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El último libro de Manuel

["La oscura vida radiante" de Manuel Rojas. Buenos Aires : Editorial Sudamericana,
1971. 445 páginas]

Por Carlos Martínez Moreno
Publicado en MARCHA, N°1636, Montevideo, 1973

 

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Para quienes habíamos mentalmente elegido a Manuel Rojas como el ejemplar humano que algún día acaso llegara a ser el de un joven enhiesto de noventa años, su muerte ocurrida a los setenta y seis ha sido una abrupta sorpresa. ¿Cómo ha podido morirse Manuel Rojas?, nos preguntamos; y evocamos su gran estatura, las sólidas piezas de que estaba hecho, su rostro de cejas espesas y grandes dientes, sin un gramo sobrante de carne, sin la morbidez de una cuna adiposa. 

 

I

Mi relación con Manuel Rojas viene del principio de la década de los años 60, pero se hizo mayor en marzo de 1967, en México, en ocasión de la II Reunión de la Comunidad Latinoamericana de Escritores. En una sesión celebrada en Guanajuato, Manuel —insensible a la desaprobación general— leyó unas cuantas páginas de encarnizada detractación de las novelas experimentales del boom, tildándolas de reaccionarias, de ajenas a las posibilidades de acceso popular. La diatriba se particularizaba con Julio Cortázar, cuya Rayuela había indignado a Manuel. Por el gran respeto que se le tenía, el congreso decidió unánimemente publicar su trabajo, incorporándolo a la documentación del encuentro; pero se abstuvo de discutirlo.

Terminada la reunión oficial, Rojas y yo nos quedamos unos días más en Ciudad de México: alojamos en un hotelito que se llamaba, con excesiva pretensión, New York y quedaba en la calle Edison, en pleno centro de la ciudad. Allí traté a Manuel Rojas, tomamos pisco chileno en su habitación y hablamos, lo poco que Manuel hablaba, de lo que cada uno estaba haciendo. Supe entonces que, en tanto los demás lo tenían por el autor ya terminado de un libro clásico (Hijo de ladrón) y lo consideraban en consecuencia (Tito Monterroso y su mujer venían a buscarlo para que fuera a grabar su voz leyendo páginas de ese libro) él estaba trabajando en otra novela: ésta que llamo ahora, parafraseando a su mismo difamado Cortázar, el último libro de Manuel.


II

En agosto de 1969 volví a encontrarlo en Chile y recuerdo su saludo al público juvenil que lo ovacionaba en Concepción; en Chile los escritores importantes son poco menos que héroes nacionales. "Todos estos aplausos” —dijo Manuel— "me los regalan ustedes porque soy el autor de El vaso de leche". Para los intelectuales era el autor de una novela memorable, una de las más importantes del siglo en el continente. Para los jóvenes, el autor de un cuento célebre de los días escolares, al mismo título simplificador en que Rodó se reduce para nuestros muchachos a ser el autor de la parábola del niño y la copa. Esa vez, Manuel no acompañó al sur a los otros escritores: se iba a Colombia. Nos despedimos en Concepción y, aunque supe intermitentemente de él, no volví a verlo. Días pasados me enteré de su muerte.

II

Según el colofón de la imprenta, La oscura vida radiante se terminó de imprimir en Buenos Aires en noviembre de 1971. Es una novela (¿es una novela?) de 445 páginas, la editó Sudamericana y está fechada, al pie de sus últimas palabras, en Santiago, Chile, el 23 de junio de 1970. No se ha visto casi en vidrieras o anaqueles de librerías montevideanas, nadie se ha ocupado de ella. Su título, su hermoso título ha sido tomado de dos versos de José Martí. No hay, en la edición argentina (única que conozco) una sola palabra para presentar o referir el libro: ni siquiera se dice, en subtítulo, que él sea una novela. ¿Lo es, realmente?

En La oscura vida radiante Rojas se mantiene fiel a sí mismo, igual al de siempre, tel qu'en lui-même enfin l'éternité le change, para decirlo —hoy que está muerto— con la magnífica sentencia poética que inventó Mallarmé a propósito de Poe.

 

 

Dividido en nueve capítulos, el libro —casi más que una novela— es un memorial en tenue clave novelesca: aparece allí el Chile de los años 20, aparecen sus gobernantes, sus escritores, los amigos más queridos por Manuel, intelectuales o no. Y aparece, sobre todo, su mundo de vagabundaje, de trashumancias y de oficios.

El protagonista visible es Aniceto Hevia, el mismo Hijo de ladrón de su obra famosa. Pero casi no se recata ya que él es Manuel Rojas; José Santos Gutiérrez es su fraternal amigo González Vera y otra gente de ese tiempo (Gabriela Mistral, Alberto Rojas Jiménez) es mencionada sin ningún truco de identidad. Y otro tanto los políticos del Chile tradicional, en quienes Rojas y Aniceto no creen (Arturo Alessandri, por ejemplo).

El mundo novelesco o el entorno vital de Manuel Rojas (lo mismo da, en este caso) es el de los obreros de ideología anarquista, el de los marginados, el de los generosos oradores o panfletarios, el de los poetas bohemios, el de los pensadores de tabernas o casas de comidas, el de los actores itinerantes de provincia, el de los obreros gráficos. La oscura vida radiante pasa por todos ellos, se nutre de todos, irradia desde todos ellos.

El libro se detiene en el umbral de la década de los años 20. En una de sus páginas finales, el protagonista —mientras aprende linotipia— escucha el cañonazo que saluda la entrada de 1920. Es el Chile de la primera posguerra mundial, el de las luchas entre radicales, liberales y conservadores, el del auge elitista del pensamiento anárquico, el de la irrupción y "el resplandor de la Revolución Rusa” (uno de los compañeros del protagonista se despide para viajar hacia ella). Es también el año que se toma como punto de referencia para marcar el nacimiento de una generación literaria, de la que Manuel venía quedando como la última figura viviente (Neruda, si puede fecharse originariamente en esos años, los ha trascendido hasta hoy con su figura avasallante y gigantesca). Sí, Manuel Rojas es el último en irse de los grandes creadores enclavados en la generación del 20, el único que quedaba. 

Aniceto Hevia vive la fervorosa pasión de sus ideas anárquicas, habla de ellas con todos sus amigos (no parece tener otros amigos que quienes las compartan). Sus ídolos son Kropotkin, Bujarin y, en las letras, Gorki.

Éste es un gusto común a la Generación del 20. Nicomedes Guzmán, José Santos González Vera (acaso el más abierto a otras influencias) y Manuel Rojas rendían culto a las mismas influencias de juventud. Recuerdo a Nicomedes Guzmán hablando de Gorki como del non plus ultra de la novela, en un simposio sobre modernismo del Hogar de Providencia, bajo la mirada docta y fría de don Arturo Torres-Rioseco (1961).

De hecho, el libro tiene su encaje total en aquel tiempo. Coincide con la materia narrativa de Cuando era muchacho, el libro de memorias con que González Vera obtuvo el Premio Nacional de Literatura (como Manuel obtuvo el suyo con Hijo de ladrón). Los mismos sucesos, referidos en Cuando era muchacho desde la perspectiva de don José Santos, aparecen aquí relatados desde la perspectiva de Manuel Rojas. Pero Rojas conocía al dedillo el memorial de su entrañable camarada, de su compañero de pieza de conventillo. Y algún día la exégesis literaria se divertirá cotejando y confrontando La oscura vida radiante con Cuando era muchacho. (Los críticos desdeñan habitualmente esta suerte de pasatiempos; otro posible entretenimiento sería aproximar las diatribas de Cortázar por Manuel y por José María Arguedas, dos escritores auténticos incapaces de comprender, por razones de índole semejante, a otro escritor auténtico.)

Y en el libro aparecen, también, algunos rasgos generacionales conocidos: el anticomunismo —o, mejor dicho, antisovietismo— del viejo anarquista que era Manuel Rojas, aflora en La oscura vida radiante. Ese antisovietismo explica la actitud de Rojas y de González Vera (en la que acaso, y además, fueron inducidos por la persuasión de un gran amigo común de ambos, el poeta y crítico Enrique Espinoza) al participar en un congreso sobre discriminación racial de los judíos en la URSS, celebrado en Chile hace algunos años. Y como no es un azar que ciertas pautas de la sensibilidad y de la visión del mundo se correspondan con ciertos modos de expresión, se explica que haya sido José Santos González Vera quien haya descubierto, para Chile y para gran parte de América Latina, al Felisberto Hernández de Por los tiempos de Clemente Colling. Felisberto era, como se sabe, otro anticomunista alistado, el más resaltante de su época en las letras de nuestro país.

III

Vayamos, en fin, al libro mismo. Si se atiende a su número de páginas (445) puede decirse que nunca acometió Manuel Rojas una empresa de parecida ambición literaria que esta que coronó a sus 74 años. El relativo silencio con que el libro fue acogido —en un Chile que tenía otras urgencias que las de rememorar su pasado de anarquistas y positivistas— revela que esa ambición tenía ya algo de anacrónico. Es fácil despachar la cuestión diciendo ‘porque ahí sigue testimoniándolo el supérstite Aniceto Hevia de su obra central) que Manuel Rojas es, en este último libro, el de siempre. Y con esa simple sentencia, liquidar la cuestión; fue lo que algunos hicieron, sin tomarse el trabajo de leer toda la novela.

Pero es verdad que el libro alude a la imagen de un país que se ha transformado (y en estos últimos años, ¡cómo!) y a un tipo de peripecia vital andariega, errabunda y libertaria, que ya estaba en otras ficciones de Manuel Rojas.

Rojas no fue nunca un gran constructor de novelas, lo cual no equivale a negar que haya sido, en sus mejores momentos, un gran novelista. Ni siquiera su clásico Hijo de ladrón tiene una estructura sólida, cuidada y compleja: es como si todo Rojas precisara respirar en lo incidental, en el desecho de la memoria, de la vida vivida, de la reflexión en camino.

Pero en La oscura vida radiante esa ausencia de estructura novelística es más sensible que nunca. La novela sigue longitudinalmente, y con un denso cortejo digresivo de análisis de ideas y de hechos (que hoy ya no nos golpea como muy original) las andanzas de ese personaje que enhebra sus páginas.

El mundo de ese personaje es el de la picaresca, más el de la picaresca del timo que la del delito (recuérdense las regocijantes aventuras de los impostores que recaudan para la olla del minero en desempleo); más la de la mala vida, como dice el mismo Manuel que la del crimen. El crimen disuena siempre como un escándalo, en la imaginación de este hombre profundamente bueno, cándido y generoso.

Y esas vicisitudes producen galerías de personajes, a menudo muy sabrosos y pintorescos; más hombres que mujeres y, si mujeres, más viejas que jóvenes; gente gastada y raída por las dificultades de un vivir miserable, en todo caso.

El autor persigue en la novela ese discurrir de personas, sitios y climas, sin ninguna otra forma de construcción novelística, sin ningún modo de experimentación literaria de los que hoy son tan usuales en la narrativa; el detractor de Cortázar es fiel a las trasparencias que reclama. Así el libro viaja, a través de gente y lugares, desde la siempre predilecta Valparaíso de Rojas al norte desértico y minero o al sur lluvioso y agrícola. Alguna vez la clase de ocupación asumida pretexta el repertorio geográfico, como en los infortunios del elenco dramático que el protagonista integra como apuntador o consueta. Y lo cierto es que el libro tiene 445 páginas como podría haber tenido 300 ó 600; en ese sentido, es un libro sin fatalidad de concreción y de estructura, un libro vitalmente abierto y de puro aluvión. Tiene capítulos espléndidos como el 6, que es en realidad toda una historia (la del frustrado rescate de un loco a sacar del manicomio) o pedazos de una lastimosa comicidad grotesca como el final del capítulo 5 (las visitas a las mujeres empobrecidas); y tiene también capítulos que se alargan más allá de su interés, como el 7, de la compañía teatral que sirve de pretexto para pasearnos desde el valle central hasta Valdivia.


IV

Pero el verdadero y jugoso, torrentoso protagonista del libro es el lenguaje; y aquí Manuel está a la mayor altura que haya tocado jamás. Manuel Rojas se despide hablando.

Podría pretenderse también que el auténtico protagonista del libro, a tenor de su título, es La Vida; pero la vida y el lenguaje suelen ser dos versiones de lo mismo, en una obra literaria.

Si en La oscura vida radiante la facundia humana de Manuel Rojas aparece intacta, es gracias al poder de su lenguaje. La oscura vida radiante es un libro gustativo (los vinos, los mariscos, la carne, todo a la luz de una glotonería, de hambrientos o de un placer casi carnal, al modo de su compatriota Pablo de Rokha, o de las Odas Elementales de Neruda o del universal Rabelais); es un libro de olores; es un libro de temperaturas físicas; es un libro sensorial; de colores, sensaciones, percepciones (el desierto, las regiones lluviosas, los cerros, los puertos, descritos en páginas de antología). Los marginados viven en ese marco las urgencias tradicionales de la picaresca: procurarse el bocado o la cama de cada día. Y expresan esas ansiedades en un lenguaje de riquísimas vetas coloquiales, que acude a un vasto repertorio de chilenismos y argentinismos, que el binacional Manuel Rojas conoce a la perfección.

Muchas veces he pensado en lo indefinible que resulta la impresión de fuerza que trasmite un escritor. Manuel Rojas me parece un narrador a que, en sus mejores aciertos, tiene una fuerza notable, una enjundia viril realmente prodigiosa. Conozco escritores que me interesan más, que me aluden de más cerca, cuyo mundo novelesco me comunica mayor número de vivencias, y que sin embargo carecen de esa condición de fuerza (el culminante Pepe Donoso de Obsceno pájaro de la noche, para mantener la referencia entre narradores chilenos, podría ser ese otro término de alternativa).

Todo eso que Manuel conseguía casi sin proponérselo, vive mucho más que todo aquello que elaboraba o pensaba. Por esas pujanzas primarias, naturales y gratuitas queda vivo, hoy que hemos sabido que murió y hemos querido rendirle este pequeño homenaje de estimación y de afecto.

Viernes 23 de marzo de 1973.


 


 

 




 

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