Para quienes habíamos mentalmente elegido a Manuel Rojas como el ejemplar humano
que algún día acaso llegara a ser el de un joven enhiesto de noventa años, su muerte ocurrida a los setenta y seis ha sido una abrupta sorpresa. ¿Cómo ha podido morirse Manuel
Rojas?, nos preguntamos; y evocamos su gran estatura, las sólidas piezas de que estaba hecho,
su rostro de cejas espesas y grandes dientes, sin un gramo sobrante de carne, sin la morbidez
de una cuna adiposa.
I
Mi relación con Manuel Rojas viene del principio de la década de los años 60, pero se hizo
mayor en marzo de 1967, en México, en ocasión
de la II Reunión de la Comunidad Latinoamericana de Escritores. En una sesión celebrada en
Guanajuato, Manuel —insensible a la desaprobación general— leyó unas cuantas páginas de encarnizada detractación de las novelas experimentales del boom, tildándolas de reaccionarias, de
ajenas a las posibilidades de acceso popular. La
diatriba se particularizaba con Julio Cortázar, cuya Rayuela había indignado a Manuel. Por el gran
respeto que se le tenía, el congreso decidió unánimemente publicar su trabajo, incorporándolo a
la documentación del encuentro; pero se abstuvo
de discutirlo.
Terminada la reunión oficial, Rojas y yo nos
quedamos unos días más en Ciudad de México:
alojamos en un hotelito que se llamaba, con excesiva pretensión, New York y quedaba en la
calle Edison, en pleno centro de la ciudad. Allí
traté a Manuel Rojas, tomamos pisco chileno en
su habitación y hablamos, lo poco que Manuel
hablaba, de lo que cada uno estaba haciendo.
Supe entonces que, en tanto los demás lo tenían
por el autor ya terminado de un libro clásico
(Hijo de ladrón) y lo consideraban en consecuencia
(Tito Monterroso y su mujer venían a buscarlo
para que fuera a grabar su voz leyendo páginas
de ese libro) él estaba trabajando en otra novela: ésta que llamo ahora, parafraseando a su
mismo difamado Cortázar, el último libro de
Manuel.
II
En agosto de 1969 volví a encontrarlo en Chile y recuerdo su saludo al público juvenil que
lo ovacionaba en Concepción; en Chile los escritores importantes son poco menos que héroes nacionales. "Todos estos aplausos” —dijo Manuel—
"me los regalan ustedes porque soy el autor de
El vaso de leche". Para los intelectuales era el
autor de una novela memorable, una de las más
importantes del siglo en el continente. Para los
jóvenes, el autor de un cuento célebre de los días
escolares, al mismo título simplificador en que
Rodó se reduce para nuestros muchachos a ser
el autor de la parábola del niño y la copa. Esa
vez, Manuel no acompañó al sur a los otros escritores: se iba a Colombia. Nos despedimos en
Concepción y, aunque supe intermitentemente de
él, no volví a verlo. Días pasados me enteré de
su muerte.
II
Según el colofón de la imprenta, La oscura
vida radiante se terminó de imprimir en Buenos
Aires en noviembre de 1971. Es una novela (¿es
una novela?) de 445 páginas, la editó Sudamericana y está fechada, al pie de sus últimas palabras, en Santiago, Chile, el 23 de junio de 1970.
No se ha visto casi en vidrieras o anaqueles de
librerías montevideanas, nadie se ha ocupado de
ella. Su título, su hermoso título ha sido tomado
de dos versos de José Martí. No hay, en la edición argentina (única que conozco) una sola palabra para presentar o referir el libro: ni siquiera se dice, en subtítulo, que él sea una novela.
¿Lo es, realmente?
En La oscura vida radiante Rojas se mantiene fiel a sí mismo, igual al de siempre, tel qu'en lui-même enfin l'éternité le change, para decirlo —hoy que está muerto— con la magnífica
sentencia poética que inventó Mallarmé a propósito de Poe.

Dividido en nueve capítulos, el libro —casi más que una novela— es un memorial en tenue clave novelesca: aparece allí el Chile de los
años 20, aparecen sus gobernantes, sus escritores,
los amigos más queridos por Manuel, intelectuales o no. Y aparece, sobre todo, su mundo de
vagabundaje, de trashumancias y de oficios.
El protagonista visible es Aniceto Hevia, el mismo Hijo de ladrón de su obra famosa. Pero
casi no se recata ya que él es Manuel Rojas;
José Santos Gutiérrez es su fraternal amigo González Vera y otra gente de ese tiempo (Gabriela Mistral, Alberto Rojas Jiménez) es mencionada sin ningún truco de identidad. Y otro tanto
los políticos del Chile tradicional, en quienes
Rojas y Aniceto no creen (Arturo Alessandri, por
ejemplo).
El mundo novelesco o el entorno vital de Manuel Rojas (lo mismo da, en este caso) es
el de los obreros de ideología anarquista, el de
los marginados, el de los generosos oradores o
panfletarios, el de los poetas bohemios, el de
los pensadores de tabernas o casas de comidas,
el de los actores itinerantes de provincia, el de
los obreros gráficos. La oscura vida radiante pasa
por todos ellos, se nutre de todos, irradia desde
todos ellos.
El libro se detiene en el umbral de la década de los años 20. En una de sus páginas finales, el protagonista —mientras aprende linotipia— escucha el cañonazo que saluda la entrada
de 1920. Es el Chile de la primera posguerra
mundial, el de las luchas entre radicales, liberales y conservadores, el del auge elitista del pensamiento anárquico, el de la irrupción y "el resplandor de la Revolución Rusa” (uno de los
compañeros del protagonista se despide para viajar hacia ella). Es también el año que se toma
como punto de referencia para marcar el nacimiento de una generación literaria, de la que Manuel venía quedando como la última figura viviente (Neruda, si puede fecharse originariamente en esos años, los ha trascendido hasta hoy con
su figura avasallante y gigantesca). Sí, Manuel
Rojas es el último en irse de los grandes creadores enclavados en la generación del 20, el único
que quedaba.
Aniceto Hevia vive la fervorosa pasión de sus
ideas anárquicas, habla de ellas con todos sus
amigos (no parece tener otros amigos que quienes las compartan). Sus ídolos son Kropotkin,
Bujarin y, en las letras, Gorki.
Éste es un gusto común a la Generación del 20.
Nicomedes Guzmán, José Santos González Vera (acaso el más abierto a otras influencias) y Manuel Rojas rendían culto a las mismas influencias
de juventud. Recuerdo a Nicomedes Guzmán hablando de Gorki como del non plus ultra de la
novela, en un simposio sobre modernismo del Hogar de Providencia, bajo la mirada docta y fría
de don Arturo Torres-Rioseco (1961).
De hecho, el libro tiene su encaje total en
aquel tiempo. Coincide con la materia narrativa
de Cuando era muchacho, el libro de memorias
con que González Vera obtuvo el Premio Nacional de Literatura (como Manuel obtuvo el suyo
con Hijo de ladrón). Los mismos sucesos, referidos en Cuando era muchacho desde la perspectiva de don José Santos, aparecen aquí relatados desde la perspectiva de Manuel Rojas. Pero
Rojas conocía al dedillo el memorial de su entrañable camarada, de su compañero de pieza
de conventillo. Y algún día la exégesis literaria
se divertirá cotejando y confrontando La oscura
vida radiante con Cuando era muchacho. (Los críticos desdeñan habitualmente esta suerte de pasatiempos; otro posible entretenimiento sería aproximar las diatribas de Cortázar por Manuel y por José María Arguedas, dos escritores auténticos incapaces de comprender, por razones de índole semejante, a otro escritor auténtico.)
Y en el libro aparecen, también, algunos rasgos generacionales conocidos: el anticomunismo
—o, mejor dicho, antisovietismo— del viejo anarquista que era Manuel Rojas, aflora en La oscura vida radiante. Ese antisovietismo explica la
actitud de Rojas y de González Vera (en la que
acaso, y además, fueron inducidos por la persuasión de un gran amigo común de ambos, el poeta
y crítico Enrique Espinoza) al participar en un
congreso sobre discriminación racial de los judíos en la URSS, celebrado en Chile hace algunos años. Y como no es un azar que ciertas pautas
de la sensibilidad y de la visión del mundo se
correspondan con ciertos modos de expresión, se
explica que haya sido José Santos González Vera
quien haya descubierto, para Chile y para gran
parte de América Latina, al Felisberto Hernández de Por los tiempos de Clemente Colling. Felisberto era, como se sabe, otro anticomunista alistado, el más resaltante de su época en las letras
de nuestro país.
III
Vayamos, en fin, al libro mismo. Si se atiende a su número de páginas (445) puede decirse que
nunca acometió Manuel Rojas una empresa de
parecida ambición literaria que esta que coronó
a sus 74 años. El relativo silencio con que el
libro fue acogido —en un Chile que tenía otras
urgencias que las de rememorar su pasado de
anarquistas y positivistas— revela que esa ambición tenía ya algo de anacrónico. Es fácil despachar la cuestión diciendo ‘porque ahí sigue
testimoniándolo el supérstite Aniceto Hevia de su
obra central) que Manuel Rojas es, en este último libro, el de siempre. Y con esa simple sentencia, liquidar la cuestión; fue lo que algunos hicieron, sin tomarse el trabajo de leer toda la novela.
Pero es verdad que el libro alude a la imagen
de un país que se ha transformado (y en estos
últimos años, ¡cómo!) y a un tipo de peripecia
vital andariega, errabunda y libertaria, que ya
estaba en otras ficciones de Manuel Rojas.
Rojas no fue nunca un gran constructor de
novelas, lo cual no equivale a negar que haya
sido, en sus mejores momentos, un gran novelista. Ni siquiera su clásico Hijo de ladrón tiene
una estructura sólida, cuidada y compleja: es como si todo Rojas precisara respirar en lo incidental, en el desecho de la memoria, de la vida vivida, de la reflexión en camino.
Pero en La oscura vida radiante esa ausencia
de estructura novelística es más sensible que nunca. La novela sigue longitudinalmente, y con un
denso cortejo digresivo de análisis de ideas y de
hechos (que hoy ya no nos golpea como muy
original) las andanzas de ese personaje que enhebra sus páginas.
El mundo de ese personaje es el de la picaresca, más el de la picaresca del timo que la del
delito (recuérdense las regocijantes aventuras de
los impostores que recaudan para la olla del minero en desempleo); más la de la mala vida, como
dice el mismo Manuel que la del crimen. El crimen disuena siempre como un escándalo, en la
imaginación de este hombre profundamente bueno, cándido y generoso.
Y esas vicisitudes producen galerías de personajes, a menudo muy sabrosos y pintorescos; más
hombres que mujeres y, si mujeres, más viejas
que jóvenes; gente gastada y raída por las dificultades de un vivir miserable, en todo caso.
El autor persigue en la novela ese discurrir
de personas, sitios y climas, sin ninguna otra forma de construcción novelística, sin ningún modo
de experimentación literaria de los que hoy son
tan usuales en la narrativa; el detractor de Cortázar es fiel a las trasparencias que reclama. Así
el libro viaja, a través de gente y lugares, desde la siempre predilecta Valparaíso de Rojas al
norte desértico y minero o al sur lluvioso y agrícola. Alguna vez la clase de ocupación asumida
pretexta el repertorio geográfico, como en los
infortunios del elenco dramático que el protagonista integra como apuntador o consueta. Y lo
cierto es que el libro tiene 445 páginas como
podría haber tenido 300 ó 600; en ese sentido, es
un libro sin fatalidad de concreción y de estructura, un libro vitalmente abierto y de puro aluvión. Tiene capítulos espléndidos como el 6, que
es en realidad toda una historia (la del frustrado rescate de un loco a sacar del manicomio) o
pedazos de una lastimosa comicidad grotesca como el final del capítulo 5 (las visitas a las mujeres empobrecidas); y tiene también capítulos
que se alargan más allá de su interés, como el 7,
de la compañía teatral que sirve de pretexto
para pasearnos desde el valle central hasta Valdivia.
IV
Pero el verdadero y jugoso, torrentoso protagonista del libro es el lenguaje; y aquí Manuel
está a la mayor altura que haya tocado jamás.
Manuel Rojas se despide hablando.
Podría pretenderse también que el auténtico
protagonista del libro, a tenor de su título, es La
Vida; pero la vida y el lenguaje suelen ser dos
versiones de lo mismo, en una obra literaria.
Si en La oscura vida radiante la facundia humana de Manuel Rojas aparece intacta, es gracias al poder de su lenguaje. La oscura vida radiante es un libro gustativo (los vinos, los mariscos, la carne, todo a la luz de una glotonería, de
hambrientos o de un placer casi carnal, al modo
de su compatriota Pablo de Rokha, o de las Odas
Elementales de Neruda o del universal Rabelais);
es un libro de olores; es un libro de temperaturas físicas; es un libro sensorial; de colores, sensaciones, percepciones (el desierto, las regiones
lluviosas, los cerros, los puertos, descritos en páginas de antología). Los marginados viven en ese
marco las urgencias tradicionales de la picaresca:
procurarse el bocado o la cama de cada día. Y expresan esas ansiedades en un lenguaje de riquísimas vetas coloquiales, que acude a un vasto repertorio de chilenismos y argentinismos, que el
binacional Manuel Rojas conoce a la perfección.
Muchas veces he pensado en lo indefinible
que resulta la impresión de fuerza que trasmite
un escritor. Manuel Rojas me parece un narrador
a que, en sus mejores aciertos, tiene una fuerza
notable, una enjundia viril realmente prodigiosa.
Conozco escritores que me interesan más, que me
aluden de más cerca, cuyo mundo novelesco me
comunica mayor número de vivencias, y que sin
embargo carecen de esa condición de fuerza (el
culminante Pepe Donoso de Obsceno pájaro de
la noche, para mantener la referencia entre narradores chilenos, podría ser ese otro término de
alternativa).
Todo eso que Manuel conseguía casi sin proponérselo, vive mucho más que todo aquello que
elaboraba o pensaba. Por esas pujanzas primarias,
naturales y gratuitas queda vivo, hoy que hemos
sabido que murió y hemos querido rendirle este
pequeño homenaje de estimación y de afecto.
Viernes 23 de marzo de 1973.


