Trump intenta reír en la tele después del atentado en Washington en la breve cena de corresponsales, donde sobró el trago. Trump ríe como si hubiese tomado una navaja y se cortara las comisuras de los labios. Lastimera risa sin humor. Carajo. Con ese mismo rictus, Trump atiza una guerra que nos afecta a todos.
Ya lo había dicho Tucídides. El clásico choque de egos en el balance de poder, el ascenso de Atenas sobre Esparta provocó la larga guerra del Peloponeso. Cuando una potencia emergente le pisa los talones a una dominante, hay cruenta guerra.
Trump ríe sin humor, como un comediante de stand-up de cuarta categoría. Cringe. Pero, detrás de las cortinas de la Casa Blanca asoma el verdadero elenco: gigantes tecnológicos supremacistas. Bélicos y ambiciosos. No buscan únicamente dominar mercados: aspiran a aplanar culturas, erosionar identidades. Su proyecto es reconfigurar el poder global con algoritmos opacos. Manipularnos como androides, a ti y mí, con los datos de la inteligencia artificial.
LOCA GEOGRAFÍA
Nací en Chile, una tierra maravillosa y temblorosa, con las emociones que despierta su loca geografía. Desde niño todas las mañanas me estremeció el corazón, ver nuestra cordillera, o el asombro al llegar al océano Pacífico. En nuestras ciudades florece el arte chileno. Teatros, cines, anfiteatros, música, esculturas, murales, bibliotecas, librerías, centros culturales; incluso el metro, con sus muros intervenidos, forma parte de ese entramado vivo. No es un lujo: es una expresión esencial de lo que somos, que nace del alma.
En mi adolescencia marcaron mi juventud las canciones de la Nueva Ola: Cecilia, la incomparable y Patricio Manns. Luego fueron las canciones de la Nueva canción chilena, la Plegaria del Labrador de Víctor Jara. Me llegaban al corazón. Le dieron sentido a mi vida.
Hace años, con unos amigos instalamos las esculturas del comic en el parque el Llano de la Gran Avenida: Condorito, Mampato, Pepe Antártico y Von Pilsener, nuestras caricaturas tradicionales chilenas. Nuestra mitología nacional. Aunque no fue fácil. Significó una ardua batalla cultural con fuerzas conservadoras.
Es la diversidad del espíritu de Chile: una energía emocional que permite que nuestras diferencias no sean abismos; crea un impulso de pertenencia, un vínculo metapolítico que, más allá de nuestras divisiones, nos reúne como comunidad.
NEUROESTÉTICA
Las investigaciones recientes en neuroestética confirman que el arte no es un lujo abstracto: es una experiencia tangible: moldea nuestro cerebro, fortalece comunidades, influye en empresas y atraviesa todas las etapas de la vida, desde la infancia hasta la vejez. Incide en la educación, la salud y la asistencia social. La conciencia se construye con otros, a través de rituales, vínculos, música y palabras compartidas.
Entonces.
Frente al acoso global, hay una respuesta chilena: afirmarnos en nuestra identidad, con el arte como instrumento. Escritores, poetas, pintores, músicos y cineastas articulan esa fuerza. La creatividad brota de la cohesión social, de la voluntad compartida y el espíritu de colaboración. Impulsa el desarrollo económico y científico, así como la estabilidad institucional y política. De ese proceso emerge un círculo virtuoso intergeneracional: una dinámica de renovación que fortalece el pensamiento crítico y encuentra su mayor riqueza en entornos multiculturales.
ISLANDIA
Les pongo por ejemplo Islandia. Es el país más pequeño de Escandinavia, pero es el más grande en cultura, según los estudios del profesor Njörður Sigurjónsson. ¿Por qué? Porque en Islandia la cultura está al servicio de la soberanía y la independencia. Islandia es uno de los países que porcentualmente más invierte en cultura.
NUEVA AUTENTICIDAD
Observen. En las artes globales hay una tendencia hacia la autenticidad. La metaficción posmoderna que nos sorprendió en los años 80—sostenida en el juego de citas e intertextos— ha perdido impulso, desarmándose como un castillo de naipes. Hay una exigencia más urgente: decir algo propio, una nueva sinceridad, de corazón a corazón.
Combate la comercialización excesiva y la superficialidad que dominan espacios culturales, amplificados por las redes y la lógica del influencer. Frente a ese ruido, la autenticidad propone otra búsqueda: la de una voz singular, una verdad interior, una conexión emocional.
La autenticidad no es espontánea ni improvisada. Exige años, disciplina y formación. Se construye lentamente, a través del aprendizaje, la práctica sostenida y la disposición al riesgo. Ser auténtico implica ensayar, equivocarse, insistir. Es un acto de valentía, sí, pero también de imaginación, sensibilidad y apertura a experiencias intensas —fantasía, sensualidad, placer, incluso incomodidad.
Las artes requieren reflexión, diversidad de miradas y una voluntad persistente de explorar lo incierto. Quiero decir que no se sostienen solo en el talento individual, sino en algo más profundo: hábitos culturales que se transmiten, se arraigan y, con el tiempo, configuran nuestra forma de ser.
En ese marco, lo que está en juego no es únicamente la aparición de artistas destacados, sino la solidez de ciertos patrones: tradiciones vivas, prácticas compartidas, lenguajes que se heredan y se transforman. Es allí donde nuestra cultura encuentra no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser.
PARALISIS
Pero Chile ha perdido el rumbo.
Amigas y amigos, lo digo con preocupación: el arte en Chile está estancado. No sabe dónde ir. No tiene dinámica. Es desigual y precario. Existe una brecha de género —con menores ingresos y reconocimiento para mujeres. Hay desigualdad en el acceso a espacios de difusión. El éxito llega a una pequeña minoría, normalmente hereditarias. Hay poca meritocracia.
Entonces, ¿cómo mejorar la autenticidad y el dinamismo del arte?
Permítanme tres ideas.
REDUCIR IMPUESTOS, MEJORAR LAS ESCUELAS Y PREMIAR A LOS MEJORES
El artista chileno se sostiene principalmente por su familia y sus amigos. No por el mercado ni los fondos del Estado. Entonces, hay que permitir que los artistas reciban donaciones de su familia y amigos para sus exposiciones, estudios de posgrado, publicaciones o residencias artísticas. Es indispensable mejorar la ley Valdés de donaciones culturales de tal modo que ese donante reciba el beneficio tributario. No solo las corporaciones deben tener el derecho de bajar impuestos. También las familias y los amigos de los artistas que los apoyan. Eso dinamizará el mundo del arte.
Segundo, invertir en las escuelas públicas. ¿Qué tal si construimos pequeños teatros en todas las escuelas públicas de Chile? ¿Qué tal si esos teatros los dirigen jóvenes profesionales del arte, como poetas, dramaturgos, músicos?
Tercero, el Estado debe premiar a los creadores de libros editados y publicados, a los espectáculos teatrales o exposiciones ya montados, las películas entrenadas. Los artistas deben competir con obras realizadas. También lo premios deben favorecer a las empresas editoriales y productoras, emprendedores que han tomado el riesgo.
¿Cómo financiar esos premios? Con los actuales recursos de los fondos concursables, que no generan dinamismo y son un fracaso. Postulan cerca de 14 mil de “proyectos” o “ideas” cada año. Año tras año, como Evento Canónico. Geniales sueños, quizás. Pero son bellas ilusiones simples y abstractas, “valorados” por evaluadores incógnitos. Pues sí, evaluadores anónimos, clandestinos o encubiertos, pero financiados por el Estado. ¿No les parece un chiste? No hay un país en el mundo donde pasa algo tan ocurrente. Si reclamas, te dejan en visto. De los 14 mil proyectos sólo se financian el 16 por ciento, según el Observatorio de Políticas Culturales. Más de 11 mil de esas “grandes ideas” van a la basura.
(Por favor. No les cuenten esto al “Club de Evaluadores Anónimos”. Se ponen tristes como los semáforos bajo la lluvia. A veces son mala onda y no soportan la crítica. Capaz que me stalkeen y funen. LMA, laughing my ass off, me parto de risa.)
UNA ROSA ES UNA ROSA ES UNA ROSA
Hoy, en medio de la incertidumbre global, el orgullo chileno puede generar un devenir creativo. Nuevos y fecundos novelistas, músicos, poetas, pintores, cineastas, se esfuerzan por hacerla vibrar con creatividad y pensamiento independiente.
Para que así la rosa de la belleza nunca muera.