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Manuel Rojas:
Una vida amarga gozosamente vivida

Por Olga Arratia
Publicado en La Nación, 18 de marzo de 1973

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Es imposible imaginarlo muerto. La palabra es dura, mentirosa. No puede ser. Duele más, mucho más, porque no pude llegar hasta su lado y decirle con un gesto siquiera, cuánto lo admiraba. Digo, con un gesto, porque siempre noté que rehuía las palabras de elogios. Pero sé que tuve algunos en los que el sintió mi inconmovible lealtad y admiración por su vida de escritor y de hombre.

No era un hombre para morir. Así quiero sentirlo y recrearlo en sus mejores momentos, aquellas charlas —que por casualidad o invitación de González Vera— pude disfrutar en el hoy demolido Café Astoria, junto a ese grupo envidiable que tanto me enseño: González Vera, Manuel Rojas, Enrique Espinoza y Mauricio Amster. ¿Alguno de ellos recordará a aquella muchacha tímida que los escuchaba fascinada ante ese mundo nuevo que mostraban y en el que ella se sentía hermana en la rebeldía que marcaban sus espíritus que en esos momentos, atinaban a llamarse "anarquistas"?. Yo, aún conocía muy poco de todo, encerrada en mi pequeño número de zapato de mujer —limitada por la época. Tenían razón, pero no me atrevía a decirlo. Hoy ya tengo la valentía de los años vividos, de la mirada que he dado sobre los hombres y de los desencantos que entregan tantos que se llaman luchadores sociales. Este Grupo era de una franqueza y desinterés jamás visto.

Manuel Rojas permanecía mucho tiempo fuera del país. De repente se le veía en las calles santiaguinas caminando con sus largos pasos, lentos y que, ahora, intento creer que prosiguen su marcha por otros países y calles, con esos mismos pasos, con ese recuerdo y fe y fuego que da la lejanía a la que no queremos darle otro nombre. Nada rompió ese grupo de amistad de toda la vida; sólo se alejaban cuando los imprevisibles aconteceres diarios del escritor lo hacían saltar de un país a otro por encima del mar o de las nubes. Releo, en estos momentos de pena, el libro de Enrique Espinoza y quiero decir con él, parte de la Epístola a Manuel Rojas "Incipiente campeón de la vagancia / tú me precedes en el viaje a Chile. —montado en mula sin mayor prestancia. En muchas lenguas tu obra ahora existe. /rodeado esta tu nombre de áureo halo, /pero no dejas de sentirte triste".


FRENTE A FRENTE CON EL ESCRITOR

En 1957 Manuel Rojas obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Diarios y revistas, escritores, hombres de todas partes, sintieron la alegría de ese galardón. Se comentaba "El Vaso de Leche" con lágrimas en el recuerdo de su lectura. Lo llamé tímidamente, porque lo sabía asediado de periodistas., etc. Me respondió invitándome a su casa. Lo recuerdo. Era en Providencia, en ese barrio de flores y sol. El chalet que habitaba me pareció rodeado de quietud, de tanto silencio que se me antojó no cuadraba con la vida azarosa del escritor. Lo saludé con gran afecto y con la felicidad que produce el encuentro con el autor de libros que leí bebiéndolos, a veces con lágrimas, otras, con admiración, por esas vidas que trotaban en sus novelas a pie pelado sobre el sol quemante o la nieve que paraliza (así fue él), pero siempre adelante. Sin lamentos. Sin quejas ni maldiciones en contra del destino. Toda su obra era la vida que conoció Manuel Rojas. La vivió así. Sin protestas, con la mirada en alto, sin desfallecer. En él, en sus personajes (Aniceto Hevia el "Hijo de Ladrón") está la fe, la exaltación gozosa de la vida, la esperanza y la fuerza poderosa de la juventud que no se doblega ante los golpes materiales, tienen ojos y corazón que saben mirar las estrellas y sentir el viento cálido de los sentimientos humanos. Fueron ellos: Manuel Rojas y Aniceto Hevia. Este libro es su obra. En ella se enlazan hábilmente su vida y su talento de escritor. Sus páginas encierran su propio mundo material y afectivo que supo vaciar en personajes inolvidables que recreó con deleite o amargura. "Hijo de Ladrón" es un libro tatuado a fuego en la historia de las grandes obras de la literatura americana.


SUS OBRAS Y SU PENSAMIENTO

Dejo a otros compañeros la reseña y comentario de su obra que tiene grandes alturas como "Hijo de Ladrón" y "Mejor que el Vino" y un atado de cuentos que, sólo con ellos, si no hubiera escrito más, tendría su consagración en las letras. Tenemos espléndidos estudios sobre Manuel Rojas de Mario Ferrero, el escritor y hábil ensayista, y de Hernán del Solar en su "Estudio y Antología de los Premios Nacionales", publicado por Zig Zag.

Cuando lo visité a raíz del Premio Nacional, su casa se llenó de alumnos de liceos. Me contó asombrado que la mayoría de ellos, de sexto año de Humanidades, le decían: "Queremos datos de su vida para hacer un trabajo solicitado por sus profesores". —"Si ustedes son del último año de humanidades y han leído mi obra, en ellas está, casi en totalidad"— les respondió. Y ellos confesaron ingenuamente: "No hemos leído nada". Era el año 1957.

"Mi primer cuento no fue publicado —me dijo—. En una velada memorable entre un grupo de obreros anarquistas, que soñábamos en arreglar el mundo, leí un cuento en que aparecía la palabra agujero. Tuve la rápida intuición de que no era así la palabra y opté por escribirla tal cual la oía: -aújero. Así la leí sin el menor reparo de ninguno. Mi primera publicación también fue un error pero de otra índole. Era un artículo pretencioso que se titulaba ¿Qué es el arte? En el sostenía la teoría del arte por el arte. Opinión totalmente reñida con mis ideales, mi vida y mis amistades anarquistas. Esa publicación me valió que me persiguiera un fanático español que se enfureció conmigo".


LUCHAS Y PERSECUCIONES

—"Nos reuníamos en el Café "Los Inmortales" que estaba en la Avenida Matta. Nos encontrábamos, generalmente, intelectuales, artistas, anarquistas y soñadores. Toda una bohemia optimista que nos agrupábamos frente a una taza de café a soñar y plantear lo que sentíamos realidades. Los más asiduos eran Evaristo Molina, Acevedo Hernández, González Vera, Gómez Rojas, Juan Tenorio y Claudio de Alas".

En su escritorio repleto de libros no había más retratos que los de sus hijos y uno de González Vera, en el que se acentuaba su expresión ascética. Comentó que algunos, erradamente hermanaban su estilo con el de González Vera. "No creo que exista la más pequeña influencia de uno en el otro. Creo sí que el afecto grande que nos une, nació, precisamente, por la igualdad de vida y de espíritus".

Ahora los recuerdo: ambos tenían la misma mirada que caía certera sobre los hombres y aconteceres. Observaban la vida con la misma imperturbable actitud frente a los sucesos y aconteceres que la mayoría alteran.

Manuel Rojas, de hablar pausado, de largos silencios, de sentimientos que huían hacia una solitaria intimidad era ajeno a toda alabanza o figuración social. Por ello a veces lo creían orgulloso. Al tratarlo íntimamente sentíamos que no estaba amurallado en la vanidad, sino que era un hombre que vivía en la corriente de una vida amarga y gozosamente vivida.

Supe por él que la mayor parte de "Hijo de Ladrón" es autobiográfica. La creación intelectual mezcla y amalgama las desventuras de Aniceto —el hijo de ladrón— con los días del inquieto trotamundos que fue el escritor. Para él, la vida, el tiempo, y el hambre no fueron trabas para seguir vagando, husmeando consciente, y, a veces sin imaginarlo, en el rico material que encadenó a sus vivencias y que luego vació en sus obras.

—"Hice poesías muy malas. Gómez Rojas me incitó a ello. Por cierto que a todos les daba el mismo consejo..."


SU PENSAMIENTO NO SE ALTERÓ CON LOS AÑOS

No creía que el escritor podría influir en la formación de un nuevo concepto de humanidad en el que se prescindiera de la acción bélica. Pensaba que esa no era la tarea del escritor y que sólo unos pocos, tal vez, según la dirección de su obra, lograrían algo en ese sentido. Manifestaba que había tanta amargura y resentimiento en algunos que, por eso, jamás obtendrían nada con su literatura.

"¿Han terminado sus andanzas o es cierta esta quietud que me parece advertir, ahora, en sus días?"

Un brillo extraño asomó a sus ojos que desafiaron la aparente ingenuidad de mi pregunta.

—"¿Que llama Ud. quietud?", Calla un largo rato. Su silencio es la mejor respuesta: es el mismo de siempre. Los años no lo enredan en su paso lento.

Al hablar de sus libros me decía que La Ciudad de los Césares era su vergüenza. Lo encontraba muy malo, pese a que en Estados Unidos fue adoptado en una Universidad para la enseñanza del español.

Cuando comentaba los diferentes oficios que ejerció en su vida (pintor de brocha gorda, peón caminero, albañil, linotipista etc.); decía que no lo amargaron, pese al sacrificio de alguno de ellos. Regresó a Chile en forma definitiva a los dieciséis años. Trabajaba lo indispensable para comer y dejarse horas para ir a la Biblioteca Nacional a devorar libros. Salía de allí mareado de sueños, de proyectos, de cansancio y de hambre. Pero feliz.

En 1969 ganó la Beca "Embajada de Israel". Visitó ese país y a su regreso publicó en Buenos Aires su libro "VIAJE AL PAIS DE LOS PROFETAS", libro en que no hace literatura, sino que relata lo que vio y sintió.


EL ESCRITOR Y EL MAESTRO

Hace cuatro años dirigió un Taller de Novela de la "Fundación Alberto Heiremans", en Zig Zag. Fuimos un pequeño grupo de escritores que trabajamos bajo su vigilancia y critica. Quedamos hasta el final del curso Alejandro Isla, escritor y ensayista de gran talento, ajeno a grupos, enemigo de publicar sus cosas y discípulo favorito de Rojas. Fernando Jerez, que ya ha publicado con éxito cuentos y el año pasado "Déjame tener miedo", que fue acogido elogiosamente por la crítica. Gabriela Lezaeta, que trabajó su novela "Color Hollín", que publicó también. con éxito. Esther Matte, que tuvo que retirarse por sus obligaciones en la Dirección de la Casa de la Cultura de Ñuñoa. Juan Donoso, trabajó una buena novela que no termina; dos compañeros más que no volvieron, y yo, que sigo caminando en la mía, cuando el tiempo de mi "Tiempo sin tiempo" me da alguna soltura o vida.

Vivimos días de compañerismo y conocimos bien a Manuel Rojas. Algunas veces, ante nuestra sorpresa y placer, nos leía trozos (con sorprendente modestia) de su novela que publicó hace poco Losada, "La Oscura Vida Radiante". Como cualquiera de nosotros, se sometía a los juicios que nos solicitaba y que nos "atrevíamos" a formular. Con toda benevolencia encontraba atinadas nuestras observaciones. Sentíamos algo así que era como presenciar la batalla de "David y Goliat". Así era Manuel Rojas.

Nos contó en esos días, con el rostro iluminado por esa sonrisa que no era frecuente en él, que había viajado a provincias a dar unas charlas en liceos. En uno de ellos se refirió a "Hijo de Ladrón", porque comprobó, en todas partes, que era la obra que la mayoría había leído y lo bombardeaban a preguntas.

Al final, uno de los alumnos le dijo. "¿Sabe señor? Aquí tenemos un compañero que se llama Manuel Rojas". En el acto se levantó un muchacho que con aparente timidez en los modales, pero con fuerza en la voz, le dijo con molestia "Si, pero yo no soy hijo de ladrón".

Era un niño de doce años.

NO LE PEDÍA MÁS A LA VIDA

Si volviera a nacer —le dije un día— ¿le agradaría repetir la misma vida con iguales limitaciones económicas o, bien, nacer en un hogar adinerado, con libros a destajo y ambiente fácil para su vocación de escritor?

La respuesta fue tajante: "No. No. La misma vida, siempre la misma. Otra no me habría permitido ser lo que soy".

Cuando lo conocí me intimidó su sequedad en la palabra, su aspecto de gigante moreno, su apariencia severa, sus palabras desprovistas de cortesías usuales. Después todo cambió. Emanaba de él una reciedumbre espiritual de tan profunda dirección, tan ajena a vanidades que, mentalmente trataba de situarlo en los más diversos, pequeños o altos cargos de la vida y, presentía que en todos mostraría siempre la misma apostura y dignificaría cualquier oficio, aún los más opuestos a su condición de escritor.

Cuando me mostró las hermosas ediciones de sus libros que tenía traducidas al alemán, italiano, inglés , ruso, etc., ediciones primorosas (una de ellas de "Hijo de ladrón", traducida en Estados Unidos y que conservaba la portada de la Edición chilena de Nascimento realizada por Mauricio Amster) el fotógrafo Baltazar Robles que me acompañaba quiso enfocarnos. Yo, con algo de timidez, ya vencida por su cordialidad, me atreví a decirle: "Quiero que el gigante sonría a mi lado". Así fue. Ahí está ese hermoso recuerdo. A mi lado Manuel Rojas, al fondo las hermosas ediciones extranjeras de sus libros que se han multiplicado en muchos países europeos y latinoamericanos. Ojalá estas primicias sean entregadas por sus familiares a la Biblioteca Nacional y así, todos los que no llegaron a vislumbrar el inmenso renombre de este escritor chileno, conozcan su realidad y admiren más su manera de vivir y actuar casi arrancando de la gente y de los homenajes.


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