“Escribo para arrojarme al mundo con la posibilidad de hacerme pedazos.”
Raúl Zurita.
Hay niños que crecieron demasiado pronto, y que solo aprendieron a leer la realidad a través de las claves que conocían: las estrellas, el cielo nocturno, la rotación lenta de los cuerpos celestes, la muerte inevitable de los soles. Aprendieron que el universo también arde, colapsa, se enfría y vuelve a comenzar. No como consuelo, sino como lenguaje. En Toroidal, libro de poemas del autor nacional Persus Nibaes, esas claves del cielo se vuelven una gramática afectiva: el amor, la pérdida y la memoria se piensan en términos de órbita, de distancia, de materia oscura, de fuegos que tardan millones de años en apagarse.
Llamo poética del ardor a esta forma de escritura que no busca enfriar la experiencia ni someterla a la distancia del análisis, sino que acepta la combustión como método. En Toroidal, arder no es una metáfora ornamental ni un exceso retórico: es una manera de pensar y de amar. El poema se construye desde la insistencia, desde el retorno, desde la imposibilidad de clausurar aquello que duele o desea. Como los cuerpos celestes, las emociones no avanzan en línea recta: giran, colapsan, se expanden, vuelven. Esta poética asume el desgaste, la repetición y la intensidad como formas legítimas de conocimiento, y entiende el lenguaje no como refugio, sino como materia inflamable: algo que se enciende, se consume y, aun así, persiste.
Esta poética se formula de manera explícita en un gesto que bordea el manifiesto: “Ardo, luego existo”. Allí el hablante no solo declara una condición emocional, sino una ontología. Existir es arder. No hay conciliación posible con la calma ni pedagogía de la mesura. El cuerpo se presenta como materia combustible, ojos, manos, respiración, sangre, y el lenguaje como residuo de esa combustión: “lo único que encontrarán en mí es la palabra fuego”. No se trata de una exaltación romántica del exceso, sino de una ética áspera, incluso autocrítica, donde el ardor implica desgaste, oxidación, llagas, culpa. Arder es vivir en fricción permanente con los otros, con la herencia familiar, con el mundo y con uno mismo. En este sentido, Toroidal no propone la intensidad como pose, sino como destino: un modo de estar en el mundo que no conoce el enfriamiento y que asume el infierno, real, simbólico, afectivo, como lugar habitual.
Esta intensidad no es solo temática, sino también formal. Toroidal construye su energía a partir de procedimientos reconocibles: la letanía, la anáfora, la enumeración insistente, la pregunta que no busca respuesta. El poema avanza acumulando, girando sobre sus propios núcleos, regresando una y otra vez al fuego, al amor, a la culpa, a la distancia, al cosmos. No hay aquí progresión lineal ni relato de superación; hay órbita. La repetición no funciona como redundancia, sino como método: una forma de decir que ciertas experiencias no se resuelven, solo se recorren.
A esta insistencia se suma una hibridación de registros que constituye uno de los rasgos más singulares del libro. Lo íntimo convive con lo sagrado, lo amoroso con lo científico, el cuerpo con la cosmología. El dolor se traduce en estrellas que mueren, en agujeros negros, en materia oscura; el deseo se vuelve fuerza física; el amor, energía que atraviesa distancias imposibles. El yo poético no se confiesa: se dramatiza, se desborda, se disemina en sistemas mayores porque no puede o no quiere decirse en frío.
Uno de los procedimientos más relevantes de Toroidal es el descentramiento del yo lírico. Aunque hay una primera persona reconocible, esta no se articula desde la confesión directa ni desde el relato autobiográfico clásico. El yo no se afirma: se disuelve. Se desplaza hacia el mito, hacia la pregunta, hacia el símbolo. El dolor no se nombra como experiencia inmediata, sino que se traduce en números, en lunas, en sangre, en fuego, en ríos que se mezclan con el cuerpo. Esta operación exige una técnica compleja: hablar desde la experiencia sin nombrarla de manera explícita. El poema no dice “yo sufrí”; hace visible el sufrimiento desplazándolo a otro plano, donde el lenguaje actúa como mediador simbólico antes que como descarga emocional. Gracias a esta traslación poética, el libro evita el sentimentalismo directo y construye una intensidad más duradera, donde la herida no se exhibe, sino que se encarna.
La poética del ardor que recorre Toroidal dialoga, de manera oblicua pero persistente, con diversas tradiciones de la poesía latinoamericana. Hay en estos textos un eco del tremendismo de Raúl Zurita, no como gesto espectacular, sino como exposición radical del cuerpo y del dolor, como insistencia en llevar la experiencia al límite de lo decible. El fuego, la herida y la intemperie no buscan aquí redención, sino permanencia, del mismo modo en que en Zurita el paisaje se vuelve superficie donde la pena se inscribe sin promesa de consuelo.
Pero este ardor también dialoga con escrituras donde el cuerpo y la herida se piensan desde una vulnerabilidad activa, no heroica. En ese sentido, la poesía de Alejandra Pizarnik resuena en la manera en que el yo se fragmenta, se interroga y se expone sin resguardo, haciendo del lenguaje un espacio de riesgo más que de afirmación. El ardor no aparece como fuerza épica, sino como fisura constante, como imposibilidad de reconciliación consigo mismo.
Asimismo, la dimensión amorosa y corporal de Toroidal encuentra afinidades con la escritura de Idea Vilariño, donde el amor no redime ni ordena, sino que hiere, insiste y deja restos. En ambos casos, el deseo se piensa como una fuerza que no clausura, que no se resuelve en relato, y que exige ser dicha aun cuando decirla implique pérdida.
A estas filiaciones se suman otras afinidades significativas, como la sensibilidad cósmica y material de Ernesto Cardenal, donde el universo no es telón de fondo, sino sistema vivo, y una cierta deriva visionaria que dialoga con poéticas del exceso y la enumeración.
Si Huachihue, poemario anterior de Persus Nibaes, estaba marcado por un gesto de arraigo y condensación, Toroidal ensaya un desplazamiento de escala. No abandona la herida, pero la expande. El territorio ya no es solo un lugar, sino un sistema; el amor ya no es solo vínculo, sino fuerza cósmica; la memoria ya no es relato, sino energía que insiste y retorna. Esta mención no busca establecer jerarquías, sino señalar un movimiento: el paso de lo local a lo universal sin pérdida de intensidad.
Leído en medio del verano, mientras los incendios avanzan y el calor no cede, Toroidal se vuelve también un libro situado. No habla desde la distancia ni desde la calma, sino desde el incendio. Y quizá ahí radique su mayor potencia: en recordar que hay escrituras que no buscan apagar el fuego, sino aprender a decir desde él, aun sabiendo que toda palabra que arde deja ceniza.
Talca, 2026.
Oración por Mircea Eliade
Del lejano oriente vienen los magos en larga procesión de caravanas,
nos reunimos en los templos de Seth
para conmemorar al chamán maestro.
Hoy el gran Mircea Eliade ha muerto,
y bajo la atenta mirada de Urano
vienen Mitra y Zaratustra a despedirlo.
Se queman mirra e incienso,
y al atardecer se elevan unas palabras al viento del desierto donde queda su tumba simbólica en Luxor.
Escuchamos unos versos en Veda,
nos hablaban del Tantra y del Samsara,
de la vida del mago que encontró el oro en las bibliotecas.
¿A qué dioses debemos arrodillarnos, profesor?
¿Cómo se muerde la culpa entre los Yoguis?
¿Puede Aura Mazda perdonar mis pecados?
Esta noche están presentes Apolo y Zeus,
y lo lejos las caravanas avanzan bajo nubes anaranjadas que se pierden en el horizonte.
Uno a uno pasan delante del cortejo sepulcral:
Ninfas y Safo,
Jenofonte y Eurípides.
De fondo se escucha una obra de Wojciech Kilar,
dentro de las carpas de los viajeros se fuma opio y hachís.
Vienen Buda y Siddhartha a recibirlo.
¿Habrá leído por ahí usted,
en alguna cultura antigua,
entre sus libros y almanaques,
cuál será la cura para el dolor por vergüenza?
¿Puedo abjurar de ignorancia?
Querido profesor,
¿A qué arcontes debemos temer?
Historia del Número 6
A los animales
no les fue permitido contar más de 5.
La gaviota inmaculada
cuenta solamente
hasta 3 dedos en sus patas.
El gato soberbio y misterioso
cuenta 4 bigotes por lado.
La víbora de cascabel,
asesina y seductora,
cuenta en su lengua bífida
el olor del número 2.
El zorro, astuto guerrero,
cuenta los días que no llega el cazador en 5.
Entonces vino el hombre,
con sus 10 dedos
y dijo:
tengo 2 veces 5
en mis manos
y el mundo entero
será mío,
pues Dios cuyo número perfecto es 7
me ha creado a imagen suya en 6 días.
Y dividió el día
en 4 grupos de 6 horas,
igual a 24.
Y dividió el año en 12 meses,
el doble de 6.
Y así el número 6
lo separó de los animales,
y contó por docenas
sus dichas y derrotas.
El que tenga entendimiento,
cuente el número de la Bestia,
pues es número de hombre,
y su número es 666.
Ardo, luego existo
Me he esforzado por contradecir cada palabra que me han dicho y pelear con cada persona que he conocido. Odiar a cada ser humano que me ha amado. He sido difícil con mi madre, con mi padre y con cada uno de mis hermanos. Mis tíos y mis primos han sufrido mi terrible cólera, pues con rabia nací en Marte y con furia terminaré muriendo. Ardo en cada uno de mis pelos y me he preocupado de escribir las palabras más sucias. Mis ojos, ay, mis ojos son ciegos y mis manos torpes. Lo único que encontrarán en mí es la palabra fuego. Soy caliente y amanezco bravo. A veces me nacen llagas en las palmas de la mano. Me enciendo cada vez que respiro. Cuando estoy en silencio, una noche cualquiera, me encanta escuchar cómo me oxido aceleradamente. Retumba mi corazón en la cabeza y me sangran las narices. Mi lugar habitual son las llamas y no le tengo miedo al infierno.
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dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com
Poética del ardor: notas sobre la lectura de "Toroidal", de Persus Nibaes
Por Gabriela Albornoz Salas