Ventanas batientes (Lima: Peisa, 2026), el nuevo poemario de Rossella Di Paolo (Lima, 1960), podría ser considerado uno de los libros más logrados de su trayectoria. Se trata de su séptimo poemario y está conformado por setenta textos breves que se suceden de manera continua, como fragmentos de un mismo cuaderno de observación. Más que una colección dispersa de poemas, el libro posee la unidad de una mirada que registra, desde la experiencia cotidiana de la pandemia, los pequeños acontecimientos que fueron modelando la vida durante el encierro.
Si recordamos la definición de poema que Terry Eagleton recupera en su reflexión sobre la literatura –una “declaración moral, verbalmente inventiva y ficcional” en la que el autor decide dónde terminan los versos–, estos textos encajan plenamente en esa descripción. Son pensamientos, anotaciones, apuntes y observaciones arrancados al flujo de los días, que el trabajo de la escritura convierte en una experiencia poética dotada de unidad, ritmo y revelación. La virtud del libro reside precisamente en esa capacidad para convertir lo aparentemente mínimo en experiencia significativa.

El título posee además una evidente dimensión simbólica. Los batientes de una ventana no son únicamente un elemento arquitectónico: representan la posibilidad misma de la apertura. Durante la pandemia, cuando gran parte de la experiencia transcurrió en espacios domésticos, la ventana se convirtió en uno de los principales puntos de contacto con el exterior. Desde allí se observaba el mundo y se medían sus transformaciones. No resulta casual que la poesía de Di Paolo se construya precisamente a partir de esa atención sostenida sobre lo cercano. Los batientes nombran entonces el lugar desde donde se mira, pero también el gesto de abrirse a una realidad que, incluso en sus manifestaciones más humildes, contiene una inagotable riqueza de sentidos.
El primer y el último poema funcionan como un marco que delimita el tiempo histórico de la obra. El libro se abre con la inesperada transformación del paisaje limeño durante los primeros meses del confinamiento:
Cielo limpio de Lima
un prodigio
una gracia
una peste. (9)
La ciudad, habitualmente cubierta por el tráfico y el smog, aparece de pronto despejada. El cielo limeño, tantas veces descrito como opaco y gris, adquiere una nitidez desconocida. Al final del libro, en cambio, la irrupción de la voz del vendedor ambulante anuncia el retorno de la vida social:
Papaya piña rica la chirimoya
rica la mandarina mango dulce
pera pera
con su megáfono hoy volvió el frutero
pregonando
el fin del mundo muerto. (79)
La naturaleza y la voz popular delimitan así el arco del poemario. El inicio registra la suspensión de la actividad humana; el cierre marca el regreso de la ciudad y de sus sonidos característicos.
A lo largo de Ventanas batientes, la mirada de Di Paolo se concentra en el entorno inmediato. Pájaros, árboles, hojas, flores, nubes, ardillas, palomas y cambios de luz constituyen la materia principal de estos poemas. La observación cotidiana va revelando una realidad que se vuelve cada vez más intensa precisamente porque el encierro reduce el horizonte de la mirada. El mundo se concentra en el patio, la vereda, el jardín o la azotea.
Algunos de los mejores textos registran esa convivencia renovada con la naturaleza:
El petirrojo
no visita mi casa
su color para otros
su canto para otros
paz
en la rama oscura. (12)
O este otro:
Dicen que la playa
se ha llenado de pájaros
hay testigos
hay fotos
para qué olas
con tantas alas
libres
invitadas
a danzar. (15)
Los animales aparecen como habitantes legítimos de espacios que la actividad humana había ocupado casi por completo. Durante la pandemia, la naturaleza parece recuperar una presencia que normalmente permanece oculta.
Sin embargo, estos poemas no constituyen una simple celebración de la vida natural. El encierro está siempre presente. La casa se convierte en refugio y también en límite. La cuarentena es descrita como una experiencia física y emocional que transforma la percepción del tiempo:
Braseo hacia atrás
voy y vuelvo
mirando el cielo
la cuarentena es nadar
en una poza seca. (39)
En otro poema, la autora se compara con un animal encerrado:
En el garaje
voy y vengo por la jungla
de barrotes
como una fiera herida. (48)
La imagen transmite con gran eficacia la mezcla de inquietud, monotonía y resistencia que definió la experiencia del confinamiento.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es la manera en que la experiencia individual se conecta con acontecimientos colectivos. La pandemia aparece de forma explícita, pero también irrumpen otros hechos que marcaron aquellos años. El asesinato de George Floyd, cuya agonía bajo la rodilla de un policía se convirtió en uno de los símbolos más poderosos de la violencia racial contemporánea, y la crisis del oxígeno en los hospitales peruanos son evocados mediante una referencia sobria y directa:
Sus últimas palabras fueron
no puedo respirar
por favor
por favor
pacientes en nuestros hospitales
sin oxígeno
George Floyd y su cuello
bajo la rodilla blanca de un policía. (63)
La observación íntima se abre así hacia una dimensión histórica más amplia. La atención a lo cercano no supone un aislamiento respecto del mundo.
También la escritura misma se convierte en tema. Varios poemas muestran el acto de escribir como un proceso de corrección constante, de búsqueda incierta:
Escribo un verso
y lo tacho
escribo otro
y lo tacho también
las polillas
horadan la madera
la echan
de mi mesa
nunca cejan
nunca cejo:
trabajamos
sobre el abismo. (75)
La creación poética aparece vinculada al trabajo paciente y a la conciencia de la insuficiencia de las palabras. El poema establece además una sugerente analogía entre la labor de la escritura y el trabajo silencioso de las polillas. Mientras la poeta corrige, tacha y vuelve a empezar, los insectos horadan obstinadamente la madera de la mesa. Ambos procesos son lentos, persistentes y transformadores. Las polillas desgastan la materia; la escritura trabaja el lenguaje en busca de una forma más justa o más precisa. La identificación final –“nunca cejan / nunca cejo”– convierte esa actividad minúscula en una metáfora del trabajo poético mismo: una tarea paciente, repetitiva y nunca concluida que se ejerce, como dice el verso final, “sobre el abismo”. Frente a una realidad marcada por la incertidumbre, escribir se convierte así en una forma de perseverancia y de resistencia cotidiana.
Como decimos, Ventanas batientes encuentra su mayor virtud en esa capacidad para descubrir significado en los detalles más modestos. Rosella Di Paolo convierte la observación cotidiana en una práctica poética de atención. El libro registra un momento excepcional de nuestra historia reciente, pero lo hace evitando el tono testimonial o la grandilocuencia. Lo que permanece es un forma de atención que aprende a ver nuevamente el mundo y a descubrir en lo cotidiano una densidad inesperada. En los pequeños acontecimientos se condensa una experiencia colectiva que todavía seguimos intentando comprender. Y acaso allí reside una de las mayores virtudes de la poesía. No porque ofrezca explicaciones o respuestas definitivas, sino porque nos enseña a mirar. El poema suspende la percepción rutinaria de las cosas y devuelve espesor a aquello que la costumbre vuelve invisible. Un pájaro que se posa en un alambre, una flor que se abre en el patio, el ruido de un grifo que gotea o la voz lejana de un vendedor ambulante dejan de ser simples detalles para revelarse como signos de una experiencia histórica y afectiva que trasciende la experiencia individual.
La literatura no amplía nuestro conocimiento del mundo del mismo modo que lo hacen la historia, la sociología o el periodismo. Su saber nace de la atención, de la sensibilidad y de la capacidad de establecer relaciones inesperadas entre los seres, los objetos y los acontecimientos. Gracias a esa mirada, la costumbre deja de ocultar la riqueza de lo cotidiano. El mundo aparece entonces cargado de matices, resonancias y significados que normalmente pasan desapercibidos. Lo que parecía insignificante adquiere profundidad; lo familiar se vuelve extraño y, por ello mismo, digno de una nueva contemplación.
Pocas poetas contemporáneas poseen una mirada tan atenta a las modulaciones de la vida cotidiana. La maestría de Rosella Di Paolo consiste precisamente en descubrir complejidad allí donde otros apenas advertirían escenas ordinarias. Sus poemas muestran que nada es simple cuando existe una mirada capaz de comprender el mundo en su riqueza y sus contradicciones. La pandemia, el encierro, la naturaleza, la ciudad y la vida doméstica encuentran aquí una forma de revelación discreta pero persistente. Al cerrar el libro, el lector tiene la impresión de haber aprendido a ver nuevamente aquello que siempre estuvo delante de sus ojos. Quizá por eso Ventanas batientes deja una impresión tan perdurable: porque nos recuerda que la poesía no añade un mundo al mundo, sino que nos devuelve el que creíamos conocer, iluminado por una atención más intensa, más paciente y más humana.

Durante la presentación:
Rossella Di Paolo
y Giovanna Pollarolo. Libreria EL VIRREY, 19 de junio 2026