—Brrr. Es el peor invierno de mi vida, me dice mi adorada hija
de 23 años, una brava estudiante de arte.
Estaba con su linda chaqueta verdosa que le gusta pues la hace
verse cool.
Me sorprendió con la pregunta del millón de dólares:
—¿Hacia dónde va la poesía, dime tú, papá?
Pienso que a mi hija la inquietud le nace del frio invernal.
—Calm down, baby, le digo.
—Leo nuevas poetas y encuentro poco que calme. Yo misma
escribo a veces poemas abstractos.
Lo único que se me ocurrió decirle:
—Hija, el hipismo literario fueron los mejores años de la
humanidad. Nos hicieron más felices y más libres.
—Yo me enteré que el hipismo está muy muerto. ¿No, papá?
—La historia le puso fin. Es cierto. Pero el hipismo demostró
que la luz existe. El desorden como fuente estética. Frágil o
confuso. Pero vivo.
—¿Crees que vuelve una sensibilidad espiritual? ¿No?
—Tal vez, una reparación de los vínculos
De inmediato, me replica:
—¿Nuevos aullidos?
—¿Por qué no? Cuando el poeta Gonzalo Rojas invitó al
beatnik Allen Ginsberg a visitar Concepción en 1960 se inició
la revuelta en la poesía chilena y latinoamericana. Brotaron
verdes plantas en el suelo.
—Papá ¿Cómo puedes creer que el futuro es un neohipismo
poético de barba descuidada? ¡No chochees!
Sé que a mi hija le divierte llevarme la contraria.
—Hija, el cruce de poesía y contracultura es una de las
herencias más fértiles.
—Pero es el pasado, papá.
—La melancolía subterránea del pasado es poderosa.
—A ver explícate, papi, por favor.
—Flaquita querida, el presente siempre está acechado por la
nostalgia del pasado. Eso siempre respira.
—Pero, en la época que me toca vivir a mí, papá, mis amigas
son youtubers o agitadoras de Tik tok. No ordenamos
demasiado. Muchas amigas escriben con IA y las obras son
abstractas y sin mucha conexión real, pero muy hábiles. Diría
que impecables.
—Flaca, no me claves tus puñales por la espalda.
—La IA no es un almacén de textos donde vamos a buscar
obras como se va recoger frutas de un árbol. Es más que un
algoritmo.
—Ah, ¿no? ¿No es un algoritmo?
—Papá, técnicamente la IA son patrones estadísticos
aprendidos durante entrenamiento. No roba textos o párrafos
de una biblioteca.
A veces, mi hija me parece luminosa. Me mira y agrega:
—La IA no es la biblioteca de Babel, la biblioteca infinita que
soñó tu amado Borges.
Mi hija remarca las palabras “tu amado Borges”.
—Oh, hija, no seas irónica. Eso duele.
—Ja, ja, ja.
—Tú podrías convertirte en una curadora de imaginarios.
—¿Curadora de imaginarios? Qué cosas inventas, papá. ¿Qué
es una curadora de imaginarios?
—Alguien que reorganiza la tradición y crea una nueva
sensibilidad estética de época.
—Basta, papá. Estás pasado…de moda.
Con cariño, mi hija luego me regaló su dibujo del barbudo
Allen Ginsberg. Me dijo:
—Toma. Tu amado gurú.
—Gracias, hija.
Eso quería contarles.