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Un poemario de transformación mujeril

Presentación de "Canto al sendero" de Nellyve Millones Gaete.
(Palabra Editorial, 2025
)

Por María Rosa Casanova

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Presentar Canto al sendero de Palabra Editorial es hablar de un libro que no se impone, sino que se ofrece. Un libro que no busca explicar, sino acompañar. Desde el título ya se nos propone una imagen fundamental: el sendero como recorrido vital, como tránsito, como huella que no siempre es recta, ni segura, ni definitiva. Este poemario no habla desde la meta, sino desde el andar. En el poemario va transitando por estaciones que también son holísticas, el viaje es terrenal y espiritual. Encontramos entonces cuatro secciones para visitar: Aire, Territorio, Fuego, Agua.

 

 

La escritura de Nellyve Millones se despliega como un cartograma íntimo, un mapa sensible que articula memoria, cuerpo, territorio y vínculo. A lo largo del libro asistimos a un viaje que no es lineal, sino circular: la voz poética vuelve sobre la infancia como lo han hecho grandes y reconocidas poetas latinas; vuelve sobre la genealogía femenina, sobre el amor, la pérdida, la violencia, el miedo y, sobre todo, la transformación. No hay aquí una voz que se declare cerrada o resuelta; hay una voz que se escribe mientras avanza, que se pregunta, que duda, que cae y vuelve a levantarse.

Uno de los ejes más potentes del libro es el diálogo con los elementos: aire, territorio, fuego y agua no funcionan sólo como metáforas poética o estaciones del libro sino como estados de conciencia. Cada sección propone una forma distinta de habitar el mundo y de habitarse. El fuego aparece ligado al dolor, a la herida, al duelo y a la rabia; el agua, en cambio, encarna el movimiento, la limpieza, la posibilidad de recomponerse. Esta estructura elemental sostiene el libro como un rito de paso, como una travesía simbólica que va de la fractura a la integración.

Otro aspecto central de Canto al sendero es su trabajo con la memoria familiar y femenina. Las figuras de la madre y la abuela aparecen no como idealizaciones, sino como presencias complejas, atravesadas por silencios, sacrificios y saberes no dichos. La poeta escribe desde una conciencia clara de herencia: lo que se recibe, lo que se carga y lo que se transforma. En ese sentido, este libro dialoga profundamente con una tradición de poetas mujeres que han entendido la escritura como un espacio de reparación simbólica y de reinscripción de la experiencia femenina en el lenguaje.

La voz que recorre estos poemas es una voz que no se victimiza, pero tampoco adorna el dolor. Hay textos duros, atravesados por la violencia, por la pérdida, por el miedo aprendido. Sin embargo, la escritura nunca se queda en la denuncia pura; siempre hay una búsqueda de sentido, una pregunta abierta, una tentativa de nombrar lo innombrable. Es una poesía que se permite la fragilidad, pero también la fuerza que nace de mirarse de frente.

En este libro, escribir aparece como un acto de supervivencia, pero también como un acto de fe. Lo ilustra el poema “Credo en Do mayor”: “Creo en la pupila dilatada/ en la abuela silente/ en la niña que desordena la ronda/ en la suerte de la pestaña/ en la flama/ en las aguas (...)/ Creo en la llave que abre este pentagrama/ en el ritmo de dos corazones en un cuerpo/ en la armonía del caos/ en el llanto atorado/ en el hambre de curiosidad / Creo en el pulso/ en la melodía de esta balada…

La autora lo dice con claridad en el postludio: “escribir es una forma de entender el camino, de integrar la luz y la sombra, de descubrir qué duele y por qué duele. La escritura no resuelve, pero ilumina; no cierra, pero abre”. Y esa apertura es profundamente política en el contexto de la poesía contemporánea escrita por mujeres.

Canto al sendero se inscribe así en una constelación de poetas contemporáneas que han hecho de la experiencia íntima un espacio de reflexión colectiva. Hoy, más que nunca, la poesía escrita por mujeres está produciendo lenguajes nuevos para hablar del cuerpo, del trauma, del deseo, de la memoria y del territorio. Este libro dialoga con ese presente: no desde la estridencia, sino desde una escucha atenta como trabajo de hormona, desde una ética de la palabra que sabe que nombrar también implica responsabilidad. Quien escribe ha sufrido, quien escribe ha ocupado el dolor para transformarlo, y con ello, hacer modelo de la forma de sufrir de las mujeres. No se sufre para morir, se sufre para crecer: “Cómo ir, tristeza/ si la tierra tiene buen semblante / Cómo ir, angustia / si el río abre camino (...) Cuando mi boca se llena de malos aires/ son las aves/ me detienen a exhalar trinos neutros…

La dimensión sanadora y transformadora de este poemario es real. No en un sentido ingenuo o terapéutico superficial, sino en el sentido profundo de una escritura que se atreve a mirar lo roto y, como en el kintsugi, a dorar la herida sin negarla. Aquí la fragilidad no es debilidad: es potencia creadora.

Canto al sendero no nos invita a seguir el camino de la autora, sino a reconocer el nuestro. A preguntarnos por nuestros propios pasos, por nuestras propias huellas, por aquello que necesitamos atravesar para volver a casa. Es un libro que no se lee de una sola vez, sino que se camina, se relee y se deja resonar.

Celebro la aparición de este poemario porque amplía el coro de voces femeninas contemporáneas que están escribiendo desde la honestidad, la memoria y el anhelo de mujeres fuertes. Y celebro, sobre todo, que Nellyve Millones haya elegido la poesía como forma de decir: porque en estos versos hay riesgo, hay verdad y hay una profunda confianza en el poder de la palabra.

 


 

 




 

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