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Mauricio Wacquez. CINCO Y UNA FICCIONES,
Santiago, Imprenta Alfa. 1963. 54 pp. (Colección "El viento en la llama")

Por Federico Shopf
Anales de la Universidad de Chile, Julio-Septiembre de 1964

 



 


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Cinco y una ficciones de Mauricio Wacquez, nacido en 1939, parece indicar el camino de una posible superación de la fatigada "narrativa" joven chilena que, aquejada de un exceso de metafísica -pensemos que la palabra recobra aquí su desusado carácter clasificatorio: 'lo que está detrás de la física´-, no logra concretizarse y ser, por tanto, auténticamente literatura.

La lectura de su libro produce, sin embargo, una curiosa impresión en que se mezclan el interés y la fatiga, la atracción y el rechazo, la monotonía y el hallazgo. Acaso una breve descripción de estas ficciones nos descubra la raíz de esta singular experiencia narrativa, y con ello la nueva senda que parece fugazmente alumbrar.

Repite, en todo caso, los motivos y la temática de gran parte de la literatura contemporánea -espera, tedio, búsqueda de Dios, soledad en el mundo, incomunicabilidad, desgaste de relaciones afectivas, difícil juventud-; en todas sus ficciones ocurre la espera o la búsqueda que, no encontrando por fin nada, se resuelve en la frustración consiguiente, superada sólo en la última narración -Bigamia- de modo sintomático.

En estas ficciones, los motivos enumerados recién carecen casi de tensión; aparecen más bien como momentos extenuados de la vida de los personajes, en que un pálido recuerdo de la fuerza originaria muestra que son situaciones largamente sostenidas, situaciones que han acogido ahora el carácter de meros momentos temporales, lugares del tiempo, de la existencia que, de todos modos, no ocurren vacíos.

Y es en el saber llenar ese vacío (dicho de otro modo: en el dar cuenta real de este vacío) donde se manifiestan los méritos de esta narrativa: aquí es donde se muestra capaz de construir mundo; aquí es donde adviene la lentitud intensa de la mirada, la percepción llena de contenidos concretos, que entra a poblar este espacio, a dar cuenta de estas vidas, largamente expuestas y arrastradas. Un trozo de El fondo tibio de Dios en la arena -en que la narración está cargada de sensaciones- podría ilustrarnos: "De pronto pensó: "Este aburrimiento indefinido". La arena tendida desde sus pies, el cielo que descansaba ocre sobre ella, lo envolvían en esa luz de oro que revelaba un mediodía fatigoso, un mediodía que marcaba una ruta sin señal, turbia. Era la hora en que las cosas dan esa sombra definida, exacta, formada como el propio cuerpo. "La piel marca también el término del alma". Se sorprendió sonriendo. "¿El alma?... ¿y después?...más alma". Antes la sentía como un mineral tembloroso; esa latencia que le alimentaba el cerebro y lo regaba acallándolo. Pero al fin, el alma, esa cosa hermética, aquí no latía" (p. 18).

El mundo de estas ficciones es personal; la narración muestra la interioridad de los personajes que, en los relatos más felices, se despliega con la presencia de un narrador básico que sabe introducirse hábilmente en la conciencia de sus personajes, manifestando toda la riqueza de su interior, colmada casi siempre de deshilvanados pensamientos, fuertes sensaciones y decisivos recuerdos, desgastada voluntad. Otras veces, es escogido el diálogo con un preciso, pero indeterminado; en uno de estos casos (Otra cosa), el narrador incluso se declara explícitamente incapaz de ordenar su historia: "Todo me viene así. Dislocadamente. Todo cojea. No puedo contarle una historia hilada" (p. 42).

Acaso el epígrafe de William Faulkner colocado al comienzo de una de las narraciones, describa muy bien la situación general de los personajes; dice así: "Yo diría: aquí estoy, estoy cansado de tener que llevar mi vida como si fuera una cesta de huevos".

Desde esta situación, es otra cosa (título de uno de los relatos) lo que buscan los protagonistas de estas ficciones, claro está, en los distintos niveles que les permiten los diversos desarrollos de sus vidas. Así, en El fondo tibio de Dios en la arena lo buscado es el objeto divino; en ella el narrador nos da cuenta, simultáneamente, de los gastos externos y del flujo de conciencia de un sacerdote que, perdida su antigua fe y sumido en el hastío, busca con "fatigada esperanza" recuperarla, pero no en su modalidad anterior sino con la exigencia de un efectivo contacto con la divinidad; un contacto físico en que "quería ir al principio, a lo primario, donde El estaba con volumen, místico y lleno de fuerza" (p. 16); por esto mismo, "caminaba porque con el movimiento tenía la sensación de ir a alguna parte, en busca de algo. Quiso continuar con su breviario y se le hizo pesado por primera vez. El no estaba ahí. Ahí estaba plano, metido en una liturgia pedagógica" (p. 15). Pero al creer encontrarlo, luego de sentir su peso en las espaldas y caer aterrado, no descubre sino a un amigo que, a pesar de su mejor sonrisa y voluntad, no puede sino volver a incorporarlo en el hastío y la incomunicación humana.

En otra ficción, consciente el narrador de su estar preso en el vivir cotidiano, en la norma habitual de existencia, busca con alguna desesperación salir de ella y en su impotencia reconoce que al fin, siempre, todo casi se cumple. Dice: "Adoro la estatura de lo que nunca se cumple. Adoro todo. Me duele no ver más allá de lo que le pasa a la gente. Y ahora me pregunto si no se cansa el abogado vecino de mi casa de introducir y sacar la llave de la puerta de su despacho..." (p. 42). Le duele no poder liberarse y salir así de esta prisión que no soporta y lo asquea en su sinsentido.

Es, sin embargo, en Bigamia donde adviene esta otra cosa; en este relato, la definitiva incomunicación de su matrimonio, conduce a la mujer -que ha debido abandonar la pintura- al descubrimiento de la construcción y experiencia estéticas, modo auténtico de existencia en que siente su vida plenamente justificada. Esta mujer "entró a la tienda de antigüedades que estaba a la salida del pasaje. En la vitrina había varias piezas de porcelana de colores claros y brillantes. No había tenido ningún interés preconcebido. Instintivamente compró algunas y al volver a casa, en el comedor, al ponerlas sobre el fondo claro de la mesa, sintió que algo había descansado en ella, algo que al mismo tiempo le producía un ligero placer y la tranquilizaba. Dos o tres combinaciones sucesivas aumentaron aquel placer y no le puso término hasta que agotó todas las posibilidades de nuevas vibraciones del color y la tonalidad. Recordaba que aquella noche había dormido tranquila. Al día siguiente corrió de nuevo al comedor y, ayudada por los cambios de luz, ordenó las piezas de manera que unos tonos aparecieron más cálidos, otros más absorbentes. La forma de cada pieza se diluía en planos de textura luminosa; cada una se transformaba en una sensación distinta /.../ como tener un trozo de sombra o un fulgor. Era algo diferente. Un orden unido al mundo sólo a través de ella misma" (p. 52).

Este fragmento pertenece a la última ficción; en él, alcanza el lenguaje realmente carácter de imitación poética.



 



 

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