Se ha tornado casi un lugar común imperdonable utilizar la expresión “el secreto mejor guardado de la literatura chilena”. Pido que, en esta ocasión, se me dispense el recurrir a ese concepto, porque a veces esos lugares comunes no necesariamente erosionan lo verdadero, sino que lo confirman. Esa es la impresión que me deja mi tránsito lector por la obra de Cristián Vila Riquelme, a quien conozco de larga data. Hemos compartido en diferentes puntos de este “país de desastres”, especialmente en su casa de Horcón —una suerte de botella de náufrago varada en mitad del litoral—, donde hablábamos de libros y bebíamos whisky con poco hielo y mucho entusiasmo.

Cristián Vila Riquelme
Lo leo desde hace años en sus facetas de poeta, ensayista y, por supuesto, narrador. Novelas anteriores como Crónica del niño lobo y De poetas, bufones y arlequines me parecen piezas cardinales de nuestra literatura reciente, pues representan el ensanchamiento de un universo alegórico siempre en expansión.
El bergantín del irredento corona un imaginario privilegiado y cabal. Estamos ante un “navío”, hermoso vocablo que deriva de una expresión tan sugerente como “náusea”, apelando al mareo durante la navegación. Es una “nave de los locos” donde viaja un demiurgo: Sarmiento de Gamboa, personaje prometeico y erudito, formado en el esoterismo y en la forja de un destino habitado por la tragedia. ¿Es quizás la propia tragedia que vive en nuestra historia?
El barco no solo viaja para fundar la Ciudad del Rey Don Felipe; también cruza océanos de tiempo y se enquista en el transcurrir de lo abisal que radica en el espíritu de la travesía. El bergantín que nos propone Cristián Vila es el bajel de los cronistas, de aquellos hombres con yelmos y armaduras que venían desde la vieja Europa en busca de una quimera o de “ciudades tentaculares”, como diría De Rokha. Es también el navío de Conrad ingresando al corazón de las tinieblas y el de Melville, esa verdadera torre de Babel flotante que va en busca del leviatán.
La gran virtud de la construcción narrativa de Vila es no ceder ante la majadera tentación del escritor chileno de arrogarse el ejercicio de la verdad única; por el contrario, fabula constantemente y hace del delirio y el ditirambo un mecanismo de comprensión de la realidad. Aunque no se puede afirmar que el relato de Vila sea deshistorizante, este no renuncia a su condición de artefacto literario; es un precioso acierto de la ficción, poco visto en nuestras letras. ¿En qué momento se jodió nuestra narrativa? ¿o nació jodida con La Araucana, poema épico que solo confirma la mentira que vive en la historia y que hoy da el nombre a una Caja de Compensación? ¿Nuestra épica nació jubilada o siempre vivió ahí el clientelismo y las complicidades de habla hicieron lo demás? Anda a saber.
Este bergantín aspira al azul de la noche antártica, con un viento que, como miles de estalactitas, corta el rostro del explorador, ya que la obra tiene como caja de resonancia la novela de navegación.
Personajes como Saratoga, el poeta alcohólico; el grumete Formoso o Liu Ting se tornan entidades teosóficas o seres que merodean por la cubierta defendiendo la materialidad del lenguaje, al modo del fantasma del buque de carga que propone el Neruda de Residencia en la tierra. En esta novela, las historias se engarzan entre sí. En febrero de 1994, el barco español que buscaba los vestigios del San Telmo —que zozobró a principios del siglo XX en el Mar de Drake— naufragó igualmente y tuvo que ser rescatado por la escampavía Yelcho de la Armada chilena. Toda una seguidilla de desastres que el mar austral alberga como verdugo y sepulturero. Drake, el corsario que dio nombre a ese mar, tiene como némesis a Sarmiento de Gamboa: cabalista, soñador trágico y fundador de una ciudad que navega en sus sueños, pero también en sus pesadillas: la Ciudad del Rey Don Felipe.
El bergantín irredento no pertenece a un solo puerto, ni a una sola bandera, ni siquiera a una única lengua. Es, más bien, una errante suma de mundos, una patria flotante hecha de retazos de muchas tierras. Su casco, curtido por mares lejanos, lleva inscritas cicatrices de tormentas, como si cada ola hubiera querido dejar su firma en aquella madera obstinada. En cubierta, el aire es un tejido de voces: el castellano áspero de los marineros del sur se mezcla con cantos en italiano, rezos en árabe, risas en francés y órdenes en inglés. Nadie habla igual, pero todos entienden el lenguaje del viento y el crujido del mástil. Allí, la diferencia no separa: se anuda como los cabos, fuerte y necesaria.
Las velas mismas parecen contar historias. Remendadas con telas de distintos colores y procedencias, forman un mosaico ondeante que captura el sol del Caribe, la niebla del Atlántico y el frío cortante del sur. En la cocina del bergantín, el hervor de las ollas es una celebración continua de especias que cruzaron desiertos y pescados que conservan el sabor del último puerto. El alimento, como el barco mismo, es mestizo; un pacto silencioso entre culturas que se reconocen en el hambre compartida.
Pese a su diversidad, El Irredento parece guiado por una sola voluntad: la de no pertenecer jamás por completo. Su nombre no es casual; es un barco que se niega a ser reclamado y que huye de las fronteras como si fueran arrecifes invisibles. Navega no para llegar, sino para seguir siendo una conjunción improbable de historias humanas. Así, el bergantín avanza orgulloso y libre, llevando en su vientre memorias, acentos, nostalgias y sueños de todos los rincones del mundo. Al surcar los mares, le recuerda a la tierra firme que ninguna identidad es pura y que en la mezcla reside su verdadera profundidad.