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Una geografía nómade del poema

"Mapa de Quirilluca", de Pavella Coppola. Santiago de Chile: MAGO Editores, 2023.

Por Nicolás López-Pérez
Publicado en Revista Metaliteratura, Argentina, 2025

 

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Tuve la suerte de conocer a Pavella Coppola, si mal no recuerdo, el 2017, gracias al poeta Sergio Ojeda Barías, cuando yo frecuentaba la casa de ambos en Ñuñoa. Ella organizaba un taller de narrativa llamado Tarde de Papel, tenía un buen grupo de participantes casi en su mayoría adultos. Sergio y yo, conversábamos sobre poesía, aislados del mundo como si estuviésemos en alguna de las lunas de Saturno; y, solo al final de los ritos de lectura y meditación, salíamos al exterior. 

Por aquel entonces, Pavella ya tenía un boceto de lo que sería  Mapa de Quirilluca;  recuerdo haber publicado dos poemas inéditos y que luego integrarían el libro, en el blog  la comparecencia infinita. Me refiero a “No venga la sangre silenciosa” y a “No será el mar una locura”, ambos integrantes de la segunda parte del libro “Hay una casa pegada al tiempo”. De hecho, los leyó en un “Cabaret poético” que organizamos en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), junto a Sergio y que tuvo también entre los participantes al poeta Carlos Cociña y al músico Alessio Arena. Del resto de la poesía de Pavella, había más en el excelente repositorio  Proyecto Patrimonio  que desde hace décadas regenta Luis Martínez Solorza. Allí había tres poemas: “El peso de la memoria”, “Santiago en cámara rápida” y “Las putas del Caleuche”. Los dos primeros tienen una fuerza particular, una migración de las palabras que a medida que habita el poema, lo abandona.

El rastro de la poesía de Coppola se retrotrae, al menos en calidad de libros, a 2001, año en que publicó  La buscadora (Mosquito Comunicaciones). En esa edición, se lee al lado del logo de la editorial, la frase “una estocada sorpresiva”, ¿será una colección en la que el volumen se enmarcó?  Mapa de Quirilluca es un poemario breve, pero intenso; de tejidos cuidadosos y palabras que se cauterizan en un paisaje imaginado, onírico y de vidas posibles.

Quirilluca existe, es una playa que se abre paso entre acantilados. Se encuentra en la región de Valparaíso, cuyo litoral es bastante extenso y acopia lugares como el llamado “litoral de los poetas”, las playas de Viña del Mar y alrededores, la “zona de sacrificio” en Quintero-Puchuncaví y las playas pitucas en el límite norte. La geografía de Quirilluca es indómita y, en el poemario, es un telón de fondo donde se retroproyectan los hechos que esa tierra y mar han visto pasar. Si las piedras, si las olas hablaran un lenguaje que pudiésemos entender a simple vista, cientos de investigaciones se habrían resuelto sin más. Ese no es el punto, sino la maestría en traducir lenguajes que son externos para decirnos algo sobre el tiempo pasado y el tiempo futuro. La Quirilluca de Pavella es en la poesía, como decía Ángela Parga León, in medias natura.

Aunque algo del pasado que vuelve siempre en el Chile actual: “hubo patria (…) hubo banderas y una tristeza situada (…) no habrá retorno cuando el viento diseñe tu signo en el pez inquieto / menos un navío para brazos dilatados” (p. 10). Pavella desencripta ese lenguaje de la naturaleza, ¿cuántos cuerpos han sido arrojados al mar y que no se han encontrado? Ya Patricio Guzmán en su notable documental  El botón de nácar (2015) destaca los “vuelos de la muerte”, en especial, el caso de Marta Ugarte que fue ahorcada con un alambre antes de ser arrojada al mar. Cerca de Quirilluca estaba el Campamento de prisioneros de Melinka Puchuncaví. Si bien muchos de los agentes de la dictadura de Augusto Pinochet han sido procesados y condenados, la justicia ha tardado y ha sido necesario una minuciosa reconstrucción de los hechos para acreditar la participación criminal de cada uno. Después de cada atrocidad, el entorno estaba mirando: el desierto que aún custodia los cadáveres, el océano Pacífico que todavía es tumba de perseguidos políticos. Escribe Pavella: “No soy quien escribe. Me lanzan signos: (…) Me lanzan marejadas. / Crustáceos miran este muñón desesperado” (p. 9). La separación entre hablante lírico y el sujeto-poeta es algo que Pavella explicita en su verso, la búsqueda de los desaparecidos no termina: el problema es que en el mar es algo difícil. Esa es tierra indómita para el ser humano que no resiste la presión y que necesita branquias para no sentir la falta del oxígeno del aire.

“Desde la niebla”, la primera parte del libro, además de hablarnos en fragmentos de una película en blanco y negro que las imágenes conjeturan. El escenario es Quirilluca, hay niebla, el paisaje se entrevé a medida que el sujeto se sumerge en él, pero es también un gran sueño: la poeta se aproxima a la vida misma a partir de la metáfora del arte, acaso ¿es el poema una de las formas más sublimes que están próximas a “lo humano” y que nos redime? La poética de Pavella es un ovillo de memoria, donde el lector no sale trasquilado, sino que transita  piano piano por los mapas desdibujados que ofrece la poesía. Tenemos geografías como, obviamente, Quirilluca, pero también está Gallico, una localidad en la Italia austral, entre Villa San Giovanni y Reggio Calabria, de frente a la (gran) isla de Sicilia. El mar es una constante entre ambos puntos, pero no se pueden hacer mapas exactos del fondo del mar: lo que queda es una historia de migración familiar. Pavella es descendiente de emigrantes italianos y de emigrantes sefardís españoles y su poética refleja un desarraigo y no solo en clave del viaje: las palabras también se van una vez que son enunciadas.

Tener el arte es, justamente, como decía Pavella en su  Boceto del desborde (2006), “saber que su materialidad habla, canta, formatea el accidente que somos”. Y si se trata de accidente no necesariamente quiere decir lo que hoy entendemos comúnmente por accidente, sino el accidente es que los seres humanos pueden estar o no en el arte; su condición de posibilidad es la pasión que se plasma en el lenguaje y luego, en la hoja en blanco. “Y siempre hubo un mapa / una caligrafía ordenando el corazón / este viento / este mar” (p. 15). Siempre hubo un mapa: siempre hubo un plan de los dioses que hablan mientras alguien quiere descansar en el umbral de la muerte. La constante de los poemas de la primera parte es precisamente eso, una zona liminar que se acerca a la inmanencia: ahí está el temblor mismo del lenguaje, lo que desborda y fractura toda geografía probable.

“Hay una casa pegada al tiempo” nos invita a abrir el habitar y el deshabitar poéticamente en el mundo, a partir del sonido del mar. Escribe Pavella: “La casa huyó. Yo hui en ella” (p. 21). Parte del primer poema, cuya cadencia y ritmo es la voz de la poesía y el conjurar esas ausencias del pasado como fotogramas que entrañan un pensamiento, lo paladean y lo abandonan: el resto de la tarea queda para la casa, o sea, para el lector. Pavella decía en una entrevista concedida a Iñaki Tarres y publicada en marzo de 2024 en la revista Desbandada que “la poesía no es un producto acabado para ser comprendido  a la primera” (cursivas mías).

Lo último es clave. En primer lugar, la poesía no es ni un producto ni está terminada. Pier Paolo Pasolini decía que la poesía es una mercancía que no es susceptible de consumo. Eso sí, puede que la incompletitud y la “inconsumibilidad” presenten más de un problema. Huelga decir, que un poema podría bastarse a sí mismo con la información contenida en su interior, pero la misma condición de la poesía  in medias res hace que el lenguaje no termine ahí; sino se abra como un abanico en la mente del lector. Es obvio que una vez publicado o leído en su “unidad” encuentra término, pero la incompletitud es precisamente eso, reservar todo para un proyecto ulterior, mucho más ambicioso que el poema en cuanto unidad. La incapacidad de consumirlo viene porque no se agota en una sola lectura (a los escépticos: vuelvan a leer el mismo poema en diversos momentos de la vida). Ahora bien, que no pueda ser comprendido “a la primera”, es una de las grandes dificultades de la poesía contemporánea, especialmente, la que emplea fundamentalmente el verso libre y que, además, puede incluir procedimientos de escritura que responden a la forma o a los materiales empleados. La poesía contemporánea, entonces, tiene estratos que dificultan una lectura a secas que incluya palabras conducentes a generar un significado denotativo y que tenga sentido en su totalidad. No es que, por otro lado, busque un significado connotativo, sino que la misma trayectoria puede sugerir un significado o un mensaje adicional. Hay que preguntarnos si es que es menester entender todo o por qué exigirle significado a la poesía, ¿no podría solo conducirnos a un lugar y ya? ¿Qué hace un lector delante a una avalancha semántica y lingüística? Quizás Pavella le pediría al lector que desborde ante el desborde del texto, puede que así la poesía (leída) sea una experiencia y la lectura de ella sea completamente diferente de la que se puede dar a una novela, a un aviso publicitario, al diario o a los posts de redes sociales.

La poesía de Pavella se intercepta, de alguna manera, con la poética de Raúl Zurita y de Pablo Neruda, respecto a los escenarios en que transcurre y a cómo se sostiene en el lenguaje mismo: no necesita de soportes externos, esta es poesía autárquica. A fin de cuentas, teje un espacio telúrico, donde la misma naturaleza emerge y se apodera del hablante lírico: “La albacora me enfrenta entre desperdicios / la vía láctea desgarra / pero tú y yo sumergidos” (p. 26).

El tremendismo sigue en la línea de la emocionante elegía “Tú y yo seremos más tristes que este segundo” y vuelve el escenario de Quirilluca bien delineado como un retorno a un pasado irreversible: “Merecida recorres esta niebla. Los pinos más allá de / Quirilluca. / El mar, la sangre. / Él / Todo habría sido distinto. Pero, llegó el desastre” (pp. 28-29). Esto último es la curvatura final de una vida, algo que haya arrasado con la cotidianeidad y luego se haya enfrentado la muerte o la migración del mismo sitio; no nos olvidemos que en Chile después del 11 de septiembre de 1973 fueron miles los exiliados. Entre ellos estaba Pavella y su familia, pero ¿cómo habría sido la “ucronía del hogar” de la madre? Si el hablante lírico y el sujeto-poeta se separan hasta cierto punto, se encuentran, tarde o temprano, en el horizonte.

En definitiva, ¿cómo leer este libro? Acaso, ¿como si fueran las huellas en un mapa que cambia de fronteras todo el tiempo? Cabe tener presente que las fronteras son un tema bastante actual: el discurso de los candidatos presidenciales en Chile y el control de la migración; el histórico problema de Israel con la autodeterminación palestina; los límites cercados por muros. Quirilluca hoy está bajo amenaza: el nivel de erosión de la misma playa que aumenta la presencia del mar y reduce la porción de tierra. Quirilluca es el gran pulmón verde de su sector. Actualmente, el megaproyecto inmobiliario Maratué que busca construir más de diez mil viviendas en un plazo de 45 años en un terreno en parte santuario natural y en parte contaminado con arsénico. El libro de Pavella Coppola es un libro que imagina la vida cuando fue posible e interrumpida; que construye los escombros de algo que ya fue; que se echa al hombro la memoria familiar de Quirilluca; y que nos da otra estocada sorpresiva cuando transitamos al olvido.

 

 

 

 

Poemas de Mapa de Quirilluca
En Revista Altazor

 

 

Desde la niebla, Quirilluca

. . . . . . . . . . —Vamos! Extrema el  grito,  atraviesa  la nube. Es el pescador. 

Ahí, una manzana  confunde el viaje,
ahí el viento otra vez impide
y Quirilluca no detiene el cielo. 

. . . . . . . . . .—Vamos,  aúlla el pescador.
Pero, el abismo desciende  en el mar último.
Pero, no responde  el eco  la superación de lo terrestre.
Acuosa la plenitud del hombre rodea el cuello de la mujer:
levanta el dedo índice encima de su  frente,
revisa la pestaña inquieta , acomoda el seno dormido para cantar la victoria del oleaje. 

. . . . . —No soy quien escribo: me lanzan signos:
. . . . . me surge el ojo del barco en medio de la ira clandestina.
. . . . . —No escribo: me lanzan marejadas :   crustáceos me retuercen,
. . . . . revisan este muñón desesperado  en medio de la ira derrotada. 

Hubo cuerpos  entrelazados, ojos, hiedra, tierra, espuma en el silencio.
Hubo tarde agitada, hubo patria, cercana, nupcial.
Hubo banderas y una tristeza situada.

. . . . . —Vamos, persiste el hombre en el mar.
. . . . . —Vamos, ruega su boca. 

No habrá retorno cuando  el roquerío esculpa su puerta en el párpado del acantilado
y duerma el pescador en su orilla.
No habrá retorno cuando el trazo albergue  aromos detenidos
y el tiempo recuerde tu mesa.
No habrá retorno cuando el viento diseñe tu signo en el pez inquieto,
menos un navío para  brazos dilatados. 

Se confundirá el anhelo con la saliva en tu hora
cuando la arena sea niebla
cuando  se aquiete el sol  eterno.
Se confundirá la premura de la red  con mi  mano temblorosa
cuando la piedra inicial recoja mi  paisaje
cuando el tiempo  lance el corazón sobre la roca.
Incolora el agua en su navío. Quirilluca, la boca en este  mapa.

 


La leña empobrecida 

Entre esta mujer y la otra mujer
la húmeda  leña empobrecida es apenas una cosa cotidiana
apenas la posible lengua que las toca
mientras
fisgonean la línea del zorzal  en el  vuelo certero del  machete:
. . . . . De allá para acá,
. . . . . los niños tuyos , los míos,
. . . . . la boca  suya , el árbol dormido,
. . . . . la mano inquieta, un mísero tarro con hojas de eucalipto.
Verdugas del fuego que vendrá. 

Sus lenguas ya atardecieron  en el lucero agazapado
arrancando la última madera de este extraño paraíso. 

La médula  conífera resbala
y el amanecer de mocos también resbala  en la boca áspera del niño
y dos grandes bolas  de resina
revientan   lejos del mar. 

La leña no romperá el frío ni secará la desidia del chisme,
apenas resolverá la urgencia del tarro encima del apretado fogón,
menos quemará el asco,
ni el zorzal con su filo doloroso verificará la sombra del territorio herido.
Estas  leñas muerden la secuencia del huracán urgente. 

El ámbar se pega a la tierra del fuego prometido
y las chismosas- aún allí- moldean  la bola,
aún  no  escuchan la queja transparente.
La lengua de esta leña cortará el frío y  la línea última del cerro.
Diagonal el humo cruzará sus ombligos
para que ellas observen tristes,
juntarán resina en  tarros oxidados,
depondrán  sociologías para mañana
y  dará ganas  de abofetear el asco, la muerte,
mientras la tiña  suceda en la córnea crepuscular. 

Descenderá la médula conífera
para ser un golpe más en el amanecer de mocos y frío
encima de esta  arquitectura primitiva
cuando esta  extravagancia  palpe apenas  la actitud simple del ámbar
y la pobreza sea  más que tu nombre. 

Húmeda la leña empobrecida resguardará
el vuelo cotidiano en la línea filosa del zorzal.

 


No venga la sangre  silenciosa 

esta hora apenas  ha sido en esta casa
no hay hábito, murmullo  bajo el damasco
no venga el vacío antes de la puerta
la mancha en el cemento dormido  antes del roce.
No venga el vacío encima de la lengua
no apresure el verde grito
no regrese  esa misma gota
no levante mi párpado, yo ya me he ido.
No venga la sangre por detrás y añada rojo al último silencio.
Fijará  una dirección peculiar la madrugada para cerros, destinos.
Todo será tibio, una mano dormida  en la tierra del patio
la piel indecente en el inicio de la ventana
la diagonal del huracán en tu pie descalzo
cuando ignoremos la puerta cerrada.
No venga  otra vez más sangre, mira:
el techo plano sin pájaros,
el sol acostado encima del odio,
la directriz inacabada del relámpago,
mi mano en nuestro naranjo.
No venga la sangre silenciosa a  fingir el umbral destartalado,
la olla infinita, el resguardo del buscador encima del tronco.
La casa huyó.  Yo huí en ella.
Echamos al agua un puñado de arena
y dejamos el viento.

 


Los mapas cantan la noche 

La cicuta
la selva
el grillo
la niebla
nada gira como la amapola lanzada a la sangre, mapa arrugado. 

En medio  de las sombras
las bocas murmuran
cercando la lujuria  de los  caídos. 

Nada de sangre en el camino  bestial de hombres entumidos,
ni de madres antiguas. 

En las mareas dormidas  los pájaros no llegan,
ni los barcos  destruidos disipan espumas con nombres extranjeros. 

Los mapas hundieron la diagonal,
cantaron sonatas la noche,
conspiraron el amor en el vientre del tronco brumoso,
circundaron el vestigio inacabado de la penumbra para amordazar. 

Bestias simularon  quijadas cuando el miedo  disipó la estrella en el nido.
Bestias abrieron el corazón volcánico, enredaron todas  las nubes en  sus manos.
Bestias revisaron el  mapa, cercaron el mar.
Bestias encima del cerro, el primer día, el primer camino. 

Y siempre hubo un  mapa,
una caligrafía ordenando el corazón,
este viento,  este mar. 

Será la niebla humana, la calle, el beso enrabiado en el mapa secreto.
Será súbita  la sublevación en el humo de  jóvenes,
será jocoso el pelo con su viento  y la coordenada de venus, será.
Será un brillo en el pasto,
la casa estrecha o amplia o el gato malhumorado,
allá
el signo que esperamos. 

Bestias vinieron en  medio del tiempo. Aún revisan la ternura nocturna.
El mapa,
su  arruga,
el corazón,
en medio de la fuga.
No hay  norte, ni estrechez. 

Ay, de los guerreros. 

Un mapa arrugado en el mar vaticina el beso.
Un mapa arrugado vaticina la sangre. 

Será la traición del corazón herido, el tiempo asustado,
la memoria equívoca fustigando la intemperie. 

Será otra traición mil veces para arrancar el corazón del mapa con  su diagonal y venus  allá arriba.
Será el camino de los hombres,
los vientres redondos,
las lágrimas,
mil años terrestres, el fósil sideral,
la circunferencia anunciada rozando apenas
un simple golpe en la puerta de una vida cualquiera. 

Acá la nieve en el dedo despierta el rasgo anticipado, pero Gallico retorna.
Y otro papel.
Y otra naranja.
Un cerro, un olivo.
Mi hermano musitó algo mientras  las estrellas abrían fuego.
Las bestias lo abrazaron.
Plétora la distancia de las gaviotas  husmea el mapa. 

No se duerme esta tarde, dijo el arriero.
No se fornica esta mañana, dijo el hombre.
No se descansa en el umbral de la muerte, hablan  los dioses.

 


Fotografía  II 

Entre la red y el ojo vencido de la albacora
la ley  heliocéntrica  del hambre. 

La misión acuosa  de la mesa se prepara, pero la roca conversa inquieta. 

Azul la mar detesta el apodo de los cobardes
azul también la nube allá encima
azul la letra del musgo pegado en el nombre
todo azul
en el destino secuencial,
todo inmóvil en el sonido irrefutable del sol resbalando húmedo encima  del tiempo. 

La  roca presagia el viento  norte,
el astro silente regresa  desde  la tempestad. 

Aquí comienza  la miseria.

 

 

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