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Entrevista con María Paz Rodríguez:
"
Cuando algo incomoda, es porque hay algo dentro que no está resuelto"

Por Gina Velázquez
Publicado en ESTE PAÍS, México, 17 de agosto de 2026


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A diez años de «Mala madre», entrevistamos a la escritora chilena María Paz Rodríguez sobre la reedición de su novela, la maternidad y el arte.


Mala madre, de la escritora chilena María Paz Rodríguez (1981), es una novela que vuelve a las librerías a diez años de su publicación original. La historia arranca en Iowa, donde la tranquila rutina de María Claro, una reconocida artista de setenta y seis años, se quiebra cuando Adela, una de sus nietas, logra dar con su paradero. Este encuentro la obliga a desenterrar la vida que creyó haber dejado atrás en el Chile de los años sesenta, cuando tomó la radical decisión de abandonar a su familia para forjar su propia identidad; una huida que cristalizó en la instalación artística que le dio fama mundial y que da nombre al libro.

Lejos del juicio moral, el relato es una exploración profunda sobre la culpa, la libertad y los vínculos familiares. En paralelo a los recuerdos de María, la novela retrata a la joven Tini von Striker, su pupila y amiga íntima, quien a su vez debe enfrentarse a los fantasmas de una familia en la que nunca se sintió comprendida. 

 

 

A propósito de esta reedición, conversamos con la autora sobre el origen de la historia, el papel de aquellas mujeres que absorben los vacíos de cuidado y cómo, a pesar del paso del tiempo, cuestionar la abnegación materna sigue resultando un acto transgresor.

—Han pasado diez años desde la primera edición de Mala madre. Ahora ha sido reeditado por Seix Barral. En una época donde autoras pioneras como Jane Lazarre o Vivian Gornick están más presentes y la conversación sobre las tensiones de la maternidad y ser madre es más abierta, ¿sientes que hoy tu libro se lee desde un lugar menos moralino y más analítico? ¿Cómo ha cambiado su recepción?
—Soy muy fanática de estas autoras que nombraste; de hecho las leo, están en mi velador, son guías. Este es un libro cuya historia gira en torno a esta idea de lo que es la madre —ya no la maternidad—. En 2015 todavía no teníamos, al menos en Chile, un movimiento feminista tan profundo, público y en la calle como el que hay hoy después del Me Too. Entonces, creo que la concepción de madre aún giraba en torno a la mujer que daba su vida por la crianza y los hijos. La figura de la madre era intachable, y aquella que se salía de la fila era apuntada con el dedo. No creo que eso haya cambiado tanto, pero se ha abierto la conversación.

Cuando salió el libro, fue muy leído por mujeres de todas las edades —sobre los 30 para adelante— y fue muy transversal en términos de clase y sectores. Una de las preguntas que más me hacían era si yo culpaba o apoyaba a la protagonista en su decisión; pero yo creo que Mala madre es una novela que tiene muchísimos más problemas que solo la decisión. El trasfondo subyacente tiene que ver con cómo se va generando el rol, cómo una mujer se va entramando y construyendo en el mundo. En eso, la maternidad sigue siendo, creo yo, una de las tareas fundamentales con la que una mujer se realiza, y eso no ha cambiado a mi parecer. Mala madre quiere darse una vuelta por ahí, por ese lugar: ¿qué pasa con las mujeres que no son madres (Tiny, las tías, Adela)? ¿Y qué pasa con la mujer que entiende que su maternidad es tremendamente problemática y la va a llevar definitivamente a la muerte, al alcoholismo o a un daño peor en esos hijos?

Por ahí va lo que a mí me interesa en la literatura: la representación de cómo puedo tomar una historia y llevarla hacia lo emocional, tirando pistas más psicoanalíticas, aunque no me gusta cruzar los géneros. Como te decía, con mis lecturas de las autoras que nombraste, es muy probable que se cuele en mi escritura ese flujo. Creo que la discusión ha cambiado en términos de que se ha abierto; hoy las mujeres nos atrevemos a decir «sabes que en realidad no», y es una opción muy válida que ya nadie cuestiona tanto. Sin embargo —y aquí me atrevería a decir algo muy contingente respecto a lo político— sigue siendo un lugar superproblemático. Pensando sobre todo en estos gobiernos de extrema derecha que están saliendo en Estados Unidos, en Argentina y ahora en Chile, donde se está volviendo a problematizar el aborto, a abrir esa discusión ya ganada, a hablar de las mujeres sin voto o de las mujeres en su casa dedicadas a la crianza. Creo que, aunque sea una reedición, viene a responder a un tiempo también; la asincronía hace que justo este libro salga en este momento.

—A pesar de los avances en derechos, vemos discursos regresivos en redes, como el de las tradwives, lo que recuerda a la «virtud loca» de la abnegación que ya criticaba Rosario Castellanos en los setenta. Frente a estos retrocesos y cuestionamientos persistentes, ¿consideras que tu libro sigue resultando transgresor para quienes lo leen hoy?
—Creo que hemos creído que es un problema resuelto respecto a lo social, lo cultural, el género y los cuidados, pero es un problema porque sigue siendo un lugar exclusivamente de asignación femenina. En mi libro no existe un juicio de valor, y no me interesa hacerlo jamás en la literatura. Los personajes y sus tramas se exponen y cada uno verá cómo completa ese conflicto interno.

Creo que Mala madre es una novela que viene a decirnos: a ver, ¿y qué hacemos con esto? Porque el daño está hecho. El abandono materno —que aquí es el más extremo— limita la posibilidad de una mujer de realizarse, de explorar otras formas de vinculación o incluso otras formas de parentalidad (pensando en las parejas del mismo sexo). Siento que es algo no resuelto. No hemos podido avanzar de forma continua respecto a cómo ejercer un cuidado que no saque del panorama la realización propia de las mujeres a todos los niveles: sexual, espiritual, intelectual. Las generaciones más jóvenes vienen con una mirada mucho más amplia; que una mujer joven diga «no quiero ser madre» es una opción válida y no condenable.

Ahora, sobre las tradwives, no me parece algo tan nuevo; es más de lo mismo respecto al lugar de la mujer frente al hombre. En redes agarran su etiqueta, pero estas tradwives que dan cátedra de los valores de la familia y de cómo debe comportarse una mujer, son parte de cómo hemos sido criadas. En Latinoamérica todavía hay problemas importantes respecto a qué significa la edad de una mujer o la maternidad. Las mujeres siempre vamos a estar en un lugar de cuestionamiento. Parece que avanzamos con el feminismo post Me Too, pero aquí en Chile el partido de extrema derecha está impulsando un proyecto para que, antes de acceder al aborto en tres causales, la mujer deba escuchar los latidos del corazón del feto. Es una tortura y un retroceso a la Edad Media frente a una ley aprobada hace años. Nunca tenemos ganado del todo ese lugar, siempre hay que estar en una trinchera para que nos respeten. Me parece que Mala madre puede sacar muchos anticuerpos respecto a eso, y quiero que así sea, quiero que incomode. Cuando algo incomoda, es porque hay algo dentro que no está resuelto.

 —Mala madre surge, en parte, de un exorcismo familiar, porque te basaste en una historia similar de tu abuela. En una época en la que predominan la autoficción y el relato testimonial, ¿qué herramientas o libertades te otorgó elegir la ficción pura para abordar esta historia, en lugar de apegarte estrictamente a los hechos?
—De partida, yo no escribo no ficción. Escribo columnas, ensayos literarios, pero no sabría escribir una biografía; nunca lo he hecho. Tampoco quería que esto fuera la historia de mi abuela porque, básicamente, ¿a quién le importa? Yo creo que cuando uno escarba un poquito en las familias encuentra los monstruos, y en la mía estaba esta figura fantasmática de mi abuela y todo lo que conllevaba: la España franquista, el escape, ese Chile, la religión, la figura de las solteronas de la clase alta. Me parecía que la historia era mucho más que el abandono de estos hijos; tenía que ver con una construcción de clase. Esto no pasó en cualquier parte, pasó en una familia de ciertas características donde suele haber un criterio muchísimo más conservador y católico.

Quería exponer esta historia para calibrarla desde el arte como una respuesta para las generaciones posteriores, como Adela o Tiny. Quería probar qué me pasaba a mí encarnando esa sensación. Yo no era mamá cuando lo escribí —tenía treinta y pocos—, y fue un proceso tremendamente desgastador tratar de entender algunas cosas sin hijos. Yo siempre digo en clases que las anécdotas sirven para problematizarlas desde donde uno quiere, y quien narra le da la subjetividad. Quería que fuera una novela de ficción total donde el único hecho real fuera lo que hizo mi abuela —que también era pintora y vivió un tiempo en Temuco—, pero todo lo demás fue inventado porque esa información fue bloqueada en mi familia.

—El título de la novela evoca a la planta que expulsa a sus retoños para que echen raíces propias, un mecanismo que refleja la relación entre Amanda y Tiny y cuestiona la pesada exigencia social hacia la figura materna. ¿Este espejo entre lo biológico y lo social lo planeaste desde el inicio o se fue revelando durante el proceso de escritura?
—Fue un proceso bien misterioso. Tiny era un personaje supersecundario que quise poner porque me parecía superpop, pero empezó a drenarme y me terminé enamorando de ella por su vinculación no biológica con María. Es una forma de maternidad simbólica, pero muy real en términos afectivos. María finalmente es su único ser humano, y su familia hoy era Tiny. Es importante hablar de esas formas de hacer familia; siempre se habla de la trascendencia biológica, pero en este caso es el arte y el lenguaje donde ellas son la una para la otra. Eso me marcó bastante, no estaba pensado. Simplemente me tenía aburrida hablar solo de una mujer de 70 años y quise poner una contraparte que resultó ser tremendamente importante para el libro y para mí.

Lo de la planta fue algo final. El libro ya estaba titulado y cambié el final varias veces. Una amiga me dijo: «Oye, hay una planta que se llama así». La busqué en Google y vi que es una planta que saca los hijos para afuera del macetero. Repensé esa figura, que me parece muy bonita. Volviendo a El nudo materno, de Jane Lazarre, se trata de que una mujer, después de ser madre, sigue siendo mujer. Me parece que es una cosa de la que no se habla: del deseo femenino, del agotamiento… digamos, de esa cosa que tienen los hijos de succionarle a una la vida, que a ratos es lo mejor y a ratos también es desquiciante. O sea, las mujeres, no porque tengamos hijos, somos estas dadoras, pelícanos, nutricias para el otro. También me interesaba ese lugar que está muy poco explorado: esa escisión de una mujer que es madre, hasta dónde una sigue siendo mujer y cuánto es capaz de ceder de todo de ti hacia el otro, hacia ese hijo o hija.

La decisión final es muy trágica a nivel de trauma y abandono, pero me interesaba entender cómo ella iba a poder resolverse como personaje. Había dos alternativas obvias: la depresión o el alcoholismo, acompañadas de culpa, donde la redención es que «las mujeres no abandonan a sus hijos»; pero no, aquí hay una liberación, un alivio, un cambio drástico de su identidad y de su país. Es la oportunidad de partir de cero solo para ser una mujer. Y respecto a que ese impulso ella siempre lo tuvo, claro, yo creo que el artista es un paria, y una artista mujer en los sesenta, y en Chile aún más, es un paria en los espacios más conservadores. Esta chica de todas formas al final tiene que ceder porque se castra de todas partes. El dar en el gusto es algo muy propio de cómo se enseña la feminidad: ceder, ponerte detrás de la decisión del otro para ser una esposa y, obviamente, una madre.

—Hay una figura crucial y muchas veces invisibilizada en la literatura: la de las cuidadoras y nanas, encarnada, sobre todo, en Berta. Ella sostiene a los niños, pero al final se enfrenta a la misma precariedad del abandono. ¿Cómo concebiste la inclusión de estas mujeres que absorben los vacíos familiares en tu narrativa?
—Pensando en las figuras de cuidado acá, hoy son mujeres extranjeras; hace 30 o 50 años eran chilenas del campo que venían a la ciudad a criar a los hijos de la clase alta. Hacen de madres afectivas. Yo crecí en los ochenta y estaba esta idea de la cocina como un espacio de calidez muy femenino. Pensando en las «no madres» como Tiny o como Berta: Tiny es quien materna a María, le cuida el gato, le prepara la sopa; cumple esa función protectora. Berta es lo mismo: es esa mujer que da todo, que vive en un cuarto pequeño al que los hijos se van a meter cuando tienen miedo. Orbitan a la nana todo el día.

Quería visibilizar a esas mujeres que hacen un trabajo que no solo tiene que ver con el quehacer doméstico, sino con la verdadera crianza, y que históricamente son un poco desechables. Hoy es un lujo tener a alguien que te ayude con los cuidados, pero es un lujo muchísimo más desechable. Antiguamente, una nana vivía y moría en la casa patronal, era un miembro más de la familia; ahora las personas parecemos mucho más descartables. Quería que Berta fuera alguien tan importante y mostrar que, así como a María la abandonaron, estos niños terminarán abandonando a la persona que realmente los cuidó. El abandono se va repitiendo.

—Para cerrar, ¿hay alguna reflexión sobre el libro que rara vez te plantean en las entrevistas, pero que consideras vital para entender tu obra?
—Quizás lo único —no me preguntan mucho de esto, pero lo pienso bastante— es que el lugar de las mujeres artistas es supercomplejo, y es un eje importante en Mala madre por esa conexión profunda de la mujer artista con su trabajo y con lo que quiere ser. Me parece que es un lugar que podría ser muy reivindicado. La maternidad como experiencia puede ser muy nutricia para el arte y para la experiencia humana. Pienso este libro como una forma de reivindicación de todas esas mujeres que no se fueron, que se quedaron y que quizás dejaron cosas en el camino por quedarse. Por otra parte, el arte es un camino de exorcismo —lo fue para mi familia, para mí y para la protagonista—. Creo que es un libro para aquellas mujeres que se quedaron y lo intentaron.

Cuando lo publiqué —y todavía me pasa diez años después— me siguen escribiendo mujeres diciéndome: «Tu libro me marcó, a mi mamá le pasó esto, a mi tía esto». El libro fue una experiencia muy bonita que pasó de mano en mano, de mujer en mujer. Hasta el día de hoy voy a lugares que no conozco y se me acercan mujeres que me dicen: «¡Ah, tú eres la de Mala madre!», y la verdad es que eso me emociona mucho.

 

 




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