primera vez la mujer perdió el control. Mientras el gringo llenaba una nueva pipa con mucha parsimonia, su mujer le gritó más que le dijo con una mirada furibunda:
—¡Qué bestia eres, amigo, pero qué bestia!
El gringo se quedó tan tranquilo como si no hubiese entendido el insulto.
Como el tiempo pasara y la amiga no llevaba las de marcharse, la esposa resolvió ponerle mala cara.
Aquella noche era Domingo y el gringo como de costumbre las convidó al teatro.
—Vayan Uds. —dijo la mujer— yo no tengo ganas.
—Vamos, mujer- dijo la amiga —¿qué te cuesta?
—Mucho. No tengo ganas. Voy a acostarme.
—¡Qué lástima! La pieza de hoy es preciosa…
El gringo arguyó:
—Si Ud. quiere podemos ir los dos. Mi dispuesto.
—¿No te opones?— consultó la amiga.
—¿Yo? ¡de ninguna manera!— fue la agria respuesta.
Fueron. La mujer en señal de enojo enmudeció. Procuraba no ver a su amiga y evitaba dirigir la palabra a su marido. La amiga correspondió a estas manifestaciones con un aire hostil y reservado, pero no habló de marcharse.
Por lo que respecta a la actitud del gringo, no varió en un ápice.
Las idas al teatro se repitieron, sin que insistiese en llevar a su mujer, ni ésta accediera a acompañarlos jamás.
La situación de las dos mujeres se puso tirante. La esposa consultó con la mujer del otro gringo:
—¿Pero has visto? ¿qué me aconsejas?
—¿Yo? Yo la pondría de patitas en la calle ¡desvergonzada!
—¡Es un tupé! Le demuestro mi disgusto en toda forma y ella tan fresca como si oyera llover. ¡Dios mío! La verdad es que no sé qué partido tomar.
—¡Echarla, hija, echarla! Mira, no quiero dármelas de mal pensada. Pero aunque es vieja y fea… tu marido…
—El pobre es así. Un bruto. No creo que tenga intención…
—¡Fíate! Es verdad que es gringo, pero yo en tu lugar… ¡Échala!, ¡qué diablos! si no entiende con indirectas…
—Es verdad ¡Dios mío!
La pobre se resolvió a afrontar la situación. Encaró a su amiga ese mismo día después de tomar el té.
—Oye....
—¿Qué quieres?
—¿Cuando te vas?
—¿Me echas?
—No mujer, pero sé razonable. Hoy me han dicho que tú y mi marido…
—¿Que yo?
—Si no lo creo, ¡vaya! Pero la gente… Hablan de ti; se ríen de mí. Mejor es que te vayas… Yo…
—Tú… me echas. Todo lo demás son pretextos. Se lo diré a John y me iré mañana… ¿Estás contenta?
—Sí, aunque lo tomes como lo tomes.
En efecto se fué. La mujer respiró. Aquella noche cuando se sentaron a comer el gringo no demostró ni siquiera echar de menos a la amiga.
Comió como de costumbre, contestando a las conversaciones de su mujer con su inquebrantable flema.
—Ya se fué. Estarás muy triste…
—A mí no importarme un higo. Es amiga de Ud.
—¿Qué iba a hacer? La eché. Por ahí me dijeron que tú y ella se entendían. Puede ser mentira, pero no quiero comentarios. Ya no tenía paz.
El gringo se rió entre dos bocados de carne:
—¿No le dije yo que Ud. también sería celosa? Todas las mujeres son celosas.
—¡Tonto! ¿Te parecen celos echar de mi casa a una intrusa?
—Es amiga de Ud. A mí no importarme, a mí…
Contra su costumbre, al día siguiente el gringo no vino a comer, mandó un cortes aviso a su casa, y llegó cerca de la una.
—¿Dónde has estado?
La mujer lo esperaba en pié.
—Allí, en frente.
—¿Con quién?
—Con Mistress Moreno (El apellido de la amiga).
—¿Con ella? ¿Pero no se ha ido?
El gringo soltó el trapo a reír.
—¿Nadando? No tiene vapor. Además no ha terminado sus negocios.
—¡Y vive allí! ¿Cómo?
—Arrendó casa, naturalmente.
La mujer enrojeció de ira.
— ¡Qué canalla eres! La eché de casa por ti, y ahora te vas a comer con ella.
—Yo no tener la culpa que Uds. pelear. Yo ser su amigo siempre. A mi no importarme.
—¡Tampoco importarme a mí que tú seas tan bruto!, —rugió la mujer harta ya e imitando, sin darse cuenta el castellano de su marido. ¿Oyes? A mí no importarme un higo, como tú dices. O aquí o allá. O ella o yo. ¿Por cuál te decides?
El gringo había afirmado su pipa sobre la mesa de noche y se descalzaba con profunda calma. Se sacó luego el vestón y lo colocó sobre una silla con cuidado. Parecía dispuesto a no decir «esta boca es mía».
— ¿Contestarás imbécil?— le gritó la mujer con tal ira que su barbilla temblaba convulsivamente.
—Yo preferir las dos cosas. Te quiero a Ud. y quiero a la amiga de Ud. Yo no celarla a Ud. nunca ¿porqué Ud. celarme? Mistress Moreno siempre muy amable conmigo. Ayer convidó a mí a comer. Yo ir… Ud. prometerme siempre nunca celarme. Yo no entiendo esto nada.
—¡Bestia! ¿No entiendes que esa mujer se venga de mi porque la eché de mi casa? Yo no sé si tú entiendes o no, pero esa mujer quiere conquistarte por venganza y porque le des dinero, que no ha de ser por tu linda cara. Es sinvergüenza y mala y no quiero ¿oyes? no quiero que tú, mi marido, seas amigo de ella, porque eso es una burla para mí, no por celos, sino por dignidad.
El gringo impertérrito colgaba sus pantalones junto a su vestón, parado en calzoncillos en medio de la pieza. Sus piernas largas y flacas cubiertas de espeso vello rubio eran realmente risibles.
Terminado el discurso de su mujer volvió la cara de soslayo y dijo:
—Nunca ingleses pelear con amigos; no entiendo cómo chilenos pelear con amigos…
—Entiendas o no, me da lo mismo, pero óyelo bien: si vuelves a casa de esa mujer me perderás para siempre.
—¡Cuánto sentirlo yo! —fue la suspirante respuesta.— No valer la pena dificultaciones tan grandes.— Se metió en la cama, se tapó hasta el cuello y se volvió para la pared. Por entre el rebozo se escurrió su saludo ordinario:
—Good night, darling.
—¡Estúpido!
La pobre mujer se echó a llorar con un desconsuelo horrible.
Al siguiente día el gringo se marchó a la oficina como de costumbre. Vino a almorzar, pero faltó a comer. La infeliz esposa exitadísima cayó a la cama con fuerte jaqueca. A pesar de que sentía en las sienes dos plomos candentes, se mantuvo despierta. El gringo llegó caminando
muy despacito. Serían aproximadamente las dos de la madrugada.
La mujer se sentó en la cama.
—¿John?
—¿Aoh?
—Comiste con ella?
—Yes
—Luego ¿me dejas?
La mujer hablaba con calma. En sus ojos la fiebre encendía sus lamparitas rojas.
—Yo no dejo a Ud. Yo como con amiga solamente.
—¡John! No puedo consentirlo... Tenemos dos hijos… ¿La prefieres a ella a pesar de todo?
—Prefiero a las dos. ¿Quiere Ud. hablar de otras cosas más bonitas? ¡Siempre lo mismo!
—John, siéntate. ¿Es tu última palabra?
—Mi palabra de honor.
—Bien: Tú ganas ochocientos pesos ¿no es cierto? Dame la mitad todos los meses para los niños, y tú te vas con ella ¿qué te parece?
—Yo preferir...
—Vivir con las dos. pero yo no… ¿Aceptas?
-¡Oh, sí!
-Pero me harás un favor. Te la llevarás lejos. Por mí, por los niños. No podemos vivir tan cerca. Yo no me cambio porque esta casa me conviene… ¿quieres?
—¡Oh yes! naturely.
—¿Te vas mañana?
—¿Mañana? Sí ¿por qué no? Mañana. Good night, dearest…
Se volvió para la pared. La mujer rompió en sollozos convulsivos. Poco después el gringo dormía roncando fuerte, como un bien aventurado.
Aquel día no vino a almorzar, y en la tarde mandó sacar sus cosas de vestir con un mozo de la oficina.
La mujer no pudo levantarse. La esposa del otro gringo vino a hacerle compañía.
—¡Vaya mujer, paciencia! Ya se aburrirá con esa zorra y volverá. Al fin y al cabo tu tienes dos hijos.
—Ni siquiera se ha despedido de ellos, ¡y fiáte de gringos, tú! Ningún chileno hubiera podido hacer tamaña, canallada.
—¡Si mujer, sí! Pero los chilenos son más hipócritas. ¡Ella es la que me pasma! La cárcel, vitriolo, piedras en los lomos como a perro rabioso, todo lo merecía por picara, por malvada; Dios te castigará por malvada, perra. Dios te castigará! Vamos, amiga, calma. A ver, tómate esta pocioncita. Es valeriana, nada más, ¿Huele mal?... Pse…; ¡no importa!
La mujer deshecha en llanto, obedeció.
—¡Pobres hijos míos! ¡Que padre le diste, Santo Dios que padre!
El gringo cumplió lo prometido estrictamente. El primero del mes le remitió cuatrocientos pesos, y cambió de casa a «Mistress Moreno». La mujer del otro gringo, por hacer algo, habló con su marido para que diese algún consejo a su compatriota, Pero el no quiso meterse en
honduras. Entonces fué ella misma a la oficina y le echó un discurso que el gringo escuchó como sin comprender con los ojos abiertos y asombrados:
—Yo cumplido en todo. Yo nunca celar a ella. Mitad de mi sueldo es para ella. Ella me echó. Yo no querer pelear con ninguna. Nunca yo pelear con amigas de mi esposa.
La componedora se irritó:
—Su mujer está muy enferma, puede hasta morirse. ¿Tampoco le importa a Ud. eso?
—Ella puede ver médico. Yo doy la mitad de mi sueldo.
—¡Qué gracioso! Nunca creí que los gringos fueran más canallas que los chilenos.
—No insulte Ud. a mí. Yo siempre prudente y no admitiendo a otros en mis asuntos.
—Está bien. Pero cumplo en el deber de avisar a Ud. que está matando a su mujer.
El gringo se rió con el acostumbrado estrépito.
—Ella matarse sola. Yo nunca matar una mosca.
—¡Adiós!
La mujer salió dando un portazo.
La esposa enfermó de extrema gravedad.
La amiga la atendía solícitamente y procuraba animarla anunciándole para breve plazo el arrepentimiento del gringo.
Pero a pesar de todo, se consumió con rapidez. Comía poco, casi no comía, la debilidad le trastornó los nervios. Toda su energía la gastaba en hablar, en hablar día y noche procurando convencer a su oyente, quién quiera que fuese, lo mismo a su amiga que al menor de sus hijos que la escuchaba sin comprender: que ella no era celosa, no, sino digna, eso es, digna. Se moría de vergüenza, exacto, ella nunca podría levantar la cabeza de vergüenza. ¡Su amiga! ¡la que había hospedado en su casa!... ¡ella!
A los tres meses, aunque el gringo le mandaba con gran puntualidad su dinero, se murió hablando. Habló hasta expirar, rodeada de la amiga buena y de sus pobres chiquillos que la miraban atónitos con confusas
ideas acerca de la locura y de la muerte.
El marido de la amiga a pesar de su flema inglesa tuvo, al saber el desenlace, un gestó de impaciencia.
—¡Oh, nou! Está mal. John está mal. Shoking. Gringos no ser así.
Se encargó así mismo de comunicar a su amigo la noticia, para lo cual fue a buscarlo a la oficina.
—Hoy no salga Ud. Su esposa es muerta anoche.
—¡Oh, imposible!
— Es muerta anoche, digo. Mal hecho, John, mal hecho por Ud.
—¿Ah? Es mal hecho por ella. Yo cumplir. Yo darle cuatrocientos pesos. Ella prometió a mí no ser celosa. Es bien triste caso verdaderamente.
Suspiró. Acaso porque creyó de su deber suspirar, y a modo de aforismo soltó la frase siguiente:
—Todas iguales, todas celosas, todas, todas, todas.
—Sus hijos están con mi esposa.
—Gracias. Yo los traeré para esta casa pronto, ¡pobrecitos! ¡Litle John! Poor Gladys.
Acudió al entierro muy grave, rigurosamente vestido de negro. Incluso el pañuelo que asomaba recién aplanchado por el bolsillo de su vestón. era absolutamente negro.
Dos meses después, se casaba con «Mistress Moreno»-.