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Detectives salvajes en la APEC


Por Felipe Ruiz V.
Fuente: Rocinante
sábado, 06 de noviembre de 2004



Otros tratados, otras reuniones cumbres (aunque terminen con sus representantes por los suelos), se celebran por estos días en Santiago. Y más vale la pena estar atento. Porque mientras los mercados se globalizan (y la esclavitud mercantil no discrimina raza ni religión), tráficos paralelos en la poesía abren pasos no autorizados de discursos, imaginarios, resistencias. Todos son sospechosos. Porque en los días del juicio, nadie puede ser imparcial. Tan Poquita Fe. Tan Encuentro Internacional. Tan Joven Poesía.

Bar La Nona I

Es martes 12 de octubre en Santiago. Por estas fechas la ciudad se cubre con el papel mural de cientos de payasitos vote X y MIBs (Men in Black) comienzan a infiltrarse silenciosamente entre los vendedores de fruta del Mapocho y otros seres sospechosos, para que nada interrumpa la ¿cumbre? de la APEC. Nos encontramos junto a algunos poetas bebiendo en el Bar La Nona, antro bellavistesco. Casi todos han vuelto a casa y tan solo Daniel, de México, permanece unos días más para esperar el desierto florido. “He bebido de la puta y sigo”, dice mientras se lleva a la boca un pisco sour sórdido, más parecido a milshake con alcohol. La caña buena nos deja un sabor a satisfacción en la garganta. Y es quizá la hora del conteo de las víctimas, los sobrevivientes, los héroes de batalla.

Y verás como quieren en Chile...

¿Pero qué fiesta fue esta? Una fiesta rara, una fiesta de verdadera diversidad y diversión (¿democracia?). En ningún caso la pariente pobre de las elecciones de la muni y la APEC. Me refiero al Primer Encuentro Internacional de Jóvenes Poetas: Poquita Fe 2004, que durante los días 6 al 9 de octubre, en la Casa del Escritor (Simpson 7) y en las universidades de Chile, Católica y Diego Portales, nos quitó toda la energía disponible y superó con creces las expectativas de la organización, repletando el público en cada presentación, sobrepasando la cantidad de vinos de honor ante una concurrencia miscelánea y, lo mejor, en muchos casos ajeno a la pequeña familia literaria.

El entusiasmo que generó el encuentro convocó a 33 jóvenes poetas menores de 30 (en su mayoría inéditos), de todo el país además de 9 poetas latinoamericanos que, alentados por la buena onda general de las jornadas, se vinieron como pudieron a tomarse algo más que las sedes de lectura oficial. Y es que la impresión general da que los poetas chilenos son el fiel reflejo de la idiosincrasia nacional. “Por cuatro días me vuelvo un alcohólico de primera”, dice Rodrigo Flores, el joven poeta mexicano que ya ha sido advertido de la camaradería nacional. No tan lejos estuvo Paulo Fichtner, poeta brasileño que no entendía mucho de español pero sí de cervezas, vinos y licor. En camilla tuvo que volver a su patria. Carretes más o menos, este encuentro vino a mostrar una pluralidad de voces y miradas que, en cuanto a poesía, está lejos de señalar al género como un territorio acotado (y agotado) en la tradición latinoamericana.

Del nombre no queda más quizá que la ironía. Poquita Fe (popular canción del Trío Los Panchos) simbolizó, para los organizadores, la desazón generacional de una joven poesía sin espacios propios y originales de expresión. Desazón que, de pronto, se reveló como mero velo o ilusión del aislamiento nacional. “Chile tiene mucho de insular”, me dice Daniel, compañero de viaje de Rodrigo Flores. Debe ser la cordillera, el océano y el desierto que nos acota como un feudo. Piensa. La cuestión es que, de pronto, sin que nadie se diera cuenta, tuvimos que aceptar que la poesía chilena no es más que una pequeña vocecilla en el tono general del continente, donde con fuerza plena y vital emergen una multiplicidad de regiones, territorios y voces. Ahí están, por ejemplo, la poesía argentina. Sus voces representantes (Germán Garrido, Marina Alessio, Cristóbal di Napoli) vinieron a mostrar el peso que la tradición narrativa tiene en el país, peso que se ve reflejado en la propia poesía. El minimalismo de los recursos, la escasez de metáfora y una tendencia notoria a lo argumentativo, ofrecieron una poesía poco acostumbrada para el público nacional, tan habituado al verso vociferante y a la impostación. Los poetas argentinos demandan una atención particular, una lectura atenta y un clima de escucha casi ideal. “Nosotros no tenemos un Neruda sobre nuestras cabezas”, señala Marina. Y vaya que no. Si nuestros poetas bajaron del Olimpo, quizá los trasandinos nunca lo estuvieron. Simpleza y ocasión que comienza a ganar adeptos en nuestras propias tierras: te odio/ no vas a llamarme por teléfono/ porque estás en bariloche, a 1600 km de acá/ no vas a gastar dos pesos en llamarme por teléfono (Marina Alessio).

Un contraste curioso ofreció la poesía mexicana. Hay una distancia menor en relación a la chilena, pero no posee la estridencia, el look ni la impronta tan flaneur chilena, que le da al poeta una condición de hechicero charlatán. Rodrigo Flores era todo simpleza y, sin embargo, su poesía bordeaba lo más experimental y lúdico que me ha tocado escuchar, sin disfraces dark ni alharacas extravagancias. Una razón más para entender por qué los poeta son, ante todo, escritores. Evidencia tan sencilla pero que, a veces, con los prejuicios que recaen sobre el mandato ontológico del ser poeta, transforman a éste en un Cristo o Anti Cristo del Elqui que viene a exculpar al mundo de sus males. No. Otro surco a saltar, sin duda, es esta imagen prejuiciosa y llena de falsas poses en la cual el poeta posee una especie de código ético personal. Curiosa y fatal influencia de los mitos bolañescos. Resabios (una vez más) del peso biográfico de Neruda y otros vates. Como sea, Rodrigo Flores es un pinche poeta de lo más atrevido, pero que en Chile pasaría más bien por un boy scout o suplementero de diarios. Cero pasta para la pose. Buena para la escritura: .a qué no puedes comer solo una./ .lo mejor de la guerra ahora en dvd./ .cómete dos./ .un freak de buenos sentimientos asesina a un billetero beneficiando a los artesanos de méxico./ .trágate una más./ .hemos ejecutado a uno de los símbolos de la traición durante una fecha inolvidable en el emporio de la hospitalidad./ .recomiéndaselo a tus amigos. (Rodrigo Flores).

El poeta brasileño Paulo Fichtner es cuento aparte. En el país de la samba y del balón, la poesía no es precisamente la pasión de multitudes. La pequeña escena a la que pertenece, sin embargo, abre posibles elementos de mixtura con la música y otras artes. “Brasil es un país muy musical”, señala, hasta donde le entiendo. “Hemos tratado de mezclar poesía con música cosa de llegar más a la comunidad, que ésta se interese por nuestro trabajo y lo vean también a partir de la musicalidad”. Un poquitiño de color al arte más cebollero de la palabra. Fichtner blandea un disco en donde, aparte de música típica carioca, aparecen poemas suyos recitados por él mismo. Y vaya que fue notoria la vocación parlante del poetiño. Su aspecto de perenne inocente, del que no mata ni una mosca y en ningún colegio pasaría por el que escondió la mochila, desparecía cuando se ganaba detrás del micrófono. Allí ningún bafle aguantaba y Fichtner sacaba una energía sobrehumana que te ponía los pelos de punta. Ni que estuviera relatando un partido de su selección: Eu cuspi porque tu cuspite primero – e com um dos pés joquei/ Terra na cara e no vestido. Terra seca. / Ela figiu sem que me dissesse nada./ Calada o tempo todo, tinha contudo e impressao de que era sempre (Paulo Fichtner).

Agrupo a Perú en una territorio colindante, pero paralelo, al nuestro. A mi modo de ver, comparte una vocación poética claramente destinada a mixtura entre oralidad y escritura. Doble conciencia de la musicalidad poética como de las zonas de interferencia y ruido blanco que ambas provocan. Se tratara o no simplemente del número de habitantes (creo que la poesía peruana posee territorios amplios y disonantes) –tratar de hacer generalizaciones a partir de sus dos representantes, Roxana Crisólogo y Elma Murrugarra– sería un suicidio. Como establecer la ley de gravedad a partir de la caída de una sola manzana. Debe ser por nuestros aislamientos congénitos y nuestra ocasional ingenuidad. Pero los isleños de Chile generalizamos a partir de una muestra ínfima. Debe ser por prejuicio o por la hospitalidad tan huasa: “no se hagan una imagen errada de la poesía a partir de un solo sujeto”, me dice Roxana, a propósito de otro poeta peruano que causó estragos en una visita anterior. “Dentro de Perú hay tanta poesía como aquí y sería tonto creer que por uno todos están condenados a la hoguera”. Entonces aquí va, sencillamente, una muestra: Por qué este país/ sur/ norte/ oeste/ hila/ teje/ y se enreda/ Porque este país/ al sur/ sin norte/ ni oeste/ hila cobre/ teje plata/ y en oro se enreda. (Elma Murrugarra).

Leandro Costas vino en representación de la poesía uruguaya. Llego tarde al Encuentro por un problema de locomoción que lo dejó varado en Mendoza. Bebió, rió, comió y se fue, tan de improviso como vino, pero alcanzamos a escucharlo y a compartir palabras cálidas y, a través de él, visualizar algo de lo que puede estar escribiéndose en su país. La poesía uruguaya debe sonar tanto hoy como la filosofía chilena en Europa. Producto de exportación no tradicional, quizá un diez por ciento de la población chilena sepa que uno de sus fetiches de pergamino (Mario Benedetti) sea de esas tierras. “La mala situación nacional ha influido en el paupérrimo estado de la gestión cultural en el Uruguay”, señala Leandro, “desde los poetas más jóvenes y de menor prestigio hasta los más consagrados deben pagar sus propias publicaciones, eso es una cuestión que a nadie asombra”. Sin quejas ni reclamos, despacito por las piedras, a sus 28 años Costas posee ya tres volúmenes, uno de los cuales El agua entre las manos (pequeña edición facsimilar del 2003, que reza en la contratapa "SERIE DECLARA DE INTERÉS MINISTERIAL POR EL MINISTERIO DE EDUCACIÓN... Y DE INTERÉS MUNICIPAL POR EL DEPARTAMENTO DE CULTURAL DE LA INTENDENCIA MUNICIPAL DE MOTEVIDEO", casi un poema) posee un tono monocorde y sin contrapelos que, sin embargo, producen un efecto de cadencia y decadencia paulatina de la palabra, que resulta muy atractiva e interesante de analizar más en detalle: las sospechas nacen de nuestras manos/ en el aire/ que habitan/ ellas/ las mismas/ las manos en el aire/ nacen imposibles de los crímenes que viven/ en nuestras manos/ en el aire/ en la brillante falta que los crímenes habitan (Leandro Costas).

Ya que he tenido la desfachatez de hablar tanto de la poesía de otros (aventurándome en juicios y propuestas que quizá excedan mis capacidades de sismólogo brujo), creo que lo más coherente es dejar la poesía chilena para que nuestros invitados hablen y despotriquen. La invitación está hecha. Lo cierto es que sin falsos aires de latinoamericanismo trasnochado, nuestras fronteras láricas se han abierto a territorios aun más vastos que nuestra larga y angosta faja de tierra: es quizá hora de tomar aliento para romperla o sacárnosla (a fuerza de viaje, e-mail y porfía), como un zapato chino que sin perder su horma puede darnos, al menos, la libertad de movimientos.

Por otra parte, la poesía chilena encierra un misterio y fascinación tal para el visitante que es sin duda preciso mucho más que 10 mil caracteres en una revista para ahondar en ella con precisión.

¿Epílogo? En el Bar La Nona II

Daniel deja a un lado el vaso de pisco sour. Mañana parte a Valparaíso y, a su retorno, quedamos conformes con la idea de que volveremos a vernos, para partir al florido desierto norteño: Qué Poquita Fe. Antes de despedirnos, se aventura en algo: “la poesía chilena, hombre, es como un grito ahogado. Parece que ustedes lo dicen todo y tienen la desfachatez de hablar desde la crudeza misma pero hay lo esencial, la crème de la crème, esa se la están dejando muy guardadita, la crudeza misma se la están guardando. No sé si es porque son muy tímidos, muy isleños, no sé. Pero para sacar ese misterio quizá tenga que pasar una buena temporada acá conociéndolos”. Ni en tres vidas, Daniel. Ni en tres vidas.

 

 


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Poquita Fe: Detectives salvajes en la APEC,
por Felipe Ruiz V.
En Rocinante, sábado 6 de noviembre de 2004.