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CEGUERA Y AMNESIA EN EL PODER

Apuntes sobre "Claudia y el abuelo lazarillo" novela de Sergio Infante(1)

Por Osvaldo Godoi


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Claudia y el abuelo lazarillo (Catalonia, 2024) es una novela breve, concisa y elocuente, que narra la tragedia de una familia no convencional. Claudia y su abuelo, Mariano, son personas de clase media, viven en un departamento pequeño en la capital, él es viudo, profesor universitario de literatura ya jubilado y ella es estudiante de cuarto año de astronomía, oriunda de La Serena, donde vive Cristina, madre suya e hija de Mariano, junto a su pareja Ada Marín. Claudia sueña con explorar las estrellas en uno de esos gigantescos observatorios astronómicos llamados Alma, Gemini Sur, Alfa Aldea o Mamalluca, entre tantos otros. Pero, esas ansias por consignar al universo empíricamente debe trasladarlas a su interior luego de perder la vista en manos de agentes del Estado en una manifestación durante el estallido social. Desde ese momento comenzará una nueva vida guiada por el abuelo lazarillo. A su vez, Mariano, en vez de desmoronarse enfrenta la situación con responsabilidad. Ante el caos social que lo lleva en recurrentes analepsis hacia su juventud plena de ideales justos, pero extirpados del cuerpo flaco y curcuncho de nuestro país en dictadura, se moviliza en su «cacharriento bipolar» por las calles de un Santiago convulsionado por el 18-O y luego absorto en una pandemia global invalidante. La narración avanza hacia un desenlace coherente con el devenir de los personajes y sus historias de vida.

 

 

Claudia y el abuelo lazarillo, acaso nos seduzca a emparentarla de inmediato con El Lazarillo de Tormes, el clásico de la picaresca española publicado a inicios del Siglo de Oro. No estaríamos equivocados. Existe una relación intertextual entre ambas, que no solo tiene que ver con el sustantivo referente a la persona que sirve de guía a un ciego en nuestro idioma y que proviene del mismo clásico citado. Además, en ambos textos se narran las consecuencias del enfrentamiento contra el poder (la persona o entidad que regula, administra y decide el acontecer de Lázaro y Claudia, respectivamente). Y es allí donde, a mi modo de ver, ambas obras se distancian.

En Claudia y el abuelo lazarillo, la violenta respuesta del poder gobernante —sordo de nacimiento, ciego por conveniencia y amnésico crónico— sirve a Sergio Infante como escenario de fondo para relatar el devenir de ambos personajes, quienes encarnan la idea que el autor posee de los sucesos reales ocurridos cinco años antes de la publicación de esta novela. No es casual que el abuelo se llame Mariano y sea lazarillo. Su nombre nos lleva inevitablemente a Marianela, un clásico indiscutible del autor de la monumental serie Episodios nacionales, el español Benito Pérez Galdós. Marianela, o Nela, una huérfana frágil y poco agraciada, aunque virtuosa moralmente, es lazarillo del joven Pablo, ciego de nacimiento, perteneciente a una familia poderosa, quien depende de su apoyo. El señorito cree estar enamorado de Nela y se lo manifiesta en reiteradas ocasiones, pero ella sabe que si pudiera ver ni siquiera la tomaría en cuenta. En un deus ex machina que adquiere cierta verosimilitud en el contexto y que lógicamente perdonamos al gran autor español, Pablo recupera su visión gracias a revolucionarias técnicas del Dr. Teodoro Golfín. En el delicado proceso de acostumbramiento a la luz, al color y a las formas del mundo, Pablo se encuentra con su prima Florentina, de belleza extraordinaria, a quien confunde con Marianela, o mejor dicho con su propia idea de Nela antes de la milagrosa cirugía. Pérez Galdós no sólo escribe una historia de amor para configurar una sofisticada crítica al idealismo y al ejercicio del poder bajo esa mirada, sino, sobre todo, para evidenciar cómo el poder de una élite dependiente de subalternos necesita su propia mirada para legitimarse, sin olvidar (Foucault mediante) que ella es imprescindible para clasificar, administrar y juzgar. Es decir, al recuperar la vista, Pablo relativiza a la persona que lo validaba y la cambia por su prima. Marianela, ya despojada de su pequeño poder y propósito como lazarillo, es condenada a un destino peor que la ceguera («¡la mató! ¡Malditos ojos suyos!», dice Golfín a Pablo en el capítulo 21).

Por otra parte, El Lazarillo de Tormes aborda el proceso de concientización del subordinado ante el poder y su posterior emancipación. En Marianela quien toma conciencia es el mismo poder frente a la subordinada. En ambas novelas, los lazarillos son adolescentes subalternos. En tanto Lázaro consigue una vida propia, se casa y en su edad adulta escribe sus memorias, Marianela cae fulminada ante la mirada del joven Pablo (cuando el poder objetiva su visión en un sujeto, este siempre se derrumba, como Smith al final de 1984). Aquí adquiere relevancia la propuesta de Sergio Infante, ya que Mariano es un profesor jubilado y Claudia una joven universitaria, poseen un nivel social diferente al de los personajes de las obras citadas en sus contextos, pero ambos compartirán, cada uno a su modo, el destino de Lázaro y de Marianela. Esa es la razón por la cual cito estas referencias.

En mi lectura, Claudia y el abuelo lazarillo posee una estructura que se comunica principalmente con Marianela, en un nivel de la narración que Piglia denominó «Segunda historia» (dirigida al cuento pero que aplico en esta novela breve con la excusa correspondiente): a diferencia de Marianela, que ocurre en un pueblo minero español a finales del siglo XIX, el contexto donde se desarrolla esta novela es el Santiago de Chile durante el estallido social de 2019 y sus consecuencias, en especial para miles de jóvenes estudiantes y profesionales que con valentía llenaron las calles en manifestaciones pacíficas que ahora se las pretende tildar como «delictuales».

En la novela de Infante, la figura de Marianela está representada por la sociedad chilena y la del joven Pablo la asume el poder gobernante: sabe que depende de Marianela y cree conocerla, pero su ceguera le impide comprenderla de forma integral como persona y se conforma con la idea que tiene de ella; es decir, el poder gobernante cree conocer al pueblo o sociedad chilena, como queramos llamarle, y al confrontar esa idea con la multitud enfurecida que copaba las calles de todas las ciudades gritando «¡Chile despertó!», no le queda otra que despertar con ellos. Es decir, los ciudadanos despiertan –despertamos– a una realidad objetivamente desigual, carente de dignidad, pero esos gritos también despiertan al poder real –la élite económica– que nos gobierna, quien al abrir los ojos por primera vez en cinco décadas, no se encuentra con «su» Nela, sino con su prima Florentina: la clase política, con quien el 25 de noviembre del 2019 concierta un enlace que, siete años después, ha dado una serie de frutos exóticos, inimaginables hace diez años. Ese «despertar» del poder gobernante lo explica Hannah Arendt en su famoso ensayo Sobre la violencia, donde afirma que cuando el poder está en peligro aparece la violencia, precisamente porque el poder se ha debilitado, por eso aquí planteo como «despertar» a la respuesta del gobierno, centrada en el castigo antes que en el reconocimiento de las demandas ciudadanas, a quien señala como un enemigo poderoso que no respeta a nada ni a nadie y lo repite como un mantra.

A partir de la lectura de Claudia y el abuelo lazarillo es posible objetivar el desempeño del poder como administrador no solo de la represión que mantuvo (y actualmente ha perfeccionado) un status quo a todas luces infame, sino también como fomentador de subjetividades que asumen un correlato alternativo a la realidad vivida por las conciencias «dormidas» que osaron «despertar», pese al agotamiento que significa escapar de la pobreza en dirección hacia una clase media —y ojalá más arriba—, usando la estrategia de Aquiles para alcanzar a la tortuga. Quiero decir, el poder de la reacción busca –y logra– falsear la Historia y desde allí configurar en los ciudadanos una narrativa de la autoflagelación (el pobre es pobre porque quiere; quieren todo gratis; la ley del chorreo; la meritocracia; etc.)

Mariano pertenece a una generación que nació y vivió hasta su juventud en un Chile que ya no existe, sepultado bajo los escombros del bombardeo a La Moneda. A su vez, Claudia o la «Niñaclau» es parte de la juventud que irrumpió en las avenidas del país exigiendo dignidad, y que nacieron en el Chile actual, cocinado en una probeta tecnocrática y abortado al mundo en la constitución de 1980, que a estas alturas encarna maravillosamente la deformidad acromegálica de nuestra sociedad escindida. Que Mariano sea lazarillo de la «Niñaclau» me sugiere un mensaje de apadrinamiento de una generación a otra: Mariano la acompaña hacia un futuro que la joven ya no podrá ver pero sí intuir. Los jóvenes de la utopía de los sesenta («veteranos del 73» p. 18) poseen una perspectiva vital más completa sobre el devenir político-social de Chile y, a su modo y desde sus propias limitaciones, guían a estos jóvenes hipertecnologizados que han «despertado», no como Neo en Matrix ni como los «pingüinos» del 2006, sino como los universitarios de mi generación X en la olvidada revolución del 96, cuando luchamos sin éxito contra la ley 19.287 y despertamos al verdadero significado de la palabra Concertación.

Allí radica el eje central de esta emotiva y profunda novela breve, esa especie de cajita de música a la inversa, cuyo mecanismo en vez de generarnos nostalgia de una época remota y perfecta, nos advierte que al abrirla solo asistiremos a la postergación acomodaticia disfrazada de orden, con disparos de fondo. Una caja de Pandora con sesgo de clase. En todo caso, no es eso lo que queda al final de la lectura, sino todo lo contrario, porque todo lo que consigno en estos apuntes el autor lo sugiere entre líneas, a través de una historia que se mantiene a prudente distancia del efectismo y lejos del panfleto. Esa es la gran virtud de esta novela: mientras el poder en ejercicio se encarga de reprimir las justas demandas de una mayoría, mutilando cuerpos y vulnerando derechos humanos, la trama se centra en las virtudes de nuestra sociedad siempre al límite de la catástrofe natural o política; surgen el amor, la colaboración, la esperanza, la ternura, la inmensa capacidad de reinventarnos.

Claudia y el abuelo lazarillo es intensa, no en cuanto a escenas de acción y ese tipo de eventos superficiales, sino a nivel emocional y a nivel de ideas, tan sabiamente entrelazadas a personajes que destellan humanidad. El inesperado contrapunto en las páginas finales, donde el autor despliega una gran pericia técnica, nos mueve a replantearnos su lectura para descubrir, con otra mirada, con una mirada nueva y limpia, que toda historia posee una perspectiva inédita, un punto ciego del que habla Javier Cercas, y que nuestra propia Historia como país no es ajena a esa interpretación. Por lo mismo, valoro esta novela que ha sabido enfrentar un tema aún vigente, irresoluto en todo nivel y aún tabú para nuestra literatura, con algunas excepciones (unas respetables y otras infames), a diferencia de la no ficción, que continúa sumando volúmenes de primer nivel.

Desde el género novelesco, cuya fuerza es inevitable, esta obra refresca poderosamente una perspectiva social que se ha querido erradicar de la opinión pública y, en consecuencia, de la realidad histórica reciente. Sergio Infante nos regala una posibilidad, una mirada alternativa ante el fracaso: «Tu salvación está en saber considerar los mitos a la misma altura que la ciencia» (p. 115)

Para finalizar, admito que Claudia y el abuelo lazarillo me dejó la sensación de una gran verdad revelada y sostenida en la ficción de principio a fin, como ocurre con las obras perdurables.

7 de agosto, 2026.-
La Calera, Chile.

 

(i) Sergio Infante (Santiago, 1947) es poeta y escritor. Además es doctor en literatura y fue profesor universitario en Suecia durante dos décadas (su tesis doctoral es un estudio sobre Yo el supremo, obra maestra de Augusto Roa Bastos). Claudia y el abuelo lazarillo es su tercera novela.

 



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