Una tarea compleja es la que emprendió Nona Fernández con Marciano, su reciente libro. Una biografía novelada sobre un personaje tremendamente resbaladizo: Mauricio Hernández Norambuena o el comandante Ramiro. Un héroe para algunos y un criminal para otros. Las aguas se dividen en torno a un sujeto que participó en algunas de las operaciones más relevantes de la oposición a la dictadura y la democracia de los acuerdos: el intento de asesinato del dictador Augusto Pinochet y el asesinato del senador Jaime Guzmán.
En una suerte de prólogo o nota introductoria, la autora nos remite al origen del libro, informándonos que conoció a Hernández Norambuena en la Cárcel de Alta Seguridad de Rancagua en 2022. Tras un fracasado proyecto de serie de tono épico, con la posible actuación de Pedro Pascal o Santiago Cabrera, la autora decide visitar al reo durante todo un año.

Nona Fernández
Marciano se divide en 11 segmentos que conforman una novela híbrida, lo que le permite insertar conversaciones, cartas, fichas de libros y reflexiones de la autora/investigadora, identificada como «N», por Nona Fernández, y el reo, denominado «M», de Mauricio. Así, queda a firme la intención de no ocultar los vínculos entre el libro con su exterioridad, con la historia. Es decir, la autora no escamotea la problemática que el tema trae consigo; por el contrario, la exhibe, la tensiona, convirtiendo la narración en un hecho político en sí mismo.
Fernández se ubica en una zona muy poco explorada por la literatura nacional: la de investigar la vida, las motivaciones y los valores del autor de un crimen que no solo la justicia, sino la mayor parte de la sociedad rechaza, porque fueron realizados en democracia, en vigencia del estado de derecho. ¿Qué pasaría si el signo de todo fuera el contrario? Si se involucraran otros valores políticos, ideológicos o morales, ¿sería también legítimo narrarlo sin condena? Es ahí donde el volumen entrega la responsabilidad al lector o lectora y lo hace parte de la crisis que lo constituye.
Luego vendrán los hitos en la vida de «M», Hernández Norambuena, narrados por él mismo, pero también por sus amigos, amigas y hermanos de lucha muertos. Un coro de voces que se materializa en su pequeña celda, en su eterno tiempo de incomunicación.
El relato se sostiene en una temporalidad lineal de base histórica, donde correlativamente aparecen acontecimientos como la «Operación siglo XXI», los Queñes, el asesinato de Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards y de Washington Olivetto. Sin embargo, lo secuencial es un andamiaje que se transgrede mediante el ensanchamiento de la mirada de N y M. Ambos personajes se enfocan en su entorno en una suerte de estado alterado de consciencia que los lleva a inmiscuirse en realidades paralelas, donde se intensifica la captación sensitivo-afectiva e intelectiva. Se piensa, por tanto, desde una discursividad lírica, permeada de una triste y oscura belleza.
Lo interesante es que la autora a cada paso parece socavar el refugio ficcional que se le ofrece por el hecho de que el libro viene etiquetado como novela. Porque ella es una figura y una voz siempre presente a través de sus diálogos con «N» o sus propios monólogos sobre los acontecimientos que le son narrados. Breves flashazos sobre su biografía nos permiten conocer cuál es su posición respecto a este hombre olvidado por la historia. De esta forma, Fernández rechaza esa libertad, esa suerte de impunidad que el formato novela le ofrecía; por eso los datos reales, las noticias, los lugares, los nombres. Sencillamente, ella nos recuerda de manera constante que esto no es una novela, pero tampoco es la realidad estampada en los documentos legales o las recriminaciones públicas. Fernández avanza por un vértice peligroso y nos obliga a acompañarla.
Y es precisamente ese modo de transitar por la historia lo que salva al libro de una mirada extractivista, porque no es un ejercicio para documentar un tema más: es una puesta a prueba, un límite. El Comandante Ramiro de Nona Fernández es, pese a su caída, un héroe, un sujeto expuesto a un azar que le jugó en contra y que mantiene su dignidad a toda prueba. Hay que dejar en claro que no todo cronista o novelista puede dar por superado este riesgo.
El Comandante aparece como un personaje con convicciones políticas firmes, sin arrepentimientos sobre el pasado, leal con sus compañeros de lucha, aunque también como un tipo capaz de reconocer errores tácticos individuales y grupales. La autora expone con una delicadeza impresionante al revolucionario implacable, pero, fundamentalmente, a un hombre con una sensibilidad extrema en el que priman los afectos y el goce de imaginar una vida otra. «¿Me abrirás una ventana?», le dice a «N» respecto a su novela, en un tono de súplica conmovedor.
Una zona relevante de esta narración se refiere al proceso de creación que ocurre en tiempo presente: la obra se va construyendo en la medida en que la leemos, acortando, con ello, la brecha entre autora y lector, y permitiéndonos, además, compartir sus dudas y complicaciones no solo literarias, sino morales. «N» suele utilizar la palabra «enredo» para referirse a su entendimiento de lo narrado por su entrevistado o por el modo en que se enfrenta a la disposición del relato.
La narradora escribe: «No sé ordenar este capítulo. En el encierro, a falta de espacio y aire, la historia se pisa la cola, se apelotona y deja de entenderse. Se arma un verdadero taco de sucesos e imágenes e ideas que, de tanto golpearse contra las paredes de tu celda, pierden el orden y arman un nudo. Estoy en medio de ese nudo. Con el pecho apretado y esta sensación de ahogo que no logro sacarme de encima. Mareada por el eco de tus encierros. Los que has padecido y los que has ejecutado. Se espejean unos a otros de manera arbitraria y en ese reflejo infinito me pierdo y ya no distingo cuál es cuál». La corporalidad se une a la razón. La autora somatiza y señala perderse, lo que significaría el fracaso de su proyecto e intento de comprensión de aquel otro. Sin embargo, el relato no se detiene.
Una posibilidad real al elaborar un volumen sobre un personaje tan conflictivo como Hernández Norambuena era condenar sus acciones. Habría resultado políticamente correcto que Fernández tomara el camino fácil y se restara de insertar su visión personal, como personaje/escritora ante un sujeto que infringió la ley. Pues bien, Nona Fernández toma una ruta que pocos escritores y pocas escritoras nacionales han asumido.
Este gesto sitúa a Fernández en un lugar literariamente único. Su lugar como sujeta en la historia del país se conjuga con su lugar de escritora. Dos lugares que, en definitiva, son uno. Fernández ha corrido con este profundo, intenso e importante libro el riesgo más grande de toda su historia literaria, cosa que no es poca para una autora consolidada como ella. Ciertamente, hay aquí un apoyo implícito a la figura y a lo que representa Hernández Norambuena por su uso de la violencia política. Más allá de esto, lo que sí queda claro es que logra traspasar a los lectores la duda, la angustia, las crisis provocadas por un ejercicio al límite, donde lo estético, lo político y lo moral son puestos a prueba una y otra vez.


