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Cuento

El día que se inauguró la luz


Oscar Bustamante

 

 

-...Henos ...Henos a todos los aquí presentes, reunidos para celebrar el acontecer más grande en imaginar, que cosa de algunos años atrás no se habría atrevido a adentrarse en nuestras cabezas, precisamente por la falta de los mismos que hay por estos lados... Sí, señoras y señores, henos aquí por primera vez todos reunidos, comenzando por las autoridades militares respectivas, señor alcalde y distinguida comitiva, y autoridad eclesiástica también asiste, Padre Anselmo, porque habría que figurarse qué sería de este valle sin la voz del que menta al redentor, ¿qué sería? Y autoridad patronal también está presente y nos honra, porque no habrá que olvidar que él y su digna esposa también cuentan, claro, y para ellos y todos los mencionados yo pido un aplauso caluroso, porque todos, todos los por este humilde presidente de la junta de vecinos de este valle de Lavaderos, hemos, unidos, mancomunados, digamos juntos, batallado para sacar adelante este triunfo de la voluntad, y por eso es que yo repito, hemos, porque modestamente quien les dirige la palabra también, aunque en menor grado, obviamente, y no lo voy a discutir, aportando esfuerzo para este progreso regional, colosal...Luz eléctrica. Luz, distinguidos oyentes, es como jugo de fruta para el sediento y así de ansiosos nos sentimos los que estamos a punto de degustar este trago dulcecito... Si se nos hace agua la boca, para ponerlo en palabras que todos pueden entender...

Las autoridades aplaudieron muy sonrientes y una de ellas se puso de pie suponiendo que Aguilera había concluido, pero no, había discurso para rato y no en vano el presidente había estado practicando hasta con el diccionario para las palabras profundas y la autoridad que se había levantado, volvió a su asiento un tanto confundida y algo le dijo al oído a su vecino, de seguro parecido a lo que el Martín a mi lado me dijo a mí:

-...Pegajoso es el viejo hocicón éste...

-... Y de ahora en adelante será perfectamente diferente llegar a nuestros hogares y verlos iluminados desde lejos y no como históricamente hemos andado a tropezones y a tientas, porque para nadie es un misterio que la luz ahuyenta el mal y atrae el bien... La oscuridad es el reino del demonio, de la maldad...-, y con esas palabras las autoridades se miraron de reojo un poquitín sorprendidas, el padre Anselmo en especial, echándose para adelante dos veces seguidas y sacando el pañuelo para sonarse la ñata de un solo golpe, seco sonó, aparte de pegarle una mirada fea al presidente. Pero no alcanzó para aplacar a Aguilera. Es gallo decidido cuando toma la palabra...

-...Nadie ...Nadie, de por aquí va a olvidar esta bendición. Es que salir del atraso para dentrar de un golpe a participar de los adelantos de este siglo, en el que se ha visto al hombre aterrizar en la luna y más encima pasearse sobre ella en un vehículo especialmente confeccionado, es cosa que motiva a la reflexión...-, y ahí Aguilera se quedó callado y nos miró a todos como si le debiéramos un aplauso, pero ya estaba haciendo calor y la única sombra disponible en el patio de la escuela era la ramada donde estaban las autoridades, mientras los restantes beneficiados por el adelanto llevábamos más de una hora a pleno sol y sin tener cómo escaparle a la ceremonia.

-...Hay que entender ...Sí, hay que entender -insistió Aguilera, arrastrando las erres y mostrando la plancha de dientes recién estrenada-, que este esfuerzo malcornado no es gratis... No, señores. Trae acollerado la responsabilidad del cultivo de todos nosotros para así poder justificar este adelanto, y por eso yo me atrevo, en nombre de la comunidad que represento, a responder que sí, que sí estaremos a la altura, como que hay Dios que estaremos...-, y cuando Aguilera estaba agarrando aire para seguir con la mejor parte de su discurso, toca que rebuzna el burro negro del Senón Osorio, al otro lado de la cerca, con un rebuzno que se fue de menos a más y que terminó ronco como trompeta de circo y que a las claras incomodó a Aguilera. Pero resultó peor cuando Aguilera se recompuso de algunas risas y murmullos y volvió decidido a abrir la boca, encontrándose con que el burro del Senón nuevamente había comenzado a rebuznar como si hubiese estado especialmente contratado para caparle el discurso. La segunda vez se escucharon de frentón algunas carcajadas y una voz que desde donde estaba ubicado, capté que era la del Segundo Aceituno que le gritó:

-...Oye Aguilera, oh, el burro quiere que lo llevís a pasear a la luna...-, y ahí si que el asunto se arremolinó completo y ya nadie daba un peso por la ceremonia, mientras Aguilera medio que como sonriendo se puso rojo como pico de perro, con la mitad de la cara mirando hacia el lugar desde donde saltaron esas palabras ofensivas y con la otra a las autoridades, en especial al alcalde, el que le hizo una venia como si estuviera diciéndole: "...Continúe usted, hombre, continúe, mire que lo está haciendo muy bien... Siga con su discurso. No haga caso..."

Pero Aguilera se quedó definitivamente mudo, la sonrisa apatragada, tanto que el alcalde le hizo una seña a un oficial, que tenía parado tras suyo como estaca, para que fuera a decirle una cosita al oído al Aguilera. Pero ni siquiera con eso el hombre atinó a movimiento alguno, debiendo el oficial tomarlo del brazo y llevarlo a su asiento para que entendiera que el discurso ya no iba más, ¡no más!, y sólo entonces el presidente volvió en sí, poniéndole la mirada sumamente negra. El bigote se le vino guarda abajo como hisopo empapado. Lacio se le puso...

El discurso del alcalde parece que tampoco iba a ser de los más cortos y más todavía porque el sol estaba pegando medio a medio y viento no corría ni para remedio, aparte que el olorcito a empanadas causaba apetito y no iba a faltar una copita de vino, mientras este caballero macizo, de terno celeste y anteojos ahumados, iniciaba su discurso asegurando que todos nosotros éramos distinguidos campesinos. Ahí nos pegó la primera mirada echándose para atrás lentamente y enseguida de vuelta, también lento, y en cada echada para atrás el aplauso de Aguilera, ya algo repuesto y el alcalde cada vez haciéndole una venia de agradecimiento, pero sin dirigirle la vista.

-...Ustedes, las fuerzas vivas de este valle han tocado la puerta grande y generosa de este gobierno militar y han escuchado por los canales de comunicación que con sacrificio hemos creado para traer a través de ellos, precisamente, el agua de la esperanza y aún más, hechos concretos, como la electricidad que inauguraré en breves minutos más... Y fluirá, fluirá repito, porque electricidad significa cultura, como bien afirmó vuestro presidente vecinal, -con lo que Aguilera agachó la cabeza en señal de reconocimiento-, y cultura no es otra cosa que el resultado del progreso, y progreso es desarrollo y desarrollo no significa otra cosa que haber abandonado el subdesarrollo, que su vez es sinónimo de pobreza y falta de oportunidades, exactamente lo opuesto a todo lo que la electricidad viene a ofrecer, partiendo por las comunicaciones y las comunicaciones son -tomándose su tiempo-: la radio, el satélite, la luz, sí, la luz, y la te-le-vi-sión, que no es otra cosa que estar presente en este planeta. Sí, señoras y señores, ése es es círculo de progreso que implica este adelanto portentoso que un gobierno visionario como éste se ha propuesto esparcir hasta el último rincón del país. Y en ese derrotero hemos llegado a este valle apartado, con el íntimo convencimiento de estar contribuyendo a vuestro engrandecimiento, de tal manera que la esfera de vuestras posibilidades se ensanche, y que a muy corto plazo, digamos diez años, este país estará en la cima del continente dictando rutas y trazando proyecciones inconmensurables y navegando en mares de creaciones que sólo un gobierno audaz en sus concepciones generatrices ha sabido colocar sobre el tapete que otros antes malgastaron miserablemente...

Recibió un buen aplauso el alcalde, aprovechando para secarse el cogote y hacerle la venia de agradecimiento a Aguilera, que era el que más aplaudía, ya recuperado el tinte colorado usual que luce y que es resultado del tinto que le pone entre pera y bigote. Enseguida el alcalde miró para el cielo, muy preocupado, como si hubiera visto algo raro allá arriba, para luego volver a ponerse los anteojos ahumados y seguir con su discurso:

-...No crean ustedes que el camino al triunfo no está salpicado de dolor y sacrificio...-, y volvió a quedar mudo, seguramente para ordenar la idea, y enseguida agregar: -...Está plagado de tropiezos ...Plagado-, y justo el burro negro del Senón asomó la cabeza entremedio de la cerca y levantando las orejas fijó la mirada para el bajo, en donde me tincó venía la burra del compadre Ñato cargada de maíz, con lo que tuve el presentimiento de que el par de animales iban a causarle uno de esos tropiezos al alcalde. El Martín me dio un codazo suavecito indicándome al Aguilera, que también había comprendido el peligro y que ya estaba a los mensajes con uno de los de atrás del proscenio para que apartaran al animal, que ya mostraba los dientes y hasta un rebuzno cortito había lanzado a manera de adelanto, mientras el Darío y el Lucho recogían piedras para ir ganando tiempo. Por su lado el alcalde seguía hablando:

-...Tropiezos puede tener el hombre, la especie, este pueblo por siglos tan sufrido, esta raza noble, que puede estar en un momento de rodillas sobre la lona, hablando en términos boxeriles, pero no estando aún derrotada, lúcida de cabeza, será capaz de ponerse de pie y lanzando un grito valiente de orgullo, reiniciará la lucha y de la misma manera que en esta memorable ocasión de explicable júbilo, luego de tantos sacrificios, estará de pie para recibir las ofrendas, y por lo mismo me llena de alegría que sea yo quien inaugure la luz para esta región tan esforzada...-, y justo fue allí que se escuchó clarito el grito del Pato Hermosilla, cuando el burro del Senón le lanzó la patada:

-¡Eeeeiii, burro eeeconchaeeetuuuuumaiiireeeeee...!

No fue un grito muy fuerte, pero sí lo suficiente para cortarle la inspiración al alcalde y ponerle la mirada chiquitita, al mismo tiempo que el cura Anselmo comenzó a balancearse para atrás y adelante, bien rápido y en cada balanceo se rascaba el traste. Por su parte el patrón muy serio, pero yo que lo conozco, sé que estaba aguantando la risa. El alcalde aguardó silencio y volvió a la carga decidido a terminar:

-...Yo, hombre de armas, de honor, me emociono entregándoles este aporte de la ciencia... Luz eléctrica. Electricidad para vuestro engrandecimiento, para vuestro regocijo, para paliar las tristezas, para recuperar la alegría, para salir de las tinieblas...-, y justo en esa parte bonita del discurso, se asomó la burra del compadre Ñato, con él, precisamente sentado con las patas abiertas sobre el atado de maíz. Fue ahí cuando el burro del Senón, que el Darío, el Lucho y los demás cabros no habían podido corretear del lado de la cerca, lanzó el rebuzno más potente que uno se puede imaginar, si hasta rebotó en el Cerro de la Virgen... Enseguida lo acompañó con unos rebuznos cortitos, como en coro, que espabilaron a la burra que se tramó a corcobos, desestabilizando al compadre, quien casi se fue de hocico al suelo y que a manera de correctivo le dio un tremendo palo entre las orejas. Un palo muy fuerte, tanto que el animal perdió orientación y cabeza gacha enfiló por el pasillo que se dejó entre las bancas, para quedar arrimada frente al proscenio, en donde se dio media vuelta como bote en embarcadero, justo en posición para que el alcalde la montara, quietecita...

El compadre rojo de vergüenza se sacó la chupalla y saludó al alcalde. Enseguida le dio otro palo a la burra, más unos golpes de picana en las verijas para activarla a salir, pero la bestia ya había metido la cola entremedio del culo y de ahí era fijo que no se iba a mover... Con todo esto resultaba comprensible que las autoridades estuvieran molestas, y el Cura Anselmo también, que de pie repetía bien rápido:

-¡... Pero qué barbaridad... Pero Dios mío, qué barbaridad, hombre!...-, mientras el alcalde limpiaba sus anteojos con el pañuelo y daba instrucciones a sus ayudantes para que pusieran orden y le trajeran el vehículo, de inmediato:

-... ¿Pero qué significa ésto?-, gritaba refregando los lentes-... Estoy apurado... ¡El vehículo! ¡Me retiro de inmediato! ¡Tengo cosas que atender!... ¡Me retiro!... ¡Orden, orden!... ¡El vehículo!...

A todo esto el burro del Senón déle rebuzno y el quiltro del Aceituno, aperrado tratando de colgarse de la cola, y el Pato y el Darío métale peñascazo con el Aguilera descompuesto al borde del proscenio, rogándole a la gente comportamiento, "miren que todavía su excelencia no corta la cinta", y al mismo tiempo dándole explicaciones a las autoridades, especialmente al alcalde, pero éste no lo quiso ni mirar, ni la mano le dio al despedirse y uno de la comitiva hasta le pegó un empujón, diciéndole:-... Hácete a un lado viejo huevón...-, cuando iban camino al vehículo fiscal, el mismo gallo que le comentó al chofer que había que sabotearles el transformador a estos aturdidos... Fea tenían todos la mirada y el alcalde hasta un gargajo lanzó al suelo, antes de cerrar la puerta del auto.

El burro negro seguía rebuznando con la cabeza metida entre los alambres de la cerac y cerrando los ojos cada vez que le acertaban un peñascazo, al mismo tiempo que el Cura Anselmo bendecía el poste del transformador. Bien rápido lo bendijo y después de guardar el misal y la cuchara con que esparció el agua bendita, le dijo a Aguilera:

-..¡Bien bonita la han hecho! ¡Qué barbaridad!-, y se subió a su camioneta destartalada, alejándose dando tumbos hacia Maule.

Se fueron todas las autoridades salvo el patrón, que permaneció unos instantes para compartir una copita de vino. Sólo nosotros nos quedamos y lo cierto es que la fiesta terminó entrada la noche.

Todos nos curamos. El Aguilera para pasar la vergüenza del reproche que le hizo el oficial de la comitiva del alcalde. "Viejo huevón", para él es una ofensa de buen tamaño y seguro que se meterá a la bodega a tomar y no asomará la cabeza hasta que entre el invierno. El compadre Ñato se curó para paliar el espectáculo que causó al ser voluntad de un burro caliente y seguro que también andará mal genio su buen resto y sin fiarle un trago a nadie en la cantina, y todos los demás, yo incluido, para celebrar lo que hay que celebrar. La luz eléctrica no se inaugura todos los días...

Lo último que me acuerdo es que a la luz de la luna, el burro del Senón le lamía la cabeza a la burra del compadre y que a cada lamida le comía una mata de maíz. Terminaba de comer y volvía a lamerla. Y la burra tranquilita...



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Oscar Bustamante Urcelay, escritor chileno, nació en Talca en 1941. Arquitecto egresado de la Universidad Católica de Chile en 1971.
Después de incursionar en la pintura y el deporte comienza a escribir en 1980. Asesinato en la cancha de afuera (1991), su primera novela, le valió el reconocimiento unánime de la crítica especializada y de los lectores.
Publica en 1994 Recuerdos de un hombre injusto y en 1995, Explicación de todos mis tropiezos. Esta última novela, con varias ediciones, resultó ganadora del concurso de mejores obras literarias inéditas de 1995, distinción otorgada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Ha sido además incorporada por el Ministerio de Educación chileno como texto auxiliar para los liceos junto con Asesinato en la cancha de afuera.
Retrato hablado y Una sombra vertical son dos cuentos del autor que han sido recopilados en antologías de reciente aparición (1997).
El presente volumen, El día que se inauguró la luz, reúne catorce relatos que nos trasladan realista y mágicamente al mundo interior del hombre mimetizado con el paisaje que trasciende la propia naturaleza.
Este es un nuevo título de la Colección RELATOS de la Editorial Sudamericana Chilena.


 

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Oscar Bustamante: El día que se inauguró la luz,
Editorial Sudamericana, 1998.