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Durante la presentación de "James Joyce y la poética de lalengua en Ulises":
Lucas Margarit, el autor Paolo de Lima y Elizabeth Barral



La recepción argentina de Ulises:
un homenaje a sus traductores, críticos y lectores
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Paolo de Lima

 

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Hablar de Ulises en Buenos Aires tiene un sentido particular. No únicamente porque esta ciudad ha sido una de las grandes capitales literarias del mundo hispánico, sino porque en ella se ha desarrollado una de las tradiciones más persistentes y creativas de lectura de la obra del escritor irlandés James Joyce. La historia de esa recepción no es lineal ni uniforme: está hecha de traducciones audaces, de editores visionarios, de escritores que leyeron a Joyce como un contemporáneo y de críticos que regresaron una y otra vez a la complejidad de su obra. De ese entramado no surge exactamente una escuela; lo que aparece es una conversación prolongada que atraviesa décadas, generaciones y disciplinas. Presentar aquí un libro sobre Ulises posee por ello un significado especial: esta ciudad ha sido una gran capital literaria de nuestra lengua y, al mismo tiempo, un espacio donde la obra joyceana se ha leído con una intensidad y una libertad admirables. Desde ediciones pioneras hasta ensayos contemporáneos, la recepción argentina de Joyce revela una conversación ininterrumpida entre el texto y sus lectores, traductores y críticos.

Uno de los primeros lectores de Ulises en el mundo hispánico —y el primero en América Latina en escribir públicamente sobre la novela— fue Jorge Luis Borges. En enero de 1925 publicó en la revista de vanguardia Proa un ensayo dedicado a la obra de James Joyce, cuando la novela circulaba todavía como una rareza moderna de difícil acceso. Borges comprendió muy pronto que Ulises no era simplemente una obra excéntrica o hermética, sino un acontecimiento literario destinado a transformar la narrativa contemporánea. Ese temprano interés por la novela de Joyce no fue, sin embargo, un fenómeno aislado en el mundo hispánico. El 15 de agosto de 1925, el joven intelectual peruano Aurelio Miró Quesada Sosa publicó en el diario El Comercio, de Lima, un artículo dedicado también a Ulises. Allí señalaba que críticos europeos como Valery Larbaud y Antonio Marichalar se habían ocupado recientemente de la obra de Joyce con “admiración y entusiasmo”, en revistas de alto prestigio como la Nouvelle Revue Française y la Revista de Occidente. Para Miró Quesada, estas publicaciones —dirigidas por figuras como Jacques Rivière y José Ortega y Gasset— constituían un espacio privilegiado donde la crítica europea comenzaba a reconocer en Joyce una de las voces decisivas de la modernidad literaria.

Tanto para Borges como para Miró Quesada, las lecturas de Larbaud y Marichalar resultaron fundamentales. En un momento en que Ulises era todavía un libro difícil de conseguir y rodeado de polémicas, esas interpretaciones críticas funcionaron como verdaderas mediaciones intelectuales: permitieron situar la novela dentro de la literatura europea contemporánea y ofrecieron algunas de las primeras claves para orientarse en su compleja arquitectura narrativa. Gracias a esas lecturas, Ulises empezó a ser percibido en el ámbito hispánico no sólo como una curiosidad vanguardista, sino como una de las obras centrales de la literatura del siglo XX. Ese horizonte crítico —todavía reciente en la Europa de los años veinte— es precisamente el que enmarca la temprana intervención de Borges. En su texto de Proa, advierte desde el inicio la audacia del proyecto joyceano y reconoce en él una empresa literaria extrema: “De Joyce diré que ejerce dignamente esa costumbre de osadía”, señala, refiriéndose a la tradición irlandesa de Jonathan Swift, Laurence Sterne y George Bernard Shaw. Aunque admite no haber leído el libro completo, propone una imagen que se volvería célebre: la del viajero que recorre una ciudad sin haber transitado todas sus calles y que, sin embargo, puede afirmar que la conoce. Del mismo modo —sugiere— es posible aproximarse a Ulises a partir de episodios como “Circe”, o incluso mediante la impresión general de su arquitectura narrativa.

En ese temprano acercamiento, Borges percibe ya la ambición totalizadora del libro. En sus páginas —escribe— “bulle con alborotos de picadero la realidad total”: pensamientos, recuerdos, percepciones y asociaciones conviven en un mismo plano narrativo. Para describir esa experiencia de simultaneidad convoca afinidades literarias diversas: recuerda a Thomas De Quincey por su exploración de la conciencia y de los sueños, a Gustave Flaubert por la continuidad entre vida interior y percepción cotidiana, y a William Shakespeare por la amplitud dramática capaz de contener múltiples registros de la experiencia humana. Desde esta perspectiva, Borges comprendió que Ulises no era simplemente una novela difícil: representaba una transformación radical de lo que la novela podía llegar a ser. Su lectura deja entrever además una intuición decisiva: el hecho literario no reside únicamente en el texto, y se manifiesta sobre todo en el encuentro entre el libro y sus lectores, en esa serie potencialmente abierta de interpretaciones que cada lectura vuelve posible. Así, la novela de Joyce deja de presentarse como un monumento cerrado y pasa a convertirse en una máquina de lectura inagotable, un laboratorio narrativo donde cada lector reorganiza el sentido.

Uno de los primeros grandes diálogos narrativos con esta concepción de la novela puede reconocerse pocos años después en la literatura argentina. Un caso particularmente revelador es Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal, (pdf) obra que comparte con Ulises una ambición de cartografía narrativa de la ciudad moderna. Incluso su propio título sugiere un juego intertextual con la obra de Joyce: así como Ulises articula el nombre de su héroe con la ciudad de Dublín, Adán Buenosayres enlaza la figura mítica del primer hombre con el espacio urbano de Buenos Aires. Así como la novela de James Joyce organiza la experiencia de Dublín a lo largo de un único día siguiendo el recorrido urbano de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, Adán Buenosayres articula buena parte de su estructura a partir de los desplazamientos del protagonista por distintos barrios de Buenos Aires. La ciudad se convierte en ambos casos en un espacio de exploración simbólica donde la experiencia cotidiana, la reflexión filosófica y la vida interior se entrecruzan continuamente.

Años más tarde, esta apropiación de los procedimientos joyceanos adoptará una forma distinta en la narrativa argentina. En esa línea puede situarse también la lectura de Julio Cortázar, quien reconoció en Joyce uno de los grandes renovadores de la narrativa moderna. Cortázar veía en Ulises más que un ejercicio extremo de experimentación lingüística: una transformación profunda de la estructura de la novela, visible en la fragmentación de la experiencia, la coexistencia de múltiples registros de conciencia y la libertad formal con que el relato puede organizarse. Esa apertura estructural reaparece de manera particularmente visible en Rayuela (1963), (pdf) concebida como una obra de lectura móvil y no lineal. Al ofrecer distintos itinerarios posibles para recorrer el libro, Cortázar desplaza el centro de la experiencia narrativa hacia el lector, quien debe participar activamente en la construcción del sentido. En este aspecto, Rayuela prolonga uno de los impulsos más fecundos de Ulises: la transformación de la novela en un dispositivo abierto que exige una lectura exploratoria y participativa. De este modo, tanto en Cortázar como en Marechal la influencia joyceana no se reduce a una simple admiración crítica: funciona más bien como un estímulo para imaginar nuevas formas narrativas —la novela abierta y el recorrido urbano como principio estructural— que permiten integrar la experimentación formal con la representación de la vida moderna en el contexto de la narrativa latinoamericana.

A partir de esa temprana intuición borgiana —y de su posterior reelaboración en autores como Leopoldo Marechal y Julio Cortázar— otros escritores argentinos prolongaron el diálogo con James Joyce desde perspectivas críticas propias. Ricardo Piglia, por ejemplo, vio en Ulises una de las matrices fundamentales de la narrativa moderna y dedicó varias páginas a examinar sus procedimientos en libros como El último lector (2005). Allí observa que la referencia a la Odisea funciona menos como un sistema de interpretaciones míticas que como un principio estructural secreto: un principio de unificación que hace avanzar la trama mientras organiza, de manera subterránea, el recorrido narrativo de la novela. Lo decisivo no sería entonces la proliferación de lecturas simbólicas del mito griego, sino su función técnica como dispositivo narrativo que articula el movimiento del relato.

Piglia subraya además que el modo de leer y de narrar de Joyce está definido por una técnica que, lejos de ordenar la experiencia, tiende a reproducir su caos y a producir otra causalidad posible. En Ulises, señala, los acontecimientos se narran mientras suceden, en el tiempo del presente, y la lectura se construye a partir de asociaciones, cortes, desplazamientos y conexiones inesperadas entre fragmentos aparentemente inconexos. Ese procedimiento genera un nuevo estilo narrativo: una sintaxis que integra pensamientos, percepciones y recuerdos en una misma corriente verbal. Ya en textos reunidos en Formas breves (2001) (pdf), Piglia vincula esta técnica con la importancia que Joyce otorgó al psicoanálisis como modelo narrativo: más que una teoría psicológica, le ofrecía un método formal para narrar, basado en asociaciones, condensaciones y resonancias que enlazan episodios distantes del relato sin someterlos a una lógica lineal. El llamado monólogo interior sería apenas la manifestación más visible de ese sistema de conexiones.

En sus Los diarios de Emilio Renzi (2015-2017) (pdf), Ricardo Piglia vuelve sobre Ulises para destacar algunos de los mecanismos que organizan secretamente la novela. Recuerda, por ejemplo, que la palabra “metempsicosis”, que Molly no logra comprender al comienzo del libro, está en el origen mismo de la intriga: Leopold Bloom sería, en cierto modo, la reencarnación del héroe de la Odisea, y esa concepción subterránea orienta el movimiento de la historia. Piglia subraya también la forma temporal característica de la vanguardia joyceana: el universo entero comprimido en un solo día, donde cada hora parece contarse con una técnica narrativa distinta, lo que convierte la novela en un verdadero laboratorio formal. A la vez, relee la relación entre Stephen Dedalus y Bloom como una escena ambigua y casi novelesca: el joven esteta que desprecia familia, patria y religión termina la noche caminando medio ebrio por Dublín junto a Bloom, quien lo conduce a su casa con la secreta intención de adoptarlo como a un hijo, y acaso también, en una inflexión más inquietante, de situarlo como posible amante de Molly. En ese sentido, Ulises no solo transforma las formas de narrar; redefine asimismo la figura del lector, que debe orientarse en un territorio verbal en permanente mutación. Joyce habría llevado así la novela moderna hasta un límite extremo: inventó, escribe Piglia, la figura del lector final, aquel en quien confluyen “los múltiples ríos del lenguaje”.

Algo semejante puede advertirse en la lectura de Juan José Saer, quien entendió que la modernidad narrativa inaugurada por James Joyce no se reduce a una serie de innovaciones formales: supone, más profundamente, una transformación en la relación entre lenguaje y experiencia. En su texto sobre el destino en español de Ulises (2004), Saer recuerda el impacto que produjo en los jóvenes escritores argentinos de las décadas de 1950 y 1960 la traducción realizada por José Salas Subirat. En esa versión —observa— el “río turbulento de la prosa joyceana” arrastraba la materia viva del habla cotidiana y dejaba ver que la energía de la literatura moderna podía surgir precisamente del lenguaje ordinario. La lección que Saer extrae de esa experiencia resulta decisiva para pensar la narrativa contemporánea: la literatura no reproduce una realidad previamente ordenada; se aventura en la inestabilidad de la experiencia tal como se manifiesta en el lenguaje. Desde esta perspectiva más amplia —que Saer desarrollará teóricamente en su libro El concepto de ficción (1997) (pdf) — incluso los discursos que pretenden ofrecer un relato objetivo de la realidad participan de procedimientos narrativos. Al examinar, por ejemplo, las biografías de Joyce escritas por Herbert Gorman y Richard Ellmann, Saer observa que la pretendida “objetividad” biográfica funciona muchas veces como una convención retórica propia de un género literario. La realidad aparece entonces como un campo móvil de percepciones, recuerdos y asociaciones donde lo cotidiano y lo extraordinario se entremezclan de manera constante. Desde esta perspectiva, la novela deja de presentarse como una simple representación del mundo y adquiere la forma de una investigación, un dispositivo capaz de registrar las modulaciones de la conciencia y las variaciones de la lengua que la expresa. La lección joyceana que Saer subraya —y que su propia obra llevará a una radicalidad singular— consiste precisamente en esto: la exploración de la experiencia moderna exige, inevitablemente, una exploración de las posibilidades del lenguaje mismo.

Sin embargo, la lectura argentina de Joyce no se explica únicamente por la influencia ejercida sobre los escritores. Se sostiene igualmente en una labor menos visible, aunque igualmente decisiva: la de traductores y editores que hicieron posible la circulación de su obra en nuestra lengua. En este punto, la historia editorial argentina ocupa nuevamente un lugar singular dentro del ámbito hispánico. Tres de los traductores de Ulises al castellano son argentinos: José Salas Subirat, Marcelo Zabaloy y Rolando Costa Picazo. Resulta significativo que los dos primeros —un agente de seguros y un ingeniero industrial— encarnen una figura casi improbable del traductor autodidacta enfrentado a uno de los textos más complejos de la literatura moderna. Su trabajo revela hasta qué punto la historia de las traducciones no siempre se origina en instituciones académicas; con frecuencia nace de la pasión individual de lectores que, a lo largo del tiempo, han mantenido viva la discusión en torno a la obra de Joyce. En el caso de Costa Picazo, esa tradición adquiere además una dimensión filológica particularmente rigurosa: su versión de Ulises se ve notablemente enriquecida por un vasto aparato crítico que supera las seis mil notas al pie, un trabajo de comentario y contextualización que orienta al lector en el laberinto lingüístico, histórico y cultural de la novela y que convierte la traducción en una verdadera guía de lectura.

 

 

Marcelo Zabaloy encarna con particular intensidad esa pasión. Ingeniero de formación, escritor y lector voraz, se convirtió en uno de los traductores más prolíficos y rigurosos de James Joyce al español. Su versión de Ulises —publicada en cuatro ediciones por El Cuenco de Plata entre 2015 y 2022, esta última conmemorativa del centenario—, realizada en colaboración con Edgardo Russo, es considerada una de las más fieles y completas, capaz de captar tanto el flujo de conciencia como la polifonía sonora y lingüística del original. La edición se acompaña además de un sólido aparato editorial: una nota introductoria que explica la estructura de la obra, cerca de cincuenta páginas de notas de traducción organizadas capítulo por capítulo, una extensa tabla comparativa de unas cuarenta páginas entre diversas ediciones y traducciones internacionales, y un detallado índice de personajes que facilita la orientación del lector en el complejo universo de la novela. A esa labor se suma un gesto de divulgación igualmente significativo: su breve volumen El Ulises de Joyce en 24’30” (HC Editores, 2022), donde propone una lectura condensada de la novela que busca acercar el texto joyceano a nuevos lectores sin perder de vista su extraordinaria complejidad.

Su trabajo, sin embargo, no se limitó a Ulises: Zabaloy tradujo igualmente Finnegans Wake en 2016 (y más tarde tradujo la versión abreviada preparada por Anthony Burgess, publicada por HC Editores en 2024), un desafío aún mayor, donde logró hacer accesible —sin traicionar su dificultad— el texto más experimental de Joyce. Además, su traducción de Odiseo (HC Editores, 2022), con edición de Eugenio Conchez, constituye un experimento literario singular: Zabaloy traduce Ulises prescindiendo por completo de la vocal a, una restricción extrema que recuerda los procedimientos de la literatura potencial y convierte la traducción en un verdadero desafío lingüístico. La proeza pone de relieve el ingenio del traductor y revela además la extraordinaria flexibilidad del castellano, capaz de sostener la complejidad narrativa de Joyce incluso bajo una limitación tan severa. Zabaloy no solo tradujo: sus versiones se acompañan de introducciones, notas y herramientas de lectura que iluminan el texto y lo convierten en un verdadero instrumento crítico. Su trayectoria demuestra que la traducción joyceana en Argentina no es un oficio técnico sino un acto de creación y de amor por la literatura, un puente que sigue ampliando la conversación entre Dublín y Buenos Aires.

En años recientes, esa tradición de lectura colectiva de la obra joyceana ha encontrado además un nuevo espacio de continuidad en el trabajo del James Joyce Centre Argentina. Esta institución organiza encuentros virtuales mensuales dedicados al estudio y la difusión de la obra de James Joyce, en los que participan investigadores, traductores, escritores y lectores especializados de distintos países. A través de conferencias, seminarios y conversaciones abiertas, el centro ha contribuido a consolidar una comunidad activa de lectores que prolonga la histórica relación entre la cultura argentina y la obra joyceana. Sus actividades —difundidas también a través de su canal público de conferencias— constituyen hoy uno de los espacios más dinámicos de discusión en lengua española sobre Joyce, y prolongan en el ámbito digital esa conversación crítica que, desde Borges y las páginas de Proa, ha acompañado durante un siglo la lectura de Ulises en el mundo hispánico.

En ese mismo recorrido histórico, conviene recordar que la primera de las traducciones de Ulises apareció en 1945 gracias al impulso del editor Santiago Rueda. Su publicación, sin embargo, no fue un gesto aislado. Como recuerda Lucas Petersen en El traductor del Ulises. Salas Subirat. La desconocida historia del argentino que tradujo la obra maestra de Joyce (Sudamericana, 2016), la editorial de Rueda surge en 1941 en un momento particularmente dinámico del campo editorial argentino. Mientras la industria española atravesaba un período de estancamiento, Buenos Aires vivía lo que a menudo se ha llamado su “época de oro”: sellos como Editorial Sur (1933), Editorial Losada (1938), Emecé Editores y Editorial Sudamericana (1939) impulsaban una política editorial ambiciosa basada en la traducción, la publicación y la circulación internacional de literatura contemporánea. En ese contexto, la traducción de Salas Subirat no abrió únicamente la puerta a Joyce en castellano: se convirtió además durante décadas en la versión que leerían muchos de los narradores del llamado “boom” latinoamericano, como vimos con el propio Cortázar. En la práctica, fue la puerta de entrada a Ulises para generaciones enteras de lectores hispanohablantes, hasta que en 1976 apareció la segunda gran traducción, realizada en Barcelona por el español José María Valverde.

El propio Rueda había preparado el terreno incluso antes de la publicación de la novela. En 1944 editó el breve pero provocador ensayo ¿Quién es Ulises? del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, acompañado de una célebre carta de Joyce y de documentos relacionados con la recepción del libro. Ese pequeño volumen ilustra hasta qué punto la llegada de Ulises al mundo hispánico fue también una aventura intelectual en la que convergieron literatura, crítica y psicoanálisis. De hecho, la tradición crítica argentina continuó desarrollándose en décadas posteriores a través de estudios que intentaron explorar las múltiples dimensiones de la obra joyceana.

Un antecedente significativo dentro de esta tradición es el libro de Rosa Pastalosky James Jooyce: Aproximación estructural y psicológica de Ulises (Plus Ultra, 1980), donde Joyce es presentado —siguiendo una expresión de Leopoldo Marechal— como “padre de la literatura moderna”. Pastalosky subraya allí una de las paradojas centrales de la novela: la figura aparentemente ordinaria de Leopold Bloom como encarnación de un mito heroico persistente en la vida cotidiana. Su estudio adopta un procedimiento que con el tiempo resultaría particularmente fértil para la crítica joyceana en lengua española: una lectura minuciosa de la novela a través de sus episodios, examinados uno por uno. De ese modo, Ulises aparece como una arquitectura compleja que se deja recorrer paso a paso, mediante una exploración paciente de sus distintos niveles narrativos, simbólicos y lingüísticos. Su propuesta enfatiza una dimensión analítica marcada, orientada a desentrañar las estructuras simbólicas y las tensiones psicológicas que organizan el texto.

En esta misma línea, aunque con un énfasis distinto, puede situarse Recorrido por el Ulises de James Joyce. Guía de viaje (Tres Haches, 2005) de Lucía Mazzinghi, un estudio que se propone acompañar la lectura de la novela a partir de una organización progresiva de sus materiales. El libro se inicia con una presentación del contexto irlandés y del modernismo; luego se centra en la noción de novela, abordando aspectos como el lenguaje, el exilio, la Revolución, la figura del héroe urbano, así como la estructura, la relación entre Oriente y Occidente, el estilo y la técnica. En este marco, examina además los esquemas de Linati y de Gilbert-Gorman, junto con la configuración del triángulo entre Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly Bloom. Posteriormente, el estudio se concentra en Ulises, atendiendo tanto a sus coordenadas de tiempo y espacio como a un recorrido detallado episodio por episodio. A diferencia del énfasis analítico de Pastalosky, el trabajo de Mazzinghi privilegia una función orientadora y didáctica, proponiendo un itinerario de lectura que busca hacer accesible la complejidad de la novela sin saturarla de hipótesis teóricas.

 

 

Por esos mismos años, esa modalidad de lectura –presente tanto en Pastalosky como en Mazzinghi– encontraría una continuación significativa en el trabajo de Carlos Gamerro. En Ulises. Claves de lectura (pdf) (dos ediciones en 2008 y 2015), el escritor y ensayista argentino recoge más de veinte años de clases y conferencias dedicadas a desentrañar la arquitectura del texto joyceano, retomando ese recorrido episodio por episodio como forma de acompañar al lector en el avance por la novela. El gesto de Gamerro resulta revelador: Ulises deja de percibirse como un monumento intimidante y se presenta como una obra que puede desplegarse a través de la conversación, la docencia y la experiencia compartida de la lectura. Así, la práctica crítica desarrollada en estos estudios adquiere una nueva vitalidad en el ámbito contemporáneo, confirmando la continuidad de una tradición argentina de lectura paciente, pedagógica y apasionada de Joyce. El propio Gamerro ha vuelto sobre esta relación en su libro Borges y los clásicos (2016), donde dedica varios capítulos a examinar a Jorge Luis Borges como lector de grandes tradiciones literarias —Borges y Homero, Borges y Dante Alighieri, Borges y William Shakespeare, Borges y Miguel de Cervantes, y Borges y James Joyce—. Allí sugiere que Borges reconoció en Ulises un “estilo de la realidad” —o estilo de la percepción— que alcanza en la novela de Joyce su punto culminante: una forma narrativa que aspira a registrar la experiencia en tiempo real, como si la novela se escribiera al mismo ritmo en que la vida se percibe.

A esa línea de trabajos se suman investigaciones recientes que continúan ampliando el campo de estudios joyceanos en el país. El volumen colectivo James Joyce: su vida y su obra (pdf) (Bärenhaus, 2020), editado por las psicoanalistas M. Cristina Solivella de Pérez y Nancy Edith Hagenbuch con la colaboración de Olga M. de Santisteban, reúne dieciocho ensayos que recorren diversos aspectos del universo joyceano: su biografía, las mujeres que marcaron su vida, la presencia de Dublín en su obra, la potencia creadora de su lenguaje y la compleja historia editorial de Ulises. El libro incluye además un repaso por las traducciones al castellano, incluida la quinta versión realizada por los españoles Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas. En una línea distinta puede situarse la edición argentina de (Sob)re Joyce, de Anthony Burgess, publicada el 2023 por HC Editores en traducción de Marcelo Zabaloy con la colaboración de Eugenio Conchez. La aparición de esta obra en el ámbito editorial argentino —en versión de uno de los más persistentes traductores de Joyce al español— confirma, una vez más, la vitalidad de la tradición joyceana en el país y su capacidad para seguir generando nuevas mediaciones críticas entre el texto y sus lectores.

 

 

Más recientemente, diversos críticos han vuelto sobre esta tradición argentina de lectura de los clásicos —en particular la que se origina en Borges— para recordar que los grandes textos sobreviven porque admiten traducciones, reinterpretaciones y desplazamientos constantes. Desde esa perspectiva, cada lectura de Ulises implica siempre una forma de reescritura. En esa línea puede situarse El tejido Joyce. Un recorrido por Retrato del artista adolescente. Anexo: Adenda Lacaniana: Joyce el sinthome (Arena Libros, 2015) de Zacarías Marco, un estudio que organiza su propuesta en dos partes claramente diferenciadas. La primera se centra en Retrato del artista adolescente y se estructura no en capítulos, sino en una serie de “tiradas”, concebidas como movimientos de un juego donde la contingencia interviene en la disposición del análisis. Este procedimiento define un principio compositivo singular: en lugar de imponer un orden previo, el recorrido se deja guiar por la lógica interna de esas secuencias. A partir de allí, el libro reconstruye distintos núcleos de la vida y la obra de Joyce: el origen de su nombre, sus contradicciones religiosas y simbólicas, sus fantasías y fobias, así como el pasaje de estas últimas hacia la elaboración artística. En una de estas tiradas se examina incluso la proyección de Stephen Dedalus más allá del Retrato, particularmente en su reaparición en Ulises. La segunda parte, presentada como una adenda, introduce una lectura apoyada en el psicoanálisis lacaniano, donde se retoma el caso Joyce para pensar el modo en que su escritura, junto con el vínculo con Nora Barnacle, opera como un dispositivo de estabilización subjetiva. En este punto, el libro de Marco no solo reorganiza los materiales de lectura, sino que desplaza el modo mismo de aproximarse a Joyce: la forma fragmentaria y abierta de las “tiradas” prefigura una crítica que abandona la exposición sistemática en favor de un recorrido más libre, guiado por asociaciones y desplazamientos.

En esta misma línea de relecturas contemporáneas puede situarse el libro de Nicolás Cerruti Deconstruyendo al Joyce de Lacan (Las Furias, 2021), una exploración singular en la que la lectura de Joyce se entrelaza con la de Lacan a través de una serie de breves capítulos que examinan distintos núcleos de la obra joyceana: la materialidad sonora de la lengua, la relación con la figura del padre, el estatuto del arte y el lugar de lo real en la escritura. El recorrido de Cerruti adopta un tono deliberadamente reflexivo y personal, como si la interpretación crítica se confundiera con un viaje a través de la experiencia misma de leer a Joyce. En ese trayecto aparece una imagen particularmente sugestiva: la idea de atravesar un territorio “tormentoso, hermoso y plural”, descripción que remite inevitablemente a la Argentina. Esa intuición resulta reveladora, porque sugiere que leer a Joyce desde aquí implica recorrer un paisaje cultural igualmente complejo y contradictorio, donde la lengua, la historia y la experiencia colectiva producen una resonancia propia. La crítica se vuelve entonces una forma de travesía: un desplazamiento por el laberinto del lenguaje joyceano que encuentra, en el horizonte argentino, un terreno especialmente fértil para sus exploraciones. En este sentido, la propuesta de Cerruti puede leerse como una radicalización de ese desplazamiento ya presente en Marco: la lectura deja de organizarse en torno a un método estable y se convierte en una práctica de exploración situada, atravesada por la experiencia del lector.

 

 

En esta misma línea de diálogo entre la literatura joyceana y el psicoanálisis lacaniano se sitúa el libro ¿Qué hay en un nombre? La función del nombre propio en la obra de Joyce y en la teoría de Lacan (Letra Viva, 2023) de la psicoanalista argentina Elizabeth Barral. En este estudio, Barral propone un recorrido que articula la escritura de Joyce con las elaboraciones de Jacques Lacan en torno al nombre propio, tomando como punto de partida la célebre conferencia lacaniana de 1975 “Joyce el síntoma”. La autora examina allí la hipótesis según la cual la obra joyceana puede entenderse como una invención singular destinada a suplir una falla en la función paterna. Según esta lectura, Joyce habría experimentado una carencia en la figura simbólica del padre; sin embargo, esa misma ausencia se transforma en el punto de partida de una operación creadora: la invención de una escritura capaz de sostener su subjetividad.

Barral muestra cómo esta operación se despliega en varios niveles. Por un lado, Joyce se da a sí mismo un nombre como artista –figurado en el Stephen Dedalus del Retrato del artista adolescente–, apropiándose de la figura del artífice que se eleva por encima de la herencia paterna. Por otro, su obra descompone los nombres propios en juegos de sonido, homofonías y resonancias fonéticas que desplazan su función tradicional de identificación. El nombre deja entonces de operar como simple herencia simbólica y se convierte en materia de invención. En este punto, Barral subraya la importancia de la dimensión sonora en la escritura de Joyce: hijo de un padre cantor, el escritor hereda ante todo una relación con la voz y la fonación que atraviesa su estilo, donde el lenguaje se organiza con frecuencia a partir de ritmos, aliteraciones y juegos fonéticos que privilegian el sonido antes que el significado. Desde esta perspectiva, la escritura joyceana aparece como una operación sobre la letra misma, entendida no tanto como portadora de sentido cuanto como marca material.

A partir de estas observaciones, Barral retoma la noción lacaniana de sinthome para proponer que la obra de Joyce funciona como una invención subjetiva destinada a anudar lo real, lo simbólico y lo imaginario allí donde la función paterna no logra operar plenamente. En lugar de restaurar la autoridad del padre o de someterse a ella, Joyce se sitúa en una posición que Lacan describe como herética: se aparta de la tradición para convertirse en artífice de su propio sostén. Así, la escritura deja de ser únicamente una práctica literaria y se convierte en una solución singular, una forma de sostener la existencia a través del trabajo radical con el lenguaje. Frente al recorrido de Cerruti, que privilegia la deriva interpretativa y la experiencia de lectura, el trabajo de Barral se orienta hacia una mayor sistematicidad conceptual: su propuesta organiza el vínculo entre Joyce y Lacan en torno a categorías precisas, restituyendo un marco teórico que busca estabilizar aquello que en otras lecturas aparece como desplazamiento. En conjunto, los trabajos de Marco, Cerruti y Barral delinean tres modos contemporáneos de leer a Joyce a partir de su cruce con Lacan: una exploración fragmentaria que desarma el orden expositivo, una deriva interpretativa anclada en la experiencia de lectura y una rearticulación conceptual que busca restituir un marco teórico. Lejos de anularse, estas perspectivas configuran un campo en tensión donde la crítica no se limita a explicar la obra, sino que pone en juego sus propias condiciones de lectura.

En ese contexto se inscribe el libro que hoy presento, James Joyce y la poética de lalengua en Ulises (2025), concebido como un gesto de diálogo con esa tradición. El estudio propone una forma de lectura inspirada en la noción lacaniana de lalengua, con el fin de escuchar de otro modo el tejido sonoro del lenguaje joyceano. Toda lectura de Joyce, sin embargo, es inevitablemente colectiva: se apoya en una larga cadena de lectores, traductores, críticos y editores que han abierto caminos antes. Por ello, si se observa el panorama en su conjunto, la tradición argentina revela algo más que un interés académico por Joyce. Su obra ha sido leída aquí desde múltiples registros –literario, crítico, psicoanalítico, editorial– y por una comunidad heterogénea de lectores inquietos que han encontrado en Ulises desafíos muy diversos: un problema de lenguaje, un laboratorio narrativo, un campo de exploración del inconsciente o simplemente una aventura de lectura.

Tal vez por eso la presencia de Joyce en la cultura argentina puede percibirse de manera material en los propios libros que circulan entre generaciones. En una biblioteca cualquiera de Buenos Aires pueden convivir un viejo ejemplar de Retrato del artista adolescente publicado por Santiago Rueda (del que guardo en mi biblioteca las ediciones de 1956 y de 1973), el pequeño volumen de Jung sobre Ulises, así como compilaciones críticas tempranas como Joyce. Estudios (Editorial Jorge Álvarez, 1969), que reúne ensayos del francés Jacques Borel, el italiano Giorgio Melchiori, los estadounidenses Edwin Berry Burgum y Frederick J. Hoffman, el inglés D. S. Savage y el austriaco Hermann Broch, y que da cuenta de un momento en que la recepción de Joyce se articulaba a través de la importación y circulación de lecturas internacionales, y una serie de ediciones más recientes que dan testimonio de una persistente labor editorial. En ese panorama destaca la figura de Pablo Ingberg, cuya tarea como traductor, editor y estudioso ha contribuido de manera decisiva a ampliar el acceso en castellano al universo joyceano. A lo largo de diversos proyectos editoriales, Ingberg ha puesto a disposición de los lectores no solo textos centrales, como el Retrato o la propia Poesía de Joyce, sino también piezas menos conocidas de su corpus: Giacomo Joyce, Finn’s Hotel, Exiliados, Los gatos de Copenhague, las Epifanías, además de varios de sus ensayos y escritos reunidos en Escritos críticos y afines. Esa labor paciente –filológica y editorial a la vez– ha permitido reconstruir, en lengua española, una parte sustancial del laboratorio literario joyceano. Gracias a ese trabajo, la obra de Joyce se despliega hoy ante el lector hispanohablante como una verdadera constelación de libros, donde las obras mayores dialogan con textos laterales, experimentales o preparatorios que iluminan el proceso mismo de su escritura.

En definitiva, para quienes venimos de otros lugares de América Latina, esta tradición argentina de lectura ha sido particularmente significativa: nos recuerda que leer a Joyce no consiste únicamente en descifrar un texto complejo, sino en ingresar en una conversación literaria que atraviesa lenguas, países y generaciones. Esos libros –separados a veces por décadas– participan, sin embargo, de una misma historia: la de una lectura persistente, que no se agota en la erudición ni en la devoción y que vuelve una y otra vez sobre el texto con curiosidad renovada. En cierto modo, la recepción argentina de Joyce confirma algo que el propio Ulises parece insinuar: que los grandes libros nunca terminan de escribirse, porque continúan transformándose en cada nueva lectura. Leer a Joyce en español –y particularmente en América Latina– implica participar de esa aventura crítica, una experiencia que, como el propio Ulises, nunca concluye del todo.

Si esa historia de lecturas pudiera trazarse sobre un mapa del mundo hispanohablante, pocos lugares aparecerían con tanta insistencia como la Argentina, donde la obra de Joyce encontró no solo traductores y editores, sino también una comunidad persistentemente fiel de lectores dispuestos a volver, una y otra vez, a su inagotable laberinto verbal. Ese regreso continuo no es solo una metáfora literaria: está hecho de revistas, traducciones, editoriales, bibliotecas, cursos universitarios y lectores concretos que, a lo largo de estos cien años, han mantenido abierta la conversación con Joyce. En esa trama material de lecturas –tejida entre Dublín y Buenos Aires– el laberinto verbal de Ulises sigue encontrando nuevas formas de existir en nuestra lengua. Para mí, que llego a Joyce desde Lima –esa otra orilla sudamericana y brumosa del español–, esta tradición argentina de lectura ha sido también una guía decisiva: gracias a ella he podido comprender mejor la novela y aprender a volver a Ulises con esa mezcla de asombro y fidelidad que los grandes libros terminan despertando en sus lectores.

Por todo ello, Buenos Aires, Argentina, gracias totales.

 

San Isidro, miércoles 11 marzo 2026

 

 

[1] Texto leído el viernes 20 de marzo de 2026 en la librería La Libre de Buenos Aires durante la presentación de James Joyce y la poética de lalengua en Ulises (Lima: Fondo Editorial de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Editorial Horizonte, 2025), de Paolo de Lima. Presentaron el libro el poeta y crítico literario Lucas Margarit, la psicoanalista Elizabeth Barral y el autor.

 


 

 

Público asistente a la presentación.

 

 

 

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La recepción argentina de "Ulises": un homenaje a sus traductores, críticos y lectores.
Por Paolo de Lima.
Presentación de "James Joyce y la poética de lalengua en Ulises"
Argentina, 20 de marzo 2026.