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MEDALLITO CLOWN

Carlos Henrickson

Vaya un texto de homenaje a los oficios en decadencia, centrado en la dura realidad del oficio circense. Este arte, una de las sobrevivencias más potentes de un arcaico hacer histriónico, representa como ninguna otra, la conciencia de una edad que se acaba, la del privilegio del gesto, de la máscara: la soberbia ilusión del maquillaje. En estos días, se prefiere la superficie fría de la pantalla a la vieja práctica del absurdo enmascaramiento, visto de frente.

 

A estas alturas los circos son un verdadero
cementerio, piensa melan-
cólico Medallito Clown. Hace años ya
que su vida es un desierto. Hasta su carpa
no se sostiene durante toda una función,
los enanos apenas pueden apuntalar
los baluartes, dando un patetismo
que no estaba pensado para el show. Lo dejaría todo
Medallito Clown, todo atrás, pero sólo de esto
sabe; atrofiadas sus manos y los lomos
en pos de más y más fuerza de los músculos
faciales, más patéticas muecas –le resta el don
eximio del maquillaje y el sobrevestir:
he ahí su vida.

                        Pastillas, pastillas
para aguantar las rendijas del traje
desteñido, pastillas para el hedor
de humedad de la peluca vieja, pastillas
para confiar en que alguien se reirá
con su vieja rutina de la vuelta
de carnero, después de la cual viene otra
vuelta de carnero, y otra, y una más.

Es mal tiempo para el circo: ya no se puede
tener fieras, a olvidarse de los amistosos
y sonrientes monos; los malabaristas
están sindicalizados y su capacidad
de negociación colectiva es sórdida-
mente perfecta: sólo cuenta Medallito
Clown con esta bulliciosa y desaseada
troupe de enanos. Ensayan todo el día
las viejas rutinas que nunca salen
como deben: el sketch del hidalgo y el
león, el desdentado que canta las coplas
de Manrique con el culo al aire, el obeso engullendo
desechos con la cabeza hundida en los platos
de cartón, aquél –el más pequeñito- con su trompeta
tronante; los demás, fingiéndose
ciegos por la ciudad a la limosna; todo
saliendo cada vez peor, haciéndose todos viejos, des-
gastados.

            Pastillas, pastillas porque
todo en el circo se gasta y pudre día
a día, porque la vida es una apuesta
que ve perdida e imposible, porque
ya sólo vagabundos llenan la galería
sin pagar, y una turba de neonazis
echa cada noche botellas a la pista, y los trabajadores
de las villas desprecian a los circenses,
y las gentes de calidad ya ni siquiera
se interesan, y su enana amada
ha quedado tendida con el cuello roto, ante
la imposible caricia - la imposible altura
de su ingle. Pastillas para que algún día
todo esto se acabe de una vez.

Paga mal ser payaso en estos días.
Los enanos bucean en las cloacas
para buscar animales muertos, y deben
echar bocado tras bocado de esa
podredumbre asada, este olor
a perros muertos y a plástico
quemado en el paladar. La gente
ha empezado a pedir demasiado
a Medallito Clown; y el imperio de un payaso
sólo puede ser, pobre, única
y exclusivamente, un circo.

Todo, todo tan mísero. Tan humillante.
Después de hacer el show
de vermouth, escupiendo y orinando sobre los palacios,
Medallito Clown va esta noche –obligado
por la más espantosa necesidad-, cabeza
gacha, a saciar la oscura pasión carnal
de los Príncipes, sus guardias, los cocheros,
los suches de las cocinas palaciegas.

 

 

 

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Medallito Clown.
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