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La poesía de Jesús Salazar: migración y encuentro
Sobre libro "Huaca de la noche", de Jesús Salazar Paiva
Andesgraund Ediciones, Colección Campos de Hielo, 94 páginas, enero de 2026

Por Patricio Lizama A.

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“Estar aquí por años en la tierra…
con la sombra,
la memoria, el deseo…
partiendo juntos cada vez el pan,
en dos, en tres, en cuatro”
Eugenio Montejo
 

El poemario de Jesús Salazar, cónsul adjunto del Perú en Santiago, se inscribe en la larga tradición de obras escritas por diplomáticos quienes complementan su trabajo con la creación literaria. A la vez, se inserta en una época de continua inmigración peruana a Chile, proceso que da origen a diversas problemáticas individuales y colectivas. 

Huaca de la noche se inicia en el norte, Bahía Inglesa, y culmina en el sur, en el continente blanco. Entre el sol del desierto y los hielos de la Patagonia, aparecen territorios y paisajes, lo urbano y lo rural, el cerro y la costa, con su diversa geografía y su heterogeneidad humana. Elqui, Santiago y Valparaíso, Valdivia y Puerto Montt, Chiloé, Coyhaique y Punta Arenas. El poemario que se dispone al modo de un viaje por el país, recuerda al Poema de Chile de Gabriela Mistral y A pie por Chile de Manuel Rojas.

 

Jesús Salazar Paiva


Los poemas están construidos en diálogo con el patrimonio literario universal. Las referencias y alusiones a Antonio Pigafetta y Samuel T Coleridge, Charles Baudelaire y Jorge Luis Borges, se complementan con la resignificación de escritores chilenos y peruanos como Vicente Huidobro y Altazor, Gabriela Mistral y sus valles, Pablo Neruda y su canto a Macchu Picchu, César Vallejo de Trilce y Manuel Rojas de Hijo de Ladrón. Los textos son muy diversos pues a la narración breve, la poesía conversacional, la confesión, se suman los formatos del ámbito jurídico —declaraciones juradas— el uso del habla coloquial, los términos quechuas y la poesía de actitud apostrófica y lenguaje de la canción.

El sujeto de estos poemas es un migrante[1], condición existencial que tiene implícitas las experiencias de multiplicidad, inestabilidad y desplazamiento[2].  El “recién llegado”, el que se pregunta por su identidad, para protegerse del dolor de la pérdida y la ansiedad por lo desconocido, procede a disociarse y se escinde entre el aquí - ahora de la nueva realidad cotidiana -Chile- y el entonces - allá confinado a la memoria- Perú.[3]

Múltiple y fracturado, el sujeto de Huaca de la noche habita en dos territorios y sociedades, en dos culturas y lenguajes diferentes. La escisión y la añoranza trata de resolverlas a través de una voluntad de vínculo, El asume la diferencia, busca descifrar al otro, interpretar los signos desconocidos pues requiere de un enraizarse que, aunque precario, le ayude a superar la descolocación y la lejanía y le entregue un nuevo equilibrio, certeza que conduce al paseante, a la poesía y al encuentro.

El paseante, uno de los tipos urbanos, se desplaza y observa en busca de arraigo. El sujeto es una subjetividad móvil con una aguda percepción del mundo estimulada por la sucesión de imágenes cambiantes; es un caleidoscopio dotado de conciencia cuya visión se multiplica y expande en todas las direcciones con el objeto de aprehender la complejidad de la vida. En “esta nueva ciudad”, con una mirada abierta a las ciudadanías y espacios, el transeúnte se interna en los barrios, recorre calles y avenidas, vacías y atestadas, descubre los íconos urbanos, sube a los miradores. Visión desde la calle y desde la torre, la ciudad es un enclave del mirar y del mirarse.

La percepción de la naturaleza, en la costa y los cerros, en el océano y los ríos, es otro modo de buscar el arraigo. El mar de Valparaíso, la humedad de los puertos, traslada al sujeto a Callao porque aunque es 20 de agosto, aniversario de este puerto peruano, y él está en Chile, la contemplación del mar, la “costa de recuerdos”, los “chasquis marinos” lo hacen “viajar a casa”.  Algo semejante le ocurre en el sur; la selva valdiviana, el río Calle Calle, calle y vía, tránsito y transfiguración, espejo y reflejo, circulación de las aguas, lo dejan en el Ucayali. Al entretejer el aquí y el allá, el antes y el ahora, el migrante crea un mundo que une espacios y tiempos, reconstruye la espacialidad perdida en la temporalidad de la memoria y evoca y actualiza el pasado.

El arte es otra modalidad para superar el desacomodo. La niña que es un “soplo rojo y blanco” y baila la marinera, que gira y brinca, la niña “tan viento” —hermosa imagen del poeta Salazar— no solo atrapa las miradas de los otros, sino que además, la niña es una sinécdoque de la comunidad peruana que ocupa las calles, la plaza, el barrio, la ciudad: presencia y arraigo. El albatros en Chile, que en su vuelo dibuja el “recuerdo/de una vida frente al mar” en Perú y transporta el “mensaje de los náufragos”, conduce a Altazor. Este “pequeño huérfano de los naufragios anónimos” como se le define en la obra huidobriana, pide “una certeza de raíces en horizonte quieto”, idéntica petición del migrante peruano. El albatros se funde con Altazor y surge el “Albazor renacido en el idioma del sol”.

El encuentro con sus compatriotas, la interacción y la interdependencia, inserta al sujeto en los territorios de la intimidad, pues él y los otros, comparten y se reconocen en una historia común. El coro de distintas voces que encontramos en “Declaraciones juradas”, a modo de teselas de un mosaico, da cuenta de la pluralidad de orígenes, los sueños (in)cumplidos, las interrogaciones lacerantes, la posible adaptación. “Pronto seré chilena/ y no encuentro quién soy en el pasado… ¿Hoy busco un certificado? / ¿Acaso no existo?, eco femenino, palabras muy semejantes a las de ese otro migrante que es Aniceto Hevia de Hijo de ladrón. El cocinero perdido en Rancagua que condimenta “toda su nostalgia” o la bailarina que es un cuerpo expuesto en la noche santiaguina, completan el retrato de la extranjería.

La visita a la cárcel de resonancias vallejianas, nos revela el encuentro con otro de los tipos urbanos, el hombre que espera.  Retrato de la soledad en un espacio que separa, el visitante lleva esperanza al detenido - documento, firma, mensaje. El diálogo sirve para que el cautivo reflexione y se acerque a “un momento de su historia”, porque como dice el narrador de Borges, “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. La confesión del taxista, del todo acoplado a la cultura chilena, es otro gran poema pues con humor, lucidez, y verdad, después de “idas y venidas” en las calles, y con un lenguaje híbrido, asume que “aún siento la vibra del Perú”, y cobra el monto del recorrido con términos que develan su apropiación del español de Chile: “con 7 lucas estamos”.

La orfandad del migrante, por último, desaparece en el encuentro con el otro, el hombre y la mujer de Chile. El comprende que el arraigo puede hallarse en el diálogo, en la apertura y la escucha mutuas, en el rito de la invitación a compartir. La acogida que borra las distancias, para seguir con Borges, le ocurre al sujeto “la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche”. El “yo, que de lejos vengo”, es reconocido en un acto, en “el ágape de Chile [que] está en la mesa”, pues en el vino y el pan experimenta “la sensación del todo”. El migrante habita en una casa, una morada, un país, ha encontrado la vasija, la “huaca de la noche”.

Santiago de Chile, mayo de 2025

 

 

 

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Notas

[1] El migrante, en este caso, se asocia al desacomodo existencial provocado por el desplazamiento, de modo que no se vincula a motivos políticos o sociales.
[2] Ver Antonio Cornejo Polar. “Una heterogeneidad no dialéctica: Sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”. Revista Iberoamericana. N° 176-177 (1996): 837-844.
[3] Ver Abril Trigo. “Migrancia: memoria: modernidá”. Nuevas perspectivas desde / sobre América Latina: el desafío de los estudios culturales. Editado por Mabel Moraña. Santiago, Cuarto Propio, 2000.

 

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Jesús Salazar Paiva. (Lima - Perú, 1988). Es literato, magíster en Historia y diplomático. Ha sido docente universitario en cursos de Literatura, Redacción e Historia en diversas casas de estudio peruanas. Ha trabajado en el área cultural de la cancillería peruana. Actualmente, se desempeña como cónsul adjunto del Perú en Santiago de Chile, experiencia que ha nutrido buena parte de los poemas en este libro. Estos textos nacen entre fronteras geográficas, afectivas y simbólicas y entre caminos y conexiones. Cada verso es una bitácora íntima que da testimonio del tránsito, el desarraigo y la pertenencia, pero también del diálogo.

 

 

 






 

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