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Propongo a Javier Del Cerro al Premio Nacional de Literatura

Por Omar Pérez-Santiago


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Su candidatura representa algo más que el reconocimiento a una trayectoria individual: plantea la posibilidad de reconocer un cambio de sensibilidad en la narrativa chilena contemporánea.

Del Cerro pertenece a una narrativa que podríamos llamar nuevo sincerismo o postironía: una literatura que vuelve a confiar en la posibilidad de hablar de la experiencia humana después de décadas en que la ironía, la sospecha y la deconstrucción fueron algunas de las herramientas dominantes de la literatura.

No se trata de regresar a una literatura ingenua ni de recuperar los antiguos relatos de certeza. Al contrario: se trata de intentar construir sentido después de haber conocido la incertidumbre.

Su narrativa recupera la emoción sin renunciar a la inteligencia crítica; la vulnerabilidad sin sentimentalismo; la espiritualidad sin dogma; la búsqueda de significado sin convertirla en doctrina. Sus personajes no solamente observan, ironizan o sobreviven: buscan algo que pueda justificar su existencia.

Ahí reside, precisamente, su contemporaneidad.

Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, una de las grandes tareas de la literatura consistió en desmontar las certezas: cuestionar los discursos oficiales, ironizar y fragmentar las narraciones, desconfiar de los grandes relatos, psicologizar y revelar las ideologías ocultas detrás de las representaciones de la realidad.

Esa operación produjo algunas de las obras más importantes de la literatura moderna y posmoderna. Pero sus procedimientos dejaron de ser necesariamente rupturistas. La fragmentación, la intertextualidad, la metaficción, la ironía y la sospecha frente a los grandes relatos pasaron de ser una vanguardia a convertirse en parte del repertorio normal de la literatura.

El problema, entonces, ya no es solamente cómo desmontar los relatos.

La pregunta contemporánea parece ser otra:

¿Qué podemos creer después de haber aprendido a desconfiar de todo?

Y allí aparece una nueva sensibilidad.

La ironía permanente comienza a producir cansancio. El relativismo absoluto dificulta imaginar proyectos comunes. Las crisis climática, tecnológica y geopolítica obligan a pensar nuevamente en el futuro. Y la inteligencia artificial introduce preguntas que van mucho más allá de la innovación tecnológica: ¿qué significa crear?, ¿qué significa ser consciente?, ¿qué significa ser humano?, ¿qué lugar ocupa el deseo y la imaginación en una cultura donde las máquinas pueden producir lenguaje?

Son preguntas que difícilmente pueden responderse únicamente mediante la deconstrucción o la ironía.

La literatura vuelve a encontrarse, así, con una antigua necesidad que durante un tiempo pareció sospechosa: la necesidad de significado.

En este contexto, la obra de Javier del Cerro adquiere una relevancia particular. No porque represente una ruptura absoluta con la tradición anterior, sino porque desplaza la pregunta literaria: desde la sospecha hacia la búsqueda; desde la desilusión hacia la posibilidad; desde el desmontaje de los relatos hacia la exploración de aquello que podría volver a darles sentido.

Eso es lo que podríamos llamar postironía: no la desaparición de la ironía, sino su incorporación a una literatura que ya no quiere quedarse atrapada en ella.

Y también podría llamarse nuevo sincerismo: no el regreso a la ingenuidad, sino la recuperación de la sinceridad después de la sospecha.

Por eso, premiar a Javier del Cerro tendría un significado que excedería su obra personal. Sería una señal de que la literatura chilena está preparada para reconocer una nueva etapa estética.

Chile tiene una extraordinaria tradición de escritores que supieron interpretar las transformaciones de su tiempo. El Premio Nacional de Literatura no debería limitarse a consagrar aquello que ya conocemos: también puede cumplir una función más arriesgada y fecunda, reconocer hacia dónde está avanzando la literatura.

Premiar a Javier del Cerro sería apostar por esa dirección.

Sería decir que la literatura chilena puede volver a hablar de amor, vulnerabilidad, espiritualidad, deseo, esperanza, incertidumbre y sentido, sin abandonar la conciencia crítica que la modernidad nos ha legado.

Y quizá por eso su elección tendría además una virtud poco frecuente en los premios literarios: sería una noticia literaria.

Provocaría conversación. Dividiría opiniones. Obligaría a discutir qué entendemos hoy por literatura contemporánea y hacia dónde queremos que vaya.

En otras palabras:

No propongo a Javier del Cerro solamente porque represente una literatura nueva. Lo propongo porque su obra permite formular una pregunta que la literatura contemporánea necesita hacerse: después de haber aprendido a desconfiar de todas las certezas, ¿somos capaces de volver a buscar sentido sin volver a ser ingenuos?

Ese podría ser el desafío de la literatura chilena que viene.  



 




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