En tiempos donde la narrativa hegemónica del sistema-mundo intenta imponer un olvido estratégico, la aparición de Palimpsesto (2026) de Kris González excede el territorio de lo literario. Resulta imposible abordarlo sin comprender la resistencia ontológica que arrastra en la geografía de sus imágenes y recuerdos impregnados en cada poema. Se trata de una obra de escritura fronteriza: aquella que se enuncia desde la exterioridad, desde el «no-ser» de los pueblos del Sur Global, interpelando la totalidad totalitaria del capital y sus estéticas fetichizadas.
Este trabajo, definido por la autora como una «antología poética refaccionada», opera bajo una lógica que Viktor Shklovsky identificaría como desautomatización. González no permite que el dolor del exilio, la memoria de la militancia o la crudeza de la crisis venezolana, cubana y boliviana se conviertan en cifras destinadas a la estadística o noticias automatizadas. Kris utiliza el artificio poético para devolver la sensación a la piedra, para que el lector sienta el exilio como carne viva y no como concepto abstracto. Cuando escribe en Me mordí la lengua: «mastico, muerdo mi carne, sangro», no está describiendo el silencio político; está performando la censura en el cuerpo. El lenguaje aquí prolonga la percepción del dolor, desbordando el acto de comunicación informativa; con ello, logra la función shklovskiana de hacer extraña la realidad para volverla visible.
Para comprender la magnitud de este dispositivo poético, debemos atender a su estructura interna. Palimpsesto se compone de 121 poemas, organizados tras una dedicatoria, una introducción programática y agradecimientos que delinean su cartografía afectiva (Caracas, Cuba, Chile, Bolivia). Esta numeración no es arbitraria; sugiere un inventario de resistencia, un registro de sobrevivientes. La estructura misma del libro es un palimpsesto: capas de escritura donde lo antiguo es borrado para dar paso a lo nuevo, pero donde las huellas anteriores permanecen visibles. Esto no es solo una metáfora editorial; es un artificio formal que obliga al lector a detenerse en las cicatrices del texto, impidiendo la lectura lineal y automática de la historia oficial.
Ejes semánticos y metáforas conceptuales
Un análisis de las metáforas conceptuales, en el sentido de Lakoff y Johnson —cuyo objetivo no es el adorno retórico, sino la configuración de estructuras de pensamiento que disputan la realidad—, nos sugiere lo siguiente:
EL AMOR ES FUEGO / SUPERVIVENCIA: Presente en títulos como Tu mano al fuego, De tu mano el fuego de aquel día, Como un fueguito. El amor no es etéreo; es termorregulación en un entorno hostil.
LA VIDA ES RESISTENCIA: Evidente en Sobrevivimos, Los muros, Adversidad. La existencia se define por la capacidad de permanecer frente al sistema.
LA FRONTERA ES CUERPO: En Me mordí la lengua, Una cicatriz, Mi propio abismo. El territorio político se somatiza; la frontera está en la piel, en la lengua silenciada.
LA MEMORIA ES PALIMPSESTO: En Una historia inventada, Intentario de distancias, Años después. El pasado no es estático; se reescribe constantemente para no morir.
LA PAZ ES DOLOR/ESPERANZA: En Cantata a La Paz, La paz de aquí, La paz y las hortensias. La ciudad bolivariana se convierte en símbolo de sufrimiento y resistencia continental.
Palabras clave como fuego, casa, muro, gaviota, lluvia, exilio, sangre y tierra atraviesan los 121 poemas, creando una red semántica que enuncia y elabora su propuesta desde la frontera geopolítica y epistémica. La poeta escribe desde el tránsito constante: Caracas, Cuba, Chile, Bolivia. Su voz no pertenece a un centro hegemónico; se construye en el límite, en esa zona de contacto donde la memoria se fragmenta y se rearma. En Non Grata, noviembre, describe el desplazamiento como una herida abierta: «Solo pude trasladar / fragmentos de una carta escrita en un pasado utópico... Solo pude arrastrar por las piedras... mi amor por ti». Esta es la condición del escritor fronterizo: habitar el límite entre sistemas, sufrir la contradicción sin resolverla quedando a medias y articular una crítica desde la duda y la experiencia vivida.
Sin embargo, la profundidad de Palimpsesto radica en su estructura cognitiva. Siguiendo la línea de Lakoff y Johnson sobre las metáforas de la vida cotidiana, González no solo usa figuras retóricas, sino que habita sistemas metafóricos completos que disputan la realidad. Frente a la metáfora neoliberal de LA VIDA ES ÉXITO, ella opone LA VIDA ES SUPERVIVENCIA. En Sobrevivimos, sentencia: «solo importaba saber que sobrevivimos / al acecho de los días / de abandonarlo todo». Aquí, la existencia misma se convierte en un acto político. Del mismo modo, el amor no es una mercancía romántica, sino termorregulación en un entorno hostil: «Descubriste el fuego con el que improvisamos un horno para hacer el pan» (De tu mano el fuego de aquel día). Estas metáforas conceptuales estructuran una cognición de resistencia, donde el calor humano es la barrera contra el frío del destierro.
Finalmente, la obra puede adscribirse al universo dusseliano de la estética de la liberación. González, en esencia, genera el espacio de la «hospitalidad de la revelación de la belleza de la alteridad». Su objetivo no es el canon eurocéntrico; revela la belleza en la resistencia de los sin voz. En Cantata a La Paz, la ciudad no es solo geografía; es el cuerpo sufriente del oprimido: «La Paz engulle al Altiplano en un solo bocado y nos devora a todos». Frente a esta imagen aterradora, donde la «necro-estética» del sistema (muerte, exilio, dictadura) es explícita, el poema Sobrevivimos afirma la vida: «renacer de los desastres de la piel tantas veces herida». Esto es la estética de la liberación en acto: crear belleza desde la supervivencia del cuerpo oprimido. La poeta transforma la anaisthesis (insensibilidad del sistema) en áisthesis (sensibilidad liberadora).
Palimpsesto es, en definitiva, una recreación cognitiva y liberadora. Con maestría, exhibe y desarma las metáforas dominantes (éxito, progreso, frontera como límite), sustituyéndolas por metáforas de resistencia (supervivencia, memoria como capa, frontera como espacio de encuentro). Como diría el maestro Dussel, la liberación comienza en el lenguaje, porque esa es la casa del ser. La poesía de Kris González reprograma y reconstruye la memoria, en el sentido semita-bíblico del concepto, como alianza con una idea de pueblo; de ese modo, el lector asimila la realidad política, social y personal del poemario en la geografía del cuerpo. En la cosmovisión de este texto, la batalla no está perdida y el campo de la esperanza continúa fértil.
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dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com "Palimpsesto" o la memoria liberada.
Poesía reunida de Kris González, 2026.
Por Omar Cid.