Un repentino accidente de trabajo arrancar esta novela en su primera página: «Fue como un fogonazo, un encandilamiento por los focos halógenos de un Toyota Supra rajando la mitad de la noche». El que así relata es el hijo del afectado, quien sintiéndose culpable por el suceso que deja al padre lisiado y —aún más— amargado, se enclaustra en la PlayStation como único medio de evasión mental y en el trabajo en la panadería de un supermercado. Desde aquella catástrofe tan común, el joven William Fuentes se obsesionará con la seguridad y la prevención laboral, observando en todos los elementos del negocio la cara del peligro: «Solo me dedico a observar la panadería, las conexiones trifásicas colgando de los techos, las tuberías a la vista, las fichas de la Mutual llenas de hollín, las baldosas blancas percudidas, el piso de cemento irregular, los canastos de mimbre semirrotos, la falta de iluminación de los hornos, la leña acumulada al lado de la harina que mezcla su olor con el del pan recién horneado, las máquinas llenas de moretones y cicatrices, el techo repleto de hematomas, el piso plagado de costras, los mesones con los huesos al aire, el polvo, la harina, la sangre, el polvo, la harina, la sangre».

La escritura detallada, rítmica y sin concesiones de Panaderos, que no en vano cosechó en 2018 una extraordinaria acogida, concitando elogios de autores como Alejandro Zambra —palabras mayores—, es marca de estilo en el que fuera debut literario de Nicolás Meneses (Buin, 1992), quien hoy día tiene ya cinco títulos publicados y diversos premios, además de haber sido señalado como promesa de las letras chilenas. Segundo título de Barbarie, editorial madrileña de raíces jerezanas —las de su fundadora y responsable Sonia López Baena—, que inauguraba la colección Contingencias, se ubica entre la tradición de la narrativa social de su país incluyendo a sus más recientes representantes, como Paulina Flores o Bruno Lloret, y el estallido social que se produciría allí un año después de su publicación original. Una historia audaz y cruda, contada desde los márgenes en que se mueve la población empobrecida y expoliada de derechos, desde el ocaso de la clase obrera, los oficios en riesgo de extinguirse y extinguirnos, la precariedad por sistema y los cuerpos sometidos a la incesante cadena de producción, el cuidado de las maquinarias y de las vidas convertidas por alguien en recursos humanos como reacción a la eficiencia predicada por Frederick Winslow Taylor; todos somos vistos en términos de rentabilidad, y nada más, en el mercado laboral. Tampoco en esta novela el trabajo representa honor alguno, más bien la comezón y el dolor de un muñón de la dignidad en el seno de una familia abocada a la tragedia universal de sobrevivir como empleados, piezas reemplazables en una asfixiante cultura del esfuerzo, de ganarse el pan con sudor, lágrimas y desde luego sangre: «¿Por qué los panaderos se visten de blanco? Porque es nuestra religión, contestó. […] Yo creía en un dios del pan, como mi papá. […] Para él toda la gente era floja, se crio trabajando y eso era lo único, según él, que no lo había traicionado. Hasta ese día».