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En memoria de mi madre, Ana María Flores Santander.


I

Mi nombre es Ruperto Flores y soy un abuelito que está a punto de morir. Tranquilos,  con el tiempo verán que la muerte no es cosa tan mala ni espantosa. Mi cuarto,  acondicionado para las necesidades de alguien en mi condición, posee lo esencial: una  cama amplia de dos plazas donde permanezco la mayor parte del tiempo; un velador  donde descansan mis anteojos, algunos utensilios clínicos y mis abundantes remedios; mi  silla de ruedas, en la cual me lo paso sentado la mayor parte del día; una cómoda o repisa  empotrada en una de las paredes, donde ya inútiles permanecen colgadas, como  personajes inanimados, mis viejas vestimentas; en las paredes, dos ventanas amplias para  que entre la luz —que es muy diáfana en invierno, aun por estas latitudes del sur del  mundo—, y una mesa rectangular, que va pegada a una de las paredes, donde se sitúan  otros enseres, libros y un televisor, en el cual aún puedo ver las últimas películas que mi  alma todavía soporta con cierto entusiasmo y con el auténtico humor, o mal humor, de  quien no puede ver más de lo que está frente suyo.  

Debo aclarar que, en los momentos en que no está mi enfermera, lo único que  tengo es mi cuarto y mi única entretención es ver la televisión, de modo que estoy  destinado —así ha sido en estos últimos meses de mi vida— a mirar todo el tiempo mi  habitación y reconfortarme con las historias y figuras que pasan ante mis ojos. Y sí, en  parte, es cierto que en aquella pantalla estoy destinado todos los días a mirar sólo  espectros, como si el mundo —que antaño en mis viajes pude ampliamente recorrer—  estuviera encerrado en aquella caja que, sin proponérselo, me permite transitar hacia otros  tiempos y lugares del dilatado cosmos. ¡Vaya invento que es la televisión, sin duda, una  cosa hecha para suplir las desventajas móviles de nosotros, los discapacitados e  inmovilizados, que aún en nuestras mentes, soñamos con viajar y viajamos a través de  ella! Debo decir, aunque no lo crean, que a pesar de tanta estupidez y farándula, hay por  ahí mucha “cosa” digna de ver —para nosotros, los desahuciados— en ese artefacto que  llaman televisión. Pero la televisión, mis queridos lectores, es cosa más bien secundaria y  de apariencias. 

Porque más interesantes que la televisión son, sin duda, las ventanas de mi cuarto,  una de las cuales está orientada hacia el poniente y por la cual puedo ver, entre los árboles,  los últimos atardeceres de mi fugaz existencia. Sí, aquí debo detenerme, si lo que quiero  es transportar mis visiones a tu mente, pequeño lector. Pues bien, he solicitado a Nancy —mi enfermera y escriba—, que todas las mañanas y tardes me siente en mi silla de ruedas,  me ponga frente a la ventana y me deje apreciar —esa es la palabra precisa—, la hermosa  vista del bosque y el portento —esa es la palabra más justa—, de la inefable luz.
  
Y ahí me la he pasado, todas las mañanas y todas las tardes de mi última vida,  mirando por la ventana, escuchando en silencio el sonido del viento que mece las copas  de los árboles; esperando, con auténtica calma y devoción, el maravilloso canto de los  pájaros: el graznido de los abundantes aguiluchos; el claro canto de los queltehues en las  mañanas, que predice la lluvia y además me recuerda “la parcela”, donde antaño yo vivía;  y, algunas veces, el misterioso e inigualable canto del chucao. No saben ustedes, mis amables lectores, la felicidad que me embarga al escuchar a estos pájaros del sur del  mundo. Tal es la felicidad que siento, que incluso alcanzo a esbozar una sonrisa (debo  aclarar que mi rostro apenas se mueve), y puedo quedarme horas deleitándome con el  canto de estos pájaros, que embargan de plenitud mi vida y mis últimos momentos. Si no  fuera por esta ventana y por estos pájaros, mi padecimiento sería completamente oscuro  y seguramente ya me habría echado a morir por la depresión. No estoy exagerando, pues  muchos de ustedes sabrán que es muy posible morir de pena. Pero como podrán ver, mis  lectores, no dicto lo que leen para quejarme, sino para dar cuenta de lo que mis ojos miran  y de lo que mi triste cuerpo recibe con tanta admiración y júbilo, aunque todo ello no  pueda nada más que manifestarlo con las palabras que deletrea mi fiel enfermera, Nancy.  El asunto es que me podría pasar horas contándoles lo que ven mis ojos a través de esta  ventana, aunque ciertamente lo que veo no es mucho, pues siempre es el mismo cuadro,  pero si se detienen a observar con más detenimiento, se darán cuenta pronto que la  cuestión no es tan así y que el cuadro nunca es el mismo, pues la luz nunca es la misma y  el viento no siempre sopla en la misma dirección y con la misma fuerza; y las figuras que  se forman con el movimiento de los árboles tampoco son siempre las mismas; y que las  sombras, al parecer siniestras, dibujan extraños seres que habitan en mi visión, y aunque  a veces estas figuras me desconciertan, por extrañas o deformes, finalmente sus  apariencias no son en modo alguno malignas, sino confortables e incluso amigas. De modo  que veo el bosque y puedo sentir la frescura del aire, como un Adán descubriendo el  infinito mundo por vez primera.  

Y de pronto sucede lo inverosímil: resulta que de tanto mirar, mi cuerpo se levanta  y atraviesa el cristal de la ventana, sí, como un fantasma, y me hundo en el bosque, con  mis pies descalzos y con mis piernas que ahora andan y caminan con fuerza, sintiendo  todas las texturas de la tierra y la humedad insondable y fresca de las hojas de este bosque  que siento es el lugar donde habita mi esencia; y toco con mis manos las diferentes  superficies de cortezas y plantas, y siento los diversos volúmenes y suavidades de los  musgos, líquenes y hongos que proliferan en lo más profundo de este secreto y pequeño  mundo que es el bosque que tengo por jardín. Y si no es el bosque lo que siento con mis  viejas manos (pero nuevas), es entonces la luz, sí, la luz que en las tardes se torna de  múltiples colores y entonces yo siento —sí, mi desocupado lector— que mi maltratado  cuerpo se rejuvenece y se eleva, sin peso ya y sin dolor alguno, y que con el viento  asciende sobre los árboles y se deja llevar hasta el mismo atardecer que mis manos tocan  y modifican, como si de una acuarela viva se tratara. Entonces, es que me siento grácil y  sutil, pero fuerte como un ángel de otro mundo (¡que no es otro y ni siquiera es un  mundo!), y aunque estoy solo, puedo pintar con mis manos el cuadro del mundo y  devolverlo a la vista de los humanos ojos, para que ellos, ya sin necesidad de mi corporal  presencia, puedan ver todo lo que he visto y todo lo que pinto; porque el bosque ahora se  mueve con el soplo de mi paso por el aire y las luces del atardecer se encienden cuando  más abro mis ojos; y los rojos fulguran y los lilas destellan y los verdes relumbran y los  azules silenciosos en el firmamento se electrifican; y el sol: ¡oh el sol, desaparece  lentamente todas las tardes y se hunde tras árboles, buscando el mar, hundiéndose en el  mar!, el mar que mis ojos sólo pueden soñar, porque debo aclarar, que mis fuerzas no me  permiten deslizarme muy lejos, pero aun así eso no me apena y al contrario con el mar  sueño y sé que este sol, que mis ojos divisan detrás de los árboles, también se llevan la  memoria de mis ojos y en el mar ellos se hunden con la última luz y con la última mirada  de todo cuanto existe. Sí, todo esto veo a través de la ventana de mi cuarto y con ello,  podrán saber mis lectores, que la vida al fin no es tan oscura ni dolorosa.


II 

Como ya he dicho, mi nombre es Ruperto Flores y soy un viejito a punto de morir. Y  aunque este no es el relato de mis dolencias o pesares, sino de mis verdades más profundas,  debo señalar que con el tiempo —esa palabra—, he aprendido a estar solo, pues acaso, es eso  finalmente la muerte: aprender a estar solo. El asunto es que estando a solas —he pedido a  Nancy que me deje estar a solas— he visto “cosas”. Particularmente, debo contarles que he  visto a un hombre durmiendo sobre el armario que está al frente de mi cama y aunque la  primera vez la visión me perturbó y quedé petrificado por el miedo (hay que recordar que  mi condición ya me tiene inmovilizado, por lo cual no es raro que nadie haya notado mi  reacción), luego, con el pasar del tiempo —pues la visión volvió a repetirse—, terminó por  volverse natural y del miedo pasé a la resignación (de tener que ver constantemente al  hombre durmiendo sobre el armario), y de la resignación a la imperiosa curiosidad. He  ahí que en una ocasión me percaté de que el hombre, completamente vestido de negro y  con sombrero, no dormía, sino que simplemente estaba ahí, observándome y no con mala  intención —me dije después, con el tiempo—, y entonces, su presencia no me pareció tan  mala, sino por el contrario confortable. Claro, yo lo miraba y trataba de saber quién era,  pero el hombre no era nadie o al menos no era alguien conocido. El asunto es que de tanto  mirarnos —pues el hombre lo que hacía era sólo mirarme—, nos acostumbramos uno al otro  y hasta se podría decir que me sonreía y que acaso nos agradábamos. Dirán, sin duda, que  estoy chiflado, pero eso, a estas alturas, da igual. El asunto se puso más retorcido, pues  cuando el hombre desaparecía, yo lo buscaba con mi vista y hasta lo extrañaba. De hecho,  cuando el hombre de negro no estaba, yo me ponía de mal genio. Pero, para suerte mía,  no pasaba mucho tiempo, hasta que el hombre de negro muy naturalmente aparecía otra  vez tendido en lo alto de mi armario. Diríase incluso que el hombre cumplía como un  trabajo o deber al estar ahí y que para hacer más llevadera su labor se pasaba las horas como contándose cuentos a sí mismo y a veces haciendo gestos y muecas con su rostro,  siempre difuso, para divertirme de alguna manera. Y de hecho me divertía. Dirán, claro,  que siendo un enfermo terminal, estoy loco y sufro de alucinaciones, pero me atrevo a  decirles, con mucha franqueza, que eso no es así y que si lo estuviera no tendría la calma  para dictar lo que ustedes ahora mismo están leyendo. Resulta que mi visitante terminó  siendo un amigo y aunque yo trataba de recordar si efectivamente en el pasado había  conocido a alguien con su porte y apariencia, no había sido así. De modo que dejé al  hombre negro habitar en mi habitación y tenderse por horas en lo alto de mi armario. A  veces el hombre parecía dormir, otras veces me miraba e incluso sería lícito decir que me  cuidaba o aguardaba o esperaba algo.

 

  
III 

Pasó el tiempo y mi salud se fue deteriorando. Y así, una tarde de marzo se aproximó la  noche, pero no estuve a solas. Sentí que las manos de quienes estaban conmigo me  apoyaban, pero sus siluetas lentamente iban desapareciendo. Sentí sus sollozos que al final  me parecieron música, pero de pronto tuve que alejarme de todo ello. Las paredes del  cuarto desaparecían y el bosque respiraba con todas sus hojas, plantas, insectos y pájaros:  todo estaba profundamente vivo y todo resplandecía, los colores, el viento, las estrellas y  los inescrutables sonidos del bosque. Aun sentía las manos de quienes todavía me  sostenían, hasta que de pronto dejé de sentirlas: el bosque fulguraba y yo estaba solo,  desnudo, deslizándome hacia lo más oscuro de la floresta. En el bosque un arroyo  comenzó a sonar como una música, con notas cada vez más cristalinas y delicadas: era un  manantial que sonaba desde lo más hondo del lluvioso bosque y luego vi un puente  transparente que aparecía sobre al arroyo cuyas aguas producían una música maravillosa.  Apenas puse pie en el puente, se escuchó un pájaro a lo lejos cantar. Al final del otro lado  del puente, el pájaro, que era de un intenso color azul, fue apareciendo más nítidamente,  mientras cantaba de una forma indescriptible del todo: era un canto hermoso, suave,  pausado y melódico; y mientras más cantaba el pájaro azul más se acercaba, o bien, era yo  quien avanzaba hacia él, mientras iba cruzando el puente. Seguí caminando, lentamente  atravesando el puente, hasta que el pájaro y su canto, inundaron de azul todo el espacio  circundante e incluso mi propio cuerpo, que ahora también formaba parte de aquel  misterioso pájaro azulado. Entonces, finalmente, me confundí con el pájaro azul, al otro  lado del puente; y así fui también el pájaro y fui también su canto azulado. Luego mi  conciencia de pájaro se fue apagando lentamente, hasta que todo fue silencio.


IV 

Pasó un tiempo considerable y después me hallé solo en el vacío, sí, en el absoluto y oscuro  vacío, pero este no era para nada un vacío angustiante. Ahí estaba yo, un tal Ruperto Flores —aún podía recordar mi nombre—, meditando tranquilamente en la nada y en la  más completa soledad, hasta que el vacío, en el cual de alguna forma yo estaba sentado,  como esperando a alguien o que pasara algo, me pareció que era como una línea recta que  atravesaba el universo. Y luego, para total sorpresa mía, alguien apareció: ¡era mi gata  Nevy! ¡Sí, señores, ahí estaba mi gata Nevy! Me puse de pie y nos miramos y muy pronto  ella me habló; ¡sí, me habló con total naturalidad!: “¿Qué tal, don Ruperto? ¡Qué gusto  volver a verle!”, me dijo. ¡Yo no lo podía creer! Y entonces empezó a maullar, a frotarse  en mis piernas y a dar vueltas alrededor de mí. ¡Que felicidad, madre mía, los dos  estábamos juntos otra vez, después de tanto tiempo! Así fue como, acto seguido, la gata  Nevy se puso a caminar por la línea recta que atravesaba el universo, pero no sin antes  sugerirme, con un maullido enternecedor y con su elocuente rostro, que la siguiera. Así  yo, que me sentía bastante rejuvenecido, me fui caminado detrás de mi gata, mientras ella  maullaba y yo de pronto me vi que iba silbando y cantando una canción que, aunque  improvisada, me salía del alma (o lo que fuera), con total naturalidad. Caminamos mucho  tiempo juntos, mi gata adelante y yo siguiéndola, al paso, sin cansarnos, hasta que  desaparecimos al final de la línea recta que atravesaba el universo.  

 

 

Pasó nuevamente mucho tiempo. En realidad, no puedo precisar cuánto tiempo  pasó. No recuerdo todo lo que viví, pero sé que hay cosas que nunca se me borrarán de la  memoria: aquel cuarto de aquella casa en medio del bosque; la luz de cada mañana y de  los atardeceres entrando por la ventana; un puente sobre un arroyo que emitía una música  de otro mundo y, al otro lado del puente, un pájaro azul que cantando, con su bello canto  me absorbía; una gata blanca que me condujo por una línea recta que atravesaba el  universo; también la silueta de un hombre negro, con su rostro difuso, pero amigable; mis  hijos y mis nietos; una enfermera −de cuyo nombre no puedo acordarme− que escribía  todo lo que yo le dictaba; y otras cosas más del pasado.


V 

Recuerdo después un lugar sin tiempo ni materia, un vacío incomprensible, un espacio  inconmensurable, tibio y blanquecino, un lugar al fondo del tiempo y la memoria. En  aquel lugar —recuerdo— sólo puedo escuchar el silencio y, muy tenuemente, un tambor a  lo lejos, que va y viene, en ondulantes mareas, como si alguien con sus pasos se acercara.  Luego escucho voces, ruidos extraños: algo en mí comienza a agitarse. 

 

 

Una pequeña esfera brilla en la oscuridad, un débil destello casi imperceptible, un  punto equidistante en el infinito, allá, a lo lejos. Un viento suave sopla, un viento que con  sus cadencias me va despertando, lentamente, como si fuera un canto. Parece que he  dormido mucho tiempo y no sé dónde estoy, no recuerdo de dónde vine, no era yo hasta  que me vi en este lugar, desde entonces aquí he permanecido. ¡Ah, los misterios del  tiempo y el espacio! ¡Si yo pudiera resolverlos! ¿Pero quién soy yo para poder hacerlo? ¿Soy, acaso? 

De repente —recuerdo— el vacío comienza a agitarse, corrientes de aire tibio me  mueven, me llevan hacia algún lugar: ¿hacia dónde me llevan? Me deslizo lentamente,  estoy siendo atraído hacia aquella distante esfera, es una fuerza extraña que proviene  desde ella: ¡una fuerza irresistible!, ¿de dónde proviene aquella fuerza? Quiero ir hacia  ella, pero algo todavía me retiene. Todavía no es tiempo, me digo y sigo esperando. Pero  hay vientos que soplan desde aquella esfera, vientos fuertes y cálidos que me levantan y  luego me dejan caer. El flujo se hace inevitable y me dejo ir por la marea. Voy avanzando  hacia la esfera, pero no siento que me mueva. Es como si permaneciera en la quietud del  vacío, pero al mismo tiempo, es como si la esfera viniera hacia mí, no sé, esa extraña esfera: ¡es blanca, amarilla, neblinosa; puedo verla, está lejos, pero se acerca, cada vez más! ¡No puedo resistir la atracción: me lleva, me da vértigo, me succiona, me absorbe, me tira! 

Al fin una extraña fuerza me aprieta la cabeza, me toma bruscamente y me saca:  ¡sí, me saca! Entonces veo que todo es luz nuevamente: veo una mano blanca, una mano  grande y fuerte. Después escucho un llanto: ¡es mi propio llanto!; y luego, en mi boca, por  primera vez, pero de nuevo: ¡la dulce leche de mi madre!

 

 

 

Cuento incluído en "A cielo abierto. Travesías literarias isleñas"
Provinciano Editores, octubre 2021
Edición general de Óscar Petrel

 

 

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Y así una tarde de marzo se aproximó la noche.
Por Pedro Aldunate Flores.
Cuento incluído en "A cielo abierto. Travesías literarias isleñas"
Provinciano Editores, octubre 2021.
Edición general de Óscar Petrel.