Proyecto Patrimonio - 2026 | index |
Nicolás Poblete | Autores |











Séptima región, de Nicolás Poblete. Cuarto Propio, 2026

— ADELANTO
—


Tweet ... . . . . . . . . . . . . ::.:...:.:

Lo que asumimos sobre el mundo, qué es sino parte del sistema sensorial conectado al córtex visual, proveniente, sin duda, de tantas memorias, expectativas. Eso explicó la neuróloga. Eso y tanto más, como si el torbellino en su cabeza, una confusión indescriptible, pudiera ser comprendido a través de esas palabras emitidas por unos labios rojos que contrastaban con el blanco de su atuendo.

La luz impactando en los hibiscos es tan fuerte esta tarde de inicios de septiembre, hace que las hojas parezcan de un verde fosforescente. Por la noche las plantas se han oscurecido, sería imposible describir su color con el adjetivo verde. Ni siquiera las flores, que son rosadas, podrían identificarse a través de los ojos, recogidas en sus capullos, ocultas y mudas. ¿Son mudas las plantas? Responde, Renato, ¿son mudas?

¿Cómo es posible que un accidente automovilístico sea una evocación silente, sin el feroz impacto del estallido? ¿Sin los gritos de él y de Millaray?

A veces, en la madrugada, cuando recién se distingue una aureola de luz en el cielo, el silencio es tal, Renato cree sentir el murmullo de los hibiscos al emerger de sus envoltorios. Cuando el sol primaveral ya se impone sobre el techo de la casa, las flores exhiben sus cinco pétalos extendidos, sus tallos erectos, el estigma con sus terminaciones anaranjadas, los estambres con sus filamentos amarillos.

Renato está sentado frente al escritorio, al lado de la ventana. Ahí están los libros de Millaray. Algunos fueron regalos de él, como el de Anaïs Nin. Quizá ahora se anime y lo lea. Ahora, que el tiempo es un páramo iluminado por un sol que aumenta más y más, y que se irá potenciando para bañar de soledad el futuro, lo que queda de él…

¿Futuro? Aunque hay un torbellino en su cerebro, el impacto, las pastillas y, más intensamente, la pena, un dolor muy profundo lo atormenta con imágenes terribles, inolvidables en su inmensurable dimensión: miles de esquirlas de vidrios cegándolo y también cegando a Millaray. Esa memoria, porque sí que es una memoria verídica, en otra boca tendría un nombre distinto: culpa, amargo remordimiento.

Ese futuro tenía la esperanza de una vida nueva: una guagua. ¿Y ahora? Cuando se “pusieron en campaña” (¡esa horrible expresión!) Millaray tenía treintainueve años, al igual que él. Un año atrás. Ahora, él tiene cuarenta años, acercándose a los cuarentaiuno, ¿y ella? ¿Millaray? Ella ha quedado anclada a los cuarenta. Como esa misma foto sobre la repisa: inmortalizada a los cuarenta. Y qué ironía: inmortalizada y muerta.

Ironías: Ambos ya estaban consolidados en sus trabajos. No habían querido hacer el soñado viaje a Europa porque la preparación para una vida nueva requería tantos, tantos gastos. ¿Quién lo hubiera imaginado? Renato no podría haberlo sospechado, su propia abuela había parido dos guaguas en su propia casa, en Temuco. A su madre y a su tía. Sola, sin la asistencia siquiera de una matrona.

¿Qué ha pasado? ¿Qué es lo que me ha pasado? Ambos contratados en la Comunidad Terapéutica como terapeutas: orgullosos de sus títulos, de seguir la tradición de sus familias; la expectativa o más bien exigencia de una instrucción universitaria. Ambos: ¡Un contrato! ¡Un milagro! Y con un futuro que se veía como una pizarra blanca: Él con su pasado de pololeos y convivencias, relaciones volátiles, dispersiones; Millaray con una separación amigable, sin haberse casado. Futuro: soberbia, ingenuidad.

Hay mucha luz ingresando, entonces cierra los ojos y siente la inundación lumínica sobre sus párpados. No son capaces de bloquear la dominación del sol. Muchas horas más tarde, cuando abra los ojos, la oscuridad será muy profunda; cerrarlos y abrirlos alterará solo mínimamente su percepción: los perfiles de las dos sillas, del sillón, del estante con varios libros y adornos; el contorno de la alfombra burdeo, de sus propios zapatos, a un costado del escritorio: todo será un escenario invisible.

¿Se estará acabando el mundo? Claro que no. No hay nada más ingenuo que hablar de “el mundo”, Renato lo sabe. ¿Y ese aro blanco flotando en la oscuridad? Un círculo que se expande, se aproxima a su rostro, o quizá es Renato el que camina hacia él, por lo tanto el círculo no se mueve, está fijo, suspendido en ese lugar al que su espíritu se dirige, a pesar de no caminar, de no moverse…

Un leve consuelo: Renato podría permanecer el resto de su vida contemplando las partículas de polvo, como pilares de luz, proyectadas desde la ventana. Su hipnótico movimiento, un letargo irresistible, adictivo.

Las luces de este mundo se hacen paso hasta llegar a su cabeza, penetrarla. A veces, la luz permanece por un tiempo prolongado, por ejemplo cuando Renato mira a través del ventanal en el segundo piso y ve automóviles en la calle, doblando por la esquina; su visión es herida por el reflejo en los tapabarros. Al cerrar los ojos el murmullo del ventilador, que gira con la velocidad media, coincide con el chiflón que impacta en su cuello. Hay un martilleo también. Sí, algo están construyendo en una casa vecina, un quincho, o no, es un sistema de alarmas que están instalando, una vecina le advirtió a Renato que habría ruido. Su lengua sigue saboreando la acidez de ese café, hecho en la mañana. ¿El sabor sigue ahí? ¿Es un recuerdo o percepción actual? Los latidos en su corazón, un, dos, tres, cuatro; un, dos, tres, cuatro… Hay recuerdos que duran para toda la vida, eso es verdad.

Es verdad: hay un mundo real detrás del ventanal, lo saben las neuronas que se encienden, queman hasta las yemas de sus dedos cuando Renato observa las huellas que han quedado en el vidrio, como delatoras marcas criminales que sería tan fácil relacionar con la culpa, claro que sí… Las huellas siguen ahí, incluso resaltan con grasa humana cuando el cielo prematuramente primaveral es atenuado por un rebaño de nubes densas y lentas, que se detiene bajo el sol para absorber los rayos ultravioleta que caen por sus perfiles, atacando a los cuerpos móviles que transitan por las calles a la hora del clímax de la combustión: tres de la tarde. Renato valora vagamente la temperatura que lo rodea, agradable gracias a las ráfagas de viento que cruzan la habitación con el vaivén del ventilador.

Esos pájaros que emiten notas melodiosas y silbidos de alarma, Renato, ¿se están burlando de tu mundano dolor o están dándote ánimos con su sola presencia vital? Los colores de esas mariposas con manchas negras o con un tono naranjo profundo que cruzan por tu ventana, ¿son reales? Renato recuerda ese meme que circuló por los teléfonos hace un par de años: una mujer joven luciendo un vestido escotado: algunos veían la tela con un color negro y azulado; otros la veían como blanca y dorada. ¡Qué sorpresa! ¡Qué antagonismo! Todo es una ilusión. En el libro de Anaïs Nin ha leído un aforismo que reza: “no vemos las cosas como son realmente; más bien las vemos como somos nosotros”.

Esos pájaros son zorzales, Renato los observa saltar de rama en rama y volar por el jardín. Son muy rápidos. Sin duda, mucho más veloces que los ocasionales aviones que surcan el cielo, por sobre la cordillera. En la mitad del cielo un avión parece incluso estar detenido en pleno vuelo, tan poco confiable es su percepción. Es obvio que su velocidad es mil veces mayor a la de los zorzales proyectándose con sus alas de árbol en árbol. Renato sabe que los objetos en la lejanía crean imágenes que se mueven con más lentitud en la retina que aquellos que están más cerca. No seas tonto, Renato.

Al atardecer la luz, su tensión, se retira de la ventana, como el efecto de las campanas en la iglesia, doblando estentóreamente para luego callar, dejando una estela acústica que perdura como un murmullo que vibra en sus oídos por horas. El cielo adopta un tono grisáceo y Renato siente las teclas de la nostalgia intensificar su volumen.

Cuando el farol afuera activa su reflejo automático, Renato cierra los ojos: la imagen del luminoso foco sigue ahí. Es memoria, memoria sensorial. La luz golpea en sus ojos, ha saltado desde el vidrio. La señal pasa a través de sus córneas, cruza los lentes, que activan los músculos que permiten cambiar el foco sobre objetos a distancia o próximos, y luego impacta las paredes de los ojos, que están inundadas de foto receptores.

Un error de percepción: pensar que el mundo se acabó solo porque tu mundo se acabó. ¿Es egoísmo? Es idiotez y algo más. El mundo se acabó para Millaray, eso es más preciso. Por culpa de él.

Sus oídos ya no registran los motores de los autos acelerando, los chillidos de las llantas frenando ante el semáforo. Sus oídos están alertas al chasquido de sus huesos, vértebras en el cuello, al carraspeo en su garganta y el crujido en su boca; algún grano de café espera a ser molido por sus dientes, las muelas instintivamente mascan para cumplir su objetivo: reducir el tamaño de los comestibles, ablandarlos con saliva; prepararlos para ser tragados. Un mortero dentro de su boca: es también ansiedad, tensión. Mala idea no haber recordado ajustar el plano de relajación a sus dientes de la mandíbula superior, anoche.

“Se acabó el mundo”.

Renato sonríe, sin alegría. El mundo existe, sigue ahí. Él es parte del mundo, no hay duda alguna. Lo percibe y tiene plena conciencia de su entorno. Claro que el mundo sigue ahí, cómo no. Renato lo recuerda perfectamente. El mundo consiste en:

-Llamar al taller mecánico para recuperar su auto. (El auto, abollada completamente la puerta del copiloto; el lado del conductor prácticamente intacto. Una sola mirada del mecánico: culpa. Una pregunta: “¿Usted venía manejando?”. Y el gesto en su cabeza: la comprobación).

-Aceptar la oferta de dinero (“el préstamo”) para pagar la reparación del auto.

-Recoger el correo acumulado en la entrada de su casa que, desde la ventana del segundo piso, se ve como una flotilla de barquitos naufragados en un mar de cemento.

-Volver donde la doctora para que le dé otra licencia médica. (“Se puede perder memoria, memorias, por el daño cerebral, lo que se llama, comúnmente, amnesia retrógrada aislada. Es lo que, con mucha probabilidad, le ocurrió a usted cuando se golpeó en la cabeza. Las memorias de unos pocos minutos antes se van; se van, a veces, para siempre. El proceso de consolidación ha sido interrumpido, y, en casos más serios de daño cerebral, las memorias de hace unos días o incluso semanas antes del accidente, suelen perderse, aunque algunas pueden retornar… eventualmente. Es bueno que duerma. Dormir, soñar parece ayudar a la consolidación de la memoria. Duerma. Si necesita otra receta, me avisa. Si necesita aumentar la dosis, me avisa”).

-Limpiar la casa y escoger el lugar donde pondrá la urna de Millaray.

 

 

 


 

. .








Proyecto Patrimonio Año 2026
A Página Principal
 |  A Archivo Nicolás Poblete  | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
"Séptima región", de Nicolás Poblete. Cuarto Propio, 2026
— ADELANTO —