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Mauricio Wacquez:

Opina sobre el "caso Padilla"




Respecto del poeta Heberto Padilla quedan bien pocas cosas que decir. Durante mucho años, intelectuales cubanos y extranjeros adhirieron indiscriminadamente al gobierno de Cuba con reglas de juego que este mismo gobierno estableció: apertura a Europa, Congreso Cultural de La Habana, libertad y respeto para críticos en la Revolución como Heberto Padilla, existencia de un órgano de difusión cultural como la Casa de las Américas. Todos los intelectuales, artistas y escritores respetaron estas reglas: los jurados, laureados e invitados que pasaron por Cuba se vieron envueltos en actividades propiciadas por una política cultural que tanto les convenía a ellos como a las autoridades de las cuales emanaba. Se vivía en el mejor de los mundos. Todos se entendían. Ahora resulta que el gobierno a cambiado inesperadamente las reglas y los que ayer fueron a partidarios ahora son una sarta de enemigos.

No puedo dejar de pensar que entre estos últimos me encuentro yo. Mi amistad con Padilla, Cortázar, Fuentes y Enzensberger me acusa de manera inequívoca; el hecho d e haber trabajado en Cuba me obliga a acogerme a la condición de "enemigo solapado con el disfraz de intelectual (que) viene a Cuba buscando información a nombre del enemigo"; el hecho de haber sido publicado y premiado en Cuba también me coloca entre "los pájaros de cuenta" con que Fidel Castro calificó a aquellos que premió y publicó el gobierno cubano. ¡Quién sabe si yo no era uno de los eslabones de la cadena de la CIA! Mi implicación en el asunto es clara y vergonzante. Ya es hora entonces de que para seguir siendo considerado como un revolucionario dialéctico (a nuevas reglas, nuevo juego), yo haga también mi autocrítica pública. Me reconozco culpable de admirar al poeta contrarrevolucionario Heberto Padilla y de ser su amigo; de haber creído en la política cultural -oscura y según parece contrarrevolucionaria- que propiciaba el gobierno de Cuba; de haber osado pensar que los intelectuales tenían algo que ver con el pueblo y de algún modo lo interpretaban; de haber en última instancia esperado que los intelectuales -la parte de la masa cuya única práctica es la expresión, cosa por lo demás peligrosísima cuando se la pretende controlar- formarán parte de la masa y no fueran un grupo de muñecos dislocados y torpes cuya "basura" a lo más debe ser recogida por las revistas literarias.

Todos somos culpables cuando el cinismo reemplaza a las razones políticas y a la verdad que, dicen, es siempre revolucionaria. Yo estoy apenado por esta culpa. Arrepentido. Encolerizado. Vivimos nuevamente en el mejor de los mundos.


 

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proyecto patrimonio; Opinión : Mauricio Wacquez y el caso Padilla.