El lugar que no existe: deseo, precariedad y memoria en Paraíso (2009) de Héctor Gálvez
Por Paolo de Lima
Quisiera comenzar por el título de la película, Paraíso, porque me parece que allí se encuentra una de las claves para aproximarnos a ella desde el psicoanálisis. El barrio donde transcurre la historia se llama Paraíso, pero nada de lo que vemos parece corresponderse con aquello que ese nombre promete. Hay arenales, viviendas precarias, trabajos ocasionales, pequeños robos, conflictos familiares y, sobre todo, una sensación persistente de que para estos jóvenes el futuro se encuentra siempre un poco más allá de sus posibilidades. Me interesa ese contraste porque, desde una perspectiva lacaniana, un nombre nunca es simplemente una etiqueta: el significante organiza una relación con aquello que no tenemos. “Paraíso” nombra, de alguna manera, un lugar que no está. La película puede pensarse así a partir de la distancia entre el nombre y el lugar, entre lo que se promete y lo que efectivamente existe, entre el deseo y las condiciones materiales en las que ese deseo intenta abrirse paso.
Héctor Gálvez
Los jóvenes de la película viven justamente en esa distancia. Son hijos de familias desplazadas por la violencia política, aunque pertenecen a una generación que no vivió directamente buena parte de aquello que determinó la vida de sus padres. Paraíso no presenta esa violencia mediante una reconstrucción del pasado: está presente de otra manera, en la composición del espacio, en las familias, en aquello que los padres no cuentan, en las historias que llegan fragmentariamente a los hijos y en los silencios. Hay, por tanto, una memoria agujereada, hecha de fragmentos y relatos incompletos. Esto resulta particularmente importante para pensar la película desde Lacan: hay siempre algo que el sujeto no sabe de sí y que, sin embargo, determina su posición. Los jóvenes no poseen un relato completo de aquello que ocurrió, pero viven dentro de sus consecuencias. La violencia política antecede a sus propias vidas y, sin embargo, encuentra en ellos una continuación bajo otras formas. Los protagonistas habitan un presente atravesado por una violencia sistémica cuyos efectos se expresan precisamente en esas condiciones que contradicen el nombre del lugar que habitan: la precariedad, la falta de oportunidades, la incertidumbre, la exclusión y la dificultad para imaginar un futuro. Lo que se transmite, entonces, no es únicamente una memoria que pueda ser contada, sino también una dificultad para contar, un silencio, una angustia, una relación problemática con el origen.
Hay una escena particularmente intensa en este sentido, la de Sara y su madre, cuando aparece la revelación de la violación sufrida durante el conflicto. La memoria no retorna allí como un discurso ordenado, sino mediante el cuerpo, el llanto, el miedo y una palabra que parece llegar tarde. La hija descubre que aquello que creía saber sobre su historia familiar estaba construido sobre un vacío. Aquí la película toca algo fundamental del psicoanálisis: hay acontecimientos que no se encuentran simplemente en el pasado porque continúan produciendo efectos en el presente. El trauma insiste porque no ha podido ser integrado en una narración capaz de darle un lugar. Pero la película tiene el acierto de no convertirlo en una explicación total de los personajes. Ellos trabajan, se enamoran, se pelean, bromean, roban, juegan, beben, imaginan posibilidades. Es decir, viven. La violencia forma parte de las condiciones que los constituyen, pero no agota su existencia.
Aquí aparece una noción lacaniana especialmente productiva: el deseo. El deseo no equivale a la satisfacción de una necesidad. Estos jóvenes necesitan dinero, trabajo, reconocimiento, independencia; pero aquello que buscan no se reduce a ninguno de esos objetos. Hay algo más: la posibilidad de tener un lugar propio en el mundo. En ese sentido, Paraíso puede leerse como el significante de un lugar que falta. No estamos ante un paraíso perdido, ante una edad dorada a la que sería posible regresar. Estamos ante un paraíso que quizá nunca estuvo allí. Sus padres llegaron a Lima expulsados de otros lugares y ellos, aunque limeños, viven en los márgenes de aquello que suele entenderse por Lima. No buscan simplemente regresar a un origen: tienen que intentar construir un lugar que todavía no existe.
La precariedad adquiere así una dimensión que no es únicamente material. No se trata solo de la falta de recursos, sino también de la dificultad para imaginar una continuidad. La escuela, el trabajo, la familia y hasta la idea misma de futuro aparecen debilitados. Cuando las posibilidades son pocas, incluso elegir puede convertirse en una forma de angustia. Y aquí puede introducirse la noción lacaniana del Otro. El sujeto necesita un lugar en el campo del Otro para reconocerse y construir una relación con su deseo. ¿Qué ocurre cuando ese Otro aparece debilitado o ausente, cuando las instituciones no garantizan una respuesta y cuando la historia familiar está atravesada por silencios que dificultan construir una narración del origen? Los jóvenes de Paraíso no carecen de deseo; lo que falta son las condiciones materiales y simbólicas para que ese deseo pueda adquirir una trayectoria.
También me interesa la presencia del goce. En Lacan, el goce no es simplemente placer, sino una dimensión paradójica de la satisfacción, algo que puede producir sufrimiento y, sin embargo, insistir. En Paraíso, esta dimensión aparece en los vínculos con la violencia, en ciertas formas de transgresión, en la dinámica de la pandilla, pero también en la diversión y la camaradería. Los personajes encuentran allí una forma de pertenencia. La pandilla no es únicamente un espacio de violencia: es también un lugar donde estos jóvenes se reconocen entre sí, tienen un nombre, una voz y una posición frente a los otros. Y aquí aparece una contradicción importante: aquello de lo que el sujeto quiere salir puede ser también aquello que le proporciona una forma de identidad. El barrio es simultáneamente el lugar de la carencia y el de la pertenencia.
Creo que ahí aparece una de las mayores virtudes de la película: no convierte la precariedad en espectáculo. La violencia política tampoco aparece como espectáculo retrospectivo. Se encuentra desplazada hacia los márgenes del relato, como un elemento que organiza la vida sin ocupar permanentemente el centro de la imagen. Esto permite pensar la violencia no únicamente en el momento de su ejercicio, sino en aquello que deja después. Hay una violencia que continúa produciendo efectos cuando ya no hay enfrentamiento armado, cuando los hijos de quienes la padecieron intentan vivir una vida que debería pertenecerles por completo. Los jóvenes son posteriores al conflicto, pero no están fuera de él. El conflicto ha terminado en términos históricos, pero permanece en los desplazamientos, en las familias, en los silencios y en las posibilidades de vida.
Por eso me parece significativa la imagen del árbol que aparece en el paisaje. Un árbol aislado en medio de un espacio aparentemente desolado puede funcionar como una imagen del arraigo: una población desplazada llega a un lugar casi vacío y consigue, pese a todo, establecerse allí. El árbol no borra el desierto ni transforma mágicamente el paisaje. Pero crece. Y quizá esa imagen nos permita pensar el deseo en condiciones adversas: menos como una voluntad heroica que vence todos los obstáculos y más como algo que insiste incluso cuando las condiciones para su realización son insuficientes.
Desde Lacan podríamos decir que el sujeto no necesita disponer de un paraíso para desear. El deseo surge precisamente porque hay una falta. Pero sería un error convertir la precariedad material en una simple metáfora de la falta psíquica. Hay una materialidad que debe permanecer visible: falta de trabajo, de oportunidades, de reconocimiento y de instituciones capaces de sostener una trayectoria. El psicoanálisis puede ayudarnos, más bien, a comprender qué sucede con el sujeto cuando esas condiciones materiales se convierten también en una experiencia de incertidumbre respecto de su propio lugar en el mundo.
Por eso Paraíso resulta tan sugerente para un diálogo entre cine y psicoanálisis. No nos ofrece personajes completamente explicados, sino sujetos inacabados, que todavía no saben qué hacer con aquello que han heredado y tampoco saben completamente qué hacer con aquello que desean. La película puede entenderse como una historia sobre la dificultad de construir un lugar para el deseo después de una experiencia de violencia que ha desorganizado los lugares anteriores. Sus personajes reciben fragmentos: historias incompletas, silencios, desplazamientos, pérdidas, afectos, miedos. Y tienen que hacer algo con eso. La pregunta más difícil que plantea la película no es solamente qué les ocurrió a sus padres, ni siquiera qué ocurrió durante la violencia política, sino qué podrán hacer ellos con aquello que recibieron sin haberlo elegido.
Y vuelvo entonces al nombre de la película. Paraíso no designa un lugar alcanzado, sino una promesa que permanece abierta y, quizá por eso mismo, una falta. Los personajes viven en un lugar llamado Paraíso sin estar en el paraíso. Pero precisamente porque ese lugar falta pueden seguir buscando, equivocándose, deseando, formando vínculos e intentando inventar una salida. La película no garantiza que esa salida exista. Y ahí reside, me parece, su fuerza: no promete un paraíso, pero tampoco clausura el deseo de encontrarlo.
San Isidro, septiembre 2026
Leído el domingo 20 de septiembre en el ciclo “Cine y Psicoanálisis” organizado por la Sociedad Peruana de Psicoanálisis en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
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dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com El lugar que no existe: deseo, precariedad y memoria en "Paraíso" (2009) de Héctor Gálvez.
Por Paolo de Lima.
Leído en “Cine y Psicoanálisis”. Sociedad Peruana de Psicoanálisis.
Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Septiembre 2026.