Enrique Espinoza es el pseudónimo de Samuel Glusberg. Con ambos nombres se le conoce y valora, pues al usarlo durante su larga actuación literaria y editorial ha hecho de modo que a muchos no les resulta fácil saber cuál de los dos es el auténtico. Pero como a Glusberg le place el nombre de Espinoza, ya sea por su ilustre resonancia ya porque le parecerá más acorde con su español literario, seguiremos hablando de Enrique Espinoza antes que de Samuel Glusberg.
El autor de tanta y excelente producción narrativa, crítica, biográfica y en verso, ha cultivado también, al margen de la literatura. El agridulce placer de la aventura migratoria. Uno de los países sudamericanos que ha conocido con espíritu de curiosidad intelectual y emoción fraternal ha sido Chile, territorio de su más prolongada residencia en el exterior.
Como es lógico, tratándose de un escritor, Enrique Espinoza se puso en contacto con sus colegas chilenos de tal modo que se incorporó a ese medio literario convirtiéndose en ámbito propio; manera de hacer efectivas ciertas declamaciones retóricas no siempre sinceras sobre fraternidad latino americana; manera, también, de resucitar una añeja tradición argentina que tiene a nombres como Sarmiento, Alberdi, Vicente Fidel López en calidad de ilustres predecesores. Sólo que estos precursores atravesaron la cordillera por imperio del terror político oficial.
Uno de los colegas chilenos que más simpatía despertó en Espinoza fue Manuel Rojas. La palabra simpatía no tiene en este caso ese sentido superficial con que se suele emplear. Se trata de una simpatía amasada con harina de cordialidad, es cierto, pero también con espíritu de valoración crítica. Se da el caso de que este escritor chileno Manuel Rojas es argentino de nacimiento, pero hijo de chilenos. Además, vivió en Chile añorando a la Argentina, y en la Argentina añorando a Chile. Pero también hay que agregar cierta propensión lo mismo en Rojas a la inquietud migratoria. Por donde se van sumando afinidades naturales a otras circunstancias entre la idiosincrasia de Rojas y la de Espinoza. Estos antecedentes meramente biográficos y anecdóticos explican quizás el tono de la semblanza de Rojas que acaba de publicar (Editorial Babel), Enrique Espinoza: el tono de la simpatía cordial.
Claro que Espinoza no se deja llevar ciegamente ( el amor es ciego ) por sus efusiones sentimentales al considerar la calidad del escritor amigo. Cuanto nos dice Espinoza tras su paso por las páginas del narrador chileno, es exacto. No hay exageración en el juicio favorable. En todo caso, hay complacencia. Place al amigo destacar las virtudes de su colega. Pero convengamos en que destacar, subrayar, encomiar, no es inventar. La subjetividad inevitable se asienta en sólida realidad objetivamente considerada. El elogio es merecido; el calor con que se lo tributa es dado por añadidura.
A estas 90 páginas del volumen, Espinoza las denomina modestamente "minúscula biografía". Pero cuando se valora una obra de esta índole no es el volumen físico lo que cuenta, sino su expresión literaria y su análisis crítico. Lo cierto es que el retrato de Manuel Rojas, en su aspecto humano tanto como en su aspecto literario, surge nítido con sus líneas, sus colores fundamentales y sus matices de la prosa viva, amena y confidencial de Enrique Espinoza.
De la "minúscula" biografía aparece en relieve la presencia del hombre, del poeta, del cuentista, del novelista; hasta del ideólogo con sus dramáticas peripecias que llamaremos políticas dando a esta palabra, tan venida a menos en el ámbito literario, su dignidad ideal que suele ser contradictoria con su existencia real...
La obra de Manuel Rojas no es desconocida en la Argentina; ha trascendido inclusive el vasto territorio hispanoamericano traducida a otros idiomas. Pero no tiene, al menos aquí, la resonancia que se merece. Otros nombres más afortunados, chilenos o sudamericanos en general, gozan de mayor fama, no siempre ni tampoco propiamente literaria. Es obra de justicia rescatar de la penumbra relativa la obra de un escritor digno de más clara notoriedad.
Este volumen de Enrique Espinoza tiene, en este sentido, el mérito de un pregón vibrante, pero en nada estridente, destinado a despertar interés, simpatía, mayor curiosidad hacia la creación de un narrador excepcional.
El 11 de marzo de 1973 falleció Manuel Rojas, en Santiago de Chile, a la edad de 83 años.