Realiza Óscar Castro en este libro de relatos algo más que las páginas admirables que su fina calidad de poeta prometía: el joven lírico chileno muestra cómo es posible mirar la tierra de manera entrañable, con ojo de criollo auténtico, sin descender al muestrario de provincialismos enojosos, de fáciles descripciones rurales. De cuantos se han dedicado a captar la fisonomía espiritual del indio reprimido y escarnecido, pocos han logrado esquivar los peligros de la literatura socialera, que borra con su tono de manifiesto la impresión que, originalmente, el escritor se propuso suscitar. Castro bordea estos escollos para entregarnos una serie de cuadros vívidos, con todo su color y su virtud de cosa cierta. Sus personajes —vidas menores de cierta región de los Andes chilenos— participan, esencialmente, de su paisaje y se mueven con la verdad de lo que es simplemente humano. Peones y capataces, señoritos y alguaciles, víctimas y verdugos, caen a este libro como a su escenario real. Y nos impresionan con su repentina presencia tan en carne viva, que los damos por conocidos antiguos sin mediar más momento que el de su evocación.

Solo un poeta podía revivir estos pequeños episodios campesinos —repetidos en mucho rincón de América— con la diáfana originalidad que admiramos ahora. Las verdes labranzas: el ancho silencio que baja de las cresterías, por sierras y colinas, para anegar el valle; la leyenda nocturna contada al opaco fuego; todo eso cobra, en la fluida belleza de la prosa de Castro, un matiz de olvidada humanidad que perciben mejor los sentidos que la inteligencia. Castro se coloca, de pronto, con este libro, en sitio no compartido de la literatura regional, por su feliz manera de encontrar la emoción ingenua y dolorosa de estas mínimas existencias sacrificadas. Sin penetrar en la psicología de un tipo convenido, Castro la pone de manifiesto en el imprevisto detalle, en el accidente repentino, que en el relato no toma las cualidades de lo sorpresivo anecdótico por gracia de su talento. Claro que Castro no es un gran cuentista si reclamamos para el cuento la conformación aceptada. Pero por sobre esto, y por sobre la debilidad que le viene al imaginar el desenlace truculento, tendríamos que admirar la belleza del desarrollo, más importante que su culminación. En Castro, el recorrido nos hace olvidar la sensación de llegada. Y así sus relatos interesan más por los paisajes y el ambiente, por el rodeo sentimental, que por la sola confluencia hacia un final más o menos verídico.
"Lucero", "El callejón de los gansos", "Una jornada de don Floro", "Tierra ajena" y "El último disparo del Negro Chaves" nos parecen los mejores cuentos del libro. Alcanza Castro en estos momentos su máximum de perfección idiomática, de ingenuidad lírica, de cordial latido. Si Castro evitara las facilidades que el propio tema le prodiga, es decir, el curso de la narración como tal, para ahondar más en las circunstancias que mueven y determinan la acción de sus protagonistas, estaría en camino de convertirse en un cuentista máximo. Aunque las magníficas calidades de "Huellas en la tierra" podrían promover este juicio.
El libro que comentamos ha sido editado por la editorial Zig-Zag en un volumen muy esmerado.