La pareja tuvo nueve hijos, dos de los cuales murieron muy pequeños, Carmencita fallecida a los siete meses (mencionada en el poema largo “Choncaita” en Cantoral:
“Su llanto de árbol en tiniebla,
es encogido y amargo;
Y su cuerpecito no pesa más que una golondrina
[...]
Yerbas con olor a tierra húmeda
y a toronjil,
aroman su aliento de fantasma”
Y Tomás su hijo que murió a los dos años, y que Winétt en “Canción de Tomás, el ausente” termina diciendo:
“Voy a deshojar los innumerables pájaros
para tu navío de sombra”.
Luego están los otros siete que, a lo largo de los años, resultaron todos de alguna manera vinculados con el arte y la poesía. Tenemos, entonces, ahora en boca de Pablo, el padre, a
Carlos: quien “Traía(s) sobre la frente escrita, con significado trágico, la estrella roja y sola de los predes-tinados geniales.”
Lukó: “en la cual estalla, como un siglo, la granada azul de la pintura”.
Juana Inés: “que encontró la cadena de jacintos divinos, que une panales y guitarras en una y sola luz de melodía”.
José: “el cual araña las entrañas de Dios con la caricatura”.
Pablo: “que habrá de forjar estupendos edificios libertarios para que habiten los futuros hombres rojos”.
Laura: “aterrándome a la orilla de un nido de perdiz edificado en la poesía y, por último,
Flor: “expresión del sol y el mar en un capullo, en el que resuenen los pasos helados de los antepasados”.