La mañana del 12 de septiembre, la noticia llenaba todos los medios de comunicación y mi despacho en la Editorial Labor se convirtió en una especie de sede de un gabinete de crisis, papel que posteriormente cambió por el de consulado oficioso y oficina de recepción de refugiados. Primero hablé con los Donoso, por si tenían noticias. No las tenían, salvo un telefonazo de una dama chilena que le había dicho: no ha muerto nadie, linda, puros rotos nomás.