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Montalbetti y la IA

Paolo de Lima

Con ocasión del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2026

 

“La inteligencia artificial no produce lenguaje. Produce otra cosa, en general mediocre y predecible, que pasa por lenguaje”. La respuesta de Mario Montalbetti a la pregunta por el desafío que la inteligencia artificial representa para la poesía tiene la virtud de no entrar por la puerta habitual del debate. No se pregunta si las máquinas podrán escribir mejores o peores poemas que los seres humanos, ni si algún día llegarán a ser creativas, originales o capaces de sustituir al poeta. Su afirmación desplaza el problema hacia un lugar anterior y más radical: ¿qué entendemos por lenguaje cuando decimos que una máquina lo produce? La frase puede parecer excesiva si entendemos el lenguaje como la capacidad de construir expresiones gramaticales, establecer relaciones semánticas y producir textos comprensibles. En ese sentido, resulta evidente que los modelos de inteligencia artificial generan lenguaje. Pero Montalbetti está hablando desde otra concepción: la del lenguaje como un espacio en el que algo puede suceder, como el lugar donde puede producirse pensamiento. Y es precisamente ahí donde su observación adquiere toda su fuerza.

Para comprenderla hay que detenerse en una de las ideas centrales de la reflexión poética de Montalbetti: que el poema es una forma de pensamiento. No se trata de afirmar que un poema contiene pensamientos, del mismo modo que un ensayo contiene argumentos o una novela contiene ideas. Tampoco quiere decir que el poeta tenga primero una idea completamente elaborada y luego utilice el lenguaje para comunicarla. La cuestión es más radical. El poema puede ser el lugar donde un pensamiento llega a existir. En El pensamiento del poema, Montalbetti retoma y desarrolla la tesis de que el poema constituye una forma de intelección; su interés está precisamente en aquello que ocurre cuando las palabras, los versos y sus relaciones dejan de ser un instrumento transparente para transmitir algo que ya estaba pensado y comienzan a producir una forma de pensamiento propia.

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente nuestra idea de lo que significa escribir. Habitualmente imaginamos el pensamiento como algo que ocurre primero y la escritura como aquello que viene después. Pienso algo y luego lo pongo por escrito. El lenguaje sería entonces un vehículo: una especie de medio de transporte mediante el cual una idea que ya poseo llega hasta otra persona. Esta concepción funciona bastante bien para muchas formas de escritura. Si tengo que comunicar una fecha, explicar un procedimiento o informar de un acontecimiento, lo deseable es que las palabras sean suficientemente transparentes como para que el mensaje llegue sin demasiados obstáculos. Pero la poesía ocurre de otra manera. Allí la palabra no es simplemente el vehículo de una idea. La palabra forma parte de aquello que todavía estamos tratando de pensar.

Pensemos en algo tan sencillo como escribir: “La casa estaba vacía”. Es posible que esa frase exprese exactamente lo que queríamos decir. Pero basta modificar una palabra para que cambie aquello que estamos pensando: “La casa estaba sola”. Ya no hablamos exactamente de ausencia de personas sino de una condición de la casa. Si escribimos “La casa se había quedado sola”, aparece incluso una historia implícita: hubo alguien que estuvo allí y que después se fue. La casa parece adquirir una temporalidad, casi una experiencia. Y si continuamos trabajando sobre la frase, las posibilidades se multiplican. Lo importante es que no necesariamente teníamos esas diferencias en la cabeza antes de comenzar a escribir. Han aparecido porque hemos movido las palabras. El pensamiento no estaba terminado esperando ser expresado: se ha modificado en el propio acto de escribir.

Eso significa que escribir puede ser un modo de pensar. Hay cosas que no sabemos que pensamos hasta que intentamos decirlas. Y hay otras que solamente conseguimos pensar porque las palabras nos obligan a pasar por determinados lugares. En poesía, esta relación resulta particularmente intensa porque una palabra nunca es completamente intercambiable con otra. Cambiar un sustantivo, alterar un verbo, introducir una pausa o desplazar una preposición puede modificar no solamente el sonido del poema sino aquello que el poema está pensando. La escritura deja entonces de ser la transcripción de un pensamiento anterior y se convierte en una operación mediante la cual el pensamiento se produce.

De ahí que pueda entenderse mejor otra formulación asociada a Montalbetti: el poeta tiene una escritura que produce pensamiento. El verbo producir es fundamental. No se trata simplemente de que el poeta tenga pensamientos y los registre. Es la escritura misma la que abre un espacio en el que puede aparecer algo que no estaba disponible de antemano. En otra entrevista, Montalbetti ha insistido en que el “truco” de escribir un poema consiste en hacerlo: el pensamiento del poema aparece en el proceso mismo de su escritura.

Desde aquí, su afirmación sobre la inteligencia artificial empieza a adquirir una dimensión mucho más precisa. Una inteligencia artificial puede producir un texto que tenga todas las características superficiales que asociamos con un poema. Puede producir versos, imágenes, metáforas, repeticiones, incluso adoptar formas métricas o imitar estilos reconocibles. De hecho, investigaciones sobre poesía generada por modelos de lenguaje han encontrado que estos sistemas pueden reproducir diversas formas poéticas y desarrollar tendencias estilísticas identificables, aunque también muestran una considerable uniformidad en sus resultados. El problema para Montalbetti, sin embargo, no parece estar ahí. No consiste en preguntarnos si una máquina puede producir algo que se parezca a un poema. La cuestión es qué ha ocurrido con el lenguaje que produjo ese poema.

Supongamos que le pedimos a una inteligencia artificial que escriba sobre la muerte y la memoria. Podría responder con imágenes de habitaciones vacías, fotografías, nombres que permanecen, sombras, ecos, silencios. Probablemente encontraría combinaciones bastante convincentes. El texto podría incluso conmovernos. Pero la pregunta montalbettiana sería otra: ¿qué pensamiento ha producido ese lenguaje? No basta con que las palabras estén correctamente ensambladas ni con que el resultado corresponda a nuestra idea previa de lo que debe ser un poema. Lo decisivo sería saber si allí ha ocurrido una transformación del lenguaje que haya abierto una posibilidad de pensamiento.

Esto permite entender por qué la palabra “predecible” es tan importante en la respuesta de Montalbetti. La inteligencia artificial puede generar una enorme cantidad de combinaciones, muchas de ellas inesperadas para nosotros. Pero esa imprevisibilidad estadística no equivale necesariamente a una ruptura con lo previsible en el sentido poético. Una frase puede sorprendernos y, sin embargo, pertenecer perfectamente al repertorio de asociaciones que esperamos encontrar en determinado contexto. El lenguaje generado puede ser novedoso como combinación y, al mismo tiempo, profundamente convencional como pensamiento. Puede decir algo que nunca habíamos leído exactamente de esa manera sin haber producido por ello una nueva posibilidad para el lenguaje.

Aquí aparece la diferencia entre producir expresiones lingüísticas y producir lenguaje en el sentido fuerte que parece estar utilizando Montalbetti. La inteligencia artificial es extraordinariamente competente para producir aquello que reconocemos como lenguaje. Puede escribir “como” un ensayo, “como” una reseña, “como” un poema, “como” una carta. Su eficacia consiste precisamente en reconocer patrones y prolongarlos de una manera que resulta apropiada para nuestras expectativas. Pero la poesía que interesa a Montalbetti se encuentra en una posición casi inversa: no se trata de satisfacer las expectativas que tenemos sobre el lenguaje; busca, más bien, ponerlas en crisis. El poema comienza a ocurrir allí donde una palabra deja de comportarse exactamente como esperábamos que se comportara.

Por eso la cuestión de la inteligencia artificial no debería formularse únicamente como una competencia entre escritores humanos y máquinas. El verdadero problema podría ser más inquietante: que terminemos confundiendo la apariencia del lenguaje con el lenguaje mismo. Una máquina puede producir una frase perfectamente reconocible como poética; puede incluso producir una frase que un lector considere hermosa. Pero si el poema es una forma de pensamiento, entonces la belleza superficial del resultado no agota la cuestión. Tendríamos que preguntarnos qué tipo de operación lingüística ha tenido lugar, qué ha sido desplazado, qué ha sido descubierto y qué relación nueva entre las palabras ha hecho posible ese texto.

Hay aquí una paradoja. La inteligencia artificial puede producir con enorme facilidad aquello que durante mucho tiempo identificamos con la buena escritura: claridad, fluidez, corrección, coherencia, equilibrio, incluso cierta elegancia. Pero precisamente esas cualidades pueden convertirse en un problema cuando se convierten en norma. Una máquina está extraordinariamente capacitada para darnos una frase que parece adecuada. La poesía, en cambio, puede comenzar con una frase que no parece adecuada y descubrir en ella una posibilidad que todavía no sabíamos reconocer. Allí donde la máquina tiende a resolver, el poema puede conservar el problema; allí donde una respuesta automática tiende a cerrar un sentido, el poema puede abrirlo, explorar su ambigüedad y resistirse a clausurarlo.

Esto permite comprender también por qué la concepción de Montalbetti del poema se encuentra tan lejos de una idea ornamental de la poesía. El poema no es una forma bella de decir algo que podría haberse dicho de manera prosaica. Si fuera así, una inteligencia artificial tendría pocas dificultades para reproducirlo. Bastaría con pedirle que transformara una proposición en una expresión más metafórica o más musical. Pero si el poema es una operación de pensamiento que sucede en el lenguaje, entonces no existe necesariamente una proposición anterior que pueda ser adornada. El pensamiento aparece en el mismo movimiento mediante el cual el poema encuentra su forma.

Podemos volver al ejemplo de la casa. “La casa estaba vacía” parece transmitir una información. “La casa estaba sola” parece modificarla. “La casa se había quedado sola” introduce un antes y un después. Pero quizá el poema continúe y termine escribiendo algo completamente distinto: “Desde que te fuiste, la casa aprendió a cerrar las puertas”. Esa frase ya no es simplemente una manera más hermosa de decir que alguien murió o se fue. Ha producido una relación nueva entre ausencia, casa y aprendizaje. Algo se ha pensado allí que no estaba contenido como una idea previa esperando ser expresada. La escritura ha generado la posibilidad de formularlo.

Es justamente en ese punto donde la afirmación de Montalbetti sobre la inteligencia artificial deja de ser una simple descalificación tecnológica. No necesita sostener que las máquinas son incapaces de escribir versos, ni siquiera que nunca podrán producir textos extraordinarios. Su afirmación más profunda sería que debemos distinguir entre un texto que parece lenguaje y una experiencia del lenguaje en la que el pensamiento se transforma. La diferencia no puede resolverse examinando únicamente el producto final. Un poema puede ser perfectamente convencional aunque haya sido escrito por un ser humano, del mismo modo que una producción de inteligencia artificial puede ocasionalmente resultar extraña, sugestiva o incluso reveladora. La cuestión está en qué hacemos con esa extrañeza y, sobre todo, en qué lugar situamos el pensamiento.

Tal vez por eso el desafío de la inteligencia artificial para la poesía sea menos inmediato y más profundo de lo que solemos pensar. No consiste en que la máquina vaya a arrebatarle al poeta la capacidad de producir versos. Consiste en que la abundancia de textos perfectamente plausibles puede modificar nuestra relación con el lenguaje. Si nos acostumbramos a aceptar como escritura aquello que simplemente suena bien, responde adecuadamente y satisface nuestras expectativas, podríamos terminar exigiendo al lenguaje exactamente aquello que la poesía se ha encargado históricamente de perturbar. El riesgo no sería que las máquinas escribieran poemas demasiado buenos; estaría en que los seres humanos comenzáramos a considerar suficiente una escritura que solamente parece escritura.

En este sentido, la respuesta de Montalbetti contiene una provocación que vale la pena tomar en serio. “Produce otra cosa, en general mediocre y predecible, que pasa por lenguaje”. Ese “pasa por” es quizá más importante que “mediocre”. La inteligencia artificial produce algo que consigue atravesar nuestros filtros de reconocimiento: lo identificamos como lenguaje porque posee las marcas externas del lenguaje. Pero la poesía, entendida como pensamiento, exige algo diferente. Exige que el lenguaje no sea únicamente reconocible sino capaz de alterar aquello que podemos pensar.

La pregunta final, entonces, no es si una inteligencia artificial puede escribir un poema. Puede producir un texto que llamemos poema y que, bajo determinados criterios, sea incluso un buen poema. La pregunta más difícil es otra: ¿puede el lenguaje generado por una máquina convertirse en el lugar donde un pensamiento acontece? Y quizá todavía más: ¿cómo reconoceríamos que eso ha ocurrido?

La respuesta de Montalbetti no resuelve estas preguntas, pero tiene el mérito de formularlas desde el lugar correcto. En vez de preguntarnos cuándo una máquina alcanzará la apariencia completa de un poeta, nos obliga a regresar a aquello que hace que la poesía sea poesía. El poema no sería, entonces, un objeto lingüístico que contiene un pensamiento sino una operación mediante la cual algo llega a pensarse en el lenguaje. Escribir no consiste únicamente en encontrar la forma adecuada para una idea que ya poseemos: consiste también en exponernos a la posibilidad de que las palabras nos lleven a un lugar al que no sabíamos que queríamos llegar.

Ahí está, probablemente, la diferencia decisiva. La inteligencia artificial puede ofrecernos una cantidad prácticamente ilimitada de frases. El poeta, en cambio, trabaja en ese pequeño espacio donde una frase todavía puede convertirse en otra cosa. Y si Montalbetti tiene razón, ese espacio no es un accidente de la escritura: es precisamente el lugar donde el poema piensa.








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