El poeta Javier Grover (1975) poeta aún joven, despliega un conjunto significativo
de textos poéticos cuyo mundo poético nos hace reflexionar desde una mirada
particular, el género, del otro, aquel cuyos entramados discursivos, testimonian a
ratos la memoria suturada de la infancia que el sujeto poético construye para que
podamos mirar, desde su subjetividad atravesada a ratos por el dolor:
“Resultó ser la melodía más triste” (Grover, 2025: 16)
Pero aparte del dolor Vallejiano por el existir, encontramos el otro dolor, del
cuerpo-texto, porque al parecer, el poeta imbrica en una sola cosa. Se escribe
con todo, obviamente, con todo el cuerpo al que desmonta los discursos
canónicos cristianos:
“en el jardín de Marco…
(aunque no lo creas).
Saboreé la dulce manzana confitada”
. . . . . . . . . . . . . (Grover, 2025: 19)
Nótese a este respecto además el autoerotismo que produce mirar el cuerpo del
otro, como mirarse en un espejo y verse ensimismado:
“vuelves a desbrocharte,
La sacudes,
La doblas en mi axila”
. . . . . . . . . . . . . .(Grover, 2025:49)
Esta tradición poética en la Grecia antigua fue explorada por Safo y Catulo, pero
que el poeta amplifica, sacando una poética de lo programático:
“sin escritorio, eres de la silla común y corriente” (Grover, 2025:53)
Con todo, en buena hora leemos lúcidamente estas páginas, no como lectores
ingenuos sino como un lector ideal que trata de rearmar esta poética con los
engranajes de la realidad:
“Poseen figuras para la lectura,
Transfigurados por la oración”
. . . . . . . . . . . . . . (Grover, 2025: 49)