El Frontón (Lima, Arteidea, 2025, 76 pp.) de Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) es una obra que se adentra en la complejidad de la memoria histórica y la violencia en el Perú, utilizando una poesía que desafía las convenciones formales y se arriesga en su exploración temática. La obra se despliega a través de una serie de poemas que abordan la isla de El Frontón, frente a las costas del distrito-balneario de La Punta, en el ciudad-puerto del Callao, de Lima, un lugar emblemático marcado por la impunidad y la tragedia. En estos poemas, el autor articula una crítica aguda a la historia política del país, revelando cómo el paisaje marino se convierte en un testigo silencioso de la violencia dispersa en sus sedimentos. La isla, que históricamente fue un punto de encuentro para piratas y corsarios, al ser convertida en 1917 en cárcel se transforma en 1986 en un escenario de masacre a los presos por parte de las fuerzas represivas del Estado que motivó su cierre, lo que se plasma en versos que evocan la memoria social de los peruanos.

Gómez Migliaro utiliza un lenguaje vibrante y evocador, donde cada imagen se convierte en un eco de la historia vivida en esa isla, la más grande del mar peruano. En el primer poema, el autor menciona: “Mar abierto de olas / de nuevo inundables o transicionales entre ellas” (12), lo que sugiere no solo la continuidad del tiempo, sino también el repetido sufrimiento que han experimentado los internos de la isla. La vitalidad de su escritura invita a una lectura tanto visceral como reflexiva, donde el mar y sus olas se convierten en metáforas de la vida y la muerte, de la esperanza y la pérdida. La repetición de ciertas imágenes, como las olas y el mar, actúa como un hilo conductor que une los poemas (nueve en verso y tres en prosa), estableciendo un diálogo constante entre el presente y el pasado.
La obra se distingue por su audaz experimentación formal, que transforma la dura realidad que aborda en un sentido plástico y expresivo, convirtiendo cada poema en un aparato artístico que invita a la reflexión y a la emoción compartida desde un tono lírico-elegiaco: “Hay una esperanza / si nuestra intención de olvidar prospera, / hay una esperanza que jalas en el relato / de gente resentida con cierta representación / del habla en las organizaciones” (28). Gómez Migliaro juega con la disposición del texto en la página, creando un ritmo que acompaña la cadencia de los versos. Esta práctica no solo enriquece la experiencia de lectura, sino que a su vez subraya la urgencia de los temas que aborda. La mezcla de lo lírico con lo narrativo permite que el lector se sumerja en las historias que el poeta quiere contar; en ellas, cada poema se convierte en un fragmento de una memoria más amplia. Por ejemplo, al afirmar “Nada de historia / agita mil cuerpos que se revelan / o altivez de un pensamiento ahí / la isla escrita / y si queremos más / un cuerpo sin medida” (10), el autor evoca la resistencia y la revelación de un pasado que persiste a pesar del olvido.
La crítica de la violencia y la búsqueda de justicia son temas centrales en El Frontón. Gómez Migliaro no solo documenta el sufrimiento, sino que paralelamente cuestiona la desmemoria y el silencio que rodean los hechos relativos a la masacre de 1986. La figura del pescador, que aparece en varios poemas, simboliza la resistencia ante un pasado doloroso, mientras que el mar se erige como un espacio de reflexión y, a la vez, de peligro. En este sentido, el poeta nos invita a interrogarnos sobre nuestra propia relación con la historia: “¿De quién es ese paisaje? / ¿De quién es ese decir de los inclasificables? / ¿Cómo llegaste a esos cuerpos negros en el suelo?” (34), sugiriendo que la identidad está íntimamente ligada a nuestra memoria común y al reconocimiento del sufrimiento ajeno.
Desde una perspectiva ético-filosófica, El Frontón se convierte en un acto de resistencia poética que confronta el silencio impuesto por la violencia. La obra plantea preguntas inquietantes sobre la naturaleza de la memoria y la responsabilidad colectiva, invitando al lector a reflexionar sobre su propio papel en la perpetuación o la ruptura de ciclos de olvido. La afirmación de Gómez Migliaro, “Nadie habla de un genocidio” (13), resuena como un poderoso llamado a reexaminar nuestra historia y a reconocer las narrativas que han sido silenciadas, en particular al referirse a “la más grande masacre en la historia penitenciaria del Perú”, como la denomina el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (701). Este contexto histórico es crucial para entender la carga emocional de la obra, que no solo busca dar voz a los olvidados, sino sobre todo incitar a la acción y a la reflexión crítica.
Ilustraré de qué manera la matanza de los penales en 1986, ocurrida durante el primer gobierno de Alan García Pérez, ha sido tematizada en diversas disciplinas artísticas –como la narrativa, la poesía, la música y las artes plásticas–, que iré mencionando una a una. En primer lugar, con relación a la experiencia carcelaria en general en El Frontón, la narrativa se adelantó a los hechos de 1986 mediante el testimonio y la ficción, destacándose el libro de Leoncio Bueno, El sexo entre rejas: relatos de El Frontón (1970). En esta obra, Bueno, quien vivió en carne propia la brutalidad del régimen y el confinamiento en la isla, utiliza su experiencia para ofrecer relatos que capturan la realidad de los presos políticos. Su escritura no solo da cuenta del sufrimiento y la resistencia de quienes fueron encarcelados, sino que también revela la complejidad de las relaciones humanas en un entorno tan opresivo. A través de su narrativa, el autor da voz a los olvidados, transformando su dolor en literatura que trasciende el tiempo y el espacio. Bueno, quien se vio obligado a escribir durante su encarcelamiento, encontró en la creación literaria una forma de resistencia y una manera de documentar la injusticia que vivió. Así, su obra se convierte en un testimonio crucial que complementa la poesía de Gómez Migliaro, creando un diálogo entre el arte y la realidad histórica, y subrayando la importancia de recordar y confrontar los horrores del pasado.
La poesía también ha sido un vehículo poderoso para confrontar y recordar la violencia en el Perú, como se evidencia en “19 de junio” de José Antonio Mazzotti, incluido en su poemario Castillo de popa (1988). Este poema, que se abre con el epígrafe “Forget not” (“No olvidar”) del poeta inglés John Milton, establece un fuerte reclamo a la memoria colectiva, instando a no olvidar lo sucedido en el país ese día, cuando se registró la masacre en El Frontón. Mazzotti utiliza la personificación para dar vida a una noticia que “se había levantado bostezando”, lo que banaliza la tragedia y la inserta en lo cotidiano, un contraste que resalta la sorpresiva brutalidad del evento. La voz poética se dirige a un “tú” que puede ser el lector o un eco de su propia conciencia, marcando una distancia crítica respecto al “todos”. La repetición de “¡Cadáveres, cadáveres, cadáveres!” revela el horror de una represión que afecta a la sociedad en su conjunto, transformando al sujeto poético en un cadáver más, un símbolo de la deshumanización provocada por el Estado. Al igual que El Frontón, este significativo poema de Mazzotti se convierte en un acto de resistencia ante el olvido y un llamado a la acción, revelando la conexión entre la memoria histórica y la identidad social del Perú.
La memoria de la matanza también encontró eco en el ámbito musical, donde el grupo de rock-fusión Del pueblo y del barrio se refiere a ella en la canción “Coche-bomba” (1987), al igual que la banda subterránea Voz propia, que aborda el tema en “Hacia las cárceles” (1987). El vocalista de Voz propia, Miguel Ángel Vidal, recuerda un concierto de julio de 1988 en la Feria Internacional del Pacífico en el que, tras pegar un dibujo del Che Guevara en el fondo del escenario, lanzaron una paloma muerta al público como “señal de la paz”, mientras interpretaban esta canción alusiva a la reciente matanza de los penales (Cornejo Guinassi Alta tensión 256). Estos ejemplos artísticos refuerzan la urgencia del mensaje de Gómez Migliaro, subrayando la necesidad de enfrentar y recordar el pasado doloroso, un imperativo ético que se manifiesta de manera contundente en El Frontón.
Finalmente, las artes plásticas elaboraron respuestas visuales que fijaron la masacre en la memoria cultural. José Ruiz Durand evoca este horror en su serie fotográfica Memorias de la ira (1987), analizada por Gustavo Buntinx en su ensayo “Pintando el horror” (Batallas por la memoria, 315–335). Asimismo, Anselmo Carrera aborda la tragedia en seis piezas de serigrafía y pintura sobre papel (1990), y el taller “NN” propone la serie Carpeta negra (1989), que reflexiona sobre la memoria de la violencia y los mitos ideológicos que la envuelven. La obra Caja negra (2001) de Alfredo Márquez y Ángel Valdez se inserta también en este horizonte, y ha sido objeto de un análisis detallado por Ramón Mujica Pinilla en “Barroco y nuevo milenio” (Hueso Húmero 42, 54–61).
En conjunto, los testimonios que emergen desde la narrativa, la poesía, la música y las artes plásticas constituyen un entramado de memorias que desbordan lo estrictamente documental. Cada disciplina aporta un registro singular: la narrativa transmite la experiencia vivida desde la voz del testigo; la poesía condensa la emoción y el reclamo ético; la música canaliza la rabia y la denuncia popular; y las artes plásticas inscriben en imágenes el trauma de la violencia. Al articularse, estas expresiones revelan no solo la persistencia de la herida, sino también la potencia del arte como un espacio de resistencia simbólica frente al olvido y como una herramienta indispensable para pensar el presente y proyectar un futuro distinto.
En conclusión, El Frontón de Willy Gómez Migliaro se erige como una obra cardinal en el entramado de memorias que diversas expresiones artísticas han elaborado en torno a la masacre de 1986 y a la experiencia carcelaria en la isla. Su propuesta poética, atravesada por un lirismo tenso y un aliento ético, no solo dialoga con testimonios narrativos, poemas, canciones y obras visuales, sino que los condensa en un lenguaje capaz de convertir el dolor en resistencia simbólica. Así, la voz del poeta se suma a ese coro plural que ha insistido en que la violencia no puede borrarse del imaginario colectivo ni ser relegada a un pasado clausurado.
Pero el valor de este libro va más allá de su función conmemorativa. El Frontón se convierte en un laboratorio estético donde la experimentación formal –el juego con el espacio en la página, la alternancia de verso y prosa, la repetición obsesiva de imágenes– refuerza la urgencia de recordar y pensar críticamente. En un país donde las políticas del olvido han buscado neutralizar las huellas del horror, la poesía de Gómez Migliaro abre un espacio de resistencia y de interpelación, recordándonos que la memoria no es solo un deber ético, sino también una práctica creativa que permite imaginar futuros distintos. Su obra, en suma, transforma la herida en palabra y la convierte en una posibilidad de encuentro, diálogo y una esperanza que arde y se renueva en el latido compartido de la memoria.