Padre mío, mi buen camarada:
Para mí, que tengo un concepto inmenso de la hombría, tú eres la manifestación más clara que de ella he encontrado.
Por esto, padre, me acerco ahora a ti y te consagro este libro, primogénito espiritual de tu primogénito, estrechándote la diestra con esa misma cordialidad llana y primitiva que a ti te caracteriza.
A ti me acerco, padre; y he aquí que al consagrarte un cúmulo de páginas escritas, estrecho tu diestra, tu noble diestra curtida por el trabajo, como tú entero por la vida; tu noble diestra que sabe de arados y de hoces, de martillos y de palancas tranviarias.
Nicomedes Guzmán
* * *
PENSIÓN "LOS OBREROS"
Era el invierno. Era la estación de los días envueltos en bufandas grises y de las aguas dúctiles, trazando sobre los tejados arabescos de angustia y nombres ininteligibles de mujeres olvidadas. Era el invierno, entonces; uno de los tantos que han ensombrecido el celuloide lento de mi existencia, dejándome sobre el corazón el tatuaje de los largos sollozos.
Era la estación de los días envueltos en bufandas grises... Y era un negocio de pensión, un negocio ubicado allá, por la calle Mapocho frente al depósito de tranvías. Por aquel entonces, con mis ya doce años tristes a la espalda, me llegué a aquel negocio, enviado por mi padre, para hacerle compañía a su dueña, una vieja tía que, a la sazón quedara viuda.
Mi tía era una señora gorda y chica, terca y regañona. Y sin duda que por muchos motivos, aunque no por la falta de bondad que la caracterizaba, se merece unas cuantas cuartillas; pero, no es el caso preocuparme hoy de ella, por cuanto mi objetivo es bien distinto.
Fue —y esto es lo que interesa— en aquel negocio, a cuyo ambiente hube de habituarme por tres largos meses, en dónde conocí a Demetrio Encina. Era éste un hombre flaco, alto, de raro carácter, ora retraído, ora comunicativo, que vestía humildemente y se había constituido en uno de los más fieles parroquianos: no recuerdo que alguna noche, después que reparé en él, hubiera faltado a beberse la acostumbrada taza de café, hasta que vinieron a tomarlo detenido.
El negocio de mi tía ocupaba un amplio local, cuyas piezas interiores tenían salida al patio de un conventillo. Ostentaba encima de la puerta de entrada un gran letrero, en el que se leía: Pensión "Los obreros". Este nombre se atribuía a Encina; pero, nunca supe a ciencia cierta si en realidad fue él quién lo propuso. Concurrían allí todos los trabajadores de los alrededores, en especial personal de tranviarios.
Bajado que era el crepúsculo, comenzaban a ocuparse las mesas y se activaban las dos muchachas que servían, una de las cuales, dicho sea de paso, me inició al calor de su lecho. Mi tía, en la cocina, atosigada por el humo, manipulaba sobre las ollas y teteras. Ya hecha la noche, el local estaba turbio de volutas de cigarrillos y atestado de gritos e imprecaciones. Entre toda esa concurrencia anónima y, si se quiere, sórdida, por cierto que Encina difería.
Nunca llegaba a una hora fija. Entraba de repente, a veces cuando todavía la luz del día vagaba por la calle; y otras, ya bien maduras las sombras. Saludaba a los conocidos y buscaba un lugar, de preferencia en algún rincón. Las más de las ocasiones abría un libro, que nunca le faltaba —y que portaba bajo el brazo mientras caminaba— y se entregaba a la lectura. Casi siempre se le enfriaba el café, embebido, como estaba, en las páginas impresas. De súbito, lo mismo que si despertara de un sueño imprevisto, cogía la taza y se tragaba el líquido a largos sorbos. Después, se quedaba allí aún un par de horas y leyendo a ratos, observando o tejiendo una conversación con el vecino, dejaba devanarse el tiempo. Esto último solía ocurrir solamente cuando su ánimo lo predisponía a la comunicación. Cuando observaba, era como si una sombra latiera en su rostro.
En un principio me llamaron la atención sus manos recias, de continuo tiznadas. Más tarde pude imponerme de que trabajaba en una fundición.
Ya entonces la lectura me atraía enormemente. Y una noche, tímidamente, me acerqué a él para pedirle me recomendara un libro. Me miró con curiosidad. Y por primera vez sentí tan cerca de mis oídos su voz potente de hombre:
—¿Te gusta leer?
Cierto orgullo me anegó.
—¡Si, señor!...
El me palmoteó el hombro.
—¡Entonces vamos a ser amigos, ¿sabes?!..
Y me sonrió con una complacencia que hasta entonces sólo mi padre me había revelado. Luego:
—Te voy a traer un libro de regalo.
—¡Gracias, señor!...
—¡Deja a un lado el señor, hombre!... ¡Los señores no existen —me dijo—; llámame más bien "compañero" o Demetrio, a secas!
Y me dio su diestra. Sentí sus callos en mi palma lo mismo que los callos de mi padre. Así quedó sellada nuestra amistad.
A la noche siguiente, antes de dormirme, leí las primeras páginas de "Corazón", de Amicis, que él me regalara.
Desde entonces, todas las noches, antes de marcharse, me dedicaba algunos momentos y conversábamos como buenos y antiguos camaradas, entre la ruidosidad característica del local.
No hay duda de que Demetrio Encina fue el único amigo de mis doce años y el gran amigo de mi infancia. Para mi mente y criterio infantil de aquel tiempo, se me apareció como un hombre extraordinario; ahora, conviniendo en que si lo volviera a encontrar, no se me presentaría de tal manera, no puedo contrariarme y me limito a respetar la imagen que de él se refleja en mis recuerdos y en mi sentimiento. Sus quizá treinta inviernos no fueron obstáculo para que mis frágiles y escasos años le comprendieran. Comulgamos como dos niños o como dos hombres, yo no sabría precisar. Sólo repito que fuimos grandes camaradas. Entonces tuve la sensación de que un vacío existente en mí desde mi abordaje a la cubierta del mundo se llenaba.
Antes, yo ya había hecho mis amigos a aquellos maravillosos personajes de Salgari. Y mi imaginación se complacía y se libertaba acompañándolos en todas sus correrías. En Encina creí topar a uno de esos aventureros, bien es cierto que de una fisonomía e idiosincrasia bastante diferentes. La verdad es que siempre que conversé con él, no sé explicarme por qué, tuve la impresión de que me encontraba ante la realidad de algún jefe filibustero cobrado por la vida de los suburbios ciudadanos. Ahora, es claro, comprendo mi equivocación al hacer tales comparaciones. Encina era demasiado humano, lleno de una humanidad bien ajena a la que alienta en los personajes creados por Salgari. Pero, comprendo que entonces era natural aquella identidad descubierta por mí, sobre todo considerando que yo destacaba como un ser extraordinario a Encina y antes solamente había conocido seres con atributos de tales en las aventuras del autor mediterráneo.
Nítido en mi recuerdo está el sentido de unas palabras que Demetrio me dirigió en cierta ocasión. Fue éste, manifestado, es claro, en otras palabras:
—El hombre aborda la vida destinado a cumplir, entre otras, una gran misión: contribuir al bien de la colectividad. Esto, en el sentido moral, es la gran razón de la vida. Los hombres nos necesitamos mutuamente, y sólo mediante la solidaridad y la comprensión, la humanidad se humanizará.
Era el invierno. Era la estación de los días envueltos en bufandas grises. Era la época en que el tiempo bordonea en su banyo melancólico el estribillo de los ojos humedecidos, haciendo vibrar en sus cuerdas de agua el enigma de todos los sollozos.
Sin embargo... La primavera venía escribiendo ya en los brazos retorcidos de los árboles el madrigal de las gemas y retoños, aquella noche, cuando tres agentes se introdujeron al local de la Pensión "Los obreros" y detuvieron a Encina.
El, sin decir nada, pero mordiéndose, se dejó llevar. Antes, me estrechó la diestra fuertemente, fraternalmente, sonriendo con un dejo de tristeza ante los ojos atónitos e interrogantes de los parroquianos.
—¡Adiós!... —exclamó.
Y se fué tranqueando entre los agentes. Yo me quedé triste, harto triste, sin comprender claramente aquello.
A la mañana siguiente vino en mi busca un hombre pequeño y fornido, cuyos largos cabellos, que le sobresalían de bajo el sombrero, llamaban enormemente la atención. Cuando me tuvo ante sí, me hizo entrega de un sobre cerrado y de un envoltorio de papeles medio ajados.
—Esto le manda Encina, amiguito, —me manifestó con voz cavernosa; y se fue.
Intrigado, corrí a mi habitación.
"Mi buen pequeño camarada: —decía la esquela que encerraba el sobre. Te mando esos papeles para que hagas el servicio de guardármelos. Podría entregárselos a alguno de los varios leales amigos que tengo; pero, no es posible, por cuanto todos se encuentran en trances semejantes al mío. Acaso sea indiscreto ponerlos en tus manos. Séalo o no, tú eres el único de mis amigos que puede guardarlos sin temor a que se pierdan. Los dejo bajo tu custodia. Pueda ser que alguna vez vuelva a retirarlos de tu poder. En caso contrario, tenlos como tuyos. De esta suerte, es muy posible que, andando el tiempo, te sean útiles. Hay casi seguridad de que se me desaloje del país por motivos políticos que más tarde comprenderás y que tienen relación con lo que muchas veces te conversé acerca de la humanidad. En fin, el tiempo dirá. Por el momento, te estrecha una vez más la diestra, tu amigo
ENCINA
Santiago, agosto 17 de 1927.

Nicomedes Guzmán, hacia 1964.


