En estos tiempos que parecen sacados del mismo infierno que describe don Oscar Hahn en su poema, donde los horribles carniceros de siempre —los de uniforme de general, los del pulcro traje de político o simplemente los que maquinan los horrores en las tinieblas de la impunidad— siguen reinando, quiero compartirlo nuevamente, al igual que otros años, porque desgraciadamente no ha perdido ni un gramo de vigencia. Miren a los monstruos, los que se alimentan de la cultura de la guerra, que viven de nuestra sangre y de nuestro miedo. Nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, los de a pie, los que trabajamos cada día para mantener a nuestra familias, los vemos en la pantalla cómo se solazan porque mataron a tal o cual, celebrando cada masacre de civiles y niños como si fuera un triunfo loable.
Estamos indefensos, casi por completo. Nuestra capacidad para frenar este mal es escasísima, ridícula a veces. Gritamos en las redes, firmamos petitorios que nadie lee, salimos a la calle y nos dispersan con gases o balas de goma. Y ellos siguen ahí, a cara descubierta, prometiendo destruir, arrasar, borrar del mapa a los enemigos del momento. Y cuando esos enemigos se acaban —porque siempre se acaban—, ya están inventando los nuevos, señalándolos, amenazándolos con la misma desvergüenza de siempre.
Es una impotencia que desespera y quema por dentro: ver cómo el ciclo se repite, cómo los perdedores de ayer se convierten en la carne de mañana, cómo los carniceros se matan entre ellos perpetuamente y resucitan al tercer día para seguir matando, como en el poema.
Pero en medio de esta tragedia infinita, la poesía sigue siendo nuestro refugio y nuestro consuelo. Nuestro hogar verdadero cuando el mundo se vuelve inhabitable. Nuestra voz que no pueden callar del todo, aunque lo intenten. Nuestra esperanza mínima, terca, la que no se rinde aunque parezca absurda. Porque mientras quede alguien que lea estos versos y sienta el escalofrío, el horror y la rabia, no han ganado del todo.
LMS

REENCARNACIÓN DE LOS CARNICEROS
Y salió otro caballo, rojo: y al que estaba
sentado sobre éste, le fue dado quitar de
la tierra la paz, y hacer que los hombres
se matasen unos a otros.
San Juan, Apocalipsis
Y vi que los carniceros al tercer día
al tercer día de la tercera noche
comenzaban a florecer en los cementerios
como brumosos lirios o como líquenes
Y vi que los carniceros al tercer día
llenos de tordos que eran ellos mismos
volaban persiguiéndose persiguiéndose
constelados de azufres fosforescentes
Y vi que los carniceros al tercer día
rojos como una sangre avergonzada
jugaban con siete dados hechos de fuego
pétreos como los dientes del silencio
Y vi que los perdedores al tercer día
se reencarnaban en toros cerdos o carneros
y vegetaban como animales en la tierra
para ser carne de las carnicerías
Y vi que los carniceros al tercer día
se están matando entre ellos perpetuamente
Tened cuidado señores los carniceros
con los terceros días de las terceras noches