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"Artes menores" de Pedro Gandolfo


Por José Murillo

 


Artes Menores es un libro que me sorprende y me emociona. Conjunto de ensayos acerca del sencillo y sublime arte de vivir. Arte menor porque no es pretencioso y, quizá por lo mismo, capaz de sugerir un arraigo tan verdadero en el simple y a la vez complejo habitar cotidiano.

Leerlo es acompañar y sentirse acompañado en un camino de constante asombro ante la realidad. No ante una inmensa realidad, sino la cotidiana. Gandolfo invita a vivir la cotidianidad de una manera nueva, saborearla, reinventarla, descubrirla y también sufrirla.

El estilo es de una delicadeza poco común. Gandolfo parece dibujar cada ensayo e incluso cada palabra justamente porque conoce la insuficiencia del lenguaje y de las palabras.

Pedro Gandolfo demuestra, en este libro, una relación poco frecuente con la experiencia. Estamos acostumbrados a relacionarnos con la realidad a partir de palabras, conceptos, razonamientos inteligentes y oportunos. Pero la experiencia, por frágil e incierta, es negada y expulsada de la dignidad intelectual. Tan preocupados de las artes mayores, los intelectuales dejan de lado la vida, la experiencia, los sentidos, el cuerpo, es decir, lo único que realmente tenemos, lo único que no es delirio.

Este libro es casi una guía para recuperar la propia y olvidada experiencia. Dignifica la experiencia, los sentidos, las pasiones e incluso el cuerpo. Estoy tentado a escribir que este libro es un dibujo del cuerpo, de cómo el cuerpo habita y siente la realidad. Sólo un hombre muy sabio y sensible puede lograr una sencillez tal que no niegue la complejidad de este habitar.

El ritmo de Artes menores es el de la intimidad y honestidad.

El libro comienza con un ensayo sobre la experiencia de la muerte, la de su abuelo, ocurrida antes de la llegada del lenguaje. Imágenes y sensaciones más auténticas que cualquier palabra. No es tan extraña la contradicción de este libro: por medio de palabras cuestionar las mismas palabras, pues la escritura de Gandolfo es más cercana al dibujo que al inteligente razonamiento. En esto consiste, a mi parecer, la genialidad de Artes menores. Entrar, a través del lenguaje, en la silenciosa región de lo sublime, de lo poético, del habitar la realidad. Es una descripción mística, sin pretender serlo, de lo real. Fina y verdadera transformación de lo ordinario en algo extraordinario y milagroso. Gandolfo demuestra una pasión tal por la vida que la transmite creo que sin pretenderlo. Leer este libro es querer mirar la realidad con la sutil agudeza del dibujo y la poesía. Es acompañar a Gandolfo en ese redescubrimiento creativo de la cotidianidad. No es necesario grandes discursos acerca de la realidad, pareciera decirnos Gandolfo en este libro. Basta leer el diario, hojear un libro, salir a pasear, escuchar la ciudad, conversar, callar, no ser indiferente ante el otro, dormir, decir adiós, escribir, quedándose en ello, experienciando y practicando esas artes como tales.

El libro termina con un ensayo en el que Gandolfo habla de la muerte de su padre y cómo esa experiencia lo invita, lo obliga a escribir. La experiencia de la muerte abre y cierra el libro. Primero, la muerte del abuelo y la experiencia pura infantil (anterior al lenguaje), en sensaciones e imágenes y luego la muerte del padre y el querer escribir, es decir, plasmar las palabras y trascender en ellas, todo sin olvidar la precareidad de las palabras y del lenguaje.

Este libro puede ser leído, entonces, linealmente, de principio a fin. Este camino, importante decirlo, tiene un sabor melancólico. El camino se recorre y queda atrás. Las páginas del libro se rebelan contra el huir del tiempo. Uno de los ensayos más emocionantes del libro, y que quisiera recomendar enérgicamente, Decir Adios (p. 335), plasma de frente la melancolía que se intuye a lo largo de todas las páginas.

Pero este libro también permite ser leído en un orden espontáneo, y conserva su riqueza y genialidad.

Quiero terminar esta reseña agradeciendo a Pedro Gandolfo la generosidad de su escritura. Emociona leer un texto tan bellamente escrito, con una fina y honesta humildad ante la realidad, que invita a recorrer la cotidianidad y celebrarla con ojos nuevos. Puedo decir sin miedo a equivocarme que este es uno de los pocos libros necesarios para tener, leer y releer calmada y cotidianamente.


 

Artes Menores

Por José Miguel Ried *

Casi siempre es posible rescatar algo de la frondosa variedad de libros que se me van abriendo día a día. Ideas, inspiraciones o un buen rato de callada diversión.

La mayoría de los libros que pasan por mis manos están relacionados directa o indirectamente con el derecho. Reconozco que muchos de ellos son insufriblemente tediosos, pomposos, repetitivos e inútiles. Por lo mismo, qué placer encontrar un libro o un artículo con una propuesta inteligente planteada en forma amena.

Mi velador, sin embargo, es zona prohibida para libros jurídicos. De entre los libros que lo pueblan suelo picotear las materias más diversas: mitología, sicología, cómics, clásicos de la literatura, libros para niños, dependiendo de lo que me vaya pidiendo el espíritu. Y es que al igual que sucede con la música, hay libros para distintos estados de ánimo, para ser leídos en distintos lugares y en diferentes épocas del año.

Permítame recomendarle un libro de invierno, Artes Menores de Pedro Gandolfo. Especial para un domingo lluvioso.

Artes Menores es un conjunto de ensayos muy breves sobre, precisamente, las artes menores. No hay batallas entre elfos y enanos, no hay conjuras internacionales religiosas ni divagaciones sobre el fin de la historia. Gandolfo, en su estilo de poética sencillez, nos entrega impresiones sobre nuestros pequeños placeres, ocupaciones y afanes de cada día. Por ejemplo, dedica dos ensayos, no más de dos páginas cada uno, sobre “callar”. A continuación vienen otras artes menores, tales como enfermarse, no ser pedante, dormir, ver dormir, decir adiós o sentir tibieza.

Para su disfrute, le transcribo un trozo de “Sentir tibieza”

“La tibieza de la habitación de mi infancia, aquella cautivante de las sábanas y de los cuerpos, o la tibieza justa del vino tinto vienen a mi memoria como el anverso feliz del frío que me hacía castañetear los dientes en las mañanas de invierno al marchar al colegio, o de aquel otro del mar de Reñaca, que parecía triturar mis pobres huesos en los veraneos , o de ése, infinitamente más terrible, posado sobre la mano del abuelo muerto.

Acaso por esa íntima y temprana asociación entre el frío y la muerte es que no escatimo recursos en invierno – ni aun costa de incomodidades, transgresiones estéticas e impudicias – para lograr un mínimo de tibieza. Considero un defecto imperdonable de la hospitalidad chilena el descuido de este tema: cualquier choza tibia me parece más agradable que ese lujoso departamento o casa donde paso la elegante velada a punto de tiritones”.

No va a encontrar en este libro las desopilantes reflexiones de Seinfeld sobre los detalles cotidianos, ni las fascinantes instrucciones para darle cuerda a un reloj o para estornudar de los Cronopios de Cortázar, sino que un relato, desde el fondo de un alma, de estas pequeñas verdades fundamentales, sobre las que se construyen las otras más ruidosas.

En resumen, un libro para leerse un día frío, sin apuros, sin necesidad de seguir el orden de sus páginas, ojalá mientras se disfruta la tibieza de una chimenea de invierno, como le gustaría a su autor.

Un libro escrito en prosa inteligente por un poeta de las cosas sencillas.

 

(*) Magíster en Derecho, Cornell University
Abogado. Guerrero Olivos Novoa y Errázuriz
Profesor Derecho UC


 

 

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