La novela negra escrita por mujeres está en un muy buen momento, hecho que resulta relevante en cuanto disputa un campo históricamente ligado a la autoría masculina. Lo llamativo de la situación es la buena onda con que los varones están recibiendo a las autoras. Por supuesto, es algo que se debe celebrar: que un espacio literario marcado por la dominación masculina en el más amplio y profundo sentido de la palabra esté experimentando un giro progresista, inclusivo, no podría sino provocar aplausos. A menos que simplemente se trate de la cordialidad con que el dueño del fundo recibe a un grupo de nuevos inquilinos; en este caso, inquilinas.

El asunto es que la inserción en el campo de la novela negra esta dependiendo, para las mujeres, en gran medida del padrinaje con los escritores que cultivan el género y los académicos especializados en el tema. Todos varones. Surge, así, un alegre proteccionismo que, podríamos hipotetizar, se debería a que muchas de estas novelistas elaboran una propuesta literaria que sigue las normas estandarizadas y, por sobre todo, no enarbolan discursos feministas ni contrahegemónicos. En términos generales, estamos ante escrituras bien portadas. Y, como sabemos, bien portada, bien recibida.
Todo esto no debe ser un impedimento para dejar en claro que hay propuestas literarias destacables realizadas por mujeres. Sucede con Tráeme la noche (Los Perros Románticos, 2025), de Andrea Calvo, una oscura narración en torno al crimen de una transformista.
Desde la página de apertura, la autora aborda el contexto en que sucederán los hechos y, lo más importante, toma posición tipificando al poder y la sociedad en que vivimos. Esta suerte de marco funciona como una denuncia a un país que por un lado promulga una ley de matrimonio igualitario y de identidad de género, mientras, por otro, se comete un atentado a un centro nocturno símbolo de la cultura gay.
Este suceso deja de manifiesto que los sectores homofóbicos del país se encuentran plenamente activos y dispuestos a todo. La narración, de tal modo, no solo se remite a un caso criminal, sino que elabora una crítica al poder y la sociedad, sobre sus ataques a las disidencias y a un oficio artístico como el transformismo.
Estrada es el comisario que protagoniza este relato y es quien se encarga de dilucidar un atentado en el Club Cleopatra, donde se realizaba la celebración del día del orgullo LGBTIQ+. La fiesta es interrumpida por una balacera que deja múltiples fallecidos y heridos. Entre los últimos, se encuentra un amigo del comisario. De día, Alfredo, auxiliar de aseo en un conspicuo club de campo y, de noche, Ornella, una famosa y querida drag queen de la bohemia santiaguina.
El libro se apega a la linealidad con pequeños saltos hacia diversos momentos del pasado centrados en la vida del detective y de Alfredo/Ornella. Estos raconttos nos hacen conocer la amistad que los ha unido durante décadas y ayudan a explicar el interés desmesurado del policía por resolver el asesinato de Alfredo.
Uno de los aspectos más destacables de la novela es el tratamiento de la intimidad de los personajes. La autora expone matices y hurga en sus contradicciones y deseos profundos. En otras palabras, los humaniza con acierto mediante una estrategia de ligarlos y luego rescatarlos del estereotipo. Esta técnica resulta bastante bien desarrollada, ya que los personajes progresivamente se despojan del cliché y migran hacia una complejidad de mayor calibre. Así, el policía rudo y solitario lucha contra su alcoholismo, pero sufre por la pérdida de su hijo y manifiesta sin tapujos su afecto por Alfredo. El detective posee un discurso contrahomofóbico que vincula fuertemente su trabajo investigativo con su historia personal.
Alfredo, por su parte, también resulta un personaje que pasa del mero discurso superficial y el amaneramiento a un sujeto con diversas capas que cruzan desde de la vida como padre hasta su función de trabajador y artista. Alfredo y Ornella parecen disociados; sin embargo, son interdependientes, comparten rasgos como la solidaridad, el afecto, la lealtad y su constante capacidad de expresar emociones. Finalmente, otro de los personajes que entran y salen del cliché es el hijastro de Alfredo, un adolescente en apariencias entregado a su mundo interior que migra hacia la figura de un investigador autodidacta, atrapado en la angustia por la muerte de su padrastro.
Andrea Calvo configura contextos con rigurosidad y se entrega con soltura a un enfoque oscuro, donde se impone el temor y la posibilidad constante de violencia. Pese a ello, hay un desajuste en la entrega de la información relacionada al caso. La trama obedece al descubrimiento de pistas que tardan demasiado en aparecer. Esto implica que la revelación de los acertijos descarguen todo su peso hacia el final de la novela. El uso de este recurso —dosificar tanto los indicios— puede servir para mantener en alto y de manera constante la tensión, pero, como en este caso, puede ser un error en cuanto a la morosidad del trabajo investigativo.
Otro aspecto que bien pudo trabajarse con mayor rigurosidad se refiere a la oralidad de los personajes. En particular, me refiero al habla de la comunidad gay y drag, la cual aparece demasiado estereotipada y recargada de modismos populares que inscriben a los personajes en un segmento social carcelario y, además, forzadamente feminizados.
Con todo, Calvo realiza un libro donde se advierte que es parte de un proyecto mayor con una intención seria —o, si se quiere, profesional— al momento de enfrentar el género negro de modo clásico. La autora hereda un género literario y lo mantiene incólume. ¿Falta de riesgo? Puede ser, aunque la falta de riesgo es una característica transversal a la literatura chilena. De la pregunta anterior surge una segunda: ¿cuál sería la marca distintiva de una novela negra escrita por una mujer? Aun cuando sabemos que no hay una esencia de mujer y que no existe «la» mujer, es inevitable preguntarse: ¿hay alguna marca diferenciadora en cuanto al género autoral, considerando que la novela negra ha tenido un origen y desarrollo históricamente asociado a los varones, donde predomina la heterosexualidad y la cosificación de la mujer? En este volumen no se advierte una marca de género que permita deslindar el policial masculino del femenino. Esto requeriría no solo ser un tema a reflexionar, sino un modo de inscripción literaria que nos permita ampliar el manual de instrucciones de la novela negra. Ir por más, siempre por más, debería ser una de las máximas de las autoras dedicadas a cultivar este género. Y eso no está ocurriendo.