La novela Pájaro angustia se inscribe dentro de una tradición narrativa que problematiza el acto mismo de contar, articulando una reflexión literaria profunda sobre el conocimiento, la identidad y la creación. A través de una propuesta simbólica y autorreferencial, el texto cruza la experiencia formativa de un escritor con los imaginarios míticos del norte chileno y las tensiones del pensamiento moderno. En este marco, la obra no solo relata una historia, sino que cuestiona sus propios mecanismos y metodologías, explorando los límites entre razón y emoción, vida y escritura, realidad y ficción, concibiendo la literatura como un espacio de conflicto, revelación y supervivencia.
Como novela metanarrativa y simbólica que entrelaza la formación de un escritor, se alude a una evidente autoconciencia narrativa, porque el narrador o los personajes comentan el proceso de escritura, la estructura del relato o la relación entre autor y lector.

Osvaldo Godoi
De ese modo, se enlaza un juego donde se difuminan los límites entre lo real y lo inventado. A veces el autor aparece como personaje, o los personajes saben que son parte de una historia. Así, vemos la ruptura de la cuarta pared porque los personajes pueden dirigirse directamente al lector o cuestionar la historia que habitan.
Por otra parte, la novela evidencia una intertextualidad y parodia a través de diversas alusiones a otras obras, géneros o estilos narrativos, a veces con tono humorístico o crítico.
En términos internos, Osvaldo Godoi construye un relato en el que Gregorio, su protagonista, abandona los estudios de matemáticas para entregarse a la literatura, estableciendo un puente entre la lógica y la intuición, entre el número y la emoción. De ese modo, la novela reflexiona sobre la escritura como enfermedad y como exorcismo: escribir es una forma de escapar de la muerte, pero también de invocarla a través de una herramienta de enemistad y fascinación.
El relato se abre con una escena semióticamente cargada: en la azotea de una facultad universitaria, Gregorio atestigua la caída de una paloma, metáfora del descenso de la razón y del inicio de su crisis vital. A partir de ese gesto, la novela se despliega como una espiral de recuerdos, ensayos, lecturas, amores y espejismos que reconstruyen su itinerario desde la universidad hasta su encierro en Copiapó, pasando por la influencia determinante de El obsceno pájaro de la noche de José Donoso (1970). La ficción de Godoi se entreteje con la de Donoso —y con las figuras de Buñuel, Bolaño y Bécquer— en un juego de espejos donde el protagonista oscila entre la fascinación literaria y la descomposición psíquica.
Entonces, cuando hablamos sobre la intertextualidad, nos remitimos en primer término al propio título, el cual alude a la novela El obsceno pájaro de la noche de Donoso, que es una de las obsesiones del protagonista Gregorio, quien lee, interpreta y hasta intenta escribir un guion cinematográfico de esa obra. Donoso usa la figura del “pájaro de la noche” como símbolo de la culpa, la deformidad, el encierro, la locura. Godoi, al renombrar el símbolo, lo transforma: ya no es el pájaro de la noche, sino el Pájaro angustia, es decir, una encarnación interior del miedo, del deseo y de la creación.
Así, el título funciona como una reescritura afectiva del mito donosiano: el pájaro sigue siendo el mensajero de lo oscuro, pero ahora es íntimo, subjetivo, personal. Es la voz íntima del escritor.
A lo largo del libro aparecen aves y motivos alados: la paloma que se estrella contra el muro al comienzo de la novela, el “nido” del primer capítulo, el vuelo, la caída, el encierro y la jaula.
En todos esos momentos ornitológicos, el pájaro representa el alma de Gregorio, su impulso de libertad, su deseo de volar más allá de los límites del logos o del deber familiar. Pero ese pájaro vive en la angustia, en una jaula de contradicciones: entre ciencia y poesía, entre amor y soledad, entre vida y escritura. El título, entonces, expresa esa tensión vital: Pájaro angustia: el alma que desea volar, pero que vive consciente de su encierro.
En un plano existencial, el Pájaro angustia también es la imagen de la creación literaria misma. Gregorio escribe movido por un impulso doloroso, casi febril. En la escritura se libera, pero también se desgarra. El “pájaro” es su palabra, y la “angustia” su combustible.
Como dijo Humberto Díaz-Casanueva (citado en el epígrafe del libro): “En mi sueño he enjaulado a mi muerte”. Aquella frase resume el sentido del título: escribir es enjaular la muerte dentro del sueño y el pájaro que canta en esa jaula es la angustia misma.
Pájaro angustia nombra al espíritu creador que vive entre la libertad y la condena,
al escritor que transforma su dolor en vuelo y al hombre del norte que busca sentido en medio del vacío.
En cuanto a los ejes narrativos, el relato se articula en torno a tres puntos axiales:
La crisis de la vocación racional: Gregorio abandona la carrera de matemáticas tras una epifanía en la azotea de la facultad, donde el vuelo y la muerte de una paloma simbolizan el tránsito de la ciencia al arte.
La búsqueda de una escritura total: a través de sus lecturas de Donoso y Buñuel, el protagonista imagina un “algoritmo poético” capaz de unir emociones y números, lo que se convierte en metáfora de la inteligencia creadora.
El descenso a lo íntimo y lo ancestral: la infancia, la abuela Irene y las supersticiones del norte chico y Tocopilla lo conectan con un universo de magia popular y brujería femenina —figuras como Peta Ponce o Letnia— que invaden su literatura y su inconsciente.
El relato oscila entre la memoria, el ensayo y el sueño. Gregorio escribe el cuento “Letnia” como un acto de trance, esa experiencia marca el punto de inflexión donde lo fantástico se mezcla definitivamente con la realidad. La frontera entre autor y personaje se diluye hasta el punto en que Pájaro angustia se convierte también en una autobiografía imaginaria de la escritura misma.
Una de las mayores virtudes del texto radica en que Pájaro angustia no busca contar una historia lineal y monolítica, sino registrar el proceso de pensamiento y descomposición del sujeto creador. La novela se convierte en una suerte de laboratorio narrativo, donde la escritura intenta sustituir la experiencia vital y donde el fracaso —del amor, del arte, de la cordura— adquiere una belleza trágica.
Sobre el hablante lírico y la voz narrativa, podemos anotar que, aunque formalmente es una novela, el texto está impregnado de un lirismo persistente. La voz narrativa fluctúa entre una tercera persona omnisciente que narra el devenir de Gregorio con distancia analítica, junto a un tono introspectivo, casi confesional, que traduce su sensibilidad poética. Ese desdoblamiento genera un efecto de espejo entre narrador y protagonista: ambos son el mismo sujeto dividido entre el cálculo y la pasión. El lirismo proviene de la interioridad del protagonista: sus reflexiones sobre el amor, el miedo, la muerte, el destino y el acto creativo adquieren la textura del poema en prosa.
El estilo de Godoi es denso, filosófico y poético, siempre articulando con las historias y memorias locales y subalternas, con un ritmo envolvente y un léxico que oscila entre la precisión ensayística y la intensidad metafórica. Se advierte una clara filiación con Donoso, Bolaño y el surrealismo de Buñuel, pero también una voz singular que rescata la oralidad nortina y el tono ensayístico de la narrativa chilena contemporánea.
Predominan las frases largas, las asociaciones simbólicas y las reflexiones intercaladas que interrumpen la linealidad narrativa. El lenguaje se vuelve musical, impregnado de imágenes sensoriales —la sal, el viento, la arena, las aves, las cajas de la abuela— que evocan tanto el paisaje desértico como el universo interior del protagonista.
La estructura misma del texto, con digresiones, relatos intercalados y alusiones metaliterarias, sugiere una obra que dialoga con la tradición del “novelista de novelistas”: la escritura se examina a sí misma mientras se despliega.
Sobre los topos del texto, podemos destacar el rol de Tocopilla, pequeño puerto periférico y globalizado en el desierto de Atacama. Una urbe que ocupa un lugar alegórico fundamental en la novela. Más que un escenario, es una matriz emocional y estética. Allí se anclan la infancia, los mitos familiares, la abuela bruja y la primera experiencia del amor. Es el espacio donde lo racional se descompone y lo mítico soporta.
En la estructura anímica del libro, Tocopilla representa el origen y el retorno: un territorio marginal donde conviven lo minero y lo marino, lo religioso y lo pagano, lo moderno y lo arcaico, lo tecnológico y lo precario, el óxido cotidiano y la ternura de las pinturas domésticas, lo energético de una ciudad de termoeléctricas y la oscuridad de la pobreza neoliberal que consume sin iluminar. Todo ello compone un archivo sensible: un depósito de gestos, silencios y materias.
Desde esa geografía, Godoi construye una poética del norte chileno como lugar del límite —entre la vida y la muerte, entre la ciencia y el hechizo—. En ese sentido, Pájaro angustia es también una novela sobre la identidad cultural del desierto, donde lo local se transforma en una metáfora universal de la desolación, la asimetría y la lucidez. Es también una novela de iniciación, de pensamiento y de revelación.
Osvaldo Godoi logra reunir en una sola estructura el ensayo literario, la memoria, el mito y la poesía, componiendo una obra que reflexiona sobre la escritura como forma de salvación y condena. Tocopilla, en su trasfondo es como punto diminuto en el que se contienen todos los puntos del universo: es decir, un espacio donde se puede ver simultáneamente todo lo que existe, sin confusión ni límite. Representa la totalidad, la memoria infinita y heteróclita, el conocimiento absoluto, la unión entre lo visible y lo incorpóreo. Un escenario de amalgama entre las certezas de las ficciones y los delirios híbridos de las realidades.
Leer Pájaro angustia es atravesar un umbral. Es aceptar que toda novela auténtica es una ceremonia de resurrección: la del pensamiento, la del deseo, la del propio lector. Y en ese renacimiento silencioso, Osvaldo Godoi se presenta como una de las voces más singulares y radicales de la narrativa chilena contemporánea. Su libro no sólo nos invita a leer, sino a recordar que la literatura sigue siendo el lugar donde los sueños, las heridas y las palabras aprenden a navegar en los mares de las derrotas ganadoras.

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Damir Galaz-Mandakovic Fernández.
Profesor de Historia y Geografía por la Universidad de Tarapacá; Magíster en Antropología por la Universidad Católica del Norte; Magíster en Ciencias Sociales por la Universidad de Antofagasta; Doctor en Antropología por la Universidad Católica del Norte y Doctor en Historia por la Université Rennes 2.
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* Pájaro Angustia (Gata Sardina, 2025), 240 pp. Edición especial de 28 ejemplares
en tapa dura y 200 ejemplares en rústica.