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La detectivesca de las máquinas:
“Lady Byron, detective artificial” de Eric Goles.


Por Oscar Barrientos Bradasic


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Lady Byron, detective artificial es un precioso juguete narrativo, un molino de viento girando con sus aspas infladas en la intriga detectivesca, una comedia de equivocaciones escenificada por un humorista sangriento, un thriller, la puñalada al holograma de la inteligencia como valor inmutable, una trepidante colección de relatos o capítulos tan rocambolescos como posmodernos, cinco crímenes leídos con una especie de lupa prometeica, una trama bien dispuesta donde los personajes, a veces en busca de su autor o en ocasiones tras los enigmas de un esfinge preguntona, se encuentran dispuestos en la suspensión de la incredulidad, pero también en el móvil que gatilla acciones humanas tan extremas como el asesinato,  desafiando  el límite sinuoso entre lo virtual, lo consumado y lo contractual, lo gótico y lo estrafalario.

Eric Goles ha creado esa maquinaria, ese artefacto narrativo que alberga, como en el corazón de una bellota, la raíz de una agudeza visceral. Eso es quizás toda gran novela, un fragmento de acontecimientos se ensanchan en su alegoría, desde lo ínfimo hasta lo más maximalista, creando ondas concéntricas donde habita el transcurrir de sus personajes o derechamente haciendo del detalle un afilado estilete, el rifle de Chejov, el motivo escritural. “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz” diría el apóstol José Martí.

Allí en el despliegue de aquella prosa ágil, erudita, picaresca y por momentos caustica vive el duende de una ficción genuina que Eric Goles eslabona y desarrolla con singular orfebrería. Esto me recuerdan unas palabras de Michel Onfray: “Del aparato digestivo a las crisálidas indumentarias, del rostro tumefacto, sucio, quemado, a las prótesis obscenas, de las caras nómadas a los marcos petrificados en sus funciones mortíferas, la mutilación expresa la quinta esencia de toda metafísica: no hay plenitud, ni perfección ni cumplimiento sino imaginarios o post mortem. Así pues, antes del tránsito no cabe acceder a esos fantasmas como no sea con el mito, el sentido, la palabra, la forma”.

Desde el caso que nos convoca se trata de la tercera novela del autor, aunque Eric también sabe que la ficción y la matemática no son almas llamadas necesariamente a divorciarse y que viajan en la travesía del pensamiento, comparten el apetito por la revelación, lo abstracto como ese morral donde vive lo infinito. Esta entrega es una elocuente dimensión de ese aserto.

En la filosofía de Borges, santo patrono de la imaginación razonada, cada escritor funda a sus predecesores, a sus antecedentes, incluso en cierta medida a sus ancestros. De esta manera, Eric Goles observa su oráculo y vislumbra a Augusta Ada Byron, hija de la baronesa Annabella Noel-Byron y de Lord Byron, el poeta desbocado que algo tuvo que ver con el nacimiento de Frankenstein o el Prometeo moderno, más conocida como la condesa Lovelace, cuya madre intentó inocular en su hija cualquier vestigio del espíritu romántico paterno y la avocó al mundo de las matemáticas. Ella tras ver el artilugio mecánico de Charles Babbage para calcular secuencias de números, generó la idea de un artefacto que pudiera programarse y reprogramarse para realizar diferentes tareas. Pero ¿quién es Lady Byron en esta novela? En términos duros es  un programa, una subrutina neuronal de reconocimiento visual y de voz, además de un algoritmo de aprendizaje automático. Es una inteligencia donde lo femenino cobra categoría y régimen que en esta ocasión  vive en un ordenador, un hada cuyos pases mágicos se ocultan en circuitos, es hacker y musa redentora a la vez, se involucra en los enrevesados tratados de Lacán y es analizada por un Sócrates porteño, un sicoanalista argentino (valga la redundancia), es una entidad femenina que sueña con salir de la prisión de la pantalla y abrazar con vitalismo el encuentro con nuevas latitudes, es una ludópata inveterada, es un alma detectivesca enciclopédica y sarcástica, pero también asombrada ante la aparición del dialecto y el aforismo, incluso de la chilenidad pintoresca. Es ante todo una diosa inútil cuya capacidad deductiva se reduce a una arrolladora melancolía cuando no interviene el espíritu indagador de su creador, Arquímedes Barrientos Carter que responde a la sigla didáctica de ABC, doctorado en Tokio, en inteligencia artificial, agobiado en el horroroso Chile, por las quinientas horas semanales de las cuales hablaba Nicanor Parra, deriva sus teorías y su programa al zig zagueante universo de las predicciones bursátiles, lo que lo lleva al “Barrio alto” de la  Penitenciaría de Santiago, una suerte de Castillo de If  casi voluntario donde desde su laptop puede consultar el oráculo, sumergirse en los laberintos del alma humana en inextricables casos por resolver, lejos de la mediocridad, de las soporíferas horas de clases, de su ex mujer. La libertad como una vida que está en otra parte diría Kundera, no siempre es el credo de ABC, esa fe no entra fácil por la puerta de su parroquia. Es más bien el apetito indagatorio que se expande como la galaxia de Andrómeda.

De esta manera, en la novela de Goles se produce aquello que en la tradición británica solía llamarse couples, un Don Quijote idealista hasta la extemporánea ingenuidad, un Sancho simplificador de súper estructuras de comportamiento, Sherlock Holmes y Watson, Monsier Dupin y su narrador testigo, algo también del Ignatius Really de esa genial novela titulada La conjura de los necios, con su humor tan negro como la sangre de Drácula.

Esta dualidad complementaria no solo significa el encuentro y fusión de dos formas de desenredar las complejas madejas que conducen el alma criminal, sino también dan cuenta de dos saberes, el que reposa en cronicones y bibliotecas, el que orbita por las calles en la oralidad de los vendedores ambulantes y las canciones de radio AM. Quiero decir, que a través de estos personajes, el lector se encontrará con Touring y Rubén Blades, los sesudos congresos sicoanalíticos y un concierto de Raphael de España en el Enjoy, todos batidos en la misma coctelera. Quiero decir que es una novela sin aduanas, que se plantea como un precioso objeto ante ese cisne tenebroso que es el lector, todo ello en el marco de una intensidad, de una configuración.

Esta novela construye su estructura narrativa desde una coloquialidad significativa y por cierto, desde la humanidad contenida en la máquina, no solo como el simple paso por una cadena de producción o un golem fabricado por un Prometeo melancólico, sino en tanto los detectives salvajes forman esa misma matrix. ¿Será que la humanidad traspasa a la máquina no solo sus destrezas y raciocinios sino también su pathos? La paradoja del ajedrecista de Maetzel (referenciada en esta novela) es que finalmente se trata de un engaño, de la simulación de una máquina, pero en este caso no opera por ese sitio, Barrientos Carter le ha entregado su antorcha prometeica a un oráculo asombrado.

Personajes que dudan, ya que finalmente la duda debe seguir a la razón como si fuera una sombra, siempre con un lenguaje cristalizado en los secretos del lenguaje.

Una importante caja de resonancia en esta novela es también El Club de los Suicidas, un particular libro de Robert Louis Stevenson que parece ser un quiebre en su novelística, muy distante a las aventuras bucaneras de la Isla del Tesoro o a la grotesca metamorfosis del Dr.Jekill y Mr Hyde, generando más bien una trama donde Príncipe Florizel de Bohemia y su amigo el Coronel Geraldine se infiltran en una sociedad secreta cuyos miembros quieren irse de este mundo. Personajes, en el caso de la novela de Eric Goles, náufragos en los imprecisos recodos de sus propias biografías, en ocasiones angustiados o derechamente dispuestos al sacrificio como aquel que prefiere ser objeto de estudio de su enamorada, a fuerza de terminar en un pabellón junto a otras criaturas diseccionadas por la obsesión.

Alguna vez, hace algún tiempo, llevé a Eric al Museo de Historia Natural de Río Seco, un enorme emplazamiento en un sector de Punta Arenas donde existieron en otrora unos frigoríficos, cuyas viejas construcciones son un mudo testigo de la incipiente industrialización de esos años. Vi su rostro entre atónito y pensativo observando a los animales en estado de osteotecnia, en huesos que daban la sensación de que los vertebrados volvían, a través de ese extraño arte, a ser dinosaurios. De manera especial una ballena sei que se encuentra con sus costillas y sólidas mandíbulas suspendidas en el aire por férreas poleas, un gigantesco tabernáculo de vigas y latas sosteniendo en el aire a un leviatán melvilliano. Como iba yo a saber que en su imaginación se activaría un caso policial del todo tétrico, pero también cargado de pasiones desaforadas, que el lector encontrará en estas páginas.

Por otra parte, los espacios que la novela propone son en importante medida un personaje más, fuertemente sugeridos por la velocidad de los diálogos muy en modo dramatúrgico, lo que otorga a la narración una dimensión muy cinematográfica.

En una narrativa chilena que de cierto tiempo a esta parte se ha vuelto un poco autoreferente y majadera, excesivamente metropolitana y ascéptica, girando como pirinola en el tablero de la autoficción y donde el realismo pareciera un valor en sí mismo y no un recurso literario, cobra una vigencia muy particular una literatura como esta, que no tema a reconocerse como tal, que no opere como la coartada de lo vivido a corazón abierto ni desde la pretenciosa idea de que se transcribe una suerte de coloquialismo marginal, descolla esta escritura que se reconoce como artificio de lenguaje,  creada para ofrecer un imaginario a la sensibilidad de la razón o al corazón de la inteligencia. Muchas veces la literatura es el norte utópico por el cual se conduce la realidad misma.

Goles ejercita una curiosa y prodigiosa estocada en lugar de proyectar literariamente una realidad objetiva (por llamarla de algún misterioso modo) se ha dedicado a verosimilizar la cuerda tensa de lo increíble, poniendo en tensión la idea de arte como simulacro. Algo parecido a los bots, entidades cuya mímesis se funde en la radical conciencia del artificio, quizás la misma que llevó a Phillip K Dick a soñar con ovejas metálicas o a Asimov con las leyes de los autómatas o a Karel Kapek, creador de la palabra robot.

En el caso de Eric, es probable que su larga navegación por la matemática como un juego que gravita entre lo incorruptible y el absurdo del infinito, también le otorgue a sus ficciones una suerte de constructivismo que profesa su artificiosidad, su pulsión dialéctica, su caída libre en medio de ese árbol siempre verde de la literatura. Enrique Lihn esgrime el concepto de intraliteratura para entender dicha noción. “Logorreica y grafómana, picada de ideologemas como de viruelas o hematomas, para dar cabida a la realidad, la literatura no tiene más que desarrollar esas y todas las otras enfermedades del lenguaje de las que está constituida, sus constantes y normales virtualidades. Liquidar la literatura, restituirla al mundo, conservándole el soplo de vida que necesite para efectuar esa operación, sería la única manera de demostrar que aquel no tiene la razón”.

Naturalmente Lady Byron tiene cruces con diferentes tradiciones narrativas, entre las predomina el afán de construcción detectivesca desde Conan Doyle, Aghata Christie y Chesterton, hasta referentes de la llamada novela negra norteamericana Ross MacDonald, James Cain, Carol John Daly, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, quizás con guiños a algunos representantes del neopolicial latinoamericano como Osvaldo Soriano, Leonardo Padura o Ramón Díaz Eterovic. Pero en el caso de Goles se agrega probablemente un componente tan original como el que encabeza la primera novela policial de la cual se tiene memoria “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe donde el asesino es un simio y por lo tanto no tiene móvil humano, salvo el hecho de ser todos omínidos. Aquí los móviles humanos son destrabados y deconstruidos tanto por el análisis de los hechos por parte del detective y por la inteligencia artificial. Es decir la solución no es solamente humana o quien sabe, la máquina, es el mayor acto de humanidad que puede de repente esgrimir el hombre.


 

 

 



 

 

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